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Intuiciones desmesuradas

miércoles 29 de mayo de 2024
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Intuiciones desmesuradas, por Rafael Pérez Ortolá
Entre la fantasía y la realidad emergen las obras artísticas, plenas de señales y sensibilidades. Hombre de Vitruvio (1492), de Leonardo da Vinci
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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La referencia de hoy rastrea los matices creadores de aires enigmáticos y asombros incesantes. Desprovistos de guías protocolarias, la incertidumbre de los razonamientos multiplica las posibilidades interpretativas. El dinamismo de los procedimientos configura la imagen de cuanto acontece. La trayectoria seguida estuvo plagada de recovecos escabrosos y los resultados apreciados se muestran tambaleantes con figuras imprecisas.

Aunque no sea tan fácil entre las luminosidades actuales, las ciudades por su densidad y los territorios por las reverberaciones de aquéllas, cabe la posibilidad de quedarse absorto en la contemplación de las estrellas en el firmamento oscuro. Es un buen comienzo para ponerse a pensar en las inmensidades, en lo que percibimos de nosotros y en las posibles creaciones logradas como seres humanos. Las dudas quedan aparte y las fantasías se ofrecen tentadoras.

Hasta bisbisean las ondas expansivas en esa transmisión inexpresable que pretendemos captar de alguna manera. Las estridencias se intuyen y no digamos las incógnitas, llegan a pesar demoledoras. El origen se empodera frente a las numerosas ramificaciones, juega con los tamaños de las presencias posteriores. Las dimensiones del tiempo y los espacios cuestionan las pretendidas referencias concretas a fenómenos eventuales e incluso a las manifestaciones de la presencia humana.

Cuando pretendemos explicarnos, los contenidos se nos muestran evanescentes, demuestran con frecuencia nuestras insuficiencias cognitivas. Aguas, tierras, aire y algunos objetos parecen accesibles y en cierto modo manipulables. Pronto descubrimos el engaño de las apariencias, como un muestrario superficial. Nos perdemos al tratar de las diferentes dimensiones demostradas o intuidas; contemplamos perplejos a lo desconocido como la principal dimensión. Las energías nos abruman y su entrevista relación con la materia nos confunde. El nido de semejantes oscuridades permanece alejado de los pensamientos al uso.

Surge el ánimo vital que logra poner un cierto orden en las moléculas, adquieren aires de funcionamientos autónomos. Alejados del porqué y del cómo, emergen numerosos entes con capacidades propias y una enorme diversidad. El pensamiento claudica tanto en lo referente a las procedencias como a los destinos posteriores. La vida se presenta, resuenan diversas energías.

Desde las amebas a los vegetales y al resto de seres vivos, hemos identificado supuestas trayectorias de las cuales desconocemos gran parte de sus mecanismos; sobre todo si incluimos en las consideraciones la profusión de conexiones y matices desconocidos. La evidencia de la pluralidad expresiva no consigue poner de relieve los entresijos profundos. La misma distancia entre la ensoñación y las realidades permanece esquiva detrás de muchos quicios impenetrables.

La cumbre establecida en torno a los avances cerebrales contribuye a la disgregación de los diferentes elementos. Favorece la tendencia al establecimiento de esquemas y gradaciones según los niveles alcanzados en la función cerebral. De forma paralela se ubican las actividades cualitativas de cada ser vivo. Como consecuencia, pese a los abismos inquietantes de los enigmas, la posición de los humanos ejerce como elemento preponderante. Al menos, retumba como tal entidad dominante en los receptores puestos a disposición de cada individuo.

Las actividades desplegadas en toda la extensión mundana caracterizan a cada tipo vital. Las dimensiones del ánimo vital en sí mismo son indescriptibles, lo que no impide la captación de alguno de sus detalles por parte de los elementos afectados. El verdadero significado de lo percibido en cada caso queda en entredicho a la vista de la diversidad de matices implicados en el desarrollo de semejante conjunto existencial. Puede predominar el carácter comprensivo, en un intento de saber a qué atenerse por parte de cada elemento. Instalándose el ambicioso talante proyectivo en las esferas cerebrales de mejores estructuras.

Otra manera de diferenciar las ocupaciones de cada ente vital deriva del grado perceptivo de cada uno de ellos. Comenzamos por los puramente reactivos, de estímulos enfrentados y sus efectos derivados. Encontramos comportamientos centrados de forma muy directa en la mera supervivencia. Aunque vayan a ser más elaboradas las actividades relacionadas con cerebros más desarrollados, con mayor capacidad de reacción ante los imprevistos e incluso para la adopción de iniciativas novedosas. Queda por ver la imbricación con sus raíces reales o la extravagancia desquiciada.

En todos los aspectos mencionados, cuando del ser humano tratamos, las peculiaridades no ponen a nuestra disposición comprobaciones fehacientes, dejan siempre un amplio sector expuesto al abismo de lo desconocido. Tanto cuando pretende tener la comprensión de los eventos, cubierta la supervivencia o la orientación de sus actuaciones de cara al porvenir. La consideración de la colaboración de varios elementos, los diversos colectivos, sólo amplía los campos de acción, modificando escasamente las condiciones basales y las insuficiencias radicales.

Lo contemplamos a diario con la aplicación de los razonamientos y de las cualidades disponibles; adquieren un ritmo propio, desligado con frecuencia de los numerosos condicionantes sobreentendidos. Se plantea la gran cuestión de la existencia de los límites; en todo caso, los que devienen de la naturaleza del ser viviente y los que surgen por los acuerdos convencionales. La separación de unos y otros no resulta diáfana por las innumerables ramificaciones de cualquier fenómeno.

De manera inesperada o bien a través de planificaciones, en los circuitos individuales, como en las actividades grupales, alcanzamos comportamientos con inusitada sensación de desbordamiento, por haberse superado con creces los cauces conocidos o tener la sensación nítida de sentirse fuera de las órbitas naturales. Aún sin entrar en su categoría de las calidades, su carácter gratificante o pernicioso, notamos con frecuencia la pérdida de los puntos de apoyo.

Ya cuando entramos en los terrenos de la inteligencia, comenzamos con el pringue de sus profundidades constitutivas, emocionales o neurobiológicas, entre otras. El bagaje de los conocimientos adquiridos y las sucesivas adquisiciones de nuevos hallazgos nos sitúa en un amplio mundo difícilmente reconocible. De nuevo topamos con enormes posibilidades, con el desplante desafiante ante los intentos de disposiciones con ambiciones de conocimientos absolutos. Cobra prestancia la mencionada distinción entre la realidad y la ensoñación con todos sus retos sobreañadidos.

Con una mención discreta, pero esencial. Las diferencias notables de las implicaciones, según se trate de personas concretas, diversas agrupaciones, estudiosos aislados o el sentido global para el conjunto de los humanos. La suplantación de los sectores mencionados no augura nada satisfactorio, con especial perversidad si se efectúa con el talante prepotente de los aventajados por causas diversas. El mero acto esporádico se desvirtúa por amplificaciones injustificadas, sin el reconocimiento de otros pareceres y con las carencias implícitas en la propia existencia.

El intelecto avanzado permite la irrupción de iniciativas intempestivas, por aquello de no seguir las tendencias mayormente asumidas por el conjunto de sus contemporáneos; el mencionado desbordamiento adquiere rasgos insólitos. Destaca la capacidad meramente imaginativa, perfilando trazos exclusivos de la fantasía, con escasas o nulas conexiones con los ambientes circundantes. Sólo quien pergeña dichas elucubraciones las percibirá sin que dejen de ser fantasiosas, sólo supuesta clarividencia, los demás apenas podrán acercarse a sus reflejos alejados de su realidad perceptible. La realidad de esas expresiones fantasiosas se ciñe al ámbito de sus protagonistas.

Entre la fantasía y la realidad emergen las obras artísticas, plenas de señales y sensibilidades. Su indefinición contribuye a su independencia constitutiva, reacia a conferirle atribuciones caprichosas. En estas elaboraciones impresiona su carácter aperturista, disponible para el conjunto de sensibilidades, de ramificaciones indeterminadas. Su consistencia radica en sus mismas características. Las apreciaciones foráneas quedan como fenómenos aparte sujetos a consideraciones de otro calado.

En una mezcla prodigiosa de la búsqueda de buenas aplicaciones prácticas, conocimientos avanzados e incluso rasgos artísticos, abarcamos también aquellas grandes realizaciones efectuadas al servicio de la humanidad a lo largo de todos los tiempos. Los descubrimientos de mayor relieve, junto a los denodados esfuerzos centrados en los requerimientos más apremiantes. Exigieron una superación de las rutinas acomodaticias para la obtención de los grandes logros. Las referencias son inabarcables en una diversidad encomiable de esfuerzos compartidos de repercusiones inolvidables.

Junto a las denominadas grandes realizaciones por su extensión y envergadura, cabe resaltar aquellos desbordamientos de menor tamaño por ceñirse a unos pocos individuos, pero cuya importancia radica sobre todo en las cualidades activadas. En la vida cotidiana, familiar o profesional, se requiere con frecuencia sacar a flote las dotes excepcionales para desempeñar con dignidad las tareas, muchas veces ante retos de apariencia inalcanzable. Por lo tanto, desbordamientos necesarios y asumidos en aras de los anhelos personales, redundando en amplios beneficios colaterales. El tamaño no siempre es el principal factor a considerar.

De todo lo anterior se infiere un indeterminado panorama valorativo, atiborrado de versiones cargadas de matizaciones; sobre todo, diferenciadas por los pronunciamientos de los protagonistas o las apreciaciones de los observadores. Parecen fuera de lugar las decisiones absolutas, de trazos excesivamente delimitados, y por consiguiente injustificadas. La variación de sus talantes e incluso de sus contenidos no impide su realidad, una vez más centrada en la diversidad. Superiores o inferiores, mejores o peores, cualitativos o insustanciales, pasan a convertirse en adjetivos imprecisos.

En los diversos sectores de las actividades humanas proliferan las conexiones constitutivas ligadas a su raigambre, a sus experiencias existenciales, con sus limitaciones y posibles desbordamientos. La comprensión global se convierte en utópica e incluso las apreciaciones parciales adolecen de una superficialidad inquietante. Si queremos tratar del conjunto no llegamos a intuirlo y, si de las partes minúsculas, las carencias respecto a los factores relacionados nos bloquean. El vértigo se afianza en nuestras disquisiciones, se desligan los principios y los fines, con la disgregación progresiva de los mecanismos conocidos.

La presencia humana se presenta incuestionable. Lejos de resolvernos las disputas, nos introduce en una realidad enigmática, que nos abruma de inquietudes y nos mantiene en plena incertidumbre. En eso de la presencia, no tenemos clara su significación real, ni los pormenores de sus intervenciones. Tampoco su consideración como fenómenos secundarios nos aclara el panorama. Su ausencia como elementos decisivos no pasa de ser una versión añadida a las consideraciones habituales.

Visto desde la particular apreciación de cada ser humano como ente individual, la diversidad de las sensaciones, las inmensas carencias y las vicisitudes cotidianas, subsiste la sensación vertiginosa. La rutina aparca las posibles elucubraciones mentales y continúa sin resolverse la condición enigmática de base.

La pregunta frecuente sobre la persona humana acaba sometida a un sinfín de factores condicionantes. Nos planteamos a diario si hemos colaborado en la configuración de personas cabales o de diversos tipos de monstruosidades. Donde compiten las ausencias con las presencias. Se atisban trayectorias moleculares, intuimos ondas energéticas peculiares y asoman sucesivamente nuevas incógnitas. El significado de una presencia no significa mucho si desconocemos el resto de sus implicaciones. El amplio panorama permanece abierto.

Sería excesivo decir que lo hemos creado nosotros, aunque contribuimos de manera frívola; la configuración del HOMO DESMESURADO es una realidad. Carente de medidas estáticas desde su constitución, hemos introducido en sus evoluciones una serie de secuencias disgregadoras.

Al hilo de las sugerencias cuánticas, desconocemos la inmensidad de las influencias participantes. De manera simultánea, existen sus ejemplares con actividades muy evidentes, o por el contrario no distinguimos a ninguno. Quizá podamos salir reforzados en el sentido de observadores activos, según la preparación esforzada y las disposiciones adoptadas. El ensamblaje gratificante dependería de alguna forma de las propias actitudes y las responsabilidades asoman en el horizonte. Las actitudes adoptadas serán decisivas.

La entidad de cada persona, sus dimensiones, sus matices cualitativos, están expuestos a toda clase de apreciaciones. Según ellas, esa persona puede considerarse imprescindible o totalmente desdeñable; sin entrar en mayores miramientos. El carácter desmesurado cabe interpretarlo como una superación de toda medida o como la ausencia radical de cualquier frontera limitadora. La mirada se torna como elemento determinante para entrar en aproximaciones definitorias.

Existen dichas personas desmesuradas, y a la vez no están. Hemos pergeñado la suficiente urdimbre para que respondan las tramoyas montadas, mientras el ente personal permanece entre bastidores.

Rafael Pérez Ortolá
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