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Karhnak

jueves 22 de mayo de 2025
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Karhnak, por Sergio Borao Llop
Hubo un cambio de actitud de los perros (y también, preocupantemente, de sus amos) hacia mi persona. Si antes siempre me habían ignorado o, en muy contadas ocasiones, se habían acercado a mí en busca de una caricia o algo comestible, ahora me miraban con hostilidad Juego de póker (1894) • Cassius Marcellus Coolidge • Alexander Gallery
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Mi sobrina dice que soy yo, que hay algo en mí, que su perro nunca se comporta de ese modo con ninguna otra persona, ni ladra ni enseña los dientes como hace conmigo. Esas palabras me han hecho pensar. Y lo que se me ha pasado por la cabeza es algo en verdad preocupante: en efecto, soy yo, pero soy yo ahora, no siempre fue así.

Para que conste, hago notar un hecho incuestionable: en mi niñez, había en la casa (casa de campo con un enorme corral) dos perros —Gruñón y Loby—, y no exagero al confesar que lloré amargamente la muerte del primero de ellos, por quien sentía un cariño tan intenso como sólo puede sentir un niño. Cuando nos trasladamos del pueblo a la ciudad, ya no volvimos a tener perro. Mis padres debieron de pensar que un piso de tamaño reducido no era el lugar más adecuado para ello.

Por otra parte, en abundantes ocasiones he acariciado las cabezas de todos los perros que han pasado, de un modo u otro, por mi vida: de familiares, de conocidos, de amantes... nunca antes había recibido de ellos nada que no fueran muestras de cariño, sumisión o alegría al recibir mis caricias.

Ahora bien, los acontecimientos de estas últimas semanas (y principalmente la declaración de mi sobrina) me han llevado al convencimiento de que, parafraseando a David Lynch, los sabuesos no son lo que parecen.

 

*

 

Las conclusiones de mi reflexión se basan en una serie de hechos sin relación aparente:

  1. La lectura de la novela El terror, de Arthur Machen.
  2. El hallazgo, en los apartados estantes de la biblioteca pública del barrio, de cierto manuscrito antiquísimo (o eso parecía) donde se detallan algunos ritos que parecen fruto de una mente alucinada. Se infiere la existencia de un dios (Karhnak) con forma animal, adorado por “individuos que se postraban a cuatro patas ante él”, poseedor de un gran poder que “debe permanecer, por el momento, en la sombra”.
  3. Diferentes agresiones inexplicables a humanos por parte de perros, todas ellas acaecidas en esta misma ciudad y en un lapso breve de tiempo.

Todo esto, unido, me llevó a imaginar algo abominable y, a la vez, increíble: motivado por tales pensamientos, fui reuniendo bibliografía.

En Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift insinúa que, bajo otras circunstancias, podría ser otra la raza que hubiese evolucionado. ¿Y si en este caso se tratase de una evolución encubierta, por así decirlo?

El revisionado de Los pájaros, de Hitchcock, consiguió perturbarme como nunca antes lo había hecho.

Volví a leer Moby Dick, de Melville.

En El libro de la selva, cuatrocientos furiosos perros persiguen a Mowgli.

El mito del can Cerbero.

Ambrose Bierce, en El diccionario del diablo, define al perro como “una especie de deidad adicional o subsidiaria, diseñada para captar el exceso y el excedente de la adoración del mundo”.

Algunos dioses egipcios, principalmente Anubis, tienen forma humana pero cabeza de chacal.

Otro dato, este obtenido de una forma totalmente casual: un conocido veterinario de mi ciudad afirma que el número de perros aumenta día a día. Según la estadística oficial son unos veinte mil, pero la cifra real vendría a ser unas seis o siete veces mayor. Teniendo en cuenta que los perros se reproducen con suma facilidad y que el número de seres humanos se está estabilizando, no es difícil concluir que en un plazo relativamente corto la población canina igualará, y posteriormente duplicará, la humana.

Todo esto, objetarán ustedes, no demuestra nada. Y tienen razón. Siempre se me ha acusado de estar demasiado influido por la literatura y es posible que así sea. Por esa razón traté de desechar los fantasmas que ya me andaban rondando por la cabeza y metí mis notas en un cajón del escritorio, junto a los poemas de mi adolescencia que ya nunca serán publicados.

Entonces tuvo lugar el incidente del hombre de los perros. Se trata de un vagabundo que deambula sin rumbo fijo por la ciudad. Lleva consigo un carrito de supermercado con sus pertenencias y le acompañan siete u ocho perritos de razas inidentificables y escaso tamaño. Yo caminaba por la Gran Vía cuando me crucé con él. Unos segundos después oí un alboroto a mis espaldas y me giré para ver de qué se trataba. Al parecer, un hombre había tropezado con uno de los perros y, en un gesto sin duda reprobable, le había propinado una patada. Ante mi estupor, los perros rodearon al agresor sin proferir un solo ladrido, sólo mirándole con una expresión indefinible. Fue el vagabundo quien rompió el tenso silencio. En voz baja pero inequívocamente firme, dijo: “Arrepiéntete, bastardo, porque está próximo el día en que tu raza rinda sumisión a estos pobres animales que ahora maltratas”. Obviamente, tales palabras eran fruto de su incipiente borrachera, pero un escalofrío recorrió mi espalda al escucharlas. Nadie más pareció prestar atención al suceso. En la gran ciudad ocurren demasiadas cosas como para detenerse en una de ellas. En cuanto a mí, lo presenciado ese día me impulsó a continuar con mi investigación.

 

*

 

La sensación de irrealidad se acentuó durante las semanas que pasé viviendo en casa de mi hermana. Ella y su novio se marchaban de vacaciones y me encargaron cuidar de sus perros. Ya en esos días pude observar extraños comportamientos por parte de los dos canes. A veces, cuando yo no miraba, intercambiaban gestos, miradas. Aparte de eso, se mostraban dóciles y obedientes. No le di importancia. No puedo negar que, en ocasiones, creo ver más de lo que realmente hay.

No obstante, mientras llevaba a cabo mis pesquisas, visitando bibliotecas, consultando ediciones antiguas de diferentes diarios, revisando revistas especializadas en animales, pude observar un fenómeno que, aunque inesperado, no me sorprendió en absoluto: hubo un cambio de actitud de los perros (y también, preocupantemente, de sus amos) hacia mi persona. Si antes siempre me habían ignorado o, en muy contadas ocasiones, se habían acercado a mí en busca de una caricia o algo comestible, ahora me miraban con hostilidad, enseñaban los dientes gruñendo, ladraban y hasta daban fuertes tirones a sus correas en un intento de venir contra mí. Por si alguien todavía duda, puedo mostrar las cicatrices de las mordeduras que dos de ellos me causaron. Por fortuna, se trató de ejemplares pequeños. De haber sido de otra raza más grande y fuerte, tal vez yo no estaría ahora contando esta historia.

 

*

 

Y llegamos al momento que desearía con todas mis fuerzas no haber vivido jamás y que, aún hoy, quisiera convencerme de que sólo fue un sueño, la pesadilla de un borracho. Pero no había bebido ni una gota. El hecho tuvo lugar el pasado sábado. A media mañana me encontraba en el parque, sentado en un banco, leyendo la prensa y arrepintiéndome de haber gastado dinero en un periódico que no venía a contar nada nuevo. Me llamó la atención un pequeño grupo de perros aparentemente sin amo. Sin embargo, no tenían aspecto de callejeros. Todos llevaban collar y algunos también una chapita colgada al cuello. Parecían estar debatiendo algo. Si así fue, debieron de ponerse de acuerdo. Juntos, tomaron el sendero que conduce hacia las afueras, flanqueado por árboles y matorrales que le proporcionan un aspecto salvajemente atractivo. Esa vegetación fue la que me permitió seguirles a distancia, arrastrado por una fuerza nacida de la intuición. Algo estaba sucediendo.

El cortejo se adentró en el bosque y, por un momento, creí, inocentemente, haberles perdido la pista. No tardé en entreverlos de nuevo y continué mi (creía yo) sigilosa asechanza. Llegados a un punto, desaparecieron de mi vista. Dudé un buen rato, pero al final me acerqué con cautela y descubrí una abertura entre las plantas y, más allá, la entrada de una cueva. Deduje que era allí donde probablemente estarían ahora los animales. ¿Haciendo qué? Me pregunté. ¿Sería seguro introducirse en aquella oscuridad?

Puesto que había llegado hasta allí y teniendo en cuenta mi carácter curioso, no tardé en decidirme. Me costó un poco acostumbrarme a la penumbra del lugar. Cuando lo hice, descubrí que había una claridad cuyo origen no supe encontrar. La cueva era muy espaciosa. Me recordó (paradojas de la mente) al auditorio de mi ciudad. Tal vez porque como tal se estaba utilizando. Ocupaban la parte más amplia un centenar de perros de diferentes razas, tamaños y colores. Todos ellos tenían el cuerpo orientado hacia el fondo de la cueva, donde un animal enorme, poderoso, parecía estar dando un discurso. Se trataba, desde luego, de un perro, pero uno como nunca antes había visto. Medía más de dos metros y se mantenía erguido sobre sus patas traseras. Su aspecto podría definirse como majestuoso. En un idioma incomprensible para mí, se dirigía a su público con énfasis, haciendo gestos con una de las patas delanteras, como un político cualquiera. Al terminar su perorata, todos los canes allí reunidos prorrumpieron en una algarabía de ladridos que me aterrorizó. Pero lo peor estaba por llegar.

Con un gesto, detuvo el alboroto. Luego miró en diferentes direcciones, dio con mi escondite (poco eficaz, por cierto), clavó sus ojos en los míos y juro que jamás había sentido tanto miedo. Me señaló y todos los allí reunidos se volvieron hacia mí. Gruñeron al unísono, mostrando sus fauces y amagando con atacarme. Creí llegada mi hora. Sabiendo que era sólo cuestión de tiempo que me despedazaran, no me apresuré. Volví sobre mis pasos, salí de la cueva y agarré una piedra grande con intención de morir peleando. Pero, para mi sorpresa, no me siguieron. Debieron de pensar que no merecía la pena, que ya llegaría el momento. Salí del bosque casi sin respiración, me tendí en la hierba tratando de digerir todo aquello. Debí de quedarme dormido. Cuando desperté era de noche y una gran agitación me carcomía por dentro. Tenía que contarle a alguien lo que había visto. Fui a la policía. Se rieron de mí. Al otro día probé suerte en los dos diarios más importantes de la ciudad. Conseguí que dos redactores me escucharan pacientemente. Ambos me despidieron con palabras amables y la promesa de investigar el asunto. Me resultó obvio que me habían tomado por un perturbado y que nada iban a hacer con la información proporcionada.

Y aquí estoy desde entonces, encerrado en mi casa, esperando lo inevitable. El tic tac del reloj se me hace insoportable. Me pregunto si habrá un sitio para nosotros, los humanos, en el mundo que se avecina, si ese dios (cada vez tengo menos dudas de que era él en efecto) dejará que vivamos, que perduremos siquiera como meros esclavos, como mascotas o animales exóticos encerrados en jaulas en espera de una oportunidad para recuperar lo que ya está dejando de ser nuestro.

Sergio Borao Llop
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