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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Samir

• Miércoles 23 de mayo de 2018
“La última cena” (1495-1498), por Leonardo da Vinci“La última cena” (1495-1498), por Leonardo da Vinci

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
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Samir tenía siete años, pero en esa breve existencia podría decirse que había visto la muerte varias veces y que la violencia formaba parte de su diario vivir. Mucho más temible para sus escasos años era el hambre, la incertidumbre de cuándo sería la próxima comida, de ese bocado que iría a paliar una necesidad nunca satisfecha del todo.

Junto a Samuel, su hermano mayor, escurrían sus famélicas humanidades entre los muros derrumbados por los bombardeos en busca de los alimentos que los propietarios de las casas derrumbadas ya no iban a consumir. A veces encontraban también pedazos de diarios y publicaciones que Samuel se empeñaba en leer para todos porque era el único en la familia que sabía hacerlo. Él pudo ir a la escuela antes de la guerra y conocer cosas diferentes acerca del mundo, de cómo vivían y qué hacían otras personas lejos de Siria. Aprendió a jugar al fútbol, un juego que le apasionaba.

El niño supo que le estaba entregando la última porción de comida que había en la casa y sin tener esperanzas de conseguir algo para los próximos días.

—Argentina es un lugar donde todos juegan al fútbol —declaró una vez—. Y los aviones no tiran bombas.

Samuel parecía saberlo todo y junto a él, su hermano menor se sentía seguro. Hasta que un día lo alcanzaron las balas perdidas de un ataque terrorista y quedó tendido en una oscura callejuela de Damasco.

—Tenemos que irnos de aquí —decidió el padre.

Amigos y parientes ayudaron haciendo lo posible para que pudieran reunir el dinero necesario, pero no alcanzó para que toda la familia escapara; así fue que su madre y las dos hermanitas quedaron esperando.

—Salva al niño —dijo la madre con los ojos anegados—. Nosotras esperaremos…

Samir se abrazó a ella, llorando. No quería dejar sola a esa mujer, que caminaba despacio como una anciana arrastrando los pies descalzos y a esas niñas que aún no sabían cómo buscar comida. Ella extrajo de entre sus harapos una pequeña bolsa con trozos de pan duro junto con algunos higos y nueces.

—Para el viaje —dijo. Y se la entregó.

El niño supo que le estaba entregando la última porción de comida que había en la casa y sin tener esperanzas de conseguir algo para los próximos días. No hubo más palabras, sólo un largo sollozo y una promesa de volver.

 

El viaje resultó muy fatigoso. Fueron varios días de viaje por mar y luego otros tantos para llegar a su destino por vía terrestre, a bordo de vehículos ruidosos que cruzaban por campos cubiertos de vegetación. Hasta que arribaron a una ciudad de calles pavimentadas y edificios muy altos donde los esperaba Farid, un amigo de su padre que los recibió y los invitó a compartir su vivienda. Todo era extraordinario para Samir.

—Mira eso, papá —decía asombrado—. Esas mujeres no usan velo y van solas por la calle.

El padre le dijo que ese lugar se llamaba Argentina y Samir volvió a acordarse de Samuel, que una vez leyó para él varias historias relacionadas con el fútbol y también con un anciano vestido de blanco al que le decían Papa y que aconsejaba recibir a quienes escapaban de las guerras, como estaban escapando ellos.

En la casa de Farid estaban Luciana, su esposa, y Andrés, su hijo, que los esperaban para comer. Samir se quedó mirando la mesa, sin hablar, porque nunca en su vida había visto tanta cantidad de comida, y cuando le sirvieron no supo qué hacer cuando vio que todos usaban elementos metálicos para llevarla a la boca.

—Come como puedas —indicó Farid—. Ya te acostumbrarás a los cubiertos.

Era una comida muy extraña pero estaba muy rica, y mientras devoraba todo lo que ponían en su plato pensó en su madre, en sus hermanitas, y ya no pudo comer más. Quería guardar algo para ellas, sin darse cuenta de que era imposible dárselo, y en un descuido de los dueños metió algunas cosas en los bolsillos de su saco.

—No necesitas hacer eso —dijo Farid—. Aquí la comida no falta.

A pesar de que no comió tanto, el cambio de alimentación tuvo efectos muy desagradables en Samir, quien despertó a todos en medio de la noche presa de fuertes dolores abdominales y de vómitos.

—Habrá que llevarlo al hospital —decidió el dueño de casa.

 

Y fueron a un lugar donde todo era blanco y algunas mujeres que iban con el rostro descubierto le clavaron agujas en los brazos.

—Padre —gritaba—. Padre.

Pero tanto su padre como su amigo se limitaban a mirar sin decir nada, sin ayudarlo, mientras lo torturaban.

—Es para que te cures —dijo por el fin el hombre.

Volvieron a la casa de Farid, cuando ya amanecía. De nuevo el ruido de los automóviles atronando el aire, la calle estaba llena de ellos a tal punto que las personas debían correr para poder cruzar de una orilla a la otra. Adentro, Luciana y Andrés ya se habían marchado a trabajar y Samir no se atrevió a preguntar cómo era posible que la madre no estuviera en la casa para servir el desayuno.

—Vamos a ver a alguien que te va dar trabajo —le dijo Farid al padre.

Y fueron a un palacio donde un hombre vestido de negro los recibió y los condujo a una habitación con muchos muebles donde estaba otro hombre, también vestido de negro. Éste era un sujeto desagradable, obeso y calvo que de inmediato se dirigió a su padre tratando de hacerse entender acerca del trabajo que requería. Farid hacía de intérprete.

—Es necesario arreglar algunos vitrales —dijo el hombre—. Son muy antiguos.

Ya era casi de noche y Samir, aburrido, se asomó a la puerta abierta para mirar. Vio un jardín con una fuente de agua, ventanas con cristales, árboles cargados de frutas y un poco más allá un edificio de piedra gris. Salió sin que nadie se diera cuenta y empezó a recorrer el lugar, hasta alcanzar la entrada del edificio de piedra, cuyo interior estaba tenuemente iluminado.

Samir dudó un poco hasta que sus narices percibieron un aroma conocido, como el que se olía en la mezquita allá en su tierra. Eso lo puso alegre porque dedujo que estaba en un templo, así que ingresó despacio mirando hacia uno y otro lado, tratando de entender qué significaban esas columnas, esos bancos, esa ausencia de personas.

Salvo el olor a incienso, no había allí nada parecido a lo que él recordaba de su templo islámico. La media luz no le permitía ver con claridad, pero le pareció que las paredes estaban pintadas con retratos de personas y además el silencio era inquietante. Siguió recorriendo con la vista el extraño recinto y cuando miró hacia arriba no pudo reprimir un grito.

Allí, justo encima de su cabeza, un hombre semidesnudo, con el rostro y el cuerpo ensangrentados, colgaba del techo. Tenía los brazos abiertos y los pies amarrados de tal forma que no hubiera podido moverse. Era evidente que estaba muerto y Samir sintió un escalofrío, aunque no era la primera vez que veía un cadáver. Pero, de pronto, el hombre muerto abrió los ojos…

Abrió los ojos de manera increíble, a tal punto que parecieron salirse de sus órbitas, y extendió hacia él una mano desgarrada. Le pareció oír una voz apagada diciendo:

—¡Ayúdame..!

El miedo le dio impulso para salir corriendo; sin pensar hacia dónde iba, fue más allá de la puerta por donde había entrado, yendo a parar a otra habitación desconocida, más pequeña que la anterior. Y allí estaban ellos.

Un hombre con sotana negra apareció por una puerta lateral y vino hacia el niño. Samir, con los ojos desorbitados, contemplaba un gran cuadro que representaba la Última Cena.

Eran varios hombres sentados alrededor de la mesa, hablando entre ellos mientras comían y bebían; no parecieron advertir su presencia. Tuvo la sensación de que lo ignoraban deliberadamente, con algún propósito oscuro, y otra vez el recuerdo de Samuel con sus historias de Argentina.

—Allá la gente adora a un hombre como a Dios —había dicho—. Pero lo mata. Y después se lo come…

Miró la escena espantado. Esos hombres estaban comiendo un cuerpo humano, casi podía contar los dedos de esa mano que uno de esos hombres se llevaba a la boca. Un grito largo como un aullido le brotó de la garganta, junto al vómito de su reciente indigestión que se esparció por el piso.

Un hombre con sotana negra apareció por una puerta lateral y vino hacia el niño. Samir, con los ojos desorbitados, contemplaba un gran cuadro que representaba la Última Cena. La primera visión de un templo cristiano lo encontró desprevenido y su imaginación le hizo crear una realidad atemorizante: en el crucifijo había un muerto que le pedía ayuda y en la Última Cena, los comensales devoraban el cadáver.

Lucía Amanda Coria

Lucía Amanda Coria

Escritora argentina (San Luis). Es licenciada en Enseñanza de la Economía por la Universidad Nacional de San Luis (UNSL) y docente de los niveles medio y superior. Ha participado en numerosas antologías publicadas en su país y en España, Canadá y América Latina. Es autora de las novelas Vivir, amar y morir en Argentina (Aleteo de Letras, Buenos Aires, 2015) y El último tabú, ganadora del Concurso Literario Novela Romántica de Prosa Editores (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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