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Mi primer pecado

domingo 23 de mayo de 2021
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Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne
A pesar de vivir a más de ochocientos kilómetros del mar más cercano yo hice veinte mil leguas de viaje submarino con Julio Verne. Ilustración de “Veinte mil leguas de viaje submarino”, de Julio Verne, por Alphonse de Neuville and Edouard Riou (1870)

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Mi primer pecado y el inicio en el arte de la lectura estuvieron muy relacionados. Ambos tuvieron lugar cuando tenía escasos cinco años y era una especie de niña prodigio que ya sabía leer y escribir, gracias a la habilidad de la señora Alodia, maestra/directora de esa humilde escuela rural a la que yo concurría.

Una mañana, antes de empezar la clase, un grupo de alumnos miraba con horror algo que aparecía en una de las paredes de la escuela. Hasta allí llegó la imponente figura de la señora Alodia, de impecable guardapolvo blanco y zapatos de tacones altos, quien caminó para ver de cerca el fenómeno que causaba tanto alboroto. Y casi se cae de espaldas.

Allí, en la pared encalada y junto a la puerta del aula, aparecía un letrero escrito con tiza roja que decía claramente: “Alodia la puta”.

No sabía por qué escribía malas palabras en lugares bien visibles y luego las borraba. No sabía por qué ese día no lo hice.

Era imposible imaginar siquiera que tamaña aberración fuera obra de alguno de los presentes, para quienes la maestra era la máxima autoridad que conocían. Les había enseñado a escribir a cada uno de ellos, conocía sus letras de memoria; todos bajaron los ojos, sintiéndose culpables tan sólo por leer el abominable texto. Pero ella, sin tener en cuenta a los otros, vino directamente hacia mí.

—Fuiste vos.

Comencé a llorar, confirmando mi culpa ante el asombro indignado del resto, que no podía entender tamaña herejía. La ofendida tomó una de mis orejas (sistema pedagógico acorde a los tiempos) para llevarme al aula donde me dio una filípica que nunca olvidé. Mis compañeros dejaron de hablarme.

A mi madre, citada por la señora Alodia, ella le describió con lujo de detalles lo ocurrido. Ella reconoció la gravedad del hecho y a pesar de la vergüenza que sentía por mi acción, su voz fue dulce al preguntarme:

—¿Por qué has hecho eso, hija mía?

Yo tampoco sabía por qué. No sabía por qué escribía malas palabras en lugares bien visibles y luego las borraba. No sabía por qué ese día no lo hice. Aunque sí sabía que había hecho algo muy malo y persistí en mi maldad.

—No he sido yo, mamita —dije en voz baja.

Esa fue la primera mentira que recuerdo haber dicho en mi vida y era consciente de mi falta. Pero aún faltaba lo peor.

—¡Te lo juro por Dios!—aseguré.

Y al proferir semejante perjurio, acababa de cometer mi primer pecado.

Tal vez preocupada por la salvación de mi alma, mi madre me impuso una penitencia. No podía salir de mi cuarto, si no era para las necesidades básicas, por el término de diez días. Y fue implacable, por más que lloré, supliqué y declaré mi arrepentimiento.

Mi hermana mayor, con quien compartía el cuarto, no me hablaba. Pero allí estaban sus cosas y, como nadie me veía, empecé a revolver en ellas hasta que di con un cuaderno, muy raro. Era su diario íntimo.

Leí la última página y quedé maravillada. Describía un momento feliz junto a su novio; estaba enamorada. Atenta solamente a que nadie me viera, sólo tardé tres días en leerlo todo. Fue liberador y gratificante, me sentía libre a pesar del encierro, y con muchas ganas de continuar leyendo.

En los cajones de mi hermana encontré, además, dos libros. Dos novelas escritas por Corín Tellado, una novelista española que escribía exclusivamente novelas románticas, y yo, encantada con tanta lectura disponible, no quería abandonar mi cárcel. Todos creyeron que el encierro me había convertido en una niña dócil y cuando salí en libertad, comencé a leer en cuanto libro o revista podía encontrar.

A pesar de vivir a más de ochocientos kilómetros del mar más cercano yo hice veinte mil leguas de viaje submarino con Julio Verne y gracias a Emilio Salgari, Sandokán, el Tigre de la Malasia, me resultaba más familiar que el general San Martín llamado el Padre de la Patria. Entonces yo creía que todo lo que estaba escrito era verdad.

Descarté esa presunción cuando comenzó el adoctrinamiento en las escuelas y los textos de lectura tradicionales se reemplazaron por otros que sólo eran propaganda política.

Me preguntaba cómo era posible que esa mujer luciendo joyas de oro y de diamantes fuera la “abanderada de los humildes”. Y tuve la respuesta leyendo lo que otras personas escribían acerca del tema.

Después León Tolstoi me contagió su indignación ante las desigualdades existentes en la Rusia de los zares. Y aunque Ana Karenina era una mujer fascinante formaba parte de ese mundo injusto y cruel; yo la hubiera sacrificado por la liberación del pueblo ruso.

Cuando comencé a escribir y a publicar mis escritos deseé hacerlo asumiendo la enorme responsabilidad que significa crear elementos para el arte de la lectura.

Una liberación que me pareció posible cuando El capital de Carlos Marx vino a iluminar las mentes de todos los seres humanos que habitan este planeta. Y se instaló precisamente en el territorio de los zares.

Hace unos años, cuando al fin pude visitar la Rusia comunista, no encontré el pueblo feliz que yo esperaba encontrar después de haber derrotado al mayor enemigo. Pensé que el escritor posee la magia necesaria para crear ilusiones, fabricar utopías o pintar las cosas según el cristal con que él las mira. Y que el arte de la lectura conlleva la permanente reelaboración de ideas que requiere de una total independencia de criterio por parte del lector.

Por eso cuando comencé a escribir y a publicar mis escritos deseé hacerlo asumiendo la enorme responsabilidad que significa crear elementos para el arte de la lectura. Le pedí ayuda a la sabiduría universal a través de una plegaria que llamé precisamente “Plegaria de un poeta”.

Y es la que transcribo a continuación:

Plegaria de un poeta

Señor…
Tú que me diste
el portentoso don de la palabra,
dame también la ciencia necesaria
para usarla en tu nombre,
como herramienta que construye.
Como bálsamo que cura las heridas.
Cuando hecha verso vaya por el mundo,
no permitas que sea
una piedra que lapide.

Una incitación a la locura,
una condena.
O lábaro amarrado al carro del poder
que se traduce en loas mercenarias.
Y si ha de ser un arma
déjame usarla
sólo ante la fuerza injusta,
cuando la boca que se calla es una aliada.
O es un esbirro más.
Y si elige callar, porque siente que su razón no alcanza,
que sea con honor.
Como una espada de acero
que se envaina sin miedo
Sin claudicar.
Invicta.

Lucía Amanda Coria
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