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Doña Lupe y El Carmen

viernes 25 de mayo de 2018
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Doña Lupe y El Carmen, por Reneé González Martínez

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
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Hay tanto viento que las ramas de los árboles se doblegan dócilmente, tanto que silba entre el follaje y hace caer las hojas lenta y cadenciosamente. Las hojas cansadas, vencidas, rendidas, van a zurcir la alfombra de matices otoñales sobre el verde e incólume césped que también contempla la furia del Chinook entre las hojas del Maple.

Ha entrado el otoño.

Él no está acá ni allá. No se ha venido del todo. Parte de él se ha quedado en su tierra. Piensa que, a esa hora de la mañana como en horas de la tarde, su viejita se hallará sentada frente a la casita sin cerca y deteriorada.

La hojarasca rechina bajo sus pesadas botas. Va forrado de ropa, de dudas, de pesares. Apura su paso para que el frío no le abrigue la piel ni le roce los huesos. Toma conciencia de que allá de donde viene ha dejado una carrera, un trabajo mal pagado, una viejita y alguno que otro amigo. Empuña las tiras del morral que viene a sus espaldas como también a sus espaldas carga el recuerdo, la duda y el remordimiento. Allá en El Carmen ha dejado las miserias de un pueblo hambriento, olvidado y desahuciado.

Acá, la gente viene y va. Y aunque ha entrado mucha gente, hay mucha tierra por poblar. Los estereotipados son caucásicos y precisamente no descienden de los nativos. También pardos, cetrinos, mestizos, negros que vinieron desde Eurasia, Latinoamérica, África y de otros lugares, tras cumplir con la ley, han pasado a tener los mismos derechos de los ciudadanos por nacimiento. Muchas culturas juntas sin mezclarse. Muchas culturas juntas sin alcanzar sincretismo como en los países de abajo, donde blancos y negros mezclaron costumbres en una sola identidad en la tierra de Colón, en la nueva España, en la pequeña Venecia. Gente de muchas lenguas queriendo hablar una sola. La torre de Babel contada al reverso. Gente apresurada en adoptar un nuevo gentilicio sin olvidar el propio. Gente queriendo alcanzar en tierra ajena lo que en tierra propia no se pudo, queriendo que esa tierra ajena se vuelva propia algún día.

 

Él no está acá ni allá. No se ha venido del todo. Parte de él se ha quedado en su tierra. Piensa que, a esa hora de la mañana como en horas de la tarde, su viejita se hallará sentada frente a la casita sin cerca y deteriorada. Ha de estar mirando la calle de enfrente, una calle sola, calurosa y polvorienta. Recuerda que el aire de allá es pesado y pesa por el salitre, por la carga de quienes no se arriesgaron y murieron en el pueblo y por el recuerdo de quienes se atrevieron y se fueron.

 

Sí, doña Lupe se halla absorta en sus pensamientos tal como él lo ha imaginado. Su mirada ha pasado de estoica a nostálgica. Se ha puesto triste, pensando en el hijo que se le ha ido con la promesa de venirla a buscar. Aunque nunca haya agarrado un avión, aunque no tenga papeles para el viaje, aunque no sepa el idioma de allá, seguro que su hijo resolverá. Ya su cuerpo no da para más. Tiene setenta y tantos años y parece como si tuviera algo más de noventa. Sus cabellos blancos y deslucidos, su piel cuarteada, sus párpados caídos y su mirada profunda denotan que está prestada o que está de pasada. No tuvo hijos. Tuvo marido pero hijos no. Crio hijos de otros que sintió suyos: Monserrate, quien dejó la casa cuando alcanzó la mayoría de edad, y Benito, quien se fue a la capital a hacerse profesionista, a buscar un mejor futuro y ahora ha conseguido una beca y se le ha ido más lejos.

 

Él se detiene frente a un cruce de semáforos, presiona un botón y espera la luz verde. Acelera el paso para llegar a tiempo a la parada donde librará una lucha decente y organizada para entrar al Metro. Allá en la capital hubiera tenido que librar una grosera e indecente pugna para cocinarse en un bus destartalado y para sobrevivir a una guerra tóxica de gases de escape y de gasolina. Entra a la estación. Baja por las escaleras eléctricas. Lee la pizarra digital. En treinta segundos llegará el Metro. Salen unos. Entran otros. Salen otros. Apurados. Apilados. Gente de pie. Gente sentada. Pocos se hablan. Nadie se mira.

—Aquí no te roban ni te matan en la calle como allá —escuchó que un hispano dijo a otro.

—¿Dónde allá? —preguntó el otro.

—Desde Río Bravo hasta la Patagonia.

 

—Vete para el norte, mijo. Allá está tu futuro. Vete bien. Vete sin tristezas.

—No, mamá. No quiero.

—Vete, mijo. Las cosas andan muy mal. Tú eres profesionista. Te irá mejor por allá. No te preocupes por mí. Preocúpate por ti que eres joven y que tienes un mundo por delante. Ya yo viví. Yo estoy bien. Yo te espero acá o me voy contigo cuando me vengas a buscar.

 

Se ha quedado presa en algún lugar de su memoria. Su mirada ha quedado fija en algún pedazo de la calle o en algún pedazo del alma.

Cuando la abrazó y la besó en las mejillas, en las narices, en la frente, prometió que regresaría a llevarla consigo. Apuró el momento para que no se diera cuenta de cuánto pesar almacenaba en el pecho. Tampoco quería verla llorar y dejarla más triste en el triste pueblo. Era él lo único que a ella le quedaba. Pero tenía que irse más lejos de la capital. No quiso darse vuelta. Doña Lupe, solemne y acostumbrada al dolor, no dejó de mirar el horizonte ni siquiera cuando él desapareció del alcance de su vista. Se mantuvo garante de su estoicismo hasta que el sol se metió.

 

Ahora quedaba sin su hijo y sin la mesada que le prodigaba. Nada sabía y nada recibía de su hija.

Ahora viviría de la renta de un cuarto de la casa y de la venia del inquilino, un solterón flaco y feo que se dedicaba a atender la bodeguita del pueblo que daba abasto a los pocos que quedaban. Doña Lupe y El Carmen casi se iban, casi se van. Hay pueblos que también perecen.

El aire le da contra la cara. El inquilino se ha puesto en cuclillas, cerquita de las ruedas de la silla, para escucharla.

—Acá había mucha gente. Gente buena. Gente mala. Pero había gente —suspira—. Y cuando me casé, el pueblo entero celebró —y suelta una voz quedita y suave—. Después, no llegaron los hijos. No llegaban y no llegaron.

Se ha quedado presa en algún lugar de su memoria. Su mirada ha quedado fija en algún pedazo de la calle o en algún pedazo del alma. Los ojos se le han humedecido sin ceder a las lágrimas. Ya ni llora.

—Los hijos no llegaron pero la peste sí y se fue llevando a la gente buena y no tan buena. Se llevó a mis viejos. Se llevó a mi esposo… Y después vinieron los gobiernos malos, esos gobiernos que nos dividieron, que dividieron a los pocos y que sembraron el odio y hablaron de guerra entre familias y amigos. Ya después, se enriquecieron y cuando no hubo nada de dinero que robar, y cuando ya hubo miseria en todo El Carmen, se marcharon y nos dejaron más pobres y miserables que cuando nos gobernaban.

Se mantiene serena mientras que el inquilino no para de moquear. Ella se acostumbró a llevar a cuestas sus penas y sus muertos con soledad pero ahora, en medio de su vejez y de su enfermedad, no está tan sola.

—Quedamos unos cuantos en El Carmen cuando esas dos criaturas quedaron sin familia. Ellos sin padres y yo sin hijos. Entonces, decidí criarlos. ¿Quién más sino yo iba a hacerse cargo de esas dos criaturas? —le miró sentenciando—. No parí. Pero crie.

 

Entra al campus universitario. La selva de blancos edificios contrasta con el mosaico de hojas caídas. El olor a madera perpetúa en sus sentidos. Habla para sí mismo porque no tiene nadie con quien platicar. Oye el inglés, el japonés, el árabe, y cuando logra agarrar algún dejo español, voltea como para que se den cuenta de que también él es hispanoparlante.

El negro, el blanco, el mestizo, el amarillo, todos en un salón de clases. Un collage de todas las razas conviviendo en armonía sobre una misma tierra. El sueño de la Organización de las Naciones Unidas en cada aula de la universidad: la paz mundial.

—Ya quiero irme —decía a un latino.

—Quédate y tendrás los beneficios que mereces. Tendrás una vida tranquila, segura y próspera.

—No dejo de pensar en mi tierra.

 

Las hojas han dejado de caer, la hojarasca ha dejado de rechinar bajo el paso apurado de los peatones. La escarcha ha cubierto lo que cubrían las hojas. La nieve cubre los pinos, el césped, calles y aceras. Le ha tocado adivinar el rostro de sus compañeros por debajo de gorros, escafandras y bufandas. Siente el frío debajo del abrigo, debajo de la piel y debajo de los huesos.

 

No recuerda las jacarandas ni las buganvillas como antes. No extraña el huachinango ni el guacamole ni las quesadillas. Se ha acostumbrado a comer frijoles enlatados. Hace ya dos años que no ha tenido gritos de emancipación ni semanas santas. Ha sustituido el Día de Muertos por Halloween. Apenas se acuerda del águila y del nopal.

 

Los que quedamos no podemos comer bien porque no hay comida, no podemos enfermarnos porque no tenemos médicos ni medicinas. Nada tenemos, por eso los jóvenes y no tan jóvenes se han ido.

—Benito. ¡Por fin puedo hablarte! He tenido que pagar el dinero que no tengo para venir hasta El Progreso y poder llamarte. Tu madre está muy mal y no deja de nombrarte.

—Atiéndela. Cuídala.

—Vente a verla.

—Si salgo, pierdo.

—Se está muriendo.

—No puedo.

—Óyeme: le dijiste que le enviarías dinero y que la vendrías a buscar. Y no tiene para comprar lo poco que se puede comer acá ni para sus dolencias. Tampoco la viniste a buscar y tampoco quieres venir a verla antes de que se nos vaya.

Pero Benito nada le dijo.

 

—El Carmen está por morir, como yo. Los que quedamos no podemos comer bien porque no hay comida, no podemos enfermarnos porque no tenemos médicos ni medicinas. Nada tenemos, por eso los jóvenes y no tan jóvenes se han ido, apenas con el dinero contado para llegar a otro lugar, a otro país. Van a hacer familia en tierras que no son de ellos y que nunca serán de ellos, si acaso llegará a ser tierra de sus crías pero de ellos no, porque siempre se les verá como extranjeros. Los que quedamos acá somos viejos que no pensamos en irnos porque no queremos ser cargas de los demás y porque lo que nos falte lo queremos vivir acá donde pasamos la mayor parte de nuestras vidas. Los que nos quedamos no pensamos en mañana, nos entretenemos en el ayer. Mijo, es que acá no hay mañana. Es que acá todo fue. Tú estás acá por costumbre y por otras razones.

El inquilino mira el reloj, voltea hacia la calle y alcanza a ver a un hombre maduro que entra a la casa de enfrente.

—Doña, ¿la llevo a su cuarto?

Ella voltea a mirarle y frunce el ceño. Asiente con la cabeza y el inquilino procede a arrearla penosamente.

La acera es angosta. La silla es vieja. Las ruedas no ruedan. La doña es anciana. Entra a la casa o a lo que queda de la casa. Presiona un interruptor conectado a un cable del cual cuelga un bombillo. La luz triste y opaca medio alumbra la sala: dos muebles rotos en torno a una mesa con un florero sin flores. Le sigue una cortina sucia y amarillenta. Levanta la cortina y aparece un pasillo largo y vacío que lleva al resto de la casa. La acarrea hasta la mitad del pasillo. A la izquierda ha encontrado una cortina. Detiene la silla. Medio levanta una cortina y entran en el cuarto de doña Guadalupe: una cama grande, lo que fue cama; una mesa de noche, lo que fue mesa de noche; varias fotos clavadas en la pared; un reloj de cuerda, monótono, torturador.

 

El inquilino levanta dificultosamente a doña Lupe, trata de no dejarla caer y con el mayor cuido la acomoda sobre la cama.

—En una hora vengo.

—Cuando vengas, me llevas al baño, mijo… Cuídate.

La besa en la frente y apurado abandona el cuarto.

Doña Lupe mira a su izquierda y enumera las fotos de los suyos, que ya no están; de la familia que ya no está; de los hijos que ya no están.

“Mi familia. Ja. Mi familia es él. Sea como sea, mi familia es él…”.

 

El cuarto se ha puesto oscuro. El pueblo se ha vuelto oscuro. El reloj sigue contando segundo por segundo y su tic tac no la tortura, le hace compañía. Reposa en posición horizontal con las manos en el pecho. Respira lento por la boca y por la nariz.

 

Ha sonado su celular. Mira la pantalla e identifica el código. Es de su tierra. Adivina lo que le dirán.

Ha transcurrido muchos minutos cuando se volvió hacia la puerta y vio al inquilino con cara de llanto y de luto anticipado. Le tendió una mano. Él se puso de hinojos, le besó la mano y la llenó de mocos y de lágrimas. Doña Lupe dejó ver un dejo de dulzura y de serenidad como nunca antes. No iba a morir sola. No sería abandonada en su muerte. No había fracasado del todo como mujer, como madre. Ese día, en el que seguramente moriría, tenía al hijo que no parió y que no crio. Ese día tenía al hijo que la atendía, que le lloraba, que la quería. Tras una guerra de inhalaciones y exhalaciones, se dio el permiso de demostrar afectos. Dibujó un conato de sonrisa acompañada de un río de lágrimas. Juntó todas sus fuerzas para traer las manos de aquél hasta su rostro anciano y, tras un maternal beso, alcanzó a decirle con una mirada de profundo afecto: “Gracias, mijo”.

 

Hace más frío que lo usual. Menos veinte grados. Se ha puesto calcetines y pantalones térmicos debajo del jean. Lleva guantes, pasamontaña, bufanda, gorra y abrigo. Ha entrado al campus universitario y se ha detenido porque ha sonado su celular. Mira la pantalla e identifica el código. Es de su tierra. Adivina lo que le dirán. Escucha atento, guarda el teléfono en uno de los bolsillos del jean y se enjuga los ojos con las mangas del abrigo. Camina eludiendo el hielo, procurando no resbalarse. Camina sin inmutarse a través de los senderos delineados en medio de la selva de edificios y de árboles teñidos de blanco.

Habrá tormenta invernal en la noche, según el pronóstico del día. El frío ya le ha invadido la piel, las venas, los tuétanos. Entrará al College, comerá galletas y tomará café para calentarse. Esa misma noche, en el velorio de su madre, tomarán café pero no comerán galletas porque no habrá de alcanzar el dinero.

Reneé González Martínez
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