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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Los derrotados

• Miércoles 30 de mayo de 2018

Los derrotados, por Juan José Sánchez González

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
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—No te lo tomes así, abuelo, sólo serán unos cuantos meses, tal vez un año… o dos… esto mejorará, la crisis no va a durar siempre.

Salustio permaneció callado, mirando la estrecha cinta gris de la carretera, que se alargaba más allá de las últimas casas del pueblo a través de la ondulante llanura salpicada de viñas, hasta subir la colina en cuya cima destellaban en la clara mañana de verano las tapias encaladas del cementerio. Las estiradas copas de los cipreses, con su oscuro verdor, asomaban rígidas sobre las paredes blanqueadas en aquella mañana sin viento.

España siempre ha sido una madre muy mala… sobre todo para sus mejores hijos. Da igual cómo los eche, siempre los echa, por miedo o por hambre…

Sentía la mano de su nieto Andrés sujetándole del brazo, aunque no lo necesitaba para caminar, aunque sus piernas eran todavía lo suficientemente fuertes como para sostenerle incluso sin ayuda de bastón. Era sólo que Andrés se había empeñado en ayudarle. El joven caminaba a su lado, ajustando su paso al del anciano, alto, delgado, con esa cara larga y blanca coronada por un revuelto penacho de pelo negro, la viva estampa de su bisabuelo, el exiliado, el resistente, el fracasado.

—Eso decía tu bisabuelo.

Respondió al fin, torciendo la mirada un instante hacia su nieto, del que sólo divisaba el resplandeciente pecho de su camiseta blanca. Salustio era un anciano de 83 años, aunque su figura menuda y recta, su cara sonrosada, con menos arrugas que los otros viejos del campo, los que se habían pasado la vida trabajando al sol, le hacía parecer más joven.

—Pero no puedes comparar… —respondió Andrés en un hilo de voz, sabiendo de sobra que toda réplica era inútil y que nadie ni nada haría cambiar a su abuelo de opinión.

—España siempre ha sido una madre muy mala… sobre todo para sus mejores hijos. Da igual cómo los eche, siempre los echa, por miedo o por hambre… no los soporta, siempre se queda con lo peor que es capaz de parir —sentenció el anciano, estrechando su boca en una apretada mueca de rabia y desdén.

—Volveremos… las cosas están cambiando en este país, más despacio de lo que quisiéramos, es verdad, pero están cambiando…

Salustio volvió a torcer la mirada hacia su nieto, que advirtió el duro brillo de sus ojos castaños.

—Eso pensábamos también nosotros.

A Salustio le seguía costando incluirse a sí mismo en ese nosotros. No se consideraba un verdadero exiliado, más bien un heredero del exilio. Había nacido en Villaumbría en 1934. Apenas tenía recuerdos de la guerra y del exilio y de los primeros años en Francia, viviendo clandestinamente en la zona controlada por el gobierno de Vichy. Sólo empezaba a tener claros recuerdos cuando ya era un niño que como cualquier otro niño parisino acudía a la escuela y jugaba en las calles sin miedo a un bombardeo o a ser descubiertos por patrullas nazis o chivatos colaboracionistas. Sus recuerdos de aquella época turbulenta eran historias contadas una y otra vez por sus padres en el modesto apartamento parisino en el que se habían instalado tras el final de la guerra, una vez convencidos de que los aliados dejarían en paz a Franco, peón más útil que una imprevisible democracia en la nueva guerra contra el comunismo. Las vívidas imágenes que evocaba el rostro doliente de su padre Miguel se habían quedado grabadas en su imaginación infantil. Con los vagos recuerdos propios que conservaba de aquellos acontecimientos se había hecho una idea aproximada de lo que tuvo que ser para sus padres y para él mismo abandonar Villaumbría en el verano del 36 ante la inminente llegada de las brutales tropas de Yagüe, a las que precedía la siniestra fama de sus matanzas y violaciones, la vida en el Madrid asediado por las tropas golpistas, los bombardeos, el hambre… la huida hacia Barcelona en el 38 y desde allí, en el duro invierno del 39, a través del paso de la Junquera, a Francia, para sufrir la penosa vida del campo de internamiento de Rivesaltes, donde su madre Inés, con lágrimas en los ojos, decía que durante meses tan sólo habían esperado la muerte. Como tantos otros españoles exiliados, su padre Miguel había combatido en la resistencia francesa contra el nazismo, llegando a tomar parte en la liberación de París. Sin embargo, las humillaciones sufridas en Rivesaltes, el hambre apenas paliado por la caridad de los cuáqueros y el Servicio Suizo de Socorro, la suciedad, la enfermedad, la muerte de amigos, familiares y compañeros de lucha en las condiciones más miserables y el más absoluto abandono, el desprecio de buena parte de los franceses, para quienes sólo eran una horda de extranjeros indeseables a los que había que expulsar, la falta de toda esperanza, la certeza de que la derrota era completa y definitiva y de que nadie ayudaría a esa España vencida y exhausta, le impidieron siempre sentir que Francia era su hogar. Siempre se sintió como un exiliado e hizo de su hijo un exiliado más, pese a su falta de recuerdos. Miguel, reconvertido tras la guerra en obrero de la Renault, evocaba para su hijo la España que habían perdido, la nueva España que los fascistas habían asesinado en la cuna, una España de libertad e igualdad sin amos ni esclavos. Entonces le contaba el motivo por el que le pusieron Salustio y no Miguel o Pedro o Juan, como solían llamarse los varones de la familia. Su nombre era un símbolo de ruptura y de un nuevo comienzo, un símbolo de ruptura con la vieja España en la que innumerables generaciones de hombres con nombre cristiano habían vivido sometidos al dominio de otros hombres con nombre cristiano, de hombres que sólo les permitían rezar y sufrir esperando una incierta salvación en otra vida. La generación que nacía bajo la República debía construir una nueva España en la que ningún hombre estaría sometido a otro hombre y para los que debían estar abiertas de par en par las puertas del conocimiento y la felicidad en esta tierra. El nombre del historiador romano, en cuyas obras, localizadas en la biblioteca de la Casa del Pueblo, Miguel aprendió a leer por sí mismo, le pareció idóneo como emblema de la nueva era que para su familia encarnaba su hijo. Y contaba que durante el largo peregrinaje por una España en armas, al llamar a su hijo con su nombre no cristiano, se hacía la ilusión de llevar consigo la esperanza de la nueva España que algún día nacería de las ruinas de la guerra y que incluso en la desolación de Rivesaltes su nombre le inspiraba fuerzas para resistir y seguir soñando en la nueva España. Salustio creció siendo consciente de lo que su nombre evocaba para sus padres, de que su nombre comportaba un deber que no podía eludir si no quería traicionar la esperanza de sus padres. Y no exageraba cuando le decía a su nieto Andrés que había sido su nombre el que le había obligado a regresar a Villaumbría en 1976, con 42 años, cuando tenía una vida hecha en Francia, casado con Jimena, hija de emigrados andaluces, y con un niño de ocho años, Juan, y regentaba un pequeño restaurante para turistas en La Ville Du Bois, cerca de París. Fue así como Salustio regresó junto a su familia y su padre al pueblo extremeño en el que había nacido pero del que no recordaba nada, un pueblo que para él sólo era un nombre cargado con el añejo prestigio de una tragedia familiar, pero que en realidad era un lugar completamente desconocido poblado por gentes a las que no le unía nada. Compró una vieja casa y un local que reformó para instalar un bar con música moderna que atrajo pronto a una juventud deseosa de novedades tras la larga noche del franquismo.

Durante la misa sintió que traicionaba a su padre y a lo que su nombre representaba, a ese nombre que debía encarnar la nueva España con hombres sin nombre cristiano. No se lo perdonó nunca.

En aquella aventura le acompañaba su padre Miguel, viudo desde hacía siete años y convertido para entonces en un anciano amargado que apenas abría la boca para echar pestes sobre todo. La muerte de Franco llegó demasiado tarde para él. La democracia que los informativos anunciaban a bombo y platillo no despertó en el viejo republicano ningún entusiasmo. Se limitaba a decir que todo seguiría igual con urnas o sin ellas, que todo era una farsa en la que se dejaba a los españoles jugar a la democracia bajo la vigilancia del ejército, la Iglesia y el dinero. Aun así aceptó volver con su hijo a Villaumbría. En el pueblo eran pocos los que le recordaban y para la mayoría, saturados de propaganda franquista, seguía siendo un rojo sospechoso. Los únicos familiares y amigos que allí le quedaban estaban enterrados en alguna cuneta a las afueras del pueblo, en un lugar que nadie podía o se atrevía a señalar con precisión.

Miguel murió en el verano de 1980. Mientras paseaba por las calles del pueblo se desplomó al suelo y no volvió a recuperar la conciencia. Falleció un par de días más tarde. Salustio no quería hacerle un entierro cristiano, pero su mujer y los amigos que había hecho para entonces le disuadieron. Era demasiado pronto, decían, el pueblo no aceptaría que alguien enterrase a su padre sin pasar por la iglesia, sería como insultarle delante de toda la gente, una ofensa que nadie le perdonaría. Salustio hubo de pasar por ese mal trago. Temía que los vecinos dejasen de frecuentar el bar. Para aquella gente idiotizada por la escuela franquista, el ateísmo sólo existía como un componente más de la perfidia comunista. No era una opción que se pudiera tolerar en un pueblo cristiano. Es más, para muchos, incluso para gente de su edad, el mundo seguía dividiéndose entre moros y cristianos, como en la Edad Media. Uno nacía siendo moro y sólo dejaba de serlo cuando se bautizaba. Sólo entonces podía aspirar a enterrarse junto a sus hermanos de fe en el cementerio donde las familias llevaban flores cada 1 de noviembre y no en el desolado rincón cercado al que se daba el nombre de cementerio civil, y en el que eran sepultados los suicidas en mitad de una oprobiosa indiferencia. Durante la misa sintió que traicionaba a su padre y a lo que su nombre representaba, a ese nombre que debía encarnar la nueva España con hombres sin nombre cristiano. No se lo perdonó nunca. Era una culpa que rumiaba en su intimidad. “Era lo más práctico”, le decía su mujer intentando consolarle, “para ti no significa nada, para ellos sí… así nos dejarán en paz y seguirán viniendo al bar… piensa en el futuro de tu hijo”. Era la voz de la sensatez, del sentido común. Pero esa voz no evitaba que Salustio sintiera haber traicionado la memoria de sus padres. Su deber era contribuir a construir la nueva España cuya esperanza él había encarnado para sus padres durante los largos años del exilio. Y, sin embargo, cuando tuvo la primera oportunidad de hacer algo por esa nueva España se acobardaba y bajo el pretexto de actuar con sentido común ofrecía sin resistencia el cadáver de su padre a quienes encarnaban lo que le había obligado a exiliarse en el 39. Se prometió a sí mismo que no volvería a transigir en adelante con nada que representase la vieja España. Sólo que la vieja España seguía siendo el escenario en que se desarrollaba su vida. Aquel pueblo en el que vivía no era la Villaumbría alzada en armas contra el golpe de Estado del 36, aquel pueblo en el que tantos hombres y mujeres valientes miraron de frente al pelotón de fusilamiento por defender la libertad y la democracia. Era un pueblo en el que se respiraba la desdichada calma de la miseria resignada, de la injusticia consentida, la consecuencia de largas décadas de sumisión y miedo, y al que las novedades llegaban con retraso y no sin escándalo, una tranquilidad nauseabunda en la que su espíritu se ahogaba y que a menudo le hacía plantearse que regresar fue un error.

—Pero abuelo, tienes que comprender que tal y como están las cosas ahora mismo la juventud con estudios no tiene futuro en este país… hay que buscarse la vida… volveremos cuando las cosas mejoren.

Siguiendo la acera enlosada que discurría en paralelo a la carretera, dejaron atrás las tapias del colegio de San Javier. Esta vez Salustio no torció la mirada, permaneció mirando la frondosa extensión de viñedos que se prolongaban hacia el horizonte por ambos lados de la carretera en suaves ondulaciones, entre la que destacaba la destellante blancura de algunas dispersas casas de campo.

—Eres tú el que no lo entiendes… tú y toda tu generación. Nos están ganando otra vez… la España de los de siempre, de los que se golpean el pecho en la iglesia y roban el pan a los pobres… Nosotros —otra vez dudó al utilizar este pronombre— al menos peleamos aquí… nos vencieron porque las supuestas democracias nos traicionaron y porque dejaron que los nazis y los fascistas ayudaran a Franco.

Ante ese nuevo escenario de guerra, la seca figura de Salustio, viejo, decepcionado, desorientado, se dibujaba en la imaginación de Andrés como una figura quijotesca armada de rodela y lanza.

Andrés apretó los labios en una mueca de resignación. Su abuelo era obstinado. En su cabeza sólo había lugar para una idea fija, una idea que a medida que se acercaba el final de su vida se hacía cada vez más inflexible, más rígida, más dura. Todo lo que había hecho, todo lo que había sido, lo juzgaba a partir de esa idea. También a él había empezado a juzgarle a partir de esa idea desde que tuvo edad para comprender las cosas que le contaba acerca del pasado familiar. Había intentado convertirle en su heredero ideológico. Había intentado hacer de su nieto el continuador de su obra. De su hijo Juan no había esperado mucho en ese sentido. Cediendo ante Jimena, ante su sentido práctico que rechazaba los nombres extravagantes, los nombres que marcan a un hombre desde la infancia, había aceptado darle un nombre cristiano, un nombre habitual en su familia y en la de su mujer. Lo cierto es que Juan había heredado el instinto práctico de su madre. Sólo pensaba en el futuro, en hacer dinero, en prosperar. El pasado, y sobre todo el pasado que no era suyo, no existía. Había continuado con el negocio paterno, lo había conservado como el bar en el que toda la juventud de Villaumbría quedaba, había montado también un restaurante en el que era necesario reservar con mucha antelación para celebrar bodas y comuniones. Estaba a gusto con su mundo, satisfecho con su realidad. Cada vez que su padre intentaba hablar de la guerra y el exilio, Juan, con su blanda cara de gordo contento, agitaba la mano y torcía la boca en un gesto de fastidio, “eso es pasado y del pasado no se vive… hay que mirar al futuro y pensar sólo en el futuro, lo demás son tonterías que sólo sirven para acabar amargado como tú o el abuelo”. Esas palabras de su hijo zaherían a Salustio. Al principio replicaba furioso recordándole a Juan las humillaciones y miserias por la que había tenido que pasar su familia, acusándole de ser un desagradecido. Más tarde prefirió callarse. Su hijo tenía razón, tenía razón desde la perspectiva de su generación, la que no había conocido la guerra ni el exilio y ante la que se abría un porvenir incierto pero prometedor tras la muerte de Franco, un futuro que había que comprar con el olvido, con el borrón y cuenta nueva, con la amnesia de un pasado enterrado en cunetas y desperdigado por medio mundo y que permitía a viejos dirigentes de la dictadura conservar su posición en la nueva España democrática.

Por eso Salustio había depositado en su nieto Andrés sus últimas esperanzas. Era un joven curioso e inquieto al que le gustaba escuchar la historia de su familia y al que le gustaba leer libros sobre la Guerra Civil y los españoles en el exilio. Sólo que Salustio confundía la verdadera naturaleza del interés que su nieto mostraba por aquellas viejas historias. El interés de su nieto nacía de la mera curiosidad por conocer el pasado de su familia, pero carecía de implicaciones más profundas o más bien éstas se reducían al vago deber de no olvidar lo que había pasado en su familia. Para Andrés, su bisabuelo Miguel se recortaba como una figura imprecisa sobre un fondo de violencia y exilio, una figura teñida de romanticismo hollywoodiense que había empuñado las armas contra el fascismo en España y en Francia, una figura en la frontera del mito que se agitaba en la historia con el grave ademán del héroe vencido, pero una resonante figura de tragedia cuya representación se agotaba en los estrictos términos de la época en que le tocó vivir. Sentía su época como absolutamente distinta a la de su bisabuelo, no porque fuera un mundo más justo, sino porque la injusticia y la lucha contra la injusticia habían adquirido maneras que eludían las manifestaciones trágicas y que se difuminaban en pequeñas luchas anónimas por defender ciertos derechos o conservar pequeños retazos de verdad continuamente amenazados por quienes poseían los medios para construir el modo en que se percibía la realidad. La de su generación era una lucha oscura, constante, antidramática, solventada en múltiples escenarios de batalla, anónimos o invisibles, a medio camino entre la realidad física y la realidad virtual, en permanente mutación, carente de registros y testigos, sembrada de victorias pírricas y derrotas contundentes, librada ante un enemigo sin rostro, sin patria, sin vínculos, sin más ideología que la de acumular dinero. Ante ese nuevo escenario de guerra, la seca figura de Salustio, viejo, decepcionado, desorientado, se dibujaba en la imaginación de Andrés como una figura quijotesca armada de rodela y lanza dispuesto a combatir a pie firme contra monstruos esquivos que están y no están en todas y ninguna parte, cuyas sibilinas decisiones generan pequeños efectos que se concatenan para desencadenar catástrofes capaces de destruir instituciones y estructuras sociales, calculados apocalipsis sobre los que se abalanzan buscando botín en rápidas incursiones de saqueo que devastan sociedades, sembrando una simiente de odio de la que renacerá el fascismo. En Andrés, su abuelo despertaba compasión, juzgaba sus ideas como las trasnochadas ideas de un hombre que ha sobrevivido a su tiempo, pero que ya no puede renunciar a ellas. Es más, en el caso de su abuelo sus ideas sobre la guerra y sobre lo que debía ser España, se confundían con su propia identidad, haciendo de él la extraña encarnación de un sueño de exiliado. De haber vivido en España, de haber vivido la transformación operada en este país durante la larga dictadura franquista, es posible que sus ideas no hubieran conservado la inmaculada pureza que hacía de ellas viejas reliquias inofensivas. Pero la suya era una mentalidad de exiliado, de quien sólo vive para pensar en un país que cambia mientras su pensamiento permanece inalterable.

Habían comenzado a subir la suave cuesta de la pequeña colina en cuya cima se alzaba el cementerio, sobre cuyas resplandecientes tapias las copas apuntadas de los cipreses, firmes en la mañana sin viento, aspiraban en su oscuro verdor la clara luz del día. Atrás habían quedado los ruidos del pueblo. Les rodeaba ahora la somnolienta quietud del campo en un día de verano, apenas estremecida por el lejano zumbido de un motor que se difuminaba en la extensa llanura salpicada por el espléndido verdor de las viñas. En pocos pasos, sin decir nada, escuchando sólo el leve jadeo de Salustio subiendo la cuesta, alcanzaron las tapias del cementerio. En el centro, mirando hacia la carretera, la verja de hierro mostraba la calle principal del recinto, flanqueada por blancos bloques de nichos con lápidas ante las que se acumulaban figuras de crucificados y vírgenes y desvaídas flores artificiales. Dejaron atrás la verja y continuaron su camino, ahora sobre la cima de la colina que se curvaba de nuevo descendiendo hacia una amarillenta extensión de cebada recién segada. La acera enlosada que discurría en paralelo a la carretera desde el pueblo desaparecía a la altura del cementerio. Ahora los secos tallos cortados crujían bajo sus pies, aplastados contra la tierra polvorienta y reseca. Unos cien metros más lejos, al borde del talud de la cuneta, sobresaliendo de un amontonamiento de piedras, un oscuro vástago de hierro portaba una banderola roja, amarilla y morada que en la mañana sin viento se doblaba desmayada contra el hierro. Hubiera podido confundirse con esos pequeños monumentos que algunas familias erigen a sus seres queridos en el lugar en que fallecieron por un accidente de tráfico. Sin embargo, estaba allí para señalar el lugar en el que yacían sepultados al menos treinta y ocho represaliados por las tropas fascistas en la noche del 10 de agosto del 36, entre ellos dos tíos de Salustio.

Salustio se había empeñado en visitar la fosa común en aquella última mañana que Andrés pasaría en el pueblo antes de partir en la madrugada del día siguiente buscando un incierto porvenir en Alemania.

La localización exacta de las tres fosas comunes documentadas en Villaumbría, aunque había sospechas de al menos otras dos, fue obra de una asociación de memoria histórica formada por familiares de víctimas e historiadores en la que Andrés había participado activamente. Fue para él una gran satisfacción poder acompañar a su abuelo al lugar exacto en el que sus tíos fueron asesinados en una serena noche de agosto. Los escasos testigos que habían estado dispuestos a hablar con él contaban cómo los disparos, aunque lejanos, arrastrados por la suave brisa de aquella noche veraniega, sobresaltaron la tensa calma del pueblo, hasta el punto de hacer ladrar a los perros. Pero ninguno supo dar datos exactos acerca de su ubicación. Un vecino de un pueblo cercano que, siendo niño, vivió en Villaumbría durante los años de la guerra, informó a la asociación que, junto con otros críos de su edad, atraídos por la morbosa fascinación que despertaba en ellos aquellas muertes, se habían aproximado en la mañana del día siguiente al lugar de los fusilamientos, esperando encontrar un montón de cadáveres, aunque lo único que vieron fue la tierra revuelta junto a la cuneta a unos cien metros del cementerio. Su testimonio, corroborado por otro de aquellos niños, fue decisivo, aunque faltaba por precisar el lugar exacto en que se llevaron a cabo los enterramientos. Un georradar alquilado por la asociación permitió delimitar el lugar exacto en que se encontraban los cadáveres. Quedaban aún por exhumar los restos, algo que la asociación, con muchas otras fosas por descubrir y desenterrar, no podía permitirse sin la ayuda económica de las administraciones públicas, ayudas que nunca llegaban. Relegado siempre para un incierto futuro, la exhumación de las fosas continuaba sin realizarse seis años después de su localización. Incluso el modesto hito que indicaba su presencia en el anodino paisaje agrícola llevaba una existencia precaria, amenazado continuamente por el propietario de la finca, al que la posibilidad de una excavación arqueológica en una pequeña parcela de su propiedad le quitaba el sueño, y siendo objeto frecuente de actos de vandalismo por parte de los grupos neofascistas que últimamente proliferaban en todos los pueblos del entorno.

Salustio se había empeñado en visitar la fosa común en aquella última mañana que Andrés pasaría en el pueblo antes de partir en la madrugada del día siguiente buscando un incierto porvenir en Alemania. Desde que su nieto le dijo que había decidido emigrar a Alemania en busca de trabajo, cansado de no encontrar nada relacionado con sus estudios de arquitectura, Salustio había intentado convencerle para que se quedara. En su caso no era sólo una cuestión sentimental, ni siquiera el miedo egoísta a perder al único miembro de su familia que parecía tener oídos para escucharle, sino porque sentía su marcha como una nueva derrota, una derrota que defraudaba para siempre su esperanza de ver una nueva España en la que sus buenos hijos tuvieran un porvenir, una derrota que era la de su nieto y la suya y la de sus padres y la de tantos otros que murieron o se exiliaron por un sueño irrealizable, por una esperanza imposible, por una España que nunca será.

Ambos se detuvieron ante el humilde hito y tendieron su vista hacia la reseca llanura amarillenta que servía de lápida a tantas víctimas olvidadas. Ahora que no aplastaban los tallos secos con sus pasos, el denso silencio de la mañana estival se imponía de nuevo bajo el azulado cielo desteñido por el sol.

—Todo esto fue para nada —sentenció Salustio con voz enronquecida en la que se advertía una íntima emoción.

—No… —respondió Andrés de manera inconsciente, aunque su voz se perdió enseguida en el silencio caliente y polvoriento.

El anciano fijaba intensamente su mirada en el suelo pardo, bajo los tallos desmochados y secos de la cebada, como si pudiera ver a través de la tierra el gesto airado de los muertos que le observaban desde el fondo de su anónima tumba. Movía los labios, pero de su boca no escapaba ningún sonido. No rezaba, nunca había rezado. Quizás incluso considerase un insulto rezar ante aquellos muertos. Murmuraba algo, una conversación quizás, un diálogo con las sombras derrotadas de aquellos muertos, un diálogo en un lenguaje de sombras, un diálogo sobre palabras muertas, esperanzas muertas, un diálogo cuya conclusión final exhaló en un lastimero susurro que se perdió en el silencio caliente mientras alzaba su mirada hacia el campo seco:

—Para nada.

Juan José Sánchez González

Juan José Sánchez González

Escritor español (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1984). Es licenciado en historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y doctor en historia del arte por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Uned). Ha publicado varios libros y artículos en revistas relacionadas con su profesión. En cuanto a publicaciones literarias tiene relatos publicados en las revistas Ariadna RC, Almiar, Narrativas, En Sentido Figurado y Pluma y Tintero, y en antologías editadas por Serial Ediciones, La Fragua del Trovador y El Vuelo de la Palabra.
Juan José Sánchez González

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