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Antes de la guerra

lunes 23 de mayo de 2022
Antes de la guerra, por Marco Antonio Campos
Ahora, ahora si salimos de la casa, si nos vemos / en la calle, volvemos de inmediato el rostro. “El hombre con bombín” (1964), de René Magritte

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Antes de la guerra desbordábamos confianza,
nos saludábamos con gusto o por buena educación.
Debió ocurrir hace mucho, porque hace mucho
no nos saludamos o no nos saludamos bien.

Antes de la guerra, si encontraba a Gallardo,
con sólidas nociones de botánica me ilustraba
de flores y de árboles y con lúcida nostalgia evocaba
las huertas del convento de los años treinta,
de los colores y rótulos del barrio antes de
que llegáramos, del jardín de su pequeña casa
—albo de palomas, geranios en la cerca—,
casa que legará a sus hijos, a uno de los cuales
se le sigue hoy causa
por fusilar a veintidós civiles.

Antes de la guerra mi familia solía hacer
visitas a la señora Aguirre,
soportábamos su verborrea que decoraba el yo,
nos hacía gracia que se pintara el pelo
de azul o anaranjado, que halagara la importancia
de las fotografías en las paredes de la sala
donde su marido aparece con políticos en turno.
Mi hermano Sergio pretendía a su hija,
esa misma, esa misma que huyó con el hijo de
un teniente del ejército contrario, esa misma que ahora vive,
tragándose los vidrios a la cuenta del desdén ajeno,
con una enfermedad venérea, en una ciudad del norte
del país vecino. “Ojo por ojo”, decía mi hermano,
a quien el agravio encerró por meses en la casa,
bebiéndose el vino sin apartar el cáliz.

Antes de la guerra, la maestra Ibargoyen,
de rasgos indígenas (pese al apellido), lúcida, activa,
aliada nuestra pero henchida de rencor social,
nunca hubiera declarado que si fuera por ella
no dejaría un enemigo vivo.

Antes de la guerra, el abogado Medina,
dueño de varias empacadoras,
tenía la fama (qué honor de profesión)
de gánster ingenioso, hacía francachelas
orgiásticas en su casa, y nos daba
a los vecinos un trato principesco,
pero jamás imaginamos, como leímos hoy,
que vendiera armas a los dos bandos.

Ahora, ahora si salimos de la casa, si nos vemos
en la calle, volvemos de inmediato el rostro, fingimos
que fingimos ver hacia los árboles o a lo alto del cielo,
y las palabras, si llegan a salir de nuestra boca,
silban como el silbido de las balas que se incrustan
en los muros de fábricas, de casas y de tiendas,
que parecen planisferios perforados que dibuja
un hombre enloquecido con un frenético cincel.

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