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El empate

domingo 23 de mayo de 2021
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El empate, por Esther Domínguez Soto
Él decidió conquistar a aquella mujer que, estaba seguro, era su media naranja, aunque no entendía muy bien qué pintaban las naranjas en asuntos de amores.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Galicia, 1944

La primera vez que se vieron, quedaron mutuamente impresionados. Ramiro era alto, pelo rubio y de una expresión inocente, casi infantil, en sus ojos azules. Hilaria, morena, delgada, nerviosa, tirando a bajita, y en sus ojos negros él entrevió promesas de sentimientos y sensaciones desconocidas que era incapaz de nombrar, tal vez —y aunque él no lo supiera— porque no tenían nombre. Simultáneamente, ella supo que él era el hombre que había estado esperando desde que tenía uso de razón. Él decidió conquistar a aquella mujer que, estaba seguro, era su media naranja, aunque no entendía muy bien qué pintaban las naranjas en asuntos de amores. Ella rindió la fortaleza ante los primeros —y algo torpes— intentos del mozo y, de común acuerdo, se hicieron novios.

El conocerse mejor no estropeó todas estas impresiones, intuiciones y certezas. Ambos habían acertado en su elección y pronto se convirtieron en amigos, enamorados, amantes y confidentes. Les bastaba su mutua compañía y vivían sus amores felices y despreocupados hasta que un día apareció un nubarrón que, curiosamente, no trajo el viento del norte sino el cartero.

La carta en la que se le llamaba a filas —y por si eso no fuera poco— llegó con la peor de las noticias. Debía cumplir el servicio militar en África. En Tetuán, para ser más precisos. Pero ¿a cuántos kilómetros estaba eso de Galicia?, se preguntó Ramiro, poco ducho en geografía. Nadie de la familia quedó indiferente ante la noticia de que debía atravesar España y entrar en África, aunque nadie se deprimió ni se desesperó tanto como él. Incluso intentaron quitarle hierro al asunto asegurando que era una ocasión magnífica de ver un poco de mundo. Para salir del pueblo y espabilar, vamos. Pronto se conocieron los destinos de otros mozos de la zona, todos más asumibles, menos desesperantes: Cáceres, Santander o Zamora. Al hijo del boticario lo enviaban a Ferrol, al ladito de casa como quien dice. “Gracias a algún enchufe de su padre”, gruñó el abuelo paterno, muy dado a ver cacicadas por todas partes. El tío abuelo Pascual lo felicitó. “A mí me enviaron a Filipinas, muchacho. Tres meses de viaje de ida y otros tres de vuelta. Lo tuyo no es nada”. Pero Ramiro seguía insistiendo en que lo que le habían hecho no tenía nombre. ¿Tetuán? ¿Pero eso aparecía en el mapa? Si hasta el nombre daba un poco de miedo. ¡Tetuán! El futuro recluta andaba totalmente anonadado; impermeable a los ánimos que todos le daban, caminaba sin sombra como se decía por la zona. Tan afligido estaba el pobre que el boticario —el del enchufe— intentó levantarle la moral.

Sabía cuatro cosas y firmar, eso sí. Pero, de ahí a escribir cartas…

—No te pongas así, hombre. Para eso está Correos. Tú le escribes a la novia, copias unos versos de esos que les gustan tanto a las jovencitas, ella te responde, tú vuelves a la carga con más versos, os enviáis unas fotos y los dos años de servicio militar se pasan enseguida.

Palabras bienintencionadas, sin duda, pero que para Ramiro fueron una piedra que se unió a las que ya pesaban sobre sus hombros. ¿Escribir una carta? Eso se decía pronto. ¡Una carta y, encima, con versos de amor! Lo que le faltaba. Tener que explicar a Hilaria que era casi analfabeto. Que sabía firmar y muy poquito más. Pero, ¿es que todo se volvía en su contra? ¡Dichosa mili! Seguro que su enamorada —con lo lista que era— se avergonzaría de él y de su supina ignorancia. ¿Y cuál sería el siguiente paso? Dejarlo por alguien un poco más leído que pudiera escribir versos para que ella disfrutara leyéndolos. Y no le extrañaría. Claro que antes de que esa catarata de desgracias tuviera lugar, debía confesar. ¿Y cómo lo hacía? Porque tenía que reconocer que lo de las cartas era una buena opción siempre y cuando se supiera escribir. Pues ya no tenía tiempo para aprender. Si no lo había hecho durante las temporadas, entre la siembra y la cosecha, en que sus padres lo enviaron a la escuela, no iba a conseguirlo ahora. Entonces lamentó amargamente no haber prestado más atención a la maestra y haberse largado a cazar pájaros o a pescar con los amigotes en vez de familiarizarse con los libros. Reconocía que el estudio no le gustaba ni poco ni mucho, pero tal vez si alguien le hubiera dicho qué podía pasar en el futuro… Puestos a repartir culpas, tampoco su familia se había empeñado demasiado en apuntalar su trayectoria académica. Cuidar las vacas, echar una mano en las fincas, limpiar las cuadras o recoger piñas y tojos secos para el fuego eran actividades mucho más importantes para la economía familiar que la escuela. Y, encima, como la maestra afirmaba que no era lo que se dice una lumbrera, pues no habían insistido demasiado. Sabía cuatro cosas y firmar, eso sí. Pero, de ahí a escribir cartas… Y ahora, ¿qué hago yo? —se desesperó Ramiro.

Por de pronto, fue a reunirse con Hilaria. Tenía que sincerarse con ella. No quedaba otra. Total, más pronto que tarde se iba a enterar de que el enamoriscado Ramiro tenía poco que ofrecer aparte de sus habilidades como vendimiador, cuidador de ganado o bracero eventual. ¡Qué vergüenza! Rindiéndose a lo inevitable, allá que se fue, andando a pasitos cortos por aquello de retrasar el momento de la verdad. Pero, como todo llega en esta vida, Ramiro llegó a las ruinas de una ermita que era el lugar preferido para sus citas amorosas. Hilaria lo esperaba con unas ojeras de aquí te espero, ojos enrojecidos y una sonrisa desmayada, aunque voluntariosa por aquello de animar al futuro quinto. Ninguno de los dos sabía que había llegado el momento de las mutuas confesiones.

—¡Qué mala cara traes! —se maravilló la moza con muy poco tacto, aunque tampoco ella era la imagen de la despreocupación.

Ramiro decidió coger el toro por los cuernos.

—Es que tengo algo que contarte.

—Tú dirás —fue la respuesta. Concisa y breve. Prefería que fuera él quien abriera el turno de las confidencias. El silencio entre ambos fue muy llamativo. Ella expectante, él dubitativo.

—Es algo que, francamente, me da un poco de vergüenza. Bueno —reconoció—, mucha vergüenza —y tragó saliva con dificultad.

—¡Jesús!

Tras la exclamación Hilaria siguió en silencio esperando, imaginando qué había detrás de tanta vergüenza y tanta demora. En vista de que él —salvo murmullos y carraspeos— no soltaba prenda, dijo lo que la estaba reconcomiendo.

—¿No estarás enfermo de…? —se puso colorada. Una chica decente no pronunciaba ciertas palabras en presencia de un varón. Pero, se decidió, aunque, eso sí, dando un rodeo—. Ese mal que contagian las mujeres malas en esas casas…

Hilaria era desconfiada por naturaleza y las sospechas pronto se asentaron en su corazón.

—¡De eso nada! —exclamó Ramiro, muy ofendido.

Después comprendió que estaba retrasando la explicación y eso llevaba la imaginación de Hilaria por unos derroteros muy poco recomendables. Antes de que siguiera adelante con sus elucubraciones, se decidió a hablar y aclararlo todo. Como el que se da una ducha con agua bien calentita y de pronto abre el grifo del agua fría y convierte lo que era un placer en una tortura, Ramiro inspiró todo el aire que pudo y se lanzó.

—No podré escribirte cuando esté en Tetuán. Ya me gustaría, pero será imposible.

Los ojos oscuros de Hilaria parecían estar calculando las posibilidades que se abrían ante ella. No era una enfermedad, pero ¿y si Ramiro tenía otra novia? ¿Sería capaz de hacerle semejante faena? La expresión del chico era de inocencia total, pero ¿quién sabe lo que puede llegar a hacer un hombre? Ella tenía un buen ejemplo en su familia. Su tío Ramón, sin ir más lejos, ¿acaso no recordaba la lectura de su testamento, cuando todos se enteraron de que su difunto tío tenía un hijo de tapadillo? Por cierto, ¡vaya escándalo y vaya follón entre los herederos! Aún andaban metidos en pleitos y abogados. ¿Y si Ramiro se parecía al mujeriego de Ramón? Hilaria era desconfiada por naturaleza y las sospechas pronto se asentaron en su corazón. Empezó a llorar silenciosamente la infidelidad de su amor cuando Ramiro soltó la frase que tanto se le atragantaba.

—No podré escribirte porque no sé hacerlo. Soy analfabeto.

Ella se quedó en silencio durante unos segundos. Lo miro con expresión de asombro, a continuación, sonrió y, finalmente, empezó a reír. Al principio era una risa floja, casi vergonzante, que se convirtió en una carcajada tras otra. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero esta vez, eran de risa. Ramiro estaba asombrado ante semejante reacción. Esperaba que se burlara de él. Incluso que se riera. Pero, ¡semejantes carcajadas le parecían exageradas! ¡Tampoco era para tanto, caramba! Escribir era tan importante, pero no lo único en esta vida. Hay otras cosas que considerar. Por ejemplo, él era un jornalero de primera y tenía trabajo de sobra. ¡Todo el año! Si quería dejarlo porque creía que era un lerdo, pues bueno, que lo dejara y se buscara un novio que la entretuviera con poemitas y cosas así, pero tanta risa…

—Tranquilo, hombre, tranquilo. ¡Vaya morros! No te preocupes. Estamos empatados. Tú no sabes escribir y yo no sé leer.

Esther Domínguez Soto
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