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“Él” y “Ella”

domingo 23 de mayo de 2021
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“Él” y “Ella”, por Héctor Estrada Parada
Él le contó lo sucedido, su entrevista con la bogotana, el contrato que le leyó y los requerimientos que, ella le explicó, pretendía la empresa editorial.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Tal parecía que en el cielo se habían roto todas las tuberías del desagüe. Sí, porque en las casas de los pobres lo que llueve proviene de allí; no puede ser de otra. Desde las cinco de la tarde, densos nubarrones presagiaban otra nochecita de colocación de latas y ollas para recoger goteras y rodar los pocos y desvencijados muebles, sobre todo el catre donde dormía, de un lado para otro adonde se mojaran menos. Él no sabía si maldecir o bendecir la lluvia ya que, después de todo, la poca agua que podía recoger en los pucheros serviría para lavarse la cara y recolar, por tercera vez, un guarapillo de café, esta vez sin azúcar, porque ya no tenía, para comenzar el nuevo día con algo tibio en el estómago. Juzgó un eufemismo pensar en un “nuevo” día; en los años más recientes, todos sus días parecían ya viejos al comenzar, por lo grises, tristes e improductivos.

Las lluvias azotaban sin piedad a toda la región, lo cual sin duda le preocupaba. Pero lo que realmente le afectaba era su vida, su propia miseria. “Parece que sólo llueve en las casas de los infortunados, al menos, por dentro de las casas”. Pero a pesar de la miseria en la que vivía, él no se sentía pobre. Lo era, pero solamente por fuera, en apariencia. Los bolsillos vacíos, los zapatos rotos y los gruñidos en el abdomen le recordaban su pobreza física. “¿En qué momento comenzó esta caída? No puedo precisar en qué punto del camino torcí hacia el despeñadero”. Tenía sobrados motivos para no sentirse pobre, aunque lo fuera. Sólo los pobres pasan hambre obligados, ya que la gente bien lo hace porque siempre tienen unos kilogramitos de sobra —así como el dinero.

Maldito sustantivo cuando es calificativo, pobre. Una cosa es ser de la llamada clase baja, obrera; pero pobre, miserable.

Él no era como otros pobres, los que son pobres en el espíritu: la mayoría incultos, muchos analfabetos, casi todos sin sueños ni aspiraciones. Él no sólo tenía grandes sueños, anhelos y proyectos —y luchaba por ellos—, sino que era culto e instruido, capacitado y talentoso. ¡Ah! y sano; a sus años gozaba de excelente estado de salud. Décadas ha de no tener ni un simple dolor de cabeza, ni una gripe, ni nada. En el pasado, desempeñó obligaciones de importancia en grandes empresas, había estudiado y estudiaba constantemente, amén de ser un lector casi compulsivo. Daba clases y escribía; todo el que le conocía lo consultaba ante una duda. Lo tenían como “el libro gordo de Petete” de la familia. “¿Familia?, quizás debería decir parentela. Sí, esos parientes que cuando triunfas te envidian y si fracasas, te crucifican. Mi familia son mis hijos y nietos, ¡qué desgracia!, y no puedo ni tenerlos conmigo”. Claro, con él sólo estarían pasando necesidades infames. Sobre todo la hija menor, quien lo amaba, admiraba, y anhelaba vivir con su padre. Ser pobre lo hacía mal padre, a pesar de no haberlo sido en realidad. Luego para ser buen padre hace falta dinero. No tanto como ser rico, pero tampoco pobre. Maldito sustantivo cuando es calificativo, pobre. Una cosa es ser de la llamada clase baja, obrera; pero pobre, miserable. Si no fuera por una hermana suya, quien le dejaba vivir en una como chocita de su propiedad, alejado, o mejor dicho, aislado de la ciudad, con seguridad deambularía y dormiría por las calles, y viviría de limosnas. La sociedad no lo consideraba adulto mayor o de la tercera edad, para el mundo era un viejo y peor aún, un viejo inútil. Basta con leer los avisos de prensa con ofertas de trabajo: “EDAD COMPRENDIDA ENTRE 25 Y 35 AÑOS”, es decir, la vida útil de una persona es de sólo diez años para el empresariado empleador. No había conseguido ni siquiera cobrar la mísera pensión de vejez del Seguro Social, pese a tener la edad reglamentaria y de haber pagado todas sus contribuciones cuando trabajaba. Con mucho esfuerzo, arregló los expedientes que le exigían, pero siempre le pedían más y más recaudos, prueba de la inoperante burocracia de esas instituciones oficiales. Personas con mucho menos preparación que él, tenían buenos empleos y hasta prósperos negocios propios, ocupando dentro de la sociedad y sus familias, lugares preponderantes. “¿Qué hice con mi vida, en qué fallé, por qué este duro castigo?”. De entre la neblina de sus recuerdos, que se fue treinta y tantos años atrás, surgieron rostros y situaciones aparentemente ya olvidadas. Mujeres que pasaron por su vida tangencialmente, pero que en su noche fueron importantes como el amor del día. Antiguos jefes, unos buenos, otros no tanto. Aquellos que vieron en su empuje y capacidad una amenaza, un potencial rival que podría serrucharles el puesto y al que había que eliminar. “Es peligroso cuando tú puedes ser el jefe de tu jefe, y éste lo nota”. Una mezcolanza de caras y cuerpos, de frases dichas y no dichas, se agolpaban en su mente, hasta que se durmió pesada y profundamente.

El sentimiento angustiante que le provocaba el tanto revolver memorias buscando explicaciones, lo seguía casi invariablemente en la película surrealista de sus sueños. Ese mismo sentimiento que le servía de inspiración para escribir, para crear tramas, personajes y diálogos. A veces hasta para lo etéreo y abstracto de la poesía. Él, que nunca se había creído poeta. Pero los cardenales que la vida le dejaba en el alma le habían hecho también poeta. Le mortificaba que se acercaba al invierno de su vida sin haber aprovechado al máximo su otoño.

Una mañana cuando, como cosa rara, amaneció un sol de lujo, la perra de un vecino lo despertó con sus habituales ladridos impertinentes y él se asomó a la puerta de la covacha para ver qué ocurría. Escuchó el motor de un automóvil que se acercaba. Era de modelo reciente pero corriente, de alquiler. El carro paró y de éste descendió una mujer de muy buena apariencia, elegantemente vestida; informal pero elegante. No era muy joven, tal vez cuarenta y pocos, pero sí extraordinariamente atractiva. En circunstancias diferentes, el macho conquistador y galante que siempre llevó por dentro acaso se hubiera encabritado ante esa presencia, pero él era un hombre que a duras penas sobrevivía y no estaba para frivolidades de ninguna naturaleza.

—Buenos días —dijo la recién llegada.

—Buenos tenga usted, hermosa —respondió él, que por encima y a pesar de todo era un caballero.

—Disculpe la molestia, señor, estoy buscando a alguien.

—Eso me temo o, si no, es que anda extraviada. Si puedo ayudarla en algo, usted me dirá.

—Mis informes me dicen que por acá vive el señor Víctor Estévez, es escritor, ¿usted lo conoce?

—En efecto, lo conozco desde mucho antes de tener memoria —respondió entre cortas risas—, habla con él, o con lo que de él queda.

—¡Ay, qué maravilla! No sabe cuánto trabajo me ha costado dar con su merced.

Como en los cómics, sobre su cabeza se dibujó un enorme signo de interrogación. ¿Qué podría querer una fulana con ese aspecto de gran ejecutiva con él, en ese momento de su vida?

Debo advertirle que no estoy en condiciones de comprar nada. Eso lo aclaro para no hacerle perder su valioso tiempo.

—Bien, usted me dirá para que soy bueno, si es que aún lo soy para algo —dijo con solapada amargura, la cual le acompañaba como una sombra.

—Será de chanza dudar que usted es bueno para algo. Por lo menos para escribir, mucha gente piensa que es genial. Así me lo han hecho saber en la compañía que represento.

—¿Y puedo saber ya de qué compañía se trata? Debo advertirle que no estoy en condiciones de comprar nada. Eso lo aclaro para no hacerle perder su valioso tiempo. Pero antes, perdone mi descortesía, con toda humidad le puedo ofrecer una taza de café recién colado, ¿pasa usted?

—Sí, por favor, ¡mi reino por un café! —rieron ambos y entraron al ranchito—, lo de la humildad déjelo, por favor, no he venido a juzgar su modo de vida sino a plantearle un negocio.

Ella se sentó y recibió la humeante taza que él le acercó.

—Está muy bueno, fuerte como me gusta. Verá, don Víctor, represento al Grupo Editorial Mundo Nuevo; hace algunos años, su merced participó en un certamen literario el cual, por supuesto, no ganó, aunque su obra tenía méritos más que suficientes. Como usted sabe, los miembros del jurado son autónomos en sus decisiones y esto hace que el resultado sea muy subjetivo en la mayoría de los casos. Pero los directivos del “holding” tienen una opinión muy distinta de su novela.

—Con distinta, ¿quiere decir usted… favorable?

—Más que eso, la consideran un libro con posibilidades de récord de distribución transcontinental, claro que con unos pequeños cambios que usted le haría, seguramente sin mucho esfuerzo.

—Ya veo, condiciones e imposiciones de empresa.

—No se ponga a la defensiva, por favor. Su obra es suya y el estilo es inviolable. Las modificaciones son más de forma que de fondo. Adaptaríamos algunos diálogos para un mercado lector en español más ¿cómo le digo?…, más global. Por otro lado, usted la concibió en dos partes y le pediríamos que escribiera una tercera para ampliar la trama y la extensión del libro; quisiéramos llevarlo a unas cuatrocientas páginas. Con unos capítulos más, ahondaría en cierta visión filosófica de la vida, la cual podría usted profundizar en algunos pasajes que marquen aún más la temática que, por lo demás, es muy interesante e instructiva.

—¿Y a cambio, la empresa ofrece que yo tenga el privilegio de…? —inquirió él sirviendo una segunda taza de tinto para cada uno.

Ella abrió el lujoso portafolio y extrajo una carpeta.

—A ver y le cuento —dijo ella con un culto y sensual acento bogotano—. Aquí tengo el borrador del contrato de exclusividad que le ofrece… digamos, mi compañía, la cual me ha otorgado luz verde para negociar con usted cualquier requerimiento de su parte. Ya daremos lectura detallada a las cláusulas, si usted está de acuerdo.

—¿Por qué dice usted “digamos, mi compañía”?

—A ver, funjo de representante del Grupo Editorial en este caso, pero soy una agente independiente. Mi único jefe es el Ser Supremo.

—Suena bonito: independiente, libre.

—Cierto, es muy gratificante ser libre. Y acá, finalmente dos cheques a su nombre. Este por un millón de bolívares contra un banco venezolano, dinero que cubrirá cualquier lista de gastos inmediatos en los que tenga que invertir por concepto de viajes, adquisición de equipo y espacio para que trabaje usted con toda comodidad y tranquilidad en los próximos meses. Sólo basta que me dé su aprobación para recibirlo; sólo eso.

—Me parece estupendo, ¿y el otro? —preguntó él visiblemente ansioso y excitado.

—Este es por medio millón de euros y le será entregado a la firma del documento que honra el compromiso contractual de la compañía y su merced en lo tocante a derechos exclusivos de publicación y distribución de la novela, durante los próximos cinco años. Vencido ese plazo, los derechos de autor son suyos de manera inobjetable, a nivel mundial.

El rostro del escritor se iluminó perceptiblemente, reflejando en su mirada la gran emoción que la noticia de la oferta le producía. Ella lo notó y, mirándolo con sus hermosos ojos verdes, le dijo:

—Entiendo el impacto que le produce todo esto, don Víctor, créame, pero le aseguro que es auténtico, legal y, sobre todo —prosiguió también emocionada, al extremo de mostrar humedad en los ojos—, muy merecido. Yo ya leí su libro y me parece excepcional. Demuestra su gran talento y sensibilidad humana.

—Bien, agradezco mucho sus conceptos, ahora por favor sigamos con las condiciones que pone “digamos, su compañía”.

Trabajando a marcha forzada y con toda la carga emotiva de los últimos años, la cual le sirvió de aprendizaje e inspiración, en menos de tres semanas el trabajo, a su juicio, estaba concluido.

Ella sonrió por la entonación que él puso a la frase, se notaba que era un hombre de aguda inteligencia y muy buen humor.

—Antes de proseguir, debo aclararle que soy una mujer de armas tomar —a lo que él asintió con una leve inclinación de cabeza— y acostumbrada a decir lo que piensa y siente sin rodeos. Me he llevado con usted una muy grata sorpresa. No lo imaginaba, a pesar de haber oído y leído de usted, tan atractivo; maduro pero atractivo y con una personalidad tan envolvente.

—Debo confesarle que viniendo de una mujer como usted, ese halago es mucho más que un cumplido…, agradecido.

—Bien —continuó ella—, en principio, el contrato se suscribirá con una subsidiaria del consorcio español, establecida en Bogotá, Buenos Aires y Caracas.

—¡Ah!, mi querida Caracas. No imagina cuánto extraño esa vida.

—Si ya decía yo que usted tiene un aire de hombre de mundo, cosmopolita. Cualquiera adivina que no es usted de por acá.

—Ja, ja, ja. Yo no he jugado nunca en “las Grandes Ligas” pero sí, estoy acostumbrado a una vida mejor que esta. Se lo aseguro.

Tenía un mes completo para ordenar sus cosas antes de presentar en las oficinas de Caracas el manuscrito con las primeras correcciones de Un acto de fe. Lo primero que creyó obligatorio hacer fue ver a cada uno de sus hijos y ponerse un poco al día con sus obligaciones morales, a fuerza de billetes. Contradictorio pero cierto. “Para ser buen padre hace falta dinero”, y ahora lo tenía. Dejó el rancho y se fue a un pequeño pero confortable apartamento en la ciudad, donde vivir y escribir decorosamente. Y escribió, escribió mucho y bien para complacer las exigencias del contrato.

Después de releer su obra, concedió toda razón a su nueva amiga. La novela era muy buena pero estaba como incompleta, un poco falla de fuerza. Trabajando a marcha forzada y con toda la carga emotiva de los últimos años, la cual le sirvió de aprendizaje e inspiración, en menos de tres semanas el trabajo, a su juicio, estaba concluido. Preparó su viaje a la capital con dos copias impresas del manuscrito y la versión digital en una memoria portátil. En la recepción dio su nombre y solicitó al funcionario de quien la agente le habló. Un hombre calvo, alto y fornido salió a recibirle muy cortésmente invitándolo a pasar a su oficina.

—Señor Estévez, yo soy el consultor editorial de la firma para Venezuela y tengo el encargo de localizarlo a como dé lugar. Usted me cae como del cielo, facilitándome el trabajo. Pero… ¿cómo puede entenderse la casualidad de su visita?

Él le contó lo sucedido, su entrevista con la bogotana, el contrato que le leyó y los requerimientos que, ella le explicó, pretendía la empresa editorial. Así como la promesa del pago en euros a la firma del documento, una vez concluyera las modificaciones al libro.

—No entiendo nada de una agente nuestra, mi estimado amigo. Cierto es que hemos estado indagando por usted y que las condiciones de la negociación son tal como me dice. Pero no tenemos a ninguna persona como la que me describe, a nuestro servicio para esos fines. ¿Me dijo el nombre de la ejecutiva que lo contactó?

Él no pudo contener una carcajada después de la pregunta.

—¡No se lo pregunté nunca!, y ella no me lo dijo. Para mí en todo momento fue “ella” —respondió “él”.

Héctor Estrada Parada
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