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El último libro

viernes 28 de mayo de 2021
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El último libro, por Alejandra Percuoco Gunther
Me impacté al descubrir que allí estaba escondido el mayor tesoro perdido de la humanidad: un libro.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Cuando desperté me encontraba dentro de una cápsula trasparente que estaba suspendida en el aire, similar a las que contienen medicina en polvo. Elevé los brazos y logré extender el extraño objeto que, una vez que yo volvía a mi posición original, regresaba a su forma encapsulada sin adherirse a mí; pude ver que era de un material estirable y a la vez irrompible. ¿Estaría soñando? Me esforcé por aclarar mi mente y mi último recuerdo fue cuando había enfermado de Covid-19 y me mantenían en cuidados intensivos. ¿O será que ya estaba muerto?

Sea lo que fuere, el sueño o la experiencia era sorprendente. Mi visión al principio era muy borrosa, pero poco a poco se fue volviendo nítida como si pasara un trapito sobre un vidrio empañado por mucho tiempo. Por primera vez pude mirar a los lados y darme cuenta de que a mi alrededor —hasta donde mi visión alcanzaba— había otras cápsulas con personas adentro. Y todos estaban vestidos con un traje tipo astronauta de color grisáceo, al igual que yo.

Al momento escuché un pito muy raro y alrededor de mi cápsula se encendieron luces multicolores intermitentes que me iluminaron recordándome a un arbolito de Navidad. De repente mi cápsula empezó a desplazarse a gran velocidad hasta aterrizar en una pista donde tres personas, también vestidas de astronautas, pero de negro, con sus rostros cubiertos con una lámina para no dejarse ver, se me fueron acercando poco a poco. La cápsula se abrió en dos mitades y me dejó libre. Había luces sobre mí. Entonces oí voces dentro de mi cabeza:

Cuando niño me fascinaban las películas y series del futuro, pero protagonizar una tan realmente aterradora no me parecía posible.

—¿Cómo se encuentra?

—Estoy bien —respondí.

—¿Nos dice su nombre?

—Carlos Brandt Farías y soy médico internista. Ahora yo soy el que quiere preguntar.

—Lo que guste, doctor Brandt. Ya vemos que recuperó la memoria.

—¿Dónde me encuentro?

—En el centro de Investigaciones HSTHS.

—Ubíqueme mejor. La última vez estaba hospitalizado en mi país, víctima de un virus pandémico.

—Correcto, doctor Brandt. Usted es uno de los pocos sobrevivientes de la primera pandemia iniciada en el 2020 de esta era.

—¿La primera pandemia de la era? ¿Es que hubo varias?

—Esa los diezmó durante cuatro de sus años de 365 días, luego la Tierra conoció otra en 2028, otra en 2036 y acaba de finalizar la de 2053 que duró siete años.

—Mire, no sé quiénes son ustedes ni por qué hablan dentro de mi cabeza. Pero, ¿me están sugiriendo que pasé casi cuarenta años durmiendo?

—Doctor Brandt, la comunicación es por telepatía. Y hay muchas cosas que usted todavía desconoce.

De verdad me sentí espantado. Cuando niño me fascinaban las películas y series del futuro, pero protagonizar una tan realmente aterradora no me parecía posible. Tenía que ser un sueño o definitivamente ya había cruzado el sendero hacia el más allá. Nunca fui muy creyente de Dios, pero me encomendé a la idea de un ser superior para que me protegiera. Traté de mantener la calma para no mostrarme nervioso ante ellos.

—¿Pueden explicarse mejor? —respondí lo más serenamente posible.

—La Tierra pasó por muchas transformaciones, doctor. Los conceptos de naciones, idiomas y gobiernos quedaron atrás. Hay un orden diferente que sus congéneres aceptaron para que la especie humana pudiera sobrevivir.

—¿Quiere decir que ya los humanos no dirigimos la Tierra?

—No lo vea así. Ustedes no supieron hacerlo solos. De hecho, se autodestruyeron por el poder y la ambición.

—¿Qué quieren de mí?

—Reeducarlo para insertarlo.

—¿Reeducarme? Si yo lo que más he hecho en la vida es estudiar. Siempre me llamaron “comelibros”.

Se escuchó un tono agudo que parecía un aviso. Uno de ellos se acercó más a mí y dibujó un rectángulo en el aire. Inmediatamente se materializó un mini iPod y empezó a deslizar su dedo en la pantalla. En menos de treinta segundos me dijo:

—No, definitivamente, no ubico la palabra “libro”, ¿usted dijo que era algo que se comía? ¿Algún tipo de alimento de los de antes?

Mi cabeza comenzó a sudar frío. No entendía cómo en un nuevo mundo más evolucionado no tuvieran en su diccionario la palabra “libro”. En ningún momento pensé que la nueva realidad podía ser tan monstruosa como poco después iba a comprobar.

—Para decírselo: un libro es una fuente que compila información sobre diferentes temas. Y los hay de todas las disciplinas y niveles, literatura, enseñanza, ciencia, y para todas las edades. Y hasta donde supe hace cuarenta años, los teníamos en formato físico y digital. El conocimiento que adquirimos a través de los libros es lo único que nadie puede quitarnos, a diferencia de todo lo material. He ahí su valor.

—Podemos concebir su apego por su forma de aprendizaje, doctor Brandt, pero actualmente, los conocimientos se trasmiten de otra manera.

Las piernas empezaron a temblarme. Sabía que no me iba a gustar lo que iba a oír. Se intercalaban una voz masculina y otra femenina, y la voz suave de mujer prosiguió:

—¿Pudiera por favor buscar en su aparatico la palabra “lectura”?
—Negativo. Palabra ausente del sistema.

—Lo que le pasó a la Tierra ya sucedió antes en otras dimensiones, mundos y planetas. El ser humano no aprovechó su inteligencia, ni todas las facultades ni libertades. Por eso ahora todo es programado.

—¿Programado por quién?

—Ya le pedí que tuviera calma. Ahora no hace falta estudiar.

—Es decir, ¿ahora somos mitad humanos y mitad computadoras, o algo así?

—Hay varios tipos de inteligencias, doctor Brandt, la artificial, la humana y la mixta.

—Como decía un gran filósofo: el hombre es el único animal que necesita un amo para sobrevivir. Es decir, si yo hubiera nacido en el mundo de hoy no habría podido decidir ser médico como de hecho hice. ¿Pudiera por favor buscar en su aparatico la palabra “lectura”?

El hombre volvió a reproducir la aparición del mini iPod e investigó de nuevo. Esta vez se tardó menos.

—Negativo. Palabra ausente del sistema.

—Lo imaginé —mi tristeza casi ya rayaba en melancolía—. Si ahora nadie lee, para mí eso es peor que estar muerto en vida.

—Doctor, usted aún es muy emocional y las emociones fueron la perdición de su especie. Los humanos que quedan son pocos y son inseminados y programados según la función que se requiera.

—O sea, como máquinas. ¿Y ustedes qué son? ¿Robots? ¿Extraterrestres? ¿O qué?

Yo casi estaba fuera de mí y tenía ganas de golpear a esos tres, hasta tumbarlos.

—Estamos aquí para ayudarlo.

—¿Por qué me dejaron vivir?

—Porque usted es muy inteligente, cosa no común en los humanos. Lo mantuvimos mientras encontrábamos la manera de recuperarlo. Mírese. Usted tiene la misma edad cronológica que en 2021 cuando enfermó.

Otro de ellos extendió hacia mí un hilo de luz del cual emergió un espejito tipo maquillaje de dama y me pude observar, igual que a mis 59 años. Me toqué el rostro sin poder comprender:

—Increíble, estoy casi igual, tal vez algo más joven y delgado.

—Su salud es perfecta. Con nuestra tecnología los humanos pueden vivir hasta doscientos de sus años cronológicos, si lo hacen bien. Doctor Brandt, lo invitamos a que coopere voluntariamente con nosotros.

—¿Tengo otra opción?

—Necesitamos formar médicos humanos como usted. Y de sus conocimientos.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Sólo compartir lo que sabe. Usted ya dio clases en la universidad.

—Sí, pero me había retirado hacía tiempo. ¿Sigue habiendo escuelas y universidades?

—Hay una gran base de datos que se va distribuyendo.

—Claro, si ya nadie lee es de suponer que ya nadie estudia. ¿En su mundo les dijeron que el saber es lo único que puede vencer la oscuridad?

—Su manejo del lenguaje y su retórica no nos impresionan, doctor. Ahora todo es especializado por áreas de conocimiento y cada uno se limita a la suya. Se comprobó que la información distribuida ordenadamente, por sectores, es más efectiva. Un solo individuo no tiene por qué saber de cosas diferentes.

Me tuve que sentar en el piso para controlarme y no romper a llorar.

—¿Y quién elige lo que va a aprender cada cual?

—El Sistema.

—¿Un sistema biológico o de inteligencia artificial?

—Vamos a trasladarlo a su nueva residencia. Le devolveremos algunas de sus pertenencias que rescatamos y nos veremos después de que repose.

Ante mi extrañeza, otro de ellos me acercó lo que parecía un estuche médico, envuelto en plástico, y me lo entregó en mis propias manos. Por una marca pude reconocer que era mi maletín, pero no dije nada. Parecía intacto y yo me encontraba demasiado aturdido para procesar tantas cosas. Las voces se despidieron de mí y los tres sujetos se alejaron de mi vista.

Acaricié la portada del libro y lo abracé con desesperación, empezando a llorar como un niño.

La cápsula volvió a atraparme y a llevarme a mi nuevo hogar: una especie de iglú que parecía de material artificial. Se asemejaba a un apartamento tipo estudio estilo japonés donde encontré mobiliario y algunos objetos medio conocidos, pero también otros totalmente desconocidos. Pero mi interés en ese momento era mi maletín y me apuré a abrirlo. Estetoscopio, tapabocas, guantes, muestras de medicinas, récipes, bolígrafo, lentes, mi teléfono celular, mis documentos de identidad; más abajo, casi en el fondo, había una bolsa de plástico con algo plano adentro. Me impacté al descubrir que allí estaba escondido el mayor tesoro perdido de la humanidad: un libro. Había sido un ávido lector no sólo de mi especialidad sino de todo lo que llamara mi atención y había comprado ese libro poco antes de caer enfermo de coronavirus.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Había regalado el mío a mi nieta para sus estudios y quería conservar un ejemplar en físico. Como la mayoría de los humanos de mi generación, no era muy amigo de los audiolibros ni de leer online, aunque lo hacía. Acaricié la portada del libro y lo abracé con desesperación, empezando a llorar como un niño; sentía que había rescatado lo más preciado de la desaparecida biblioteca de Alejandría, antes de la era cristiana. Si por lo menos pudiera hablar con otro humano que me contara todo lo que había ocurrido en las últimas cuatro décadas, podría tener información real o algún consuelo. Y pensar que estuvimos a tiempo cuando empezamos a deshumanizarnos, a actuar como robots presos de ideologías, a pelear y competir los unos con los otros. Ahora ya ni siquiera podemos elegir lo que queremos hacer con nuestras vidas.

Levanté la mirada a mi alrededor. Todo bonito, casi perfecto. Objetos de plástico y metal, pero nada que luciera humano ni hecho por humanos. Veo una pantalla que parece de computadora o televisor, pero me da miedo encenderla. Ya no podemos buscar información, ni investigar, ni hacer nada por nuestra cuenta, y el conocimiento, a través de las disciplinas y la literatura, asumo que lo eliminaron para dominarnos. Es increíble cómo el ser humano se convirtió en una marioneta para el uso de estas inteligencias “superiores”. Miré por la miniventana de mi iglú, tratando de escudriñar qué podría haber en el exterior. Mis carceleros me sugirieron, antes de marcharse, que no intentara salir, porque aún no estaba autorizado y menos escapar porque me encontrarían. No lo dudé.

Volví de nuevo a pensar en la humanidad y lo que habría quedado de nosotros. Entonces prendí la pantalla que me adentraría en mi realidad: un mundo en el que te nutren con unas pastillitas verdes que parecen naturistas, un supuesto “superalimento” celular que luce asqueroso. Pude ver que tengo dispensadores para surtirme de ellas, pero estoy tan deprimido que no tengo hambre.

La supuesta telecomputadora te da la información mínima para que te desenvuelvas en estas viviendas miniatura, que cuentan con todos los requerimientos básicos de supervivencia y aseo. Con respecto a la convivencia social la gente ya no forma pareja, no se relaciona ni hace el amor para reproducirse —tal vez anularon las emociones de mis congéneres y ya ni saben lo que son los vínculos afectivos—, y por lo que pude ver sólo existen las relaciones laborales programadas.

En algún momento se descartó el acceso al aprendizaje, a la lectura y a cualquier tipo de conocimiento y saber: no hay materiales escritos, ni redes sociales, ni Internet. Nos informan de temas específicos y aunque el humano aún sabe hablar, la principal forma de comunicación es telepática. Tampoco podemos transitar sino por los espacios permitidos y nos transportamos en esas cápsulas transparentes como en la que estoy encerrado. En fin, tal como deduje inicialmente, somos instrumentos con un uso predeterminado. ¿Quién o quiénes decidieron entregarnos de esta manera?

 

Para mí leer siempre fue una pasión que me permitía viajar en el tiempo y conocer a las personas y mentes más interesantes del pasado y de la historia.

Al pensar en los afectos recuerdo mi casa, mi esposa, mis hijos, mis nietos, mi familia, mis pacientes, mi ciudad, mi país, mientras un dolor agudo y penetrante me invade. Por lo menos aún no me han quitado mi identidad, mi alma, mis sentimientos, mi sensibilidad personal y mi empatía social. Ahora que aún sigo siendo un hombre completo, añoro la normalidad de poder salir y conversar con alguien que se me parezca a una persona.

Acaricié la portada de mi libro, mi único compañero. Su título en este momento me suena particularmente amargo: Cien años de soledad, ahora dicen que viviremos doscientos, ¿para qué? Si ya no podemos elegir nuestra vida ni llenar nuestra mente ni enriquecer nuestra alma ni siquiera con un libro, o con una película. Para mí leer siempre fue una pasión que me permitía viajar en el tiempo y conocer a las personas y mentes más interesantes del pasado y de la historia. Cómo quisiera ahora retroceder a 2021 y alertar a la humanidad. Esa primera pandemia sólo fue un aviso del futuro sombrío que nos esperaba.

Abrazo de nuevo el último libro que conociera un planeta Tierra sin memoria ni futuro, suspendido como en una dimensión sin acceso; un lugar de analfabetos sobrevivientes de varias pandemias, pero cuya catástrofe mayor es esta en la que estoy.

Alejandra Percuoco Gunther
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