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Leidy

viernes 28 de mayo de 2021
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Leidy, por Germán David Patarroyo
Leer, nada más importa. Lee mientras aparece el bus, dentro de éste, esperando que llamen a hacer fila, o que empiece una clase. Lee.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

El teléfono no deja de sonar, pero no quiere contestar. Sólo podía ser él. Su mamá rara vez llama desde la oficina, y si lo estuviera haciendo, aun así correría el riesgo. Que se joda.

Llega su mamá horas después, y él, abstraído en una identidad trigonométrica que no va para ningún lado. Sobre la mesa, el ensayo a medio terminar que le pidieron para recuperar el previo que perdió de filosofía. En algún lugar de su cabeza, un recuerdo que obstinadamente lo acosa. Que se joda.

Ya es de noche, y el teléfono no tiene que sonar de más porque su mamá contesta inmediatamente, como un reflejo que trae desde la oficina. Habla con desgano al principio, discute airadamente por un par de minutos y reprocha con resignación antes de colgar. En su cuarto sigue la identidad sin resolverse; ni las palabras del ensayo sobre la alegoría de la caverna fluyen ni el recuerdo de la veterinaria se desvanece, mientras su mamá lo observa desde la sala, esperando el momento para acercarse y tocar el tema. Entra, poco después empieza la discusión, y cada quien se acuesta sin apenas probar la comida. Que se jodan.

 

*

 

Despierto, y vuelvo a leer el pasaje de Los hermanos Karamazov, y ya Fiódor no me resulta tan odioso. Sigo leyendo.

Si no me subiera a ese bus no tendría que escucharlo hablar como si nada hubiera pasado el día anterior. Y si nada hubiera pasado, todavía le seguiría pidiendo que me llevara con él, después de volver del colegio, para así acompañarlo y ser su seguidor más incondicional, mientras al consultorio llegarían gatos intoxicados, perros con fracturas abiertas y eventualmente, animales traídos de contrabando. Si no siguiera siendo su seguidor más incondicional, no continuaría cayendo en sus promesas de ir al negocio de don Saúl. En cambio, y a pesar de que me he repetido “que se joda” una y otra vez, sigo en este ciclo, llegando a la casa con la ilusión de esta vez conocer a Leidy, y almuerzo rápidamente, y me subo al bus con él, y lo escucho hablar sobre los casos que lo esperan en la tarde. Sólo que resulta que no hay ni gatos intoxicados, ni perros con las patas fracturadas, ni animales silvestres. Por lo que una vez más me paso la tarde viendo los carros, a la gente transitar por ese consultorio que la fortuna no visita, y una vez esa payasada termina, acompañarlo a donde don Saúl, pero no donde quiero y no me atrevo a preguntarle, y escucharlo hablar sobre cosas que no entiendo, hasta que la cerveza termine de embrutecerlo, y llamar a la casa, y escuchar las quejas de mi mamá, y tantearlo hasta que logro que se pare, y tomar un nuevo bus, y en casa verlo arrastrarse hasta la cama, ignorándonos, o gritándonos, o simplemente burlándose de quién sabe qué porque nada de lo que hace nos resulta gracioso… Y no sé cómo hace para estar despierto cuando me voy al colegio, con su sonrisa inmaculada, y pedirme disculpas, palabras que acepto sin inmutarme porque esta vez sí me va a llevar.

En ese sueño-recuerdo le respondo que cuidado con fallarme, o me niego a creerle y decido ir por mi cuenta, así no sepa dónde vive Leidy. Pero despierto, y vuelvo a leer el pasaje de Los hermanos Karamazov, y ya Fiódor no me resulta tan odioso. Sigo leyendo.

 

*

 

Leer, nada más importa. Lee mientras aparece el bus, dentro de éste, esperando que llamen a hacer fila, o que empiece una clase. Lee. Así todos lo miren con extrañeza, desprecio, comprensión, así unos cuantos más lo ignoren, y otros tantos lo eviten como si fuera el portador de una enfermedad, o la confirmación de rumores extraños, cuando llegó transferido de otro colegio. Lee porque en su casa no hay más que libros abandonados, desterrados por el papeleo que engulle a su mamá y el trago que regurgita decadencia en su papá. Y mientras lo hace, ideas deambulan por su cabeza. Tal vez ellos leían con la misma voracidad que él porque no tenían obligaciones, ni se habían conocido en una fatídica feria de pueblo, llevados por la nostalgia. Tal vez ya no leían porque se habían marchitado antes de tiempo, de lo que deseaban, y todo ese proceso empezó con su llegada al mundo. De ahí su incapacidad ahora de entenderlos, y la de ellos al aproximarse. Quién sabe.

Leer, porque nada más tiene sentido. Lee mientras aparece el bus fuera del colegio, dentro de éste, esperando que la comida se enfríe, que deje de sonar el teléfono en la sala. Lee. Así los trabajos pendientes del colegio lo ignoran, su mamá se resigna y aquel desaparece de una buena vez. Lee porque sabe que en algún momento las ideas dejarán de rondar por su cabeza y el sueño lo volverá a reclamar. Sólo que está cansado de soñar con conocer a Leidy.

 

*

 

En sueños, la busca, ahora no en el consultorio ni en la cantina, sino cerca de bodegas y residencias de camioneros a los que ya se ha ido acostumbrado tras cada noche; lugares invadidos por un ritmo frenético y el desorden del comercio que pasa y se marcha indiferente. Es un sueño donde de nuevo es espectador, mientras su papá habla animado con don Saúl. Sobre los muros de la entrada, vidrios rotos para que no se cuelen extraños como él, y detrás de éstos, siluetas que, ya dentro, corresponden a piernas y torsos sugerentes. A los tres los saludan con efusividad, pero sólo a él lo acarician como si se tratara de uno de los animales que supuestamente retozan entre sombras. Después de tantas noches, tantos sueños, arrastrado por su papá y sus supuestas vueltas, ya no le gustan esas caricias.

Es un mundo donde no hay mujeres maquilladas, camiones, paredes con vidrios rotos ni expresiones cómplices como la de don Saúl.

Y en la distancia, su papá lo mira resistirse, con incredulidad, como si sólo ahora fuera consciente de que las tretas pierden su significado al ser usadas ya tantas veces, que los años no pasan en balde para los dos. Pero aun así prefiere ignorarlo, y detrás de los muros sigue actuando, hablando de perros y gatos escondidos quién sabe dónde, hablando y hablando, hasta que su voz reverbera por todo el lugar, y las rancheras del interior desaparecen, y ellas dejan de acariciarlo condescendientemente, y las bocinas de los camiones se silencian afuera. Y así seguiría, hablando hasta el final de los tiempos, hasta el colapso de su cordura, si no fuera porque su mamá finalmente aparece en el lugar, gritando con una mayor intensidad que el parloteo del otro, empezando una discusión que verdaderamente es una fuerza de la naturaleza; primaria, incontenible, como cuando discutían en la sala y al final sólo las quejas de un vecino o un policía furtivo mitigaban la tormenta, devolviéndolo todo a un mundo de apariencias que no era este. Es el mundo donde se miran ellos, derrotados, enojados. Su mamá con los brazos cruzados, la cara enrojecida por la rabia y la frustración. Su papá, meditativo, perdedor, con su mochila negra, la del material quirúrgico y la anestesia que lo impulsaba a seguirlo. Es un mundo donde no hay mujeres maquilladas, camiones, paredes con vidrios rotos ni expresiones cómplices como la de don Saúl. Sólo estaban los tres, imperfectos pero juntos como en los viejos tiempos, antes de todo el desastre que es su existencia. Es un sueño donde la nostalgia se convierte en angustia y las risas que suenan en malestar.

 

*

 

Quería leer hace unas horas, mientras el profe Archila me echaba otra cantaleta sobre las responsabilidades y el futuro que me esperaba de seguir así. Quería leer ahora, terminarlo hoy, pero por la mala dormida de ayer salí apurado, medio desayunado, y sin el bendito libro. Y no me podía volar, aún no, porque el profe Bustos seguía organizando la marcha, explicándonos por qué las cosas están como están y por qué debemos participar. Después empezó esa nueva procesión de arengas y pancartas por la educación, armadas a toda prisa, llevadas a la Gobernación con desgano o resolución, y allí en la plaza, caminando, una vez más fuimos una categoría: buenos, malos, fachos, mamertos, valientes, cobardes, comprometidos, indiferentes. Mientras, el mundo siguió en su tránsito y los vendedores ambulantes siguieron rebuscándose la plata, y los abogados continuaron hablando mierda en el café de la esquina; aquel gamín continuó durmiendo su siesta, aquella niña empezó a llorar porque no le compraron el juguete prometido. Y yo los vi a todos, y a falta de mi libro leí sus rostros, sus etiquetas, mientras finalmente me conseguía volar de la marcha, para después caminar hasta la casa porque los buses también se habían sumado a la protesta. Y estaba tan cerca de llegar, de terminar Los hermanos Karamazov, echarme en la cama, dormir, no pensar en nada, pero allí en la entrada estaba él, esperándome. Y cuando tuve el chance de dar la vuelta, o seguir de largo, ignorarlo, no lo hice, sino que en cambio escuché lo que prometían ser sus excusas de toda la vida. Y lo hice, escuché su monólogo zalamero, porque a diferencia de las otras ocasiones me había conseguido atrapar con su primer comentario al verme. Y le creí, era cierto.

Es extraño, ahora no quiero terminar de leer, mientras estoy en su carro destartalado, yendo por fin a donde Leidy. Ya vamos a llegar, o al menos eso se la pasa diciendo. Y apenas puedo hablar, contestarle, escuchar, respirar. Es extraño. Estoy emocionado, apenas me puedo controlar, pero al mismo tiempo estoy aterrorizado. Parezco una de esas polillas que se encandelillan en un farol.

 

*

 

A esa hora, con su aspecto de amanecido, la bolera estaba a medio ocupar. Un par de comerciantes cerraban o empezaban un trato en la entrada, mientras que un abuelo tarareaba sin éxito un tema de Alfredo Jiménez. Don Saúl los estaba esperando dentro. Ya se había encargado de todo, por lo que entraron de inmediato al lugar. Su corazón latía con furia, pasaba saliva por la emoción y el miedo. Cada paso que daba lo devolvía a otro tiempo, un tiempo donde su cuerpo no le generaba vergüenzas, un tiempo sin las preocupaciones o exigencias que sentía ahora.

Esa respiración resignada le brindó la oportunidad de compararla con el porte de su papá, de leerlo. Estaba mucho más delgado que la última vez.

Un par de muchachas, apenas mayores que él, los vieron pasar por aquel pasillo que parecía no tener final, con una luz que apenas se manifestaba en sus paredes y piso maltrecho. La voz de Alfredo Jiménez ya era un murmullo lejano cuando finalmente salieron. Su papá y don Saúl le pidieron que los esperara allí y él apenas respondió. Trataba de hacer lo de siempre, de capturar todo con su mirada, porque de eso se alimentarían los sueños venideros, y tal vez podría descansar de verdad, y lograr esa paz que ahora sólo conseguía al leer historias que acontecían en tiempos y lugares remotos, ajenos a cualquier intento de familiaridad. Un escampado de tierra pisada, un palo de mango gigantesco, la sombra de éste proyectado sobre una jaula de barrotes viejísimos, tres hombres manipulando un cuerpo, su papá soltando una carcajada fuera de ésta. Dentro de una ciudad, una bolera, dentro de aquélla, este lugar.

Unos empleados de don Saúl llevaron el cuerpo hasta una de las esquinas de la jaula, donde su papá ya la esperaba. Tras un par de minutos la respiración de Leidy se volvió acompasada, de una tranquilidad sobrecogedora, ya que se trataba de un cuerpo golpeado por la vejez, testigo de una historia que le resultaba esquiva, antiquísima. Y esa respiración resignada le brindó la oportunidad de compararla con el porte de su papá, de leerlo. Estaba mucho más delgado que la última vez; la camisa arrugada, con una mancha amarilla en uno de sus costados, un pantalón marrón que le bailaba, unas manos que temblaban ligeramente mientras sostenía el raspador. No era el mismo de sus recuerdos o de sus sueños repetitivos. No era Fiódor, ni Mitia, Vania o Alioshka, ni siquiera Smerdiakov. Era otro individuo, un ente extraño, un personaje difícil de inventariar. Así estuvo por unos minutos, esperando a que lo llamara, contemplándolo a él, leyéndolo, y no al animal o a sus colmillos desgastados.

Germán David Patarroyo
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