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El cuadro de la maestra

domingo 10 de enero de 2021
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El cuadro de la maestra, por José Campione Piccardo • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
Luego volvería a enfrentarse a La noche estrellada, a contemplarla a gusto, pero ya sabía que nunca, nunca más, podría volver a mirar aquella obra sin dejar de reconocer en ella a cada uno de sus diablillos danzando en cada estrella de Van Gogh. “La noche estrellada” (1889), de Vincent van Gogh • Museo de Arte Moderno de Nueva York

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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María Julia había soñado con visitar un día un museo y poder hallar en él un cuadro que fuese suyo, realmente suyo.

Desde niña, María Julia había querido ser artista: crear formas, darles color y que ellas sugirieran ideas y tuvieran significado. Y en cierto modo lo había logrado. Sólo que, en lugar de expresar su arte en telas blancas con marcos rígidos, lo hacía en las mentes vírgenes de tiernas vidas en ciernes: María Julia era maestra.

Ahora que se acercaba su retiro no tenía la menor idea acerca de cómo habría de ocupar su tiempo libre. Quizás viajaría. Tal vez visitaría alguno de los muchos museos con los que tanto había soñado.

Y lo era en la escuela de uno de los barrios más pobres, en la periferia olvidada de la capital. Habiendo enseñado en algunas de las mejores escuelas del país, y ganado todos sus concursos, como broche de carrera había elegido, en primera elección, enseñar en esa escuela, en ese preciso lugar. Desde pequeña había debido ganarse su sustento. La escuela y el liceo los había terminado yendo a clases nocturnas, y trabajando de noche fue como había logrado culminar —y con honores— los cursos de magisterio. Luego había vivido una vida muy frugal, casi ascética. Había aceptado a la vida sin reclamos, tal como ofrecida, pero había declinado sin remordimientos las proposiciones que había recibido para compartirla. Luego había volcado toda su fuerza vital a la enseñanza, la enseñanza primaria, pública, gratuita y, sobre todo, obligatoria, indispensablemente obligatoria para el adoctrinamiento temprano de sus párvulos en mitologías consensuadas —el lenguaje ante todo— y todas las demás que en ese momento y lugar fuesen consideradas necesarias a la supervivencia y funcionamiento en una sociedad futura, imaginaria, numerosa, deficientemente intersubjetiva y no precisamente justa ni equitativa. Plenamente consciente del carácter coercitivo de su tarea, María Julia había tratado de suavizar la imposición del aprendizaje promoviendo la libertad de expresión toda vez que en sus clases ello le había sido permitido por las reglas y los programas curriculares, también ellos parte de esas mismas mitologías. Y ahora que se acercaba su retiro no tenía la menor idea acerca de cómo habría de ocupar su tiempo libre. Quizás viajaría. Tal vez visitaría alguno de los muchos museos con los que tanto había soñado. Su trabajo como maestra, seguro que iba a echarlo de menos, pero nunca tanto como a sus “diablillos” —así era como solía referirse a sus alumnos—, a ellos ¡vaya si habría de extrañarlos!

En uno de sus últimos días con su último grupo escolar, María Julia llevó a clase un libro de grandes dimensiones, con figuras de igual tamaño, figuras muy especiales, ya que se trataba de reproducciones de pinturas de grandes maestros del pincel, obras que ella siempre había admirado y que sus diablillos jamás habrían visto y tendrían muy pocas chances de jamás volver a ver. Le encantaba oír sus frescas interpretaciones, a cuál más inesperada, original e ingeniosa, al descubrir por primera y quizás única vez esas obras maestras, y escuchar sus comentarios que tanto contrastaban con las frases trilladas con las que algunos adultos solían creer poder demostrar alguna afinidad artística, repitiendo opiniones ajenas, epítetos y frases hechas, substraídos todos de superficiales críticas mercenarias en el suplemento de algún oscuro periódico local, sin jamás arriesgar un pensamiento propio, sin nunca hacerlas realmente suyas. Y mejor así.

Una de las pinturas del libro era además objeto de su carátula: La noche estrellada de Vincent van Gogh. Pero en la tapa sólo aparecía magnificada una fracción de la composición con sólo el sector central del cielo de la pintura, el centro de la espiral franjeada y la mitad de las estrellas representadas en la totalidad de la tela. María Julia tuvo la idea de, sin preámbulo de ningún tipo, preguntar a sus alumnos qué era lo que veían en aquella imagen.

—Dragones o dinosaurios, esos son sus ojos —dijo Felipe con un gruñido que quiso ser saurio.

—Aviones peleando en el cielo, tirando bombas: ¡bum, bum! —explotó en un grito Faustino.

—Bailarinas vistas desde arriba —dijo Susana haciendo una graciosa pirueta al costado de su pupitre.

Todos se asombraron de que las estrellas tuvieran nombre. La campanilla del final de clase los encontró a todos encaramados alrededor del escritorio de María Julia.

—Las mismas bailarinas, pero vistas desde abajo —dijo Juancito con una sonrisa pícara.

Susana le sacó la lengua.

—Una víbora pasando entre gotas de lluvia en el piso —expresó Carlos, señalando el piso e imitando con su mano el movimiento ondulante de una serpiente.

Virginia hizo un gesto de disgusto y reprobación.

—Un pueblito de chozas redondas visto desde el cielo —opinó Jacinta.

—Un gran bigote en una cara con pecas, como la de mi tío Juan —pronunció Benjamín, que era pelirrojo.

—Viento, pasando entre flores —dijo Virginia con ojos soñadores.

—Tapitas de botella hundidas en el piso —sentenció Miguelito—, yo las veo siempre, cuando jugamos al fútbol en la calle… en la esquina del bar… con mi pelota de trapo…

—Un enorme sapo con grandes ojos amarillos, como el del cuento de ayer —interrumpió Raúl abriendo grande sus ojos.

—¡Fuegos artificiales! —gritó Alejandra elevando sus brazos hacia el techo y abriendo sus manos como si estallaran.

—Luces de la calle de noche, yo las veo así cuando estoy sin lentes —dijo Pedro por detrás de sus anteojos gruesos y redondos.

—Y tú, Vicenta, ¿no dices nada? —preguntó María Julia.

—O estrellas —murmuró Vicenta mirando al piso.

Todos rieron.

—Pero ¿qué de todo eso es lo que realmente es la pintura? —preguntó Felipe.

—Todo —contestó María Julia—, todo es cierto, si es lo que cada uno ve. El pintor dijo en sus cartas que se trataba de estrellas, pero…

—Yo sabía… —volvió a murmurar Vicenta.

—Pero pudo no decir la verdad —continuó María Julia con un guiño—; además, acerca de qué estrellas, las ideas son a cuál más descabellada. Quizás la más probable sea la de un ex alumno mío que trabaja en el Planetario Municipal, ¿se acuerdan del planetario que fuimos a visitar hace unos meses? Según él el cuadro reproduce con bastante exactitud las estrellas más brillantes que el pintor vio en el cielo de esa noche, y hasta llegó a identificar a cada una por su nombre.

Todos se asombraron de que las estrellas tuvieran nombre. La campanilla del final de clase los encontró a todos encaramados alrededor del escritorio de María Julia, absortos en las imágenes del libro, de par en par abierto sobre la mesa.

María Julia había esperado que al enfrentarse a la tela tendría una revelación, una epifanía, y hasta temió que hubiese sido un buen momento para dejar de existir.

Unos meses después María Julia se jubiló. Con su premio-retiro viajó a algunos de los grandes destinos que propone el turismo corporativo. Y voló a Nueva York. Y allí visitó el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Tomó el ascensor hasta el quinto piso y, no bien entró en la primera galería, lo vio, semioculto por cabezas, nucas y hombros, los de quienes le habían precedido frente al cuadro: La noche estrellada, el original. Sin saber por qué, imaginó de golpe una escena de crucifixión. Ahí estaba, exhibido al público en toda su gloria, fijado, dentro de un marco austero, metáfora de stipes y patibulum, suspendido sobre su Gólgota, en el páramo color piel de su propia y monótona pared, aislado del resto del mundo, rodeado de incomprensión, en la inmensa soledad de lo sagrado: “ecce cuadro”, murmuró, y se sorprendió al oírse decirlo. Pero al irse acercando, se fue esforzando por verlo como debían de haberlo visto los ojos de Vincent mientras aún cobraba color y forma, aún vivo, incierto e indefenso —en ciernes, como sus diablillos—: un brillante y sensual empasto de óleos espesos y coloridos, fragrante de linaza, sobre el caballete, en la inmensidad del estrecho cuarto, frente a su creador, en Saint-Paul de Mausole.

María Julia había esperado que al enfrentarse a la tela tendría una revelación, una epifanía, y hasta temió que hubiese sido un buen momento para dejar de existir. En todo caso, había pensado que rompería a llorar. Pero sólo pudo ir repasando una a una todas las interpretaciones que había oído de boca de sus pequeños durante uno de sus últimos días como maestra. Y por un instante cometió el sacrilegio de permitir que por su cabeza pasara la travesura de ponderar la posibilidad de que, mientras pintaba, Vincent hubiese vislumbrado asociaciones similares a las de sus diablillos —por lo menos algunas— e, incluso, que ellas hubiesen podido contribuir a su verdadera intención creadora, al simbolismo del artista. Y no pudo sino imaginarlo al lado de su incipiente noche estrellada, cotejando su tela con el firmamento allende su ventana, con una sonrisa pícara (quizás no muy distinta a la de Juancito) dibujada por debajo de su barba roja, en su cara sudorosa, ojerosa y desorejada. El pañuelo que María Julia había sacado de su cartera previendo las lágrimas le permitió ocultar su mirada de las de los demás visitantes del museo y contener, junto a las lágrimas —las que tampoco pudo evitar—, el compulsivo acceso de risa que no tenía previsto. Trató de disimular lo más posible las convulsiones involuntarias, y se deslizó lo más discretamente que pudo hacia uno de los salones adyacentes.

Luego volvería a enfrentarse a La noche estrellada, a contemplarla a gusto, pero ya sabía que nunca, nunca más, podría volver a mirar aquella obra sin dejar de reconocer en ella a cada uno de sus diablillos danzando en cada estrella de Van Gogh, e imaginar a Vincent en el instante de pintarlas, sonriente, alegre como un kokopelli —un Vincent, por siempre feliz, como el Sísifo de Camus.

A La noche estrellada, María Julia acababa de hacerla suya, realmente suya.

 

José Campione Piccardo

José Campione Piccardo

Médico, docente y escritor uruguayo-canadiense (Montevideo, 1945). Reside en Canadá desde 1975. Doctor en medicina, especialidad en microbiología (Universidad de la República, Uruguay, 1974), con tesis de doctorado (Ph.D; McMaster University, Canadá, 1980) y posdoctorado (universidades de Columbia Británica y de Ottawa). Ha desempeñado cargos docentes en la Universidad de la República (1968-75) y cargos técnicos y de dirección en el gobierno federal de Canadá (1985-2008). Fue consejero científico para Health Canada y para la Public Health Agency of Canada; profesor externo para la Universidad de Ottawa, el Instituto Armand-Frappier de la Universidad de Québec y la Universidad de la República, y virólogo médico para el Caribe por la Organización Panamericana de la Salud (1995-98), cuyo Centro de Epidemiología del Caribe además dirigió (2008-10). Consultante en biotecnología y salud pública, ha realizado contribuciones y publicaciones originales en el campo de la virología médica y molecular, la bioinformática y la salud pública. Tiene un Diploma Superior (DS) por la Alianza Francesa de París (1962). Es radioaficionado (VA3PCJ), velerista y, además, instructor de vela y crucero de la Canadian Yachting Association (CYA) en Canadá y el Caribe. Estudioso en filosofía.

José Campione Piccardo
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