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Una balada para Lula

domingo 10 de enero de 2021
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Una balada para Lula, por Herlinda Flores Badillo • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
Escribía una novela, una balada. Se situaba en un café, los personajes eran tan monstruosos como los mismos humanos que conocí a lo largo de mi vida. Lula Carson Smith, o Carson McCullers • Fotografía: Carl Van Vechten (1959)

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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Era una niña de salud débil pero decían que físicamente y por mis actitudes parecía un chico, reconozco que me gustaban más los juegos masculinos que los propias de niñas de mi edad. Recuerdo cuando tenía cinco años, sentada en el pórtico de la casa de mis padres en Fork Falls, me gustaba permanecer ahí escuchando el canto desolador de un soul. Ahora ya mayor puedo decir que era un aullido intenso, no de lobos sino de humanos; hombres y mujeres encadenados a un mismo destino que día y noche trabajaban juntos por un futuro que no era el de ellos. Esa cadena humana vivía como uno solo en el trabajo, juntos, todos diversos eran capaces de expresarse mediante la música.

Debes hacer un esfuerzo, la enfermedad no se irá si no la dejas ir. Ya no eres una niña de cinco años, cumplirás…

Ahora que me encuentro postrada en esta cama, recuerdo que esos simples mortales producían una música celestial, eran creadores de arte, un arte inmortal tan sentido como alegre, la voz mayor sobresalía como si se liberara de las cadenas, mientras los otros contestaban como una sola voz. Todos encadenados pero libres, esa era la contradicción más extraña que ahora que lo pienso se incrustó en mi cabeza y en mi corazón. Los que vivíamos sin cadenas no éramos capaces producir una música a una sola voz, no había tampoco una voz mayor y sus respuestas.

 


 

Portia entra en mi habitación e interrumpe mis ideas…

—Lula, ¿sabes cuántos días han transcurrido desde que recaíste de esa fiebre reumática?

—Claro que lo sé, Portia, hace diez días que no puedo salir a trepar árboles y jugar carreras con los chicos.

—Debes reponerte, sacar fuerzas aunque tus padres estén lejos, debes hacer un esfuerzo, la enfermedad no se irá si no la dejas ir. Ya no eres una niña de cinco años, cumplirás…

—¡Vamos, vete! Déjame dormir que la fiebre me agota, a los quince años no se desea estar enferma.

 


 

Portia se ha ido, él tampoco es libre aunque no esté encadenado. Los trabajadores del pueblo saben que su situación no es fácil, las plantaciones de algodón sólo florecen para quienes las poseen, no para quienes las trabajan. Portia ha vivido con mis padres por años, libre pero encadenado… A mí no me importa la gente que se hace rica con las plantaciones pero sí la música de los encadenados.

…El amor no necesita ser recíproco, el valor del amor está en las manos de quien ama.

Desde pequeña me ha gustado imaginar historias y tocar el piano. Ese fue el mejor regalo de mi padre, y las clases con el señor Biderbach me han dejado una gran disciplina no sólo en la música, también en la escritura. Portia entra de nuevo, ya no tengo ni cinco, ni quince años, pero él sigue ahí, encadenado… todavía no sé a quién o a qué. Ahora que estoy casada viene a verme seguido, las charlas con él me han llevado a pensar que Marvin y yo debemos separarnos. Antes de conocer a Marvin, Portia me sugería encontrar un buen hombre, alguien que completara la mitad que me faltaba.

—¡Oye, Lula! Te presento a Marvin —me dijo Cloe, él también escribe.

—Hola, Lula, soy Marvin McCullers.

Así fue que lo conocí y pensé que había encontrado la otra mitad, si él era escritor qué mejor manera de complementarme. Así fue en un principio, Marvin siempre estuvo al pendiente, me apoyaba en mi escritura, me animaba a escribir a pesar de mi precaria salud, ahí estuvo. Pero su fracaso como escritor fue el fracaso de nuestro matrimonio.

—Lula, no puedo creer que siempre estés enferma o escribiendo un cuento o una novela, pero nunca hay tiempo para los dos.

—Lo siento, Marvin, no puedo amar más tu belleza que a mi obra.

Escribía una novela, una balada. Se situaba en un café, los personajes eran tan monstruosos como los mismos humanos que conocí a lo largo de mi vida, el amor complicado, no correspondido era el tema, pero decidí embellecer la obra con un soul… era la balada para un triste café en un pueblo con personajes deformes, carentes de amor recíproco.

 


 

Ahora escucho el soul que viene de la casa del pueblo, del café, un soul que me recuerda que el amor proviene… ¡Escucha!, ellos son libres, son amados.

…El amor no necesita ser recíproco, el valor del amor está en las manos de quien ama, es la persona encargada de dar la felicidad, no de recibirla, sólo ella puede ser libre, el otro se encadena y aúlla un canto desolador. Eso pensé explicarle a Portia la próxima vez que platicáramos de Marvin, pero me ganó, se fue antes. Sólo Tennessee pudo conocer mi opinión del amor. Entablamos una buena amistad, leyó mis cuentos, escribimos juntos, leímos juntos… encadenados por la amistad y libres por el arte. La balada fue nuestro mejor baile juntos.

 


 

…Me encuentro nuevamente en cama, esta enfermedad crónica del corazón me recuerda lo débil del ser humano, somos como un reloj sin manecillas… se agota mi cuerda, el tiempo ya no avanza, no en esta cama, no sin la escritura.

Postrada en cama escucho a lo lejos la voz de Portia.

—Pensé que no te volvería a ver.

—¡Oye, Lula! ¿Sabes cuántos días llevas postrada en esa cama?

—No, esta vez no lo sé. No tengo idea de las fechas, de las horas, no sé si han pasado años. Tampoco sé de mis lecturas, de mis escritos… No sé si me visitó William, si vi a Tennessee.

—¿No crees que es tiempo de dejar la cama?

—Solamente sé que vuelvo a escuchar el piano sonar, no soy yo quien lo toca, es la sonata de Beethoven, Opus 26. Portia, ¡la escuchas?

—No, Lula. Tal vez…

—¡Calla! Ahora escucho el soul que viene de la casa del pueblo, del café, un soul que me recuerda que el amor proviene… ¡Escucha!, ellos son libres, son amados. Escucho la cadena humana, siete hombres negros, cinco blancos que comparten un mismo destino, son sólo una cadena humana, ahora no sobresale ninguna voz, todos aúllan uniformemente, todos aplauden y bailan… cantan como ángeles, todos prisioneros pero libres, con largas horas de trabajo, todos en armonía producen y sienten un amor recíproco: es el arte, es la música.

 

Herlinda Flores Badillo

Herlinda Flores Badillo

Investigadora mexicana (Orizaba, Veracruz, 1971). Es licenciada en Lengua Inglesa por la Universidad Veracruzana, donde labora como profesora en el Centro de Idiomas Córdoba. Tiene una maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad de West Virginia, en Morgantown (Estados Unidos), y un doctorado en la Universidad de Florida.

Herlinda Flores Badillo
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