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Su novela Escudos de cartón es un retrato de la crisis de Venezuela
Corallys Cordero: escribir con “coraje”

viernes 12 de julio de 2024
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Corallys Cordero
Corallys Cordero: “Hubo días en los que al terminar de escribir estaba exhausta y con los ojos hinchados de tanto llorar”.

Venezuela atraviesa una compleja crisis que ha dejado profundas cicatrices en su sociedad. La combinación de inestabilidad política, colapso económico y violaciones sistemáticas de los derechos humanos ha provocado una emergencia humanitaria sin precedentes. Desde la llegada del chavismo en 1998, el país ha enfrentado una creciente polarización y represión gubernamental. Protestas masivas, el exilio forzado de millones de venezolanos y un deterioro generalizado de las condiciones de vida son algunas de las aristas de esta situación.

La escritora venezolana Corallys Cordero se propuso hacer un fidedigno retrato de este estado de cosas, y producto de ese propósito es su novela Escudos de cartón, una obra dura como la realidad en la que se basa, y que se adentra en el convulso y doloroso recorrido de Venezuela durante las últimas décadas, a través de una trama que mezcla la historia reciente con la vida cotidiana de un variopinto abanico de personajes que tratan de sobrevivir en una nación dividida y en constante lucha.

Nacida en Caracas en 1970 y actualmente residente en Ontario, Canadá, la autora es una destacada profesional del ámbito judicial que ha sabido desarrollarse también en la literatura. Hoy conversamos con ella sobre su proceso creativo, sobre las reflexiones que emergen de su profunda conexión con los temas que aborda y muy especialmente sobre las motivaciones que la llevaron a escribir esta novela de lectura imprescindible para conocer el proceso que ha vivido su país en el último cuarto de siglo.

 

Corallys Cordero y las voces de sus personajes

Escudos de cartón es una novela coral en la que abordas desde la literatura los hechos históricos que desde 1989, con el llamado “Caracazo”, hasta los años terribles de 2014 en adelante, han venido dándole forma a la Venezuela contemporánea. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo llegas a esta historia, y también que nos contaras del esfuerzo de investigación que hay detrás de este libro.

A esta historia llegué, parece mentira, a través de un cuento de Raymond Carver, “De que hablamos cuando hablamos de amor”. Cursaba el primer nivel de Escritura Creativa en la Universidad de Toronto y me tocaba entregar una historia para la siguiente clase; no tenía ni idea de qué podía escribir. Para romper el bloqueo me senté a releer las últimas asignaciones y me encontré con el cuento de Carver. De inmediato pensé que yo podía narrar una historia utilizando la estructura de Carver en ese cuento, es decir, el diálogo: sentar a la mesa, en una cocina, a unos personajes a conversar sobre algún tema; mejor aún, ponerlos a cocinar. Escribí lo que hoy es el capítulo de la novela “Cuenta, cuántas van”, para honrar una tradición venezolana y rememorar las conversaciones presentes en todos los hogares venezolanos en aquel diciembre de 1998.

Cuando se discutió mi texto en clase, mis compañeros (los que no eran venezolanos) quedaron con ganas de probar las hallacas y de saber más sobre lo que había pasado en Venezuela a partir de aquella Navidad de 1998. Esto me dejó con dos preguntas en mente: ¿qué nos había pasado a los venezolanos como sociedad? ¿Tal era nuestro hartazgo con el sistema que teníamos que escogimos la propuesta electoral de un militar? Yo había conocido un país distinto, que alguna vez incluso había sido ejemplo de democracia en el continente, como mencionó un compañero en clase, y ahora teníamos ese presente (corría el año 2017). De los pocos libros que empaqué al emigrar encontré al menos cuatro para comenzar a pensar la trama: ¿Expropiaciones o vías de hecho?, de Antonio Canova González y otros, publicado por la Fundación Estudios de Derecho Administrativo (Funeda, 2009); La herencia de la tribu, de Ana Teresa Torres (Editorial Alfa, 2009); Conversaciones secretas, de Rafael Elino Martínez (Editorial Libros Marcados, 2013) y La rebelión de los náufragos, de Mirtha Rivero (Editorial Alfa, 2010); este último ya lo había leído en su tiempo. Estos libros me permitieron identificar los momentos ancla que podían dar respuesta a mis preguntas y me llevaron a otras lecturas. Leí sobre el Caracazo (versiones opuestas), sobre el Porteñazo, sobre los veinte intentos de golpe de Estado al gobierno de Rómulo Betancourt, la Operación Caimán, los hechos ocurridos en el Tren del Encanto y otros acontecimientos venezolanos. Después de todo esto fue cuando comenzó el verdadero esfuerzo de investigación, porque una vez que pude dibujar la trama me tocó confrontar estadísticas y revisar casos jurídicos y material legislativo sobre lo que, en definitiva, planeaba mostrar en la novela. Tuve la dificultad de no tener acceso a la página web del Tribunal Supremo de Justicia desde Canadá; entonces, apelé a amigos y colegas para que me enviaran por correo electrónico las sentencias que ameritaba consultar mientras escribía. Para mi fortuna, conservaba en mis archivos, como parte de mi tránsito por la judicatura, todos los acuerdos, decretos y sentencias relacionados con la reestructuración del Poder Judicial que inició la Asamblea Nacional Constituyente de la época.

 

“Escudos de cartón”, de Corallys Cordero
Escudos de cartón, de Corallys Cordero (Palabra Herida, 2023). Disponible en la web de la autora

Hay dos elementos de la obra que desde el punto de vista literario me parecen destacables. Uno es el uso del flashback para llevar al lector a nuestro pasado, de manera que pueda comprender cómo fue la transición venezolana desde los últimos años de la democracia. El otro es la perspectiva de los personajes: con frecuencia la voz narrativa salta de tercera a primera persona cuando lo exige el desarrollo de la historia, y esto no afecta para nada la comprensión de la trama. ¿Qué desafíos encontraste al estructurar la novela de esta manera, dotándola de complejidad?

La novela es fruto de un trabajo importante de reescritura. Reescribir es borrar, alterar el orden de los capítulos, cambiar una escena, ajustar diálogos, sacar documentación que ya no era útil, todo en beneficio de la trama. Tengo al menos doce borradores de la historia. Lo que siempre tuve claro es que no podía contarla de manera lineal porque corría el riesgo de romper el equilibrio que necesitaba tanto en la trama principal como en las subtramas. En otros aspectos sí que experimenté; por ejemplo, comencé con un narrador omnisciente que deseché a las pocas páginas para sustituirlo por un narrador equisciente, porque este tipo de narrador permite contar la historia en tercera persona, pero desde el punto de vista de cada personaje. Entonces, en cada capítulo podía centrarme en las acciones de uno o dos personajes sin que se sintiera la voz forzada. Sin embargo, Jeremías reclamó su propia voz y, en parte, de allí surgió la idea de dar saltos en el tiempo para dejarlo a él también contar su historia. Tenía que darle espacio porque su voz es diferente y su duelo es el duelo del país entero, por eso se me hacía indispensable trabajarlo con la intimidad que da la primera persona. El mayor desafío en lograr esto fue entender que podía hacerlo, que en la literatura no hay límites y que, bien estructurada, la trama podía sostenerse con esos saltos en la voz narrativa sin que el lector dejara de fluir con la trama. Pensé en que era como ir armando un rompecabezas hasta ver la historia completa.

 

Para un lector venezolano hay en el libro imágenes que conectan con hechos reales que nos han marcado: la adolescente herida siendo auxiliada por un compañero motorizado, el joven que muere sonriendo durante una protesta, el joven del violín, la descripción de las torturas, los mismos escudos de cartón a los que alude el título... ¿Qué tan difícil fue para ti como autora, y como venezolana, convertir esas píldoras de realidad en partes articuladas de una novela? ¿Cómo equilibras la narración de hechos históricos con la ficción literaria?

Muy difícil, hubo días en los que al terminar de escribir estaba exhausta y con los ojos hinchados de tanto llorar. Creo que lo único que me mantuvo en pie y con la determinación necesaria para culminar la novela fue la ira que sentía tras la documentación de cada caso. Recuerdo que una compañera de escritura creativa después de leer uno de mis textos me dijo que ella sentía que estaba escrito con demasiado coraje y que quizá eso no era bueno para el lector. Yo pensé: bueno, los venezolanos tenemos otra palabra para ese coraje, pero no se la dije, sólo acepté que era cierto: la rabia era lo que me sostenía. Después, en la reescritura, traté de suavizar aquellas escenas que escribí cuando me temblaba el alma de la ira. En línea general, en toda mi obra, apelo a la ficción para amainar el dolor que me produce narrar hechos reales.

 

No puedo dejar de notar el peso importante que tiene en la novela el amor como eje de muchas de las historias. ¿Qué papel crees que juega el amor en la resiliencia y en la supervivencia de los personajes frente a la adversidad?

Sí, utilizo el amor como un espejo para algo más profundo que quiero comunicar. Fíjate que en Escudos de cartón exploro el tema de la libertad y justamente Aníbal no es libre para amar a Luisa. Y, además, hay un país fallido como fallido es el amor de Jeremías y Elisa. Luego, en la novela también hay resiliencia y supervivencia ante la adversidad: Luisa y Aníbal mantienen un vínculo de lealtad a través de los años, pese a las circunstancias adversas y a la falta de libertad para amarse.

 

Escudos de cartón: lo mejor y lo peor de la Venezuela contemporánea

Las vidas de los personajes de Escudos de cartón se imbrican en una trama compleja de la que ni ellos mismos, en muchos casos, están conscientes. ¿Podrías hablarnos sobre cómo desarrollaste estos personajes y sus historias, y cómo reflejan las realidades de la sociedad venezolana contemporánea?

En Escudos de cartón los personajes surgieron primero que la trama. A menudo me ocurre eso, puedo estar pensando y pensando una historia y no soy capaz de sentarme a escribirla hasta que los personajes no se dejan ver, y sentir más bien. Al llegar a ese punto es cuando estoy lista para narrar. Los personajes de esta novela son todos de la vida real, son personas de mi entorno con quienes en aquellos años compartía mis preocupaciones y las suyas sobre el devenir de las circunstancias. Desde quien, como Aníbal, creía que levantando sus propios muros de protección estaría a salvo de la marea roja hasta quien, estoico como Venancio, fluía con la adversidad, todos son reales. Y Luisa, ¡ay, Luisa!, tan inteligente y tan ingenua, la tengo cerquita.

A medida que fui avanzando en la trama, me di cuenta de que cada personaje encarnaba a un sector de la sociedad venezolana y al tomar conciencia de este hecho comencé a redondearlos para que el lector los percibiera así. Entonces, los empapé de ficción con esa finalidad: que encarnaran lo mejor y lo peor de la Venezuela contemporánea.

 

Una de las subtramas más interesantes de la novela es el desmontaje progresivo del Poder Judicial en Venezuela. Tienes una trayectoria importante en la carrera judicial, por lo que se me ocurre preguntarte cómo ha influido en tu trabajo literario tu formación y experiencia legal. ¿Cuánto de Corallys Cordero hay en Escudos de cartón?

Yo solía decir, cuando estaba en Venezuela, que yo era cien por ciento Poder Judicial, porque ingresé muy joven a la judicatura, así que toda mi formación como abogado y como juez se la debía a la experiencia en el Poder Judicial. Más tarde, cuando estudiaba escritura creativa y me costaba lograr un texto literario porque todavía me movía en la camisa de fuerza que impone el derecho, para darme ánimo pensaba: “Has escrito alrededor de cinco mil sentencias. Cada sentencia tiene una parte narrativa, otra motiva y la dispositiva. Pues bien, contar una historia es extender la narrativa. Echar el cuento del conflicto por el que han venido las partes a estrados, pero adornarlo con las circunstancias de cómo, cuándo y dónde, sin decir el porqué para que lo diga el lector”. Es un razonamiento que puede parecer traído de los pelos, sí, pero que me sirvió para no desistir de la escritura, sobre todo cuando me destrozaban algún texto en clase.

En Escudos de cartón hay una parte importante de mí, claro. Yo igual que Luisa y Aníbal ingresé al Poder Judicial por concurso público de oposición. Me senté a estudiarme cincuenta temas, me presenté frente a un jurado y me sentí infinitamente feliz de ingresar a la carrera judicial. En ese tiempo, yo pensaba que mi generación era la llamada a adecentar al país, así que no bastaba con criticar los males de la democracia sino que había que incorporarse a la carrera pública si queríamos cambiar las cosas. Y yo, al igual que los personajes de la novela, vi el progresivo desmantelamiento del Poder Judicial. Por darte un ejemplo, en el mes de marzo del año 2003 se suspendió ese programa por el que yo ingresé y que generó más de doscientos jueces titulares en todo el país. Las razones por las que se suspendieron los concursos nunca quedaron claras y las versiones siempre fueron contradictorias. Los oficialistas decían que los medios de evaluación no habían funcionado por el intento de los poderosos bufetes de controlar los comités de evaluación. Pero quienes diseñaron los programas contradecían esta versión afirmando que el procedimiento de “doble ciego” para seleccionar a los evaluadores hacía imposible que los intereses particulares controlaran los comités. Otras denuncias apuntaban a funcionarios del gobierno que ejercían presión y manipulación en favor de candidatos específicos. Y así, lo único cierto fue que el gobierno, después de suspender los concursos, se mantuvo designando y removiendo jueces a su discreción.

 

Otro tema de la novela que me parece importante es el del silencio que impone el poder, y el que, por temor a ese poder, se imponen los ciudadanos. ¿Qué significan estos silencios en el contexto de la novela y en la realidad venezolana? ¿Crees que habrías podido desafiar el silencio y publicar esta novela en Venezuela?

Esos silencios yo comencé a sentirlos desde el mismo momento en que despidieron a veinte mil trabajadores con un pito en una cadena de radio y televisión. Yo que estaba en la administración pública vi el pánico de mis compañeros de trabajo en el rostro. Recuerdo que se rumoraba: “¿Despidieron a los trabajadores de la principal industria del país y no nos van a despedir a nosotros?”. Yo todavía pensaba que no, no podrían alterar de un plumazo la nómina de todo el país. Claro, no lo hicieron de un plumazo, pero sí lenta y progresivamente. No creo que hubiera podido publicar la novela en Venezuela.

 

“Ya conocemos dos de los únicos tres destinos que propone la revolución: la cárcel, la tumba o el exilio”, dice uno de los personajes hacia el final de la novela, cuando varios personajes encuentran una solución en el exilio, un reflejo de lo que ha ocurrido en Venezuela en los últimos años. Tú misma resides en Canadá. ¿Cómo ves la diáspora venezolana y qué esperas que los lectores entiendan sobre la experiencia del exilio a través de tu obra?

La diáspora venezolana, por lo menos aquí en Canadá, es bastante diversa. Hay personas que llegaron hace treinta años, otros llevan entre veinte y quince años aquí, algunos como yo ya tenemos diez años. Recientemente, se aprobó un programa migratorio para colombianos, haitianos y venezolanos con familia en Canadá, otorgaron once mil cupos que se coparon de inmediato. Así que hay venezolanos que apenas están llegando. Yo creo que la experiencia del exilio es diferente para cada persona, no pretendo que los lectores entiendan una u otra cosa de esta experiencia al leer la novela. En mi obra simplemente planteo una realidad y es que las circunstancias de cada quien determinan sus decisiones. Después de todo —como dice Luisa en un diálogo con Aníbal—, tal parece que la vida no es otra cosa más que el hombre y sus circunstancias.

 

Otra cita de tu novela que hay que tomar en cuenta es este parlamento de un profesor universitario en la carrera de Derecho en la Universidad Central de Venezuela: “La mayoría de las revoluciones en el mundo, por no decir todas, terminan creando nuevas formas de statu quo con resultados peores y más perversos que las enfermedades que esas revoluciones pretendieron curar”. Al margen de que Escudos de cartón sea una obra literaria, ¿hay un futuro para ese país que retratas en el libro?

En otra parte de la historia Amelia le dice a Luisa: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”; yo prefiero quedarme con esta frase y pensar que sí, que siempre hay futuro. Ya estamos rotos, nos toca ahora recoger las esquirlas, reconstruir las piezas, y para hacerlo nos necesitamos todos. Otras naciones lo han logrado; no veo por qué no podamos hacerlo nosotros. Claro que todo pasa por hacernos conscientes de esto y no caer en el autoengaño.

 

Documentarse es esencial antes de escribir la primera línea

En Venezuela hay una vasta tradición de novelas cuyos autores analizan su momento a través del contexto histórico que les ha precedido, como Escudos de cartón. Pienso por ejemplo en País portátil, de Adriano González León, o la más reciente The Night, de Rodrigo Blanco Calderón. Me gustaría que nos hablaras de tus lecturas, de esos autores —venezolanos o no, actuales o no— que pudieras considerar tus maestros o influencias.

Yo crecí leyendo a Teresa de la Parra y a Rómulo Gallegos, más tarde me interesé por lecturas de no ficción como Papillon, de Henri Charrière; El proceso de Núremberg, de Joe J. Heydecker y Johannes Leeb; La analfabeta, de Ágota Kristóf, y Carta a un niño que nunca nació, de Oriana Fallaci. En los años de la judicatura me incliné por lecturas como Los juristas del horror, de Ingo Müller, o Elogio de los jueces escrito por un abogado, de Piero Calamandrei (que fue mi libro de cabecera por muchos años), entre otras lecturas que me hacían pensar el derecho. Hoy hay autores que se me hacen indispensables como Raymond Carver, Antón Chéjov, Alice Munro y Julia Álvarez (En el tiempo de las mariposas es una de mis novelas predilectas). Mientras escribía Escudos de cartón leí la novela Sombras nada más, de Sergio Ramírez. Me gusta mucho la obra de Leonardo Padura y de Reinaldo Arenas, Antes de que anochezca es una gran obra.

 

Tienes una certificación en Escritura Creativa por la Universidad de Toronto. ¿Cómo ha incidido esta formación en tu estilo de escritura y en esta obra en particular?

En escritura creativa leímos a los grandes clásicos, pero también nos acercamos a la obra de escritoras latinoamericanas como Amparo Dávila, Liliana Heker, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez o María Fernanda Ampuero, plumas que admiro y que de alguna manera siento presentes en muchas de las cosas que escribo. Además, tuve dos magníficas maestras de escritura como lo son Martha Bátiz y Alma Mancilla; gracias a ellas pude aterrizar las ideas, pues me ponían los pies en tierra cada vez que me desviaba del género que había escogido para contar la historia.

 

¿Qué consejo les darías a los escritores emergentes que desean abordar temas complejos y polémicos como los que tú tratas en esta novela?

Que se documenten muchísimo antes de escribir la primera línea, porque la investigación no solamente le da solidez a la historia sino que logra lo más importante que es el convencimiento propio de que vale la pena contarla.

 

Nos gustaría saber en qué proyectos literarios estás trabajando actualmente. ¿Continuará Corallys Cordero explorando la situación de su país o abordará temas diferentes en el futuro?

Después de que terminé Escudos de cartón escribí una novela corta en la que exploro la dualidad entre dos amores y dos patrias. De nuevo, una pasión es el recurso utilizado para indagar en las posibilidades del amor dual. En el fondo cada personaje encarna un lugar, un país. Esa historia está buscando su camino editorial. Actualmente, acabo de terminar una colección de cuentos que se titula Entre abogados te veas, en la que exploro una mirada lúdica y a la vez cruda del ejercicio de la abogacía y de las circunstancias que impelen a verse en estrados. Tengo en mente, además, un proyecto para una tercera novela. Me encantaría en el futuro seguir explorando la situación de mi país e incluso novelar la vida de algunas venezolanas de las que creo vale la pena contar su historia.

Jorge Gómez Jiménez

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