
Con más de veinticinco años de experiencia en política de vivienda, reducción de la pobreza y análisis institucional, el paso del mexicano Eduardo López Moreno hacia la narrativa es una extensión natural de su exploración del ser humano en entornos urbanos. Autor de varios libros académicos como La cuadrícula en el desarrollo de la ciudad hispanoamericana, y con una destacada trayectoria como fotógrafo, en Palimpsesto aborda temas universales como la identidad, la memoria y el destino, entrelazando personajes que luchan por definirse en medio del caos y las cicatrices de su pasado.
Ambientada en una Angola poscolonial, la novela refleja las tensiones entre la historia, la memoria y el olvido jugando con la metáfora del palimpsesto para mostrar cómo los personajes intentan reescribir sus vidas, al igual que un manuscrito en el que las palabras anteriores nunca desaparecen del todo. Este enfoque tiene sus raíces en el bagaje profesional del autor en la observación de ciudades y comunidades, lo que le permite dotar a la narrativa de una sensibilidad especial hacia la transformación social y personal.
En esta entrevista, López Moreno nos habla no sólo de los líneas argumentales que vertebran Palimpsesto, sino también de su propio proceso creativo, los desafíos de incursionar en la ficción y sus reflexiones sobre el futuro de su obra, que —esperamos que no por mucho tiempo— permanece inédita. A lo largo de la conversación, descubrimos cómo sus experiencias profesionales y académicas han nutrido esta novela, y cómo su enfoque detallista y su capacidad para entrelazar capas de significado convierten a Palimpsesto en una obra digna de publicación.
Palimpsesto y las voces sin nombre
En Palimpsesto utilizas la figura del palimpsesto no sólo como un recurso literario, sino como un eje central que conecta las vidas de los personajes y la historia de Angola. ¿Cómo surge esta idea y qué te llevó a elegir esta imagen para abordar la identidad y la memoria en la novela? ¿Cómo ves la relación entre la narrativa fragmentada y el proceso de construir —o reconstruir— una identidad?
Un tiempo después de estar en Luanda, capital angoleña, y viajar por varias ciudades, descubrí que cientos, tal vez hasta más de un millón de personas, andaban por la vida sin que su nombre estuviera registrado. Con instituciones colapsadas y desplazados forzados por la guerra, portar un nombre oficial era un lujo. Ya fuera por historias familiares, interpretaciones culturales y étnicas o razones particulares, se acababa por rebautizar a las personas, atribuyéndoles significados y valores diferentes, con identidades reconstruidas.
La vida era un acto continuo de poner y quitar nombres, borrar historias y escribir otras. Alterar el pasado y el presente, y con ello la identidad y la memoria. La historia reciente del país y sus múltiples geografías se llenaron de versiones fabricadas, contrarias, con diversas capas de ser y conciencia. De esa manera, recuerdos, vivencias e interpretaciones se entremezclaban con nombres e identidades cambiantes que daban forma a un yo que tomaba de otros yos y de otras personas, vivas o muertas, donde los espíritus y la brujería juegan un papel importante.
La elección del palimpsesto como concepto estructurador de la novela me nació un poco por accidente, como acontece con muchas cosas importantes en la vida. Visitaba una aldea al norte del país y una familia joven tenía un bebé de dos años; entonces pregunté cómo se llama.
—El bebé no tiene nombre —me contestaron riendo—, es el menino, criança, garoto, miúdo, moço —todas formas de llamar a un niño, y antes de que les preguntara por qué, añadieron—. La posibilidad de que se muera es muy alta, igual que con otros niños; al no llamarlo por su nombre propio, no creamos afectos innecesarios que nos serán muy dolorosos.
Entendí que había voces sin nombre y que la posibilidad de llamar, es decir, identificar y distinguir, nacía de circunstancias cambiantes en ocasiones asociadas a la magia. La sociedad angoleña vivía en un palimpsesto en el que las historias se escribían y reescribían. Bebés hechos de bruma, o de olvido, como esa criança, tendrían un día un nombre hecho de palabras con múltiples sombras y senderos, y tal vez no sería siempre la misma persona pues los nombres se ajustan a las etapas y sucesos de la vida.
A lo largo de la historia que esta novela narra, se explora el difícil camino de nombrar las personas y las cosas, y el poder que se puede adquirir de ese ejercicio. Las identidades que se construyen y las memorias que se gastan. Las pieles que se marcan, los caminos y las huellas que se crean y los senderos de olvido que se anulan.
La novela aborda de manera intensa la construcción de la identidad en personajes que viven en entornos marcados por la violencia, el trauma y la marginación. Pienso, por ejemplo, en figuras como Kintu o Vyiemba, quienes luchan por definirse a sí mismas en circunstancias adversas. ¿Qué te atrajo de estas historias personales de búsqueda y transformación? ¿Qué tan importante es para ti explorar la identidad en un contexto cultural tan específico como el de Angola?
Mi trabajo en la Organización de las Naciones Unidas en el campo de la investigación y el análisis de políticas públicas giró siempre en torno a la marginación, la pobreza y los desheredados de la vida. Después, como fotógrafo me interesé por retratar al hombre común, usando una gramática visual simple, que presentara una nueva estética de lo cotidiano, donde presentaba a las personas que viven en las extremidades del tiempo y en la periferia de la vida.
Como un simpe anfitrión de la calle, me interesaba por captar las contradicciones de la vida, como reivindicaciones históricas e imágenes de la memoria y la identidad de las personas que ahí viven. Quería demostrar con mis fotos que hay dignidad en la pobreza, de tal forma que cuando rostros de los desposeídos se asoman por los contornos de la fotografía, aparecen delineadas no sólo las diferencias, sino también lo que nos une como humanidad.
Fue en Angola que tomé por primera vez una cámara y también un bolígrafo para empezar a bosquejar el contenido y los confines de esta novela, con los cuales abrí compuertas de comunicación diferente entre la imagen y la palabra. Sin duda la riqueza cultural de Angola fue un detonador importante y una fuente de inspiración de un mundo en completa gestación.
La dicotomía entre memoria y olvido es una constante en Palimpsesto. Oblión, cuyo nombre mismo alude al olvido, vive atrapado entre lo que elige recordar y lo que intenta enterrar. ¿Cómo trabajaste esta dualidad en la estructura de la novela? ¿Consideras que la memoria actúa como un salvavidas para los personajes o más bien como un lastre del que buscan liberarse?
Las sociedades en general, pero me parece que aún más las que viven en guerra, es decir, en dolor constante, aprenden a almacenar memorias y también almacenar olvidos. Los angoleños cultivaron el arte del olvido como una forma de abandono o como una manera de encubrir carencias, es decir, evadir recuerdos. Al mismo tiempo, retienen lo que necesitan para estar bien, aunque sean recuerdos que no existen. Se vive entonces entre olvidos y recuerdos adulterados.
Esa dualidad fue la que me dio pie a crear a Oblión y Bakú que en la novela son el mismo personaje, el cual vive desdoblado sin saberlo. Uno, el primero, elude memorias que le traen ecos de pérdidas y voces de ausencias. El otro, Bakú, recrea relatos e historias que sólo suceden en su mente, y hace de la memoria un arma para protegerse. Las palabras juegan en ambos sentidos y se convierten en un virus o un remedio, como el pharmakon de los griegos, donde bien y mal viven en coexistencia, y no en oposición, igual que la memoria y el olvido, se complementan y se dan vida uno al otro.
La presencia de la Feiticeira y otros elementos espirituales añaden una capa simbólica a la novela que oscila entre la realidad y lo sobrenatural. Estos aspectos parecen dialogar con la cultura angoleña y su riqueza espiritual. ¿Qué papel crees que juega la espiritualidad en la forma en que los personajes enfrentan sus luchas internas? ¿Cómo abordaste la integración de estos elementos simbólicos sin perder de vista la dimensión humana de los personajes?
La vida y sus tribulaciones son el eje conductor de la novela. Sentir, temer, soñar y padecer son parte integrante de cualquier sociedad que en un país en guerra toma aún más fuerza y sentido. Sin embargo, la brujería y la espiritualidad no son una capa adicional o externa a la vida diaria de esas personas; muy al contrario, son parte integrante de la cultura y la realidad angoleñas. Es decir, la realidad y lo sobrenatural se funden en prácticas sociales que la novela quiere amalgamar y presentar en creencias, historias y relatos cotidianos.
La eternidad es el elemento estructurador de esos dos planos. Una realidad que es un tiempo presente, actual, suspendido y en cierta forma negado. La espiritualidad, de la mano de la brujería, maneja otro tiempo más largo e indeterminado, donde se puede optar por entrar a una eternidad fugaz de un minuto o una palabra o, por el contrario, a una eternidad inmortal que por lo general es muda, como los espíritus que cohabitan con los angoleños. La brujería tiene el poder de alterar ambos, ajustarlos, crear un tiempo que se adecua a cada uno, reescribiendo la vida de las personas, y creando una eternidad a la medida.

Eduardo López Moreno: una historia que se forjó por dos décadas
Tu formación en geografía urbana y tu experiencia con ONU-Hábitat se perciben claramente en la manera en que las ciudades y los espacios urbanos cobran vida en tu obra. En Palimpsesto, las calles de Luanda, los mercados y los barrios no sólo sirven como escenarios, sino que se convierten en un personaje más que influye en las decisiones de los protagonistas. ¿Cómo trabajas la construcción del espacio urbano en tu narrativa y qué importancia le das a estos entornos en la configuración de la historia?
Las calles y los espacios públicos tienen su propia vida y nos marcan trayectorias, lugares y objetos. A veces siguiendo sombras o luces nos llevan por recorridos que ellos definen y no nosotros, como si siguiéramos las huellas del destino. También nosotros los marcamos con lugares simbólicos, objetos y recuerdos: una plaza, un bar y un amor en una esquina.
En la novela, las calles, los barrios, son personajes a cuenta propia, agentes que influyen en nuestras vidas. No somos sólo simples transeúntes. Nos reconocen cuando pasamos, nos toman afecto y nos guían, pero también a veces nos extravían en sus laberintos, aunque intentemos crear una cartografía más clara de ellos. A veces no sabemos si estamos al principio o al final de una calle o en el lugar correcto, y al caminar vemos nuevos textos y patrones, un paisaje diferente, que toma el lugar de actores nuevos con el poder de influir en nuestras vidas.
Si bien tu trayectoria está marcada por la investigación académica y el análisis urbano, en Palimpsesto tu estilo se mueve entre lo poético y lo prosaico, combinando descripciones sensoriales con reflexiones filosóficas. ¿Cómo influyen tu formación en arquitectura y urbanismo en tu estilo literario? ¿Existe una intersección entre tu mirada como investigador y tu voz como escritor de ficción?
Mi vida misma se mueve entre lo poético y lo prosaico, y mis escritos entre la realidad y el pensamiento abstracto. Muchos textos en la novela son descripciones de espacios, perspectivas, texturas sin duda heredados de mi formación académica y de mi práctica profesional en la ONU.
Con la novela intenté quitarme tres décadas de investigación científica que se traducen en métodos, análisis y conclusiones, procurando una escritura ágil, diferente, guiada por senderos de narrativas contrastadas, que puedan ir de oriente a poniente, o viceversa. Al lector le tocará decidir hasta qué punto lo conseguí, lo que aseguro es que hay pasos de huellas diferentes y textos que despiertan más sospechas que certidumbres.
Con una carrera consolidada en investigación urbana y una vasta experiencia en ONU-Hábitat, ¿qué te motivó a dar el salto a la ficción con una obra tan compleja como Palimpsesto? ¿Sientes que tu trabajo académico y tus vivencias personales influyeron en la manera en que desarrollaste la narrativa de la novela?
La novela me rondó por la cabeza por más de veinte años, y tal vez la escribí unas tres veces, siempre con personajes similares e historias que cuentan travesías un poco diferentes. En cada ocasión, los protagonistas consiguieron contar sus propios ficciones y verdades, imponer su ritmo y alterar algunos pasajes, pero la narrativa de ficción, la búsqueda de la identidad, los sueños de eternidad, fueron los mismos.
El proceso de escritura fue en realidad un palimpsesto. El mundo de imaginación, locura y realidad extrema que se vive en Angola sin duda influyó mucho, pero saltar a la ficción fue un anhelo que dialécticamente me impuso el rigor de la escritura “onusiana” por muchos años.
Has trabajado y vivido en diferentes ciudades y contextos culturales, desde México hasta Angola, pasando por París y Nueva York. ¿Cómo influyeron estas experiencias en tu visión del mundo y en la construcción de los escenarios de Palimpsesto? ¿Hay elementos específicos de tus vivencias que quisiste plasmar en la historia?
Palimpsesto es una novela de ficción anclada en un país y contexto, que se nutre de vivencias de diferentes latitudes, personajes y tiempos reales. La bruja, el polígamo y los desheredados existieron de alguna manera y todos irrumpieron de diferentes formas en mi vida, ya sea en la realidad o en sueños, lo que al final poco importa, pues acabaron por moldear gestos, palabras y acciones, hasta conseguir habitar en las páginas de la novela.
Varios escenarios provienen de la realidad, como la casa derruida de Kairos, el polígamo, que existía al lado del mar y se alimentaba de su brisa generosa. La prisión en que fue recluida la bruja que alguna vez quiso ser aprendiza de curandera estaba plantada al final de una avenida donde era acechada por las miradas de la gente. Las prostitutas, llamadas catorzinhas, frecuentaban en realidad el bar Rialto, sobre cuya órbita merodeaban varios hombres como atraídos por el faro del puerto.
“No me interesa autopublicar y quedarme con libros en la casa”
Sabemos que escribir una novela como Palimpsesto implica no sólo un profundo proceso creativo, sino también un enfrentamiento con las propias memorias y experiencias. ¿Qué desafíos encontraste durante la escritura de esta obra? ¿Hubo algún momento en el que la historia tomó un rumbo inesperado que te sorprendió como autor?
Las novelas tienden a describir sus propias trayectorias y sus protagonistas a posesionarse de la pluma. Yo intentaba no dejarlos y como el Escribano, personaje central de la novela, traía conmigo dos plumas: con una borraba los intentos de posesionarse de mi escrito, y con la otra reescribía mis ideas. El palimpsesto no es ficticio y resulta de una lucha entre ellos, las figuras de la novela y yo, así como de la disputa que se libra entre lo que recuerdo y lo que olvido.
Un desafío fundamental es que por años intenté escribir en tiempos de descanso y fines de semana, lo que me obligaba a releer cada vez lo escrito y modificarlo incesantemente, sobre todo cuando abandonaba los textos por varios períodos. Fue sólo hasta que me retiré de la ONU que tuve el tiempo, ánimo y energía de reescribir la novela por completo, usando pasajes que había redactado tres lustros antes. Por eso puedo decir que escribí Palimpsesto varias veces, con tachaduras, alteraciones y sobreposiciones de palabras e imágenes.
Algunas ideas fueron creadas antes que la novela tomara completamente forma, otras se me fueron imponiendo conforme avanzaba, redefiniendo algunos pasajes, y otras más eran textos nacidos de obsesiones, disfrazadas de coherencia, que irrumpían en mi cabeza. Ese es el caso, por ejemplo, con la niña Kintu —un cuerpecito, objeto o cosa, que vivió siempre sin nombre, limitada de palabra, con las alas cortadas y sin deseo de vincularse con el mundo—, quien callada murmuraba sus propias verdades, convirtiéndolas en palabras y luego en textos.
Tu experiencia como fotógrafo profesional reconocido internacionalmente sugiere una mirada aguda hacia los detalles cotidianos y la vida oculta en las ciudades. ¿De qué manera tu trabajo fotográfico se conecta con tu escritura? ¿Podrías decir que tus imágenes son una extensión de las historias que cuentas en Palimpsesto?
Las imágenes son palabras y muchos de los relatos de la novela los describo como cuadros sucesivos de imágenes. Igual que en la fotografía, me aventuro por los confines de cada una de las páginas, siguiendo mi intuición y mis pasos, observando sombras y texturas, voces y el movimiento de las gentes. Me adentro por calles, parques y barrios, los retrato y los describo, usando una gramática visual simple, que se acompaña de textos. Me detengo en una mirada, una mano, y de ahí imagino la vastedad del contexto, notando cómo la ciudad y sus espacios han sido parcelados por el tiempo, y entonces recreo las conversaciones de los personajes de la novela, que, como los lugares, pueden ser nítidos o borrosos, cercanos o lejanos, profundos o ligeros, como las contradicciones mismas de la vida.
En una conversación previa te comenté que Palimpsesto es una novela que merece ser publicada, no sólo por la profundidad de sus temas, sino también por la forma en que capturas la complejidad de la identidad y la memoria en un contexto como el de Angola. ¿Cuáles son tus planes para esta novela? ¿Estás en proceso de búsqueda de editoriales o considerando alternativas de publicación que permitan que esta obra llegue a los lectores?
Me gustaría explorar diversas opciones, y lo mejor sería hacerlo contigo. Recuerdo cuando incursioné en la fotografía, gané concursos importantes, se publicaron mis fotos en diversos lugares y fui exhibido en galerías reconocidas. El proceso se dio casi solo. También publiqué libros más académicos y de ciencia y aprendí que lo importante no es tanto la casa editorial, sino cómo se garantiza la difusión del libro. Supongo que ese principio aplica igual ahora. No me interesa autopublicar y quedarme con libros en la casa. Sería interesante explorar diversos medios, combinando la publicación en línea a través de los medios sociales, la impresión en papel de varios libros y la organización de presentaciones presenciales y virtuales. Es decir, una combinación de tradición y uso de la tecnología. Lo que importa es dar a conocer la obra.
A lo largo de tu carrera has escrito varios libros enfocados en temas de urbanismo, políticas de vivienda y desarrollo social, todos profundamente conectados con tu experiencia profesional. Ahora, con Palimpsesto, te adentras en la narrativa literaria con un enfoque introspectivo y simbólico. ¿Te ves continuando en este camino de la ficción en el futuro? ¿Hay algún proyecto literario en desarrollo que explore nuevas temáticas o que profundice en esta fusión entre tu mirada profesional y tu voz narrativa?
Quiero seguir explorando la ficción, pero ahora con una mezcla de novela histórica, recreando episodios y momentos reales que no sean una proyección rigurosa de lo acontecido ni tampoco de lo vivido. Tengo ya más o menos clara la línea narrativa, el período en que acontece, que es Ruanda antes del genocidio, y una situación dramática real que fue la entrega de una bebé con quien me tuve que quedar varios días y noches. Después en planos especulativos presentaré diversas escenas del futuro probable en la vida de ese bebé, niña y adolescente, hasta que se inicia el exterminio de la población tutsi, considerando que ella también lo era. Escenarios en que ella crece y se desarrolla, otros en que se convierte en una víctima y otros más que toman varias derivas imaginarias serán abordados. Temas como el destino, el amor y la violencia, la indiferencia y la empatía constituirán el centro de esta novela, que presenta un mundo imaginario erosionado por la fuerza de una realidad que, en su extremismo, supera la ficción.
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