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París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas

miércoles 12 de julio de 2017

“París no se acaba nunca”, de Enrique Vila-MatasNuevamente Enrique Vila-Matas nos sumerge en su inagotable divagar en torno al oficio del escritor y, por extensión, del artista en general. Esta vez se trata de un joven principiante que ha huido de Barcelona a París para escribir su ópera prima, abandonando sus estudios de abogacía y la casa materna. Instalado en una buhardilla arrendada nada menos que a la escritora Marguerite Duras, vivirá una vida que supone de artista, financiada a regañadientes por su padre. Se trata, pues, del sueño de cualquier escritor joven en los años 70, cuando todavía los intelectuales de todo el mundo tenían sus ojos puestos en París, sin sospechar que se comenzaba a vivir el ocaso de la Ciudad Luz.

Vila-Matas es un narrador ingenioso, hábil para anexar ideas y despierta fácilmente la curiosidad del lector, sobre todo de aquel lector interesado en asuntos literarios, porque todas las referencias del narrador, única voz en la historia, hablan de literatura, de obras y autores conocidos y desconocidos, produciéndose lo que se ha venido a llamar intertextualidad, diálogo tácito o implícito entre obras literarias de todos los tiempos. Un concepto instalado por el filólogo ruso Mijaíl Bajtín a la hora de establecer lazos entre las obras literarias, aunque el juego ya se conocía de los tiempos del Quijote; Cervantes quizá haya sido el primero en nuestra lengua. En esta novela se dialoga particularmente con Hemingway y su novela Fiesta, por quien el narrador protagonista confiesa su deseo irresistible de imitar, de parecerse a él hasta físicamente. También está presente Borges, y una larga lista de escritores que el joven protagonista ha leído, y aun otros que leerá después, porque la historia narra su pasado, pero también lo entreteje y lo mezcla con lo que es de suponer ha vivido después. La novela puede leerse también como discurso o conferencia de un escritor frente a un público concreto.

Si bien el fraseo es inteligente y conecta con los puntos a los que hace referencia, resulta a ratos un tanto agotador descubrir que a cada momento el narrador intenta hacerse pasar por listo ante los ojos del lector. La continua recurrencia a autores notables comienza a cansar, a la espera de una salida original. El protagonista narrador divaga hasta la última página, hasta terminar la novela que está escribiendo, hasta quedar a oscuras (la compañía eléctrica le corta la luz por facturas impagas) y volver a su país.

Miguel de Loyola
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