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La voz de Brines sigue viva
(sobre su libro póstumo Donde muere la muerte)

martes 5 de octubre de 2021
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Francisco Brines
Brines sabe que la memoria es el único asidero antes de caer en la inconsciencia del no ser.
“Donde muere la muerte”, de Francisco Brines
Donde muere la muerte, de Francisco Brines (Tusquets, 2021). Disponible en Amazon

Donde muere la muerte
Francisco Brines
Poesía
Tusquets
Barcelona (España), 2021
ISBN: 978-8411070188
64 páginas

La editorial Tusquets acaba de publicar el libro Donde muere la muerte, que recoge los poemas que Francisco Brines fue escribiendo en estos veintiséis años desde La última costa. Brines siempre fue un poeta que dejó la luz de su tierra natal en los poemas, desde su primer libro, Las brasas, hasta el último publicado antes del que acaba de ver la luz.

Su muerte en mayo, muy poco después de recibir el Premio Cervantes por los Reyes de España, abre una senda donde muchos evocarán su impronta, cuya estela ha de perdurar. Hay en Brines un viaje latente hacia la infancia como única etapa de felicidad, y en este libro que ahora ve la luz afina el poeta valenciano esa mirada, cuando ve a sus padres desde la ancianidad como si recobrase el aliento del niño que fue.

En el poema que da título al libro, Brines se halla ya en el momento de la vida donde todo es contemplación, donde el paso del tiempo ha hecho mella y ha dejado al hombre desnudo de miradas, hambriento de recuerdos que pesan ahora ante la inminencia del morir. Sabedor de que todo acaba en la Nada, el poeta vuelve a su nacimiento, porque es allí, en la lejanía de su momento inaugural ante la vida, donde vive el halo de la felicidad:

Fuera del hospital, como si fuera yo, recogido / en tus brazos, / un niño de pañales mira caer la luz, / sonríe, grita, y ya le hechiza el mundo / que habrá de abandonarle. / Madre, devuélveme mi beso.

La vida como todo y como nada, desde ese niño que ya se halla envuelto en la luz, metáfora de la inocencia que se abre a los ojos del ser que ha de vivir el dolor con el tiempo. La vida que regala el “hechizo del mundo” pero que luego será cruel, porque le dejará en cueros ante la inminencia de la muerte. Ese niño desnudo es ya el hombre mayor que vuelve a la posición de asombro, cerrando el círculo de la vida.

Vuelve la madre en el poema “Un aire en la terraza” porque la madre está siempre presente, es el libro un encuentro porque el poeta sabe ya que se encamina a la visión de ese ser que le creó; sin saber realmente si existirá algo, parece aferrarse a la creencia de volver a ver a su madre:

Me diste la existencia / y acaso, porque fui, / fue más feliz la tuya. / Hoy se apaga la tarde / con lentitud, / se acerca hasta el vacío; / y el día que se acaba / ha sido muy hermoso.

Si la luz le alumbró al nacer porque resplandecía el mundo, ahora se apaga, porque ya llega la tarde que es la antesala de la muerte, precipicio que anida en él, hueco que se va abriendo como un imán a su cuerpo cansado, que aún se aferra a la vida.

En el poema “Reencuentro” vuelve a sus padres, esta vez vivos en el sueño que anida en él, envuelto en el espejismo del recuerdo, cuando era joven y la vida era, aunque ya no sea:

He bajado del coche / y el olor a azahar, que tenía olvidado, / me invade suave, denso. / He regresado a Elca / y corro, / no sé en qué año estoy / y han salido mis padres de la casa / con los brazos abiertos, / me besan, / les sonrío, / me miran / —y están muertos— / y de nuevo les beso.

Todo es recuerdo, el instante presente se vuelve pasado, late en él ese deseo de recuperar la infancia y ver a sus padres, o en un instante de su juventud, pero la conciencia le traiciona, ya no viven, sólo laten en él, que los preserva del paso del tiempo.

Hay en todo el libro un afán de recuperar lo perdido, de revivir lo pasado, de devolver lo que se ha amado. Brines sabe que la memoria es el único asidero antes de caer en la inconsciencia del no ser, en la levedad del cuerpo ya transfigurado en nada.

En el poema “Nacimiento”, vemos al niño Brines que llora, desde el hombre mayor que se desvela en la noche y sabe que el mundo es un gran erial de seres idos, abandonados ya, que sólo viven en el recuerdo:

Hay viento, y el silencio / lo acuna: / es alguien que quiere ser nacido.

La imposibilidad de dormir se abre entonces como un espejo de la conciencia que mira la vida y la lentitud de la noche, espacio que ahora es el de la meditación:

Arriba, en el mural del cielo, / se desborda el osario / y nada allí, ni aquí, palpita. / El niño ha sollozado.

El encuentro con la muerte a través del conocimiento abre ese osario que es el cielo donde viven seres ya abandonados, que sólo viven en el recuerdo. En Brines hay elegía, hay nostalgia, hay deseos de volver atrás y recuperar la inocencia perdida para siempre.

Si en La última costa Brines nos contaba en un poema ese camino hacia la laguna Estigia del lado de su madre, en este libro, que resume todo lo que ha sido su poesía existencia, nos cuenta en el poema “El último viaje” ese periplo hacia la nada:

Desde la barca, serio, / tan sólo fijaba la mirada, / y así estuviste el tiempo / en que la barca se iba, / era ya irremediable, / para llegar al mar / ya tan cercano.

Todo en Brines es existencia que se aferra al vivir, todo es luz que anochece con la fatalidad de la vida, todo es vida que se confunde con la muerte, como nos dice al final del poema “La suerte de la moneda”:

Es mi destino adverso, y me confundo; / si rescato el vivir, tendré sólo el morir.

En el poema “Declaración de amor (en Elca)” respiran los pájaros, el sol, el azul del cielo, las nubes, todo un paisaje al que se aferra no queriendo morir, porque sabe que su entrega al mundo está tejida por ese espíritu contemplativo del mundo renacentista de fray Luis de León, pero conoce, en su fuero interno, que todo ha de perdurar menos él y pronto quedará el vacío de la casa y la ceniza en que se resume el amor.

Donde muere la muerte es un libro que resume su mundo poético, donde está la voz de Brines, inmortal porque seguirá viva en sus versos. La labor de recopilación de los poemas y la fidelidad a lo que el poeta escribió hace de este libro testimonio, luz que nos baña en un universo de gran poesía.

Leemos el libro y parece que veo a Brines, con su hablar pausado y cierto, como el amanuense que mira el mundo con asombro, como si lo contemplase por primera vez. El hombre enamorado de la naturaleza sigue vivo, porque su Elca natal respira en sus versos y, como dice el título, la muerte muere en el recuerdo, porque el poeta rescata su vida de la ceniza en que todo se convierte. Un libro que se nutre de vida, esa que se va apagando en los versos para volver a renacer siempre.

Pedro García Cueto
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