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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Te imagino de la manera que ahora te imagino

martes 29 de septiembre de 2015
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Prefiero imaginarte que
darte por perdida
con el pensamiento
como aquel día

El chirrido de la puerta anuncia la llegada de alguien que pretende romper la rutina con la rutina de romper la semana en un bar el miércoles. A estas alturas y en este bar donde parto la semana por no dejar, me enfrento a tu imagen con la misma intensidad. Igual que te imagino aquí, te imagino allá.

Ya no es igual desde aquel día cuando por casualidad apareciste en nuestro “bar de mala muerte”.

—¿Te acuerdas?

Con la confianza que nadie tiene o merece en un lugar como este me preguntan que qué pasó, que si te he visto, que dónde estás. El del rincón, por quien preguntaste ese día, se acerca y con un leve toque a mi espalda me dice que volverás.

Pretendo dejar las cosas como están, así en su lugar, como ese día que te imagino ahora, como aquel día que te imagino después. Llego como todos los miércoles, el trago me espera en el mismo lugar, saludo, igual, con la misma cortesía. Son tantos los miércoles; los bombillos quemados o rotos, la barra de madera rayada, el cuero gastado y despegado, la mesas cluecas, las sillas rotas, las ventanas cerradas, el humo, el humo, el humo; el cartel en la rockola: OJO. Algunos botones funcionan y otros no. Los tragos que Mario sirve a cada uno sin preguntar. Te imagino de cerca, te imagino de lejos, te imagino allí donde estás.

Todo sigue tal cual, la rutina te priva, te ata y ataca; los presentes de siempre se atreven a preguntar, pretenden saber dónde estás, de qué vives, con quién, adónde vas. Así como te imagino ahora, te imagino después.

La puerta vuelve a sonar, todos nos volteamos porque no es normal. No a esta hora y menos hoy. Te asomas temblorosa, tu cuerpo mojado y arrugado, con miedo en tu andar, allí estás; aquí en nuestro lugar. Te imagino de pronto, te imagino en el bar.

Mario saltó la barra, corrió hacia ti, abrió sus brazos y te escurriste en ellos sin preguntar. Cierras los ojos y comienzas a llorar. Tomé un sorbo, me acerqué sigiloso, coloqué mi chaqueta sobre tu espalda, me miraste agradecida con esos ojos verdes brillantes de tanto llorar. Te imagino en llanto, te imagino verde.

Mario se adelantó; prácticamente te cargué hasta mi lugar. Mario te sirvió el trago que te hizo llorar más. Sentada en mi puesto de los miércoles me comencé a enamorar. Bebiste otro sorbo y otro sorbo más. Te entregué una servilleta, secaste tus lágrimas, el brillo de tus ojos brilla más. Dejaste de llorar. Te imagino alegre, te imagino, te imagino, te imagino.

Levantas la mirada; el brillo de tus ojos sigue igual. Mario colocó un plato de aceitunas como por no dejar, colocó sus codos en la barra, te miró de frente para conversar. Una aceituna a tu boca, un sorbo y otro más. Te imagino aquí y más allá.

Con un delicado gesto de tu cuerpo me devuelves la chaqueta. Volteas a tu derecha, volteas a la izquierda, sin querer tropiezas mi mano, bajas la mirada, una disculpa, no más. Te imagino de a toque, te imagino al acariciar qué más.

—¿Y ese señor, el de la esquina? ¿Está dormido? —una aceituna y otra más, estás más tranquila, te sientes segura, sé que nada te va a pasar—. Esto parece un bar de mala muerte.

—Lo es, aquí matamos la vida el miércoles —te respondí al natural, sin hipocresía, con toda la costumbre de este trago y otro más. Te imagino sincera, te imagino de esa manera.

—Afuera llueve —todos miramos hacia las ventanas cerradas naturalmente. Por darte el gusto, para que te sientas cómoda, porque es verdad, para que no corras, no te mojes o comas una aceituna más. Te imagino mojada, te imagino seca.

—Las ventanas están cerradas en este bar, no abren y las persianas no funcionan. Igual llueve…

—¿Y la rockola?

—Algunos botones funcionan y otros no…

—¿Algo como que seleccionas una balada y suena un rock? —sonríes y te alejas. Dejas mi espacio. Tu recorrido es recorrido para las miradas. Cuando estás aquí no es usual, no lo es, es al revés. Te imagino diferente, te imagino igual que siempre.

—O peor, presionas y suena una canción infantil para dormir —te sigo y te persigo. Te imagino en movimiento, te imagino tu cuerpo.

Sonríes a mi comentario. Te acercas a la rockola, aprietas un botón, aprietas otro, pero nada; lo intentas una y otra vez, el de arriba, el de abajo, el de atrás. Una patada ligera aquí, una patada ligera allá. La rockola no suena. La música dejó de sonar porque ya nadie es igual.

—La música está en otra parte —te apartas, encoges tu cuerpo, te estremeces, dudas, caminas, te alejas. Te vas.

La partida no causa indiferencia en el bar, pero así como llegaste te vas. Te imagino en silencio, te imagino inclemente.

No me perdono el olvido,
porque como ahora te siento,
así te imagino.

Y no es casual nuestro encuentro, la puerta volvió a sonar. No te puedo imaginar de otra manera como te imagino de la manera que ahora te imagino.

Enrique Coll Barrios
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