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Miguel

martes 23 de febrero de 2016

Un payaso venido del cielo

Entre las teorías que mejor ilustran el concepto de las garrapatas venusinas se halla la experiencia que tuvo el cirujano Miguel Sepúlveda Quezada del hospital J. M. Carrera.

…un enfermo ojos de huevo nariz de rábano que llamó la atención de Miguel Sepúlveda desde el principio por las ropas extravagantes que usaba: un traje de payaso lleno de borlas y luciérnagas que parecía arder al contacto de las manos.

Pocos lugareños están realmente familiarizados con la historia del doctor Miguel Sepúlveda. Algunos recortes salieron en la página Yunque Poético, con la puesta en aire de los borradores de la madre superiora Antonia Vial Riquelme, que el ámbito periodístico recibió con mucha cautela; otros momentos quedaron detenidos en las márgenes internas de los trabajadores del centro médico, incluyendo la memoria de una de las jóvenes religiosas; por último Doris Encanta, folletín de las niñas tristes de Viña del Mar, conforma un relato sucinto de un curioso pelambre que más tarde deja a medio hacer por un vacío de información. En otras palabras, dudo yo a esta altura que venga alguien a mostrar algún interés por su contenido. Pienso, sin embargo, que sería de buen gusto dejar constancia de aquel episodio, con las descripciones adjuntas, aunque suene a vanidad, o dejar alguna hebra por lo menos para satisfacer el hambre de cronistas o archivarios.

Al final lo único que he hecho, en concreto, ha sido recoger de puño y letra, en hojas sueltas, algunos esquicios de lo que sonaba acerca del tema.

Voy al grano:

Era una mañana plácida de diciembre. Por la ventana abierta, en el subterráneo del hospital, se colaba una música grave, doliente, cuyo adagio iba seguido por la visión increíble de un barco que se hundía en el océano. Las abejas e insectos, y con ello las moscas del verano, atrapadas por los hilos agridulces de la brisa, se metían en el sótano y formaban un enjambre doloroso en el oído.

Al abrir las escotillas del norte exhalaban los jardines un subido olor a merluza recién abierta que venía de la feria, y por el sur un olor a estiércol de oveja.

Era un sábado 22, lo cual incidentalmente no le provocaba a don Miguel Sepúlveda la menor gracia pues dos más dos son cuatro y el número cuatro nunca había sido un buen amigo de su familia: estaba asociado a reveses inconfesables.

Sobre uno de los catres en la habitación 103, que a menudo operaba de refugio preventivo de la Clínica Telemann, en la planta baja, acababan de poner ardiendo en mocos y fiebre, al rayar la aurora, a un enfermo ojos de huevo nariz de rábano que llamó la atención de Miguel Sepúlveda desde el principio por las ropas extravagantes que usaba: un traje de payaso lleno de borlas y luciérnagas que parecía arder al contacto de las manos.

El joven desvariaba.

Lucrecia Burgos y María Cristina Goyeneche, dos carmelitas descalzas, permanecieron a la cabecera del enfermo hasta la hora del almuerzo, que fue cuando el joven hizo bailar sus ojazos y comenzó a describir lo que veía a su derredor hablando con dificultad; tenía la cara llena de harina, los labios resecos, la nariz hinchada.

No escasearon los suspiros de alivio. Al momento de sonreír, como si tratara de esconder las flaquezas del ánimo advirtieron las monjas que el hombre tenía dientes de caballo, unos dientes roídos por los gusanos, negrosos. María Cristina le devolvió el saludo con un ligero movimiento de cabeza. La monja Burgos exclamó: “¡Ay qué susto, Dios mío! ¿Y usted cómo se llama, hijo? ¿De dónde viene?”.

El pobre infeliz hizo una mueca rara chupando con sus labios la nariz; agitó las orejas, unas orejas feas, grandes, de colores.

Los enfermos de la habitación 103 rompieron en sonoras carcajadas.

María Cristina ahogó con la punta de sus vestidos monacales un flujo de risa inesperada.

No eran sin embargo los deseos del joven hacer reír a nadie. Además, explicó, él venía del planeta Venus, lo que produjo una horrible laguna en la comunicación. Todos se miraban entre sí. Había aterrizado anteayer en los altos del cerro Mahuín, en un velero. Apenas estuviese mejor de salud se iba de aquí. De eso podía estar seguro el auditorio.

Nadie decía palabra.

Luego de eso volvió la espalda a los oyentes y se quedó dormido.

Fue todo.

La noticia de que había llegado un payaso de Venus al Refugio Telemann le supo al doctor Sepúlveda curiosa, hasta simpática; no obstante, el asombro que causó el hervidero de garrapatas que le hallaron al mozo bajo su indumento —en las piernas, el abdomen, las axilas— no tuvo semejanza con nada de lo que pudiera haber visto u oído el doctor Sepúlveda en sus largos años de faena diaria. Eran unos bichos grandes, igual que moscas, velludos; estaban cubiertos de placas duras bañadas de tintas amarillas, verdes, azules; bañadas con mil jugos del arco iris. En la trompa llevaban aguijones finos, y por el rabo unas puntas ardientes.

—¡Dios! —exclamó María Cristina.

El joven payaso vivía en Origones, una aldea ubicada al sur de un mar ardiendo en lava trágica que hay en Venus, y allí, en los charcos hinchados de óxidos líquidos, gases y de materia orgánica que deja el río Origones al separarse por las mañanas de las orillas, es fácil pescarse un saco de garrapatas.

Se vio al mozo envuelto en un rollo de sábanas inmundas dos noches desvariando echado sobre una pocilga en la habitación nr. 103 —febril, inquieto—; hablaba solo, alguna vez lloró perdidamente, tirándose de las mechas, o soltando un vagido interior inexplicable; mas, al alba del tercer día se le fue la calentura y se puso a conversar con la gente —abrió sus ojos verdes, grandes, unos ojos horriblemente cándidos—: ya podía enderezarse, ponerse las ropas, andar un resto, comer sin ayuda.

Todos vinieron a oírle.

El joven hablaba, hablaba, con fidelísimo entusiasmo; y ya por la tarde, como seguía metiéndole baza al asunto de Venus, sin parar, totalmente convencido de su ilación, resolvieron mandarlo a una casa de orates, en donde murió una semana después en las más extrañas circunstancias.

—Se paró allí, en donde está la baldosa redonda —dijo uno de los habitantes veteranos del hogar— y alguien le gritó a babor, rajado:

—¡Quítese la boina, doña Chalupa!

Los enfermos se largaron a reír.

Era de noche y una intensa luz roja obscura, sangre de aurora, se derramaba por el centro de la sala en forma de círculos graduados. Afuera, en el patio del manicomio, las flores eran rojizas también, muy vivas, y la luna tenía cara de puta: andaba descalza buscando caracoles, bajo la llovizna, bañada de reflejos por las mejillas, encendida de emoción.

El hombre se quitó la boina —la frente inclinada—, con ganas de capear la ventolera, pero el griterío que se alzó fue mucho peor: resulta que no tenía un solo pelo en la cabeza.

—No creí que fuera tan pelado —confesó.

Algunos no querían reír y se deslizaban tras los armarios, llorosos, ahogados de un extraño sentimiento.

—¿Y este gallo, de dónde cresta salió? —decían.

Seguidamente extrajo el personaje del fondo de una bolsa una escala de mano —de esas que se arman con sogas y maderos de través—, asió un cabo de la soga y lo arrojó hasta una viga que atravesaba el cielo raso, en la sala; ahí había un gancho, y desde ese gancho desenrolló la escala hacia abajo.

Se oyeron aplausos menudos.

El artista hizo a continuación un aspaviento lleno de símbolos, como los aspavientos que usan los profesionales del circo, doblando la cintura ante el público, y anunció con grandes voces que él andaba de visita solamente en Cabildo, que no nos fuéramos haciendo ilusiones de verlo actuar otra vez, mientras subía y subía por la soga, balanceándose de una esquina a otra en la bóveda de la sala, igual que un trapecista, con gran entusiasmo y elegancia.

Nosotros, de verdad, habíamos terminado por contagiarnos con las leseras que hacía el payaso y seguíamos su quehacer bajo cuerda ora con el ritmo de los pies, ora con los bubúes que echábamos por la garganta o arrojando objetos al suelo para meter harta bulla.

Era algo nuevo, algo atractivo, con gotas de imprudencia. De pronto notamos que había desaparecido el frecuente aburrimiento que tanto nos minaba el espíritu. Don Javier Varela dijo, a la vez que indicaba al payaso:

—¡Le falla pero tiene gracia!

Otro expresó riendo:

—¡Más loco que una cabra!

Ya estaba por pellizcar los travesaños de la bóveda, en la altura, cuando en eso perdió el jetón el sustento bajo los pies, se abrieron las hojas del gancho que sostenía un extremo de la escala y se vino abajo con tremenda alharaca —no volaba una mosca—; se quedó allí, despatarrado, sobre unas planchas del suelo, con los brazos y piernas abiertos, igual que las arañas, haciendo que le salía un mar de lágrimas de los ojos. Lleno de clavos seguramente.

Respondimos a la gracia de su imprevisto aterrizaje con una fuerte dosis de alegría. Estábamos en realidad contentos. El artista, mareado por el éxito, volvió a trepar por la soga, y volvió de igual forma a caer, y a erguirse de nuevo, y a llorar como perro herido sobre los círculos de las baldosas mientras levantaba un horrible barullo de lamentos falsos.

Nosotros respondimos con salvas de estupor y vivas, mas luego de un rato exclamó don Guillermo Lobos, que no tenía pelos en la lengua, entendiendo que el tipo no salía de repetir las mismas virolas:

—¿Saben, caballeros? ¡Me aburrió este ganso!

El horizonte había empezado a llenarse de rachas frías. Nos fuimos a la zaga de don Guillermo sin oponer mucha disconformidad con lo que él había dicho. Yo me dormía por el camino. Bostezábamos.

La pura idea de casarme con una monja, sobre todo al principio, me hacía sentir distinto de los varones ordinarios.

Así que entendió el hombre que esa maniobra era el principio de una retirada general; se irguió bruscamente en el suelo, enrollado en sus piernas, y sacó del bolso una pistola que se llevó a la sien.

De la lejanía llegaba una música de flautas.

Quedamos desconcertados por la precipitación de la nueva escena, obscureció, y antes que uno u otro habitante de la casa tuviera oportunidad de advertirle al granuja sobre el desatino que pensaba cometer oímos un disparo.

Y unas risas caprichosas:

—¡Ja, ja, ja!

Que eran de él, por supuesto, pues tenía la cara llena de flores.

Disparó muchas veces todavía; por último se echó a dormir sobre quilos de rosas y estramonios, cuyos pétalos llevan el color de la muerte.

Por la mañana, a la hora del desayuno, echamos de ver que el hombre seguía tirado sobre un círculo de baldosas azules y que le salían hormigas por la boca. Eso es todo.

—Ocho días más tarde se declaran en la estancia los primeros casos de garrapatas venusinas —explica el doctor Miguel Sepúlveda, sin poder ocultar una herida que le sangra. Luego añade con un dejillo mordaz en contra de su mentado fervor religioso:

—Ni Dios lo esperaba, fíjese usted; tres monjas artificianas: Sonia Uribe, Lucrecia Burgos y M. C. Goyeneche, más dos albañiles de La Vega y un maestro de la Escuela de Alfinde.

El doctor Sepúlveda se emociona. Da la impresión de que sigue teniendo miedo de que descubran lo que piensa. Evita la cercanía de las personas, las luces. Se queda un rato parado bajo unas sombras. Atento a las voces de su interior. Sin embargo, cuando vuelve a prender la hebra del asunto que teníamos pendiente es para informarme de un secreto que a muy pocos en Cabildo regocija, por su novedad: que él y María Cristina Goyeneche, una de las carmelitas fallecidas, planeaban unirse en matrimonio dentro de cinco semanas.

—Ya sé, don Miguel —le digo—. ¡Cuánto lo siento!

—Quedaban algunas formalidades solamente, ¿se imagina?

Era una linda historia.

—Con una monja —repite, como para cerciorarse de que lo que está diciendo no es ocurrencia ni embuste sino un breve retazo de su pobre biografía.

—¿Sabe usted? —espeja el doctor Sepúlveda— la pura idea de casarme con una monja, sobre todo al principio, me hacía sentir distinto de los varones ordinarios. Era algo que se me había asentado en la nuez de Adán. No sé. Una especie de herejía disimulada, un fruto diabólico. ¿No tendría yo la culpa?

De improviso don Miguel se vuelve extraño. Le tiembla la barbilla —palidece—, se cubre el rostro con un delantal que prende de un colgador y da rienda suelta a su amargura. Solloza hundido entre un lote de periódicos largos minutos; parece destrizarse, quejándose; parece morir. Se angustia. Un minuto después se irgue de recio, estornuda, se limpia la nariz, y sigue hablando casi en el punto exacto en donde habíamos quedado:

—Muerto el payaso en la casa de orates de poco y nada sirvió quemar su traje; la infección estaba en marcha. Al día siguiente, después de una horrible mañana que había tenido en el preventorio, me fui a ver a María Cristina a la capilla del hospital que estaba en una barraca del patio viejo.

Una dama que me reconoció por ahí me dijo: “El mundo se ha puesto a girar patas arriba, doctor. Me siento joven”.

La hallé tirada sobre una litera inmunda en una pocilga del subterráneo, un cuarto que antes habían usado de caballeriza algunas huestes del ejército. Tenía los labios resecos, obscuros, y los párpados ajados por falta de líquido y el fuego interno.

Había una palmatoria en el alféizar de la ventana derramándose aún y entraban pájaros enfermos a su alcoba y se ponían a vomitar en los rincones.

María Cristina ardía y yo me asusté.

—Acabo de venir de San Lorenzo —balbució, sujetándome de la diestra—. Estuve varios días en casa de mi madre.

Le costaba un triunfo armar una frase.

—Tranquila, tranquila —le pedí—. Ahora te llevo a la posta. No te preocupes.

—¿A la posta? —inquirió, bruscamente. Hizo un esfuerzo por incorporarse en la cama. Le habían entrado de súbito unas francas ganas de hablar, de hablar, y de referirme cosas y aventuras, que a ella se le ocurrían o creía haber visto, ¡qué sé yo!, y de reírse, o de llorar pellizcándome la yema de los dedos, uno por uno, o de hacer alharaca con escenas que yo no podía entender o seguir con la imaginación; los párpados muy rojos, las mejillas lívidas, la boca ardiendo.

—¿Tú te acuerdas? —grita ella—, ¿del señor Neira que vive en la misma cuadra de mi tía Rosa?

Le respondo que sí, un tipo gordo afable con un solo diente en la boca. Ella ratifica, abrumada, pero no me deja hablar. Voy saliendo de la aldea, suspira, y me encuentro a don Pedro sentado al arco de un pozo fumándose un cigarro. Él me hace una seña, de lejos, y algarea: “¡No se asuste, madre! ¡Soy yo!”. Una vez a su lado di un paso atrás, tambaleando. Me llevé una sorpresa: don Pedro Neira tenía la boca llena de verrugas y las orejas llenas de pelos azules —unas orejas sebosas, grandes, redondas—; y al moverse, por detrás, advertí que lucía una cola de gato. Me persigné muchas veces. “¡Ay, don Pedro!” —le dije—, “a usted le pasa algo raro”. Yo me refería naturalmente a las fuerzas del demonio. Me goteaba sudor de las manos, y por debajo de las ropas. De miedo quizá. No podía quitarme la figura del demonio de la cabeza.

“¿Sabe, madre?” —me responde—; “fíjese que ahora soy colocolo”.

Ya quería seguir mi trayecto, pues llevaba prisa, de verdad, pero me vi compelida a tirar del freno bruscamente, por eso de las virtudes y mis deberes de religiosa, y le contesté, en volandas: “Lo importante es que usted sea feliz, don Pedro; lo demás no significa mucho”.

Él había perdido a su esposa, a la buena de Juanita Loyola, hacía escasos tres meses y me resultaba por tanto su estado de ánimo más que sospechoso.

Al llegar a la orilla del río subió hasta una trocha con los pantalones remangados, por donde yo iba, y como si hubiera leído mis desvelos, adujo:

—Para que sepa de una vez por todas, madre, la Juani no falleció de pulmonía.

—¿Y eso? —inquirí. (Yo había estado con ella en la hora de su último suspiro.)

Entonces me saltaron a la vista las líneas manifiestas de su rostro pícaro, su gesto macabro, y ese diente negro filudo que se le encaramaba por arriba del labio. Me pareció incluso que hasta gozaba con mi pregunta. “Vaya, vaya, y yo que lo creía un santito”, rumié por dentro.

Al punto añadió él sin darme tregua, con un paso adelante siempre en el coloquio:

—¡No me haga reír, madre, que tengo los labios partidos!

Quedé de una sola pieza.

—He llegado a la conclusión —agregó— de que es perjudicial para la salud de los machos vivir con una sola hembra 10 años seguidos.

—¿Qué dices, canalla? —le interrumpí.

Me tiritaba la voz.

Don Pedro Neira se puso alegre y movía la cola de izquierda a derecha, largando escupos al río mientras fumaba como chino.

Tuve que hacer oídos sordos aun cuando me advirtió repetidas veces de que vendrían a tirarme de la manga algunas señoras del villorrio para decir cosas feas de él; sin embargo debí bajar los ojos no justamente por eso —el cielo se había puesto negro y se desplazaban con gran festinación soles blancos verdosos desvaídos…—. No bien había andado algunos pasos comencé a examinar aquel gesto nuevo que rebosaba del exterior de las personas, aquella malicia fina de Sonia Prado, o de José Leiva, y a fijarme en los tubérculos de una linda doncella, que ayer no más me gustaba, y en los granos de Horacio Brito, o a percibir uno que otro rasgo animalesco bajuno en la traza de los funcionarios públicos, algo que antes no había notado —bigotes de lobos marinos, ojos de perros, sonrisas de hienas, amor de ratas, apéndices, cachos… Mientras me dirigía al campamento no hacía otra cosa que orar apretujando las hojas del corazón, y le pedía a Jesús y a la Purísima —que están en los Cielos— que vinieran a compadecerse de esta monja tonta, y les pedía también que me dieran luces y ánimo en el abandono y en la flaqueza, ya que estaba punto de soltar el trapo, y eso lo sabía Dios, y sabía además que yo tenía miedo de reconocer que lo que estaba viendo era la conciencia de algunos seres, y que así uno no puede vivir.

Hubo un minuto de silencio, y después, cuando de nuevo me topé con su vista, que ella hurtaba, me parecieron sus ojos de pronto desconocidos.

En el primer barrio de Cabildo, entrando por un atajo que sale al río, se halló María Cristina con una extraña y hermosa divinidad ajuste mitológico de ángel, por sus alas llamativas, y de diablo, por su cola, que estaba practicando esgrima con sus alumnos en un baldío lleno de quiltros dormidos.

Al fondo del paisaje se habían levantado hileras de árboles, árboles gigantes, sombreros de lunas negras y rojas, árboles con troncos de mármol azul intenso, obeliscos que bajaban del cielo azabache.

La atmósfera era diáfana y aún pendían de los aleros de las casas largas hebras de lluvia, y reverberaban los charcos del camino y las flores silvestres llenas de gotas.

A la plaza de armas había llegado una bandada de orquídeas y había una fila de niños, no muy lejos de la pileta andaluza, a la espera del momento en que debían sentarse en el lomo de las aves y partir volando de Cabildo.

Se oían chicotazos. Aleteos.

—Quedé impresionada con la Humanidad que me tocó ver —balbució María Cristina, al tiempo que volvía los ojos hacia otra parte.

Noté que lloraba.

Hubo un minuto de silencio, y después, cuando de nuevo me topé con su vista, que ella hurtaba, me parecieron sus ojos de pronto desconocidos, como si se hubiera quebrado el vaso de amor que sentía por mí. Ya no vendrían a repetirse sus palabras dulces ni las esperanzas.

Por la tarde pidió ella dialogar con la madre Gracia, que era la viejita sabia del grupo de las religiosas, luego dirigiéndose a mí, que seguía a su lado, dijo en voz alta que pensaba departir un rato muy serio con el doctor, pero más tarde. Yo debía prepararme y ser fuerte, tolerante, riguroso. Acepté.

Las hermanas le trajeron una sopa de ave, remedios, y unos yuyos cocidos, y había que verlas, tan activas, tan bondadosas. Doña Gracia dio orden de preparar un lavatorio pues urgía llevar a María Cristina a la posta, así que me vi en la obligación de salir del cuarto. Me daba vueltas la cabeza; la hacían sentarse y respirar como si fuera a parir, mas antes de que yo alcanzara a volver la espalda dijo ella, en previsión quizá de lo que vendría a cumplirse, delante de todos:

—Lo siento, Miguel, pero no puedo casarme contigo. Ni ahora ni nunca.

—Ya se te pasará la fiebre —le respondí, mientras hacía entrar con unas pinzas una garrapata que andaba por el dorso de su mano en una probeta vacía.

—No es por eso —insistió ella.

Entonces leí en su mirada que el fallo era irrevocable, y que ese fallo estaba ligado a su estrella, y a su propio albedrío. Fue como si me hubiesen abierto una válvula del corazón. Me inflamé de tristeza y de incredulidad por dentro. Dos años de noviazgo, balbucí; muerto de rabia.

A las nueve de la noche vinieron a decirme las monjas que María Cristina acababa de entregar su alma al Redentor y que ya no estaba con nosotros.

Yo no las dejé seguir hablando. Se me escapó un increíble desgarrido del pecho, de eso me acuerdo muy bien, y no sabía yo qué fiera se desangraba de ese modo; me fui a casa y estuve allí, echado, sin querer salir a la calle mucho tiempo. A menudo lloraba y no podía distinguir si era de día o era de la noche.

Don Miguel Sepúlveda calla unos segundos, y luego puntualiza:

—Ahora siempre que me topo con algún enfermo de garrapatas venusinas le pregunto al hueso: Dígame usted, señora o caballero, ¿no tengo yo en la frente un cacho, o algo parecido? ¿O por detrás, al andar, no llevo cola u otro aditamento? ¿No le parecen mis orejas gordas, peludas, violetas o amarillas? ¿No cree usted que me río como las hienas? ¿O que tengo zarpas de halcón?

Enmudecen los infelices.

—Lo único cierto —me explica el doctor Sepúlveda— es que después de eso me esquivan abiertamente: agachan la cabeza, me hacen hielos; no disimulan su inquietud. Yo incluso tengo mis sospechas.

—¿Cuándo será el día —termina diciendo el doctor Miguel Sepúlveda— en que nos sentemos a tomar onces los chanchos y las hienas y los demás? ¿Todos juntos?

Marco Villarroel Bruna
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