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Dos cuentos

sábado 15 de julio de 2017
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Tres noches de iniciación

Gilda Mex era una mujer imponente. Como salida del vientre de su madre hecha ya vaca bravía. Entre sus hermanas era la escogida, la agraciada con la fuerza de mil carneros, la rapidez del viento que bajaba desde las colinas. Su pelo era como río navegable, y sobre sus espaldas podían asentarse las estrellas. Gilda Mex sabía que el mundo era pequeñito para sus poderosas piernas; que el mundo de los hombres jamás le podía estar velado. Sus oscuras intenciones comenzaron al momento del parto, con la muerte de su madre. Nacer y asesinar. Su padre había gritado maldiciones a la niña monstruo por su nacimiento o imposición y asesinato. Era del doble de lo que cualquier niño o niña hubiera visto antes, y nadie se dio cuenta porque venía doblada en el vientre materno, doblándole la espalda y ocasionando cientos de complicaciones a su madre, desde la gestación. Tal vez todo se haya debido a que fue engendrada el día del eclipse, a que había en la ventana cuatro chotacabras mirando a los amantes, o que en verdad aquella mina de cadmio, de las cercanías, haya contaminado el pozo donde su madre se lavara, y de donde sacara el agua serenada con que cocinaba y servía el café a su marido.

Pero lo que había que anotar es que los otros tres hijos anteriores eran de talla normal, o niños niños, o niñas gráciles y tiernas. No así Gilda Mex, que mostraba ese poderío en sus piernas, en sus muslos, en su talle, su vientre, sus brazos y aquel cuello que la mostraban como un enorme Golem, como un ser con la estructura de un tótem. A los cinco años mató su primer carnero, doblándole el pescuezo con las manos por haber derribado a su hermana mayor, Acelia, y Gilda no había querido reconocer la afrenta. Nadie jamás tocará a mis hermanas, nadie se burlará de mi familia, sola yo puedo castigar a mi padre, y a mi hermano mayor. Y así ocurría, con la muerte de la madre el padre de Gilda pudo pensar que todo tenía que terminar en que su hijo primogénito tuviera la voluntad de ayudarle para sacar a las otras tres niñas adelante, pero Gilda siempre fue su fortaleza, era más rápida que el hermano mayor, era más fuerte, era más alta, más ancha de hombros para cargarse el arado y hacer los surcos para la semilla.

Gilda no quiso aquello de la escuela, prefería junto con su padre y su hermano trabajar el campo. Que vayan las nenas al colegio, que aprendan y luego que me enseñen, y así pudo ser siempre hasta que cumplió los 12 años, y medía 1,70 m de estatura, pesando 82 kg de puro músculo. Sus grandes muslos, sus enormes senos, su cuello de vikingo, su espalda como un roble, imponía. Pero aquella tarde que sus dos hermanas trajeron a la casa a Cecilia, el mundo de Gilda Mex cambió.

Los Mex eran pobres, sí, pero sabían trabajar la tierra. Pobres sí pero limpios, pobres pero higiénicos, las dos nenas de la casa siempre estaban coquetas, y sabían que la presencia de Cecilia en la casa podía significar el enamoramiento de su hermano mayor, un joven de 17 años, demasiado grande, quizá, para el amor de aquellos valles, pero que aun con todo podía recuperar el tiempo perdido con la presencia femenina, y quiénes sino sus hermanas podían presentarle a una mujer que fuera capaz de sostener en las caderas el amor por aquel joven familiar, trabajador y hogareño, y brindarles el ansiado reconocimiento y permanencia del apellido Mex.

Pero nadie pudo fingir no entender lo que pasaba. Lo que ocurrió entre la joven visitante y la hermana menor. Tal vez no pudieron saberlo, pero estaban seguros de que debieron prever lo que en cualquier momento ocurriría. Gilda los encerró a todos, cargó en sus hombros a Cecilia, y se la llevó a una cueva encima del único monte que se levantaba en la región. Gilda intentó hacerle la corte, pero la chica no entendía qué cosa era lo que estaba pasando y lloraba, Gilda la abofeteaba: ¡Cállate, niña, que yo te quiero querer, cállate y ten por seguro que sabré cuidarte!

Y los ruegos y las explicaciones no podían contener la rabia de amor contenida en los músculos de Gilda. La tomó por mujer, y la fue disfrutando algunos pocos días. Los hombres del poblado salieron con antorchas a buscar al monstruo, pero Gilda eran tan temida como peligrosa, que todos apuraban al otro para hacerle frente. Al final, temerosos, cansados, frustrados por el miedo llamaron a la Guardia Rural. Los Mex no sabían cómo proceder.

Gilda no quiso hablar con nadie más que con su hermano mayor. Y fue Ricardo quien la convenció de que dejara ir a Cecilia. Ellos van a matarte, Gilda. Y esta pobre mujer ya es apenas un andrajo, déjame llevarla, necesita un médico.

No quiero que muera, quiero que viva contigo, Ricardo, reconoció Gilda, llena de ternura, quiero que la cuides siempre.

El hermano tuvo que aceptar el casamiento, pero no por temor a su hermanita, amaba a Cecilia. Tuvo que aceptarlo porque era la mejor forma de romper su timidez, de hombrecito taciturno. El cuidado que el joven dedicara a la pequeña Cecilia fue creciendo como una pequeña llama de lástima, hasta convertirse en un matrimonio bajo el perdón otorgado a la secuestradora.

Gilda Mex pudo volver a los dos años al campo. Era ahora más monstruosa. A sus catorce años, su 1,95 m de altura como sus aún 80 kg de peso, habían convertido parte de su tejido adiposo en músculo y fibra, la hacían más temible. Las poblaciones entonces vivieron aquella ola de terror. Gilda bajaba todos los viernes al poblado para llevarse a una doncella. Y las regresaba al amanecer del lunes. Tres noches bastaban para saciar sus apetitos sexuales con las féminas, y lo que al principio era un acto de violencia, se fue volviendo sacrificio, luego tradición y después entrega. En toda la comarca se establecieron concursos entre las jóvenes de edad quinceañera que quisieran irse con Gilda Mex a la montaña. Y eran sumamente concurridos. Las chicas de las poblaciones esperaban con ansias tener la edad para poder participar de aquella fiesta. Todas querían irse, y al final, poco a poco, la mayoría lo conseguía.

Las tres noches de iniciación se las llevaban niñas y las devolvían mujeres. Mujeres entrenadas en el sexo con aquella mujer encerrada en el cuerpo de un hombre rudo, la violencia sexual y la ternura cálida que Gilda les podía y sabía ofrecer. Y entre esos escarceos, las caricias, el rasgar de pieles, el despertar de las hormonas, las volvía mujeres generosas, entregadas, para luego poder ser dadas en matrimonio a hombres que sabrían valorar aquella sana voluntad de la mujer con quien ahora formarían una pareja en equilibrio. Porque si las maltrataban, tendrían que vérselas con Gilda.

 

Permanentes amistades

Mi relación con el diablo comenzó desde pequeño. Mi primer recuerdo es verme manejando bicicleta, a solas, por la escarpa en una calle de doble sentido, donde pasaban cada veinte minutos los autobuses del transporte público. Creo que mi padre estaba detrás de mí, no estoy seguro si retándome o arengándome para no caer y hacerlo bien. Imagina la presión que uno siente por querer quedar bien con el viejo. Aquella tarde le habían quitado a mi bicicleta vagabundo las rueditas de apoyo, y comenzaba a dar mis primeras rodadas conservando el equilibrio. Avanzaba por esa escarpa, teniendo una larga barda de no más de un metro de altura, del lado izquierdo, y dos postes enfrente como únicos obstáculos; uno era de teléfono y el otro una señalización indicando que más adelante, sobre la calle 38 de la colonia Jesús Carranza, se encontraban las vías del ferrocarril. Yo daba pedaleadas seguras y trataba de controlar el manubrio para librar los escollos que se erguían enfrente de mi derrotero, y entonces lo vi, tenía la forma de un blanco gato completamente estilizado que se paseaba por la barda. En ese momento no me dirigió la palabra como luego haría un hábito, sino que más bien se recostó en la barda, dejando caer su derecha pata trasera y se quedó mirándome: se lamía la delantera pata derecha que había cruzado sobre la otra, y sin parpadear, de manera burlona, como anunciando mi fracaso, no me quitaba la mirada de encima. Contraje las mandíbulas apretando mis pequeños dientes de leche, y acepté el reto que lanzaba: ningún maldito gato iba a ser causal de mi derrota, y al finalizar la barda amarilla de poco más de un metro de alto, con todo y gato recostado en ella, una mujer entrada en años, de anteojos y una mascada rosa cubriéndole la cabeza, apareció en mi ruta. No pude sortearla, dándole de lleno en las espinillas con la rueda de mi vagabundo y encajándole el manubrio en la cadera, lo que la hizo caer hacia adelante, y terminar a media calle. Yo quedé tirado en la banqueta y escuché a mi padre y otros adultos correr para ayudarla, y un frenón de llantas y el impacto de metales y vidrios, de los autos que intentaron no pasarle encima a la anciana y chocaron entre ellos. El sonido aún lo llevo grabado en la mente, los metales retorciéndose, los ¡Cuidado!, esos pequeños gritos ahogados que espantaron a los pájaros desde los árboles que apenas brindaban algo de sombra. El gato arqueó el lomo, se relamió, arqueó el lomo desperezándose, y continuó su camino sin apartar la mirada de mí. Se lanzó hacia abajo, pasó encima de mi bicicleta y cruzó entre mis piernas maullando. Yo quise patearlo, y entonces miré sus ojos: un colibrí batiendo las alas y esa desesperante visión de acertar el primer beso a Alejandrina. Aquel sudor desde las carnes de una desnuda Larissa y el enjambre de moscas en la ventana del departamento que se volvió repetitivo. Mis padres peleando. Mi hermano en la milicia, desaparecido. Y la maldita anciana sentada junto a mí, mientras todos se arremolinaban junto a su cuerpo a media calle. Ya te llegará el momento, muchacho. La anciana quiso coger al blanco gato pero desapareció. Apreté los puños, enojado, y el gato estornudó sin mirarme; levantó la cola, presumido, y corrió lejos de mi vista. Ya llegaría el tiempo del divorcio de mis padres, aquel beso de secundaria y esas moscas sobre el cadáver de Larissa, y los demás cuerpos que se irían acumulando. El gato blanco sigue paseándose por la terraza. Me sigue retando.

Adán Echeverría
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