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¿Dónde está Manuel Bielsa?

• Martes 7 de agosto de 2018

No vamos a apoyar moralmente a corruptos, en cualquier circunstancia. Sin embargo, tras la repentina muerte, hace dos días, de un dinosaurio del peso de Concha Marbán, aunque su política y sus manejos estén en los antípodas de la ética que propugna este rotativo, debemos mantener una fría imparcialidad. Una vez dilucidada buena parte de la verdad en la sentencia del pasado lunes, no nos vamos a sumar a la campaña de fabulaciones porosas y vanas.

Otra cosa es incensarla ahora con un panegírico para rehabilitarla. Como si no estuviera claro qué clase de corruptelas ha cometido, la prensa capitalina afecta anda escribiendo absurdos ditirambos sobre Marbán en que se obvia el nutrido sumario de la Audiencia primera y se ensalza su gestión monumental y suntuosa. El portavoz del partido, que ya la había desahuciado cuando fue imputada, hizo una especie de pucheros ante las cámaras, describiendo con detalle el refinado suicidio. Sobre la mesita figuraba un ejemplar de las cartas a Lucilio de Séneca. Traducción italiana. Sugirió que la clase mediática ha linchado a un valor selecto, a una erudita y filósofa.

Si los paraísos fiscales vuelven inexistentes los capitales, las islas de afortunados cumplirían una función parecida respecto de las personas a quienes no agradan la cirugía estética y un reguero de pasaportes falsos.

Se le olvidó decir que Marbán había evadido al fisco una millonada colocándola en paraísos fiscales, que a veces repatriaba gracias a empresas opacas en países terceros. Tenía el gusto de visitarlas con jóvenes promesas del partido, luego ascendidas bajo recomendación. La delación de dos, Paula Fidelfo y Arturo Gamoneda, la llevó al banquillo. Julien Bengtsson, el gestor de esas empresas falsas, la esperaba en una sofisticada oficina de Singapur. Firmaban traspasos, invertían en bolsa, se entrevistaban con empresarios improbables. También montaban farras extremadas en que Marbán y su gestor medio sueco exprimían truculentamente a los jóvenes acompañantes de la primera, cuyas desapariciones habituales hacían las macabras delicias de la prensa rosa. La política murciana salía en las revistas, cada dos o tres años, llorosa y desconcertada, distrayendo la atención de sus canibalismos de último verano, al modo imaginado por Tennessee Williams.

Es otro cabo suelto. Cuando Marbán estaba ya muy acosada por los más erizados titulares, balbució algo sobre islas de afortunados. Sentada sobre la silla adelantada, en desangelada soledad, frente al tribunal que la grabación de la sala, vista por todos, no recoge, respondió con ambigüedad a la repregunta de la jueza Piedrafita. Vino a decir que en el mundo de la evasión, además de paraísos fiscales, hay tierras cuasivírgenes, islas, penínsulas, borradas de los mapas y libres de administración estatal, adonde se trasladan personajes arrasados y del todo inhabilitados por la opinión pública de sus respectivos países. La magistrada no estuvo avispada y lo dejó ahí. Como Marbán no ha concedido entrevistas desde entonces, se ha especulado mucho sobre el registro civil de esos personajes en sus naciones de origen. Si los paraísos fiscales vuelven inexistentes los capitales, las islas de afortunados cumplirían una función parecida respecto de las personas a quienes no agradan la cirugía estética y un reguero de pasaportes falsos. Por otra parte, en tales parajes, el régimen político sería parecido al feudal o a un faraonato servido por esclavos deshumanizados.

Como ya estableció la sentencia, Marbán pretendía eludir su responsabilidad sobre las desapariciones de tres hombres y dos mujeres ocurridas entre Singapur, San Cristóbal y Nieve y Gibraltar, y además acusar a Gamoneda, implicado previamente en corrupción, de denunciarla por no permitirle acceder a dichas islas. La jueza se inhibió de la causa alrededor de los posibles homicidios y ahora un juzgado secundario trabaja penosamente por aclararlos. Lo importante aquí eran los saqueos a los fondos públicos, las mordidas, los maletines, las cuentas bancarias con nombres supuestos. Lo otro es de una sordidez apabullante, pero ésta no debe embriagar al público y a los investigadores hasta el punto de fantasear sobre verdes y soleados islotes de bienaventurados.

Es un disparate. Ni Fidelfo ni Gamoneda han hablado de nada de eso, sino de juergas infestadas de droga y vejaciones en que dominaban y disponían a su antojo Marbán y Bengtsson, ahora huido en algún lugar entre Bahréin y las Maldivas. Llegaban a apostarse billetes de quinientos euros, según se dice, a la ruleta rusa, en la que, claro está, sólo participaba la carne de cañón que captaban en España o en el país del paraíso.

Pero aquí queda otro cabo suelto que el juez Arias, que instruye el caso de las desapariciones, deberá atar. ¿Qué papel tenía en todo esto el banquero Manuel Bielsa? En los más de 800 folios de sentencia, ¿dónde está Manuel Bielsa? Como todo el mundo sabe, Bielsa fue procesado y condenado a varios años por apropiarse de capitales de sus clientes a los que colocaba en fondos arriesgados como si fueran seguros y a plazo fijo. Sabemos que en el sumario del caso contra Marbán aparece el nombre del banquero como participante ocasional en esa especie de aquelarres, pero increíblemente en los hechos probados de la sentencia sólo figura su nombre en algún momento como comparsa. De acuerdo con los testimonios de Fidelfo y Gamoneda, y la documentación intervenida, Bielsa sólo visitaba esos ambientes, pero su evasión fiscal no recorría los mismos itinerarios delictivos. El banquero está presente, según las versiones más truculentas y las filtraciones de la instrucción de Arias, disparando flechas incendiarias a las nalgas de prostitutas indonesias, singapurenses o malayas en pleno acto sexual con otros; o bajo el caño de un spa que manaba sangre de víctimas, no siempre animales.

Más allá de estas horripilantes salvajadas, que han sacudido a la opinión pública, nos parece inconcebible que Bielsa no tuviera asociado a la trama de empresas de Marbán y Bengttson su negocionete ulterior de evasión de capitales robados a sus clientes. Es cierto que la jueza Piedrafita ha tenido dificultades casi humillantes, impuestas por el llamado secreto bancario de los paraísos fiscales estudiados, pero hay al menos siete documentos analizados en los hechos probados de la sentencia que mencionan las siglas M. B. como autorizado en cuentas bancarias cuyo titular era con seguridad Marbán. La identidad de esas siglas, sin embargo, no se intenta esclarecer.

En el caso de Bielsa, la ausencia de familiares y la escasez de amigos, el absoluto rechazo de la mayor parte de la sociedad y de los políticos que le encumbraron, aceleraron el tiempo que debía restar su cadáver sobre la tierra.

Espero que el trabajo del juez Arias permita, quizá, reabrir el caso. Lo cierto es que ya no podrá oír lo que sabía el propio Bielsa. Su suicidio a principios de este mes ha enmudecido para siempre a este despiadado depredador de la sociedad. El final de sus días, así como el de Marbán, debería influir también en los tentados por la corrupción. A la espera de entrar en prisión, con pasaporte intervenido, debía visitar todas las semanas la Audiencia primera y sabía que todos sus bienes iban a ser embargados en breve. Su mujer le había abandonado y salió del país. Sus hijos habían conseguido colocarse por propios méritos en empresas multinacionales y no acudían nunca a visitarlo. Él malvivía como un conde solitario, venido a menos, entre su chalé de la sierra de Ávila y sus cacerías en fincas de los pocos amigos que le quedaban, en Cáceres, Sevilla o Ciudad Real. La madrugada en que decidió acabar con esta penitencia se descerrajó un tiro en el pecho con una recortada de las que empleaba para cazar. La noche anterior había cenado con total tranquilidad con dos amigos a los que comentó aspectos de la sentencia, que iba a recurrir, y de su futuro inmediato como si aún pretendiera recomponer su vida.

Como en el caso de Marbán, la brigada de la Guardia Civil que levantó el cadáver encontró una nota escueta y poco útil, de parecidas características. Asimismo la autopsia, que casualmente fue realizada en el mismo instituto médico, resolvió todas las dudas y conjeturas que suelen aparecer en la prensa y redes sociales en las horas siguientes. En el caso de Bielsa, la ausencia de familiares y la escasez de amigos, el absoluto rechazo de la mayor parte de la sociedad y de los políticos que le encumbraron, aceleraron el tiempo que debía restar su cadáver sobre la tierra. La incineración se llevó a cabo en las siguientes 20 horas y, al día siguiente, su funeral, al que sólo acudieron absolutos desconocidos, gente de su servicio en Ávila, como en una estampa de la mafia, sólo se prolongó los minutos estrictamente necesarios para enterrar la urna.

Tras su muerte, Marbán intenta ser rehabilitada por su mismo partido, el que la rechazara cuando delataba a unos y a otros y despistaba a la jueza con islas afortunadas. Después de la capilla ardiente, se celebran a estas horas unas fastuosas exequias que no le devolverán la vida y que corren el riesgo de resultar obscenas. Dios o el diablo nos libre del día de las alabanzas. En el caso de Bielsa, por el contrario, nadie, ni siquiera sus hijos o su mujer, deseará visitar la ruin lápida del nicho donde ha venido a terminar el nombre y la honra de un banquero amado otrora por políticos de un signo u otro y que cumplió fielmente con los deberes de la omertà.

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Daniel Buzón

Escritor y filólogo español (Manresa, 1977). Se ha dedicado a la docencia. Ha publicado relatos en las revistas electrónicas Axxón y Ariadna-RC. Así mismo ha colaborado en Rebelión. En 2012 editó una traducción al castellano de una obra prácticamente ignorada del escritor romántico Stendhal, De un nuevo complot contra los industriales (Madrid, Ediciones Sequitur), cuyo estudio preliminar trata sobre la implicación del sansimonismo en la defensa e implantación del sistema de deuda pública en Francia.

Sus textos publicados antes de 2015
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