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Crónicas de la mendicación picaresca (III)
El estilo italiano

sábado 28 de diciembre de 2019
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El estilo italiano, por Rubén Monasterios
Los más sofisticados limosneros italianos están muy por encima de los recursos convencionales.
Serie “Crónicas de la mendicación picaresca”, por Rubén MonasteriosEn esta serie de tres entregas, el venezolano Rubén Monasterios nos presenta al mendigo no sólo como el producto de una conjunción de fenómenos psicológicos, económicos, sociales y culturales, sino también como un representante de la vasta tradición picaresca de nuestra cultura. A través de la observación de diversos ejemplares, el autor nos muestra cómo el infortunio ajeno no siempre es tan infortunado.

 

Como lo hice ver en una crónica precedente, la mendicidad tiene una buena dosis de teatro. Lo pone de manifiesto la siguiente anécdota.

Los más sofisticados limosneros italianos están muy por encima de los recursos convencionales; no se toman la molestia de aparentar sufrimiento, desvalidez o miseria; descubrieron que los europeos sienten un amor extravagante por los animales, en particular, por los perros, y explotan ese sentimiento en su beneficio.

De ninguna manera pretende estimular compasión; su apariencia es plácida, como si estuviera ahí por puro gusto.

Estoy en Palermo; todavía no es el implacable ferragosto, pero ya hace calor. Disfruto de la bebida de rigor para ese estado de clima, un tinto “de verano”, sentado en una trattoria al lado de una ventana, desde la que logro una visual extensa de la calle.

(Y me tomo la libertad de una digresión para dar la receta del vino de verano, también llamado “de obrero”. Un vaso grande con hielo, llenarlo hasta la mitad de vino tinto y completar con soda, 7Up o cualquier refresco de limón semejante; añadir limón natural al gusto. Se puede potenciar con un toque de un aguardiente de su agrado. Ideal para los tiempos cálidos, pero ¡cuidado!: refresca, es sabroso y se deja colar; en consecuencia, tintos van y vienen y sin darse cuenta termina uno borracho.)

Observo a un hombre joven, bien parecido y vigoroso sentado en el suelo; tiene los brazos laboriosamente tatuados al descubierto; parece un marinero en desgracia. Pero de ninguna manera pretende estimular compasión; su apariencia es plácida, como si estuviera ahí por puro gusto, tomando el sol. A su lado yace, relajada, una perra de raza indefinida, entre cuyas patas juguetea un adorable cachorrito.

El sujeto ha puesto un cartel escrito a mano en un pedazo de cartón, con la siguiente leyenda: “Tatiana il suo cucciolo et Io abbiamo fame”. (“Tatiana, su cachorro y yo, tenemos hambre”.) Las limosnas se prodigan y el hombre agradece cada dádiva con amable y risueña gentileza. Su conducta en nada se parece a la actitud humilde del mendigo común; más bien, diría yo, es un ademán cortesano.

Veo que el individuo se levanta y a buen paso viene hacia el establecimiento donde me encuentro. El hombre que atiende el mostrador y él se tratan con ruda cordialidad; le sirve un buen vaso de grappa; conversan y bromean mientras el bribón trasiega su aguardiente…

Paso frente al simpático pícaro y mientras me detengo para aportar mi limosna, le digo: “¡Bravo, maestro!”.

No he perdido de vista a Tatiana y su perrito. En tanto su dueño está ausente una anciana señora vence las durezas de su lumbago y se inclina para acariciar a los animales, dejando una limosna, naturalmente. Una nena insiste en cargar al perrito. Tatiana no lo impide; más bien mueve la cola con languidez, como dando señal de aprobación. La dama que acompaña a la niña, conmovida, deposita unas cuantas liras en la gorra dispuesta a tal fin. Un paseante, hombretón gordo, mira con gravedad el cuadro, deja su óbolo y sigue, restañándose una furtiva lágrima.

Las venidas, embuchamiento de caña y regresos adonde lo aguardan Tatiana y su prole se repiten un par de veces más.

Decido seguir mi camino. Paso frente al simpático pícaro y mientras me detengo para aportar mi limosna, le digo: “¡Bravo, maestro!”, y hago un gesto de aprobación un tanto reverencial.

El hombre me mira, al principio sorprendido, pero al instante comprende; ríe de buena gana e intercambia conmigo una mueca burlesca de complicidad.

 

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