Lecturas de poesa en apoyo a afectados por el volcn en La Palma

Saltar al contenido

El discreto instante de una aventura

martes 21 de septiembre de 2021
¡Compártelo en tus redes!

En blazer y tacones en el patio del colegio donde estudia mi cachorro, haciendo tiempo a su salida. Sonrío a las madres, dándome por enterada del nuevo novio de la maestra de sexto. Más o menos solidaria, observo a otra víctima del cotilleo que bien podría ser mi persona. Mi mente, muy, muy lejos, planifica una nueva tarde con el chico descubierto ese abril, unas cuadras más allá, entre helechos, geranios y caprichos de forja. Restaurante Tinajero, casco colonial de Los Teques.

Por aquellos tiempos llevaba a mi hijito a casa por mi ruta habitual, directo al guion diario de almuerzo-deberes escolares-vuelta a la guardia hospitalaria, cuando un cuerpo esculpido bajo los más puros cánones renacentistas, envuelto en blanquísima filipina, desde una verja con un fondo de calderos, pimientos, cebollas y jamones colgantes, y en una de tenor inspirado y convincente, me cantó la de señora bonita / yo siempre la sueño…

Y mientras todos los mediodías mi Leo Marini escapaba hasta su ventanal, regalándome su tiene algo en sus ojos / que al verla que cruza / amor me provoca…, y yo caminaba esas aceras ya casi a ciegas entre los altos portales y el sol ardiente de estos tiempos finitos, mi proyecto de pareja modelo se terminó de atascar sin remedio.

Las manos sabias de mi cocinero, iguales a las de un director de orquesta que no necesita partituras, hicieron mi cuerpo seda de otro siglo.

Tanto así, que una tarde me fui atrás de mi cocinero sabueso y mal intencionado hasta aquella casona antigua y solitaria, repitiéndome, no me lo puedo perder, no me lo perdonaría —como si aún me agobiaran las dudas—, hasta encontrarnos aferrados el uno al otro dispuestos a cogernos y no soltarnos nunca más. Atrapados entre las cortinas rojas y violetas de las buganvilias, borrachos con la fragancia a albahaca y tomillo de los maceteros del patio. A la vera de la sonrisa cómplice de quién sabe cuántos abuelos.

Las manos sabias de mi cocinero, iguales a las de un director de orquesta que no necesita partituras, hicieron mi cuerpo seda de otro siglo, música de las esferas, funda aterciopelada de saxo, lomo de gato.

Eran manos hechas para el amor y la cocina.

Y es sabido que entre estas muy grandes cosas se confunden las fronteras.

Fuertes y delicadas, diseñadas milimétricamente por algún Leonardo, igual hacían la limpieza de los fogones, descargaban el aprovisionamiento, o construían apetitosos filigranas con hojaldres, caldos, quesos, carnes y licores…

Y ese ingenio se lo llevaba a la cama.

En lánguida sobremesa, yo deslizaba mis dedos como minúsculas piernas bailando un tango, a ambos lados de sus vértebras; o cosquilleaba leve con mi boca en sus oídos algún bolero bello escuchado a mi abuelita, quizá aquel Aunque no quieras tú / Ni quiera yo… / Hasta la eternidad / Te seguirá mi amor…

Hoy me lo encontré en el mercado municipal.

El mercado libre ya no es el de otros tiempos, cuando un cocinero similar al mío se acercaba por allí a surtir su rica despensa. Todos juegan cruelmente a especular con los dólares, en medio de cañerías obstruidas y ratas saltando sobre los zapatos.

Yo le compraba a Jaime queso de año. Sabía que no sería un queso verdadero. Ese que en esta Venezuela de puros frescos, de delicias nombradas telita, merideño, guayanés o clineja, maduraba durante doce meses cambiando de posición cada semana, frotado cada día con mantequilla y pimienta.

Ni soñarlo.

Sin embargo, clienta de una tercera generación y conociendo a mi tendero, esperaba de sus reservas algún guiño, un tropical pellizco al parmesano…

El pobre hombre que ahora veía en el reflejo roto de la nevera alargando sus manos ante sí, como si acariciando el aire pudiera asirlo, era mi chico. Mi cocinero, fijando la mirada expectante sobre un Jaime obsequioso que repartía trocitos para probar, y no disimulaba las ganas de desaparecer a este trasnochado cliente de su negocio.

Pero él, los pies muy inflamados y entintados con azul de metileno calzados en gigantescas cholas para el baño, y franela ajena y desgastada, porfiaba en seguir hurgando el aire, en invocar un hechizo con su mirada a lo Marcel Marceau.

Sus manos sobre el hallazgo, por primera vez detenidas, adivinaban en él una ración de caviar de beluga, un aderezo áureo.

Al cabo, algo en la orilla cariada y sucia del piso logró desviarle la atención.

Queso. Media luna mordisqueada.

Inclinó la espalda para ver mejor, sin decidirse aún a desprender los dedos del vacío, quizá desconfiando del vendedor o de sus propios ojos.

Mi cocinero fue acortando la distancia. Sus manos sobre el hallazgo, por primera vez detenidas, adivinaban en él una ración de caviar de beluga, un aderezo áureo.

Lo elevó con lentitud, se lo llevó a la nariz y satisfecho, lo colocó al trasluz valorándolo bajo la agujereada calamina del puesto.

Por fin la magia había surtido efecto. Ya no necesitaba de Jaime ni de agarrarse con todas sus fuerzas a la nada.

Entonces, con el índice en los labios convocando al silencio, nos miró a cada uno de los clientes sin vernos, y masticó en el borde que otros dientes dejaran, paladeando con placer intenso durante una dolorosa eternidad.

María Isabel Briceño Armas
Últimas entradas de María Isabel Briceño Armas (ver todo)