Servicio de promoción de autores de Letralia Saltar al contenido

Iniciación

sábado 25 de noviembre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Hoy salí a la calle.

No se trató de una salida prevista ni se me autorizó para hacerlo, pero la puerta, por alguna razón que ignoro, estaba abierta y no lo dudé. Actué sin pensar. Sin detenerme a examinar los pros y contras de mi acción. Sólo salí del cuarto, recorrí dos o tres pasillos idénticos y, finalmente, hallé una puerta que me condujo al exterior.

El exterior es muy diferente. Se hace evidente en los ruidos que me rodean. Resultan molestos. Y lo peor es que no dispongo de un telemando que me permita regular el volumen. Puedo interpretar algunos de esos ruidos: motores de automóviles, voces, tacones chocando sobre el asfalto… Es curioso. El asfalto no es como yo creía, ni tampoco las voces.

Los rostros no son como en televisión. Parecen más blandos, más frágiles… Fragilidad, sí, esa podría ser la característica más pronunciada de cuantos me rodean. Da la impresión de que el menor imprevisto pueda ajar eternamente su envoltura carnal. No, los rostros no son como en televisión, ni mucho menos. Cuando los miro, casi todos apartan la vista, pero no lo bastante rápido para que no pueda adivinar en esos ojos reales la profunda huella de las decepciones y el paso de las estaciones. Quizá los más jóvenes se parecen un poco a sus dobles televisivos, pero, a partir de una edad que no sabría precisar, hay ciertas arrugas casi imperceptibles, ciertas muecas, ciertas miradas, que delatan la inconmensurable amargura que embarga esos corazones humanos.

Camino entre esas gentes que tanto se parecen a mí y, sin embargo, son tan distintas. La mayoría ni siquiera me miran. No sé si no me perciben o están demasiado absortos en sus propios asuntos. Algunos van ensimismados en sus teléfonos móviles, que otros utilizan para hablar a través de ellos. Hay bicicletas y patinetes. El movimiento constante en torno me aturde. No es como en mi habitación, donde el movimiento se reduce a una pantalla y, la mayor parte del tiempo, ni siquiera eso.

Al igual que las personas, los objetos son tridimensionales. Si alargase mi mano podría tocarlos, pero no sé si eso me está permitido.

Al igual que las personas, los objetos son tridimensionales. Si alargase mi mano podría tocarlos, pero no sé si eso me está permitido ni si resultaría placentero o peligroso para mí o para ellos. Así que me contento con contemplarlos. Existe cierta belleza en algunos de ellos. Conozco sus nombres: farolas, semáforos, porches, setos, fuentes, bancos, tranvías… Los había visto antes en la pantalla o en los libros de la biblioteca. Me gustaría percibir su tacto, su textura, pero sé que no debo intentarlo, al menos no por ahora.

También hay tiendas donde venden comida. Veo salir a jóvenes con pasteles en las manos. Los veo llevárselos a la boca, saborearlos. Y parecen muy felices al hacer eso. ¿Y si yo intentase…? Al tratar de darle forma a este pensamiento, siento una señal de alerta. No debo.

Continúo caminando. Encuentro personas derrumbadas junto a los muros que extienden sus manos y me miran a los ojos y musitan algo. No sé qué se espera de mí. Me encojo de hombros (he visto en la televisión que ese gesto significa muchas cosas y no compromete a nada) y sigo mi camino. Si miro hacia atrás, compruebo que ya no están pendientes de mí y se dirigen a otros de la misma manera. También hay un hombre alto, con barba y pelo largo. Éste está erguido y toca un instrumento musical: un saxofón, si no estoy errado. En el suelo, junto a él, un recipiente con algunas monedas. No sé qué significa. Lo investigaré cuando regrese.

Y es entonces cuando me asalta una sensación extraña. ¿En verdad es posible el regreso? Ahora me doy cuenta de que no sé adónde debería volver. Ni si ellos desean que vuelva. Razono que tal vez dejaron las puertas abiertas para librarse de mí. O para que yo saliera al mundo y experimentase por mí mismo todas las enseñanzas recibidas. ¿Es esto lo que debería hacer? Y, de ser así, ¿cómo se supone que tengo que actuar? No puedo pasarme el día caminando. En algún momento tendré que conectarme a una fuente de energía para recargarme. De hecho, no me quedan muchas horas de autonomía.

¿Será que definitivamente me han abandonado o hay una instrucción en mi memoria que me indica con claridad la ruta de regreso? ¿Es esto lo que los humanos denominan vida? ¿Esa inseguridad, esa carencia de puntos de referencia? Mientras proceso estas preguntas en busca de una respuesta válida, sigo caminando y aprendiendo los significados de las cosas.

Me gustaría percibir la fragancia de esas flores que se alinean frente a mis ojos.

Sergio Borao Llop
Últimas entradas de Sergio Borao Llop (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio