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El Carnicero de Lyon, de Manuel Lasso
(primeras páginas)

domingo 12 de mayo de 2024
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“El Carnicero de Lyon”, de Manuel Lasso
El Carnicero de Lyon, de Manuel Lasso (Milabar Works, 2012). Disponible en Amazon

El Carnicero de Lyon
Manuel Lasso
Novela
Milabar Works
Lima (Perú), 2012
ISBN: 978-0985877019
178 páginas

1
Los visitantes

Durante una mañana nublada, una bandada de papagayos voló sobre el río Saône y arribó al edificio de la E’Cole de Santé Militaire, donde Klaus Barbie conducía un interrogatorio. Se posaron en el alambrado telefónico y en los postes de la electricidad. Luego, en grupo, volaron hasta las ventanas de la oficina de Klaus, se aferraron del dintel y avanzaron lentamente afianzándose con sus garras y con sus enormes picos pardos. Tenían las plumas verdes y brillantes; las cabezas eran coloradas. Los ojos oscuros estaban rodeados por un halo blanco. Miraron hacia el interior de la oficina, hablando y moviendo las cabezas.

A Klaus le encantaban los pájaros. Tan pronto los vio, interrumpió el interrogatorio y se acercó a la ventana para verlos a través del vidrio. Parecía que los pájaros le hablaban. Giró la manija y abrió la ventana. Los loros entraron en tropel, uno tras otro, aleteando con las patas encogidas. Descendieron en el escritorio, en los anaqueles de los libros y en el piano. Uno de ellos, con la ayuda de su gran pico, se trepó del colgador de sombreros de bronce. Otro se asió de la parte superior del cuadro de Hitler y caminó de costado. El intranquilo dóberman negro levantó la cabeza. Gimió, olió repetidamente y los miró con ansiedad con sus orejas levantadas; pero no se movió. Sonriendo, Klaus se aproximó al que estaba sobre el colgador de bronce y le extendió un dedo. El ave con sus ojos pequeños y su enorme pico semiabierto levantó una pata y se aferró a su dedo. Caminando sobre este inclinó la cabeza a un lado y dijo con voz gutural:

“Camaradebonjour... Camaradebonjour...”

Bonjour,” le contestó Klaus sonriendo.

Abriendo las alas lentamente, el pájaro continuó:

Je voudrais une paire de chaussures avec un espace pour mes quatre doigts”. (Me gustaría un par de zapatos con espacio para mis cuatro dedos.)

Le pareció extraño que un papagayo le pidiese un par de zapatos con espacio para sus cuatro dedos.

“Je suis à l’etroit... Avez-vous une pointure plus grande?” (Me hacen doler... ¿No tiene un zapato más grande?)

Klaus se rio. Todos se rieron. Aún el prisionero, con sus ojos hinchados, sonrió.

El loro que picoteaba las picanas eléctricas sobre el escritorio, encrespó las plumas rojas de su cabeza como si estuviese sorprendido y dijo:

“Dominique, Dominique... Une bouteille de vin, s'il vous plait...” (Dominique, Dominique... Una botella de vino, por favor...)

A continuación, se produjo una conversación anárquica en la que todos hablaban al mismo tiempo sin que ninguno pudiese entender al otro. Uno de ellos levantó un poco su ala verde y se hurgó metiendo el pico debajo de ella. Otro meció la cabeza suavemente de un lado al otro y dijo:

 “Je suis constipé...” (Estoy estreñido...)

“Excusez-moi, je ne comprends pas... Pierre?... Pierre?” (Discúlpenme, pero yo no entiendo... ¿Pierre? ¿Pierre?)

El que se había posado sobre el libro grueso de tapas coloradas exclamó, extendiendo una pata y abriendo un ala verde, como desperezándose:

Mein Kampf! Oui? Oui?” (¡Mi lucha!... ¿Sí? ¿Sí?)

Voilá!”, exclamó Klaus. “Esto es admirable. ¿Cómo lo sabe?”

El loro dejó caer su excreta gris y húmeda sobre la tapa rojiza del libro. Luego separando las patas y mirando hacia abajo preguntó:

“Qui est l'auteur de ce tableau?” (¿Quién es el autor de esta pintura?) ¿Bretón? ¿Bretón? ¿Es esto un cuadro surrealista?... Estoy soñando, Dominique...”

CamaradeCamarade?” preguntó el que mordía y tiraba de la picana eléctrica con su pico amarillo.

“¿Sí?”

“Camarade. A quelle heure part l’train pour Auschwitz?” (¿A qué hora sale el tren para Auschwitz?)

Por un momento Klaus permaneció mirándolo sin poder comprender.

El loro preguntó otra vez:

Oui, oui. Pour Auschwitz... Vous ne me comprenez pas? A quelle heure?” (Sí, sí. Para Auschwitz... ¿No me entiende? ¿A qué hora?)

“¿Cuánto cuesta el boleto del pasaje para Auschwitz-Birkenau?,” preguntó el que caminaba por encima del retrato de Hitler.

Klaus se tornó muy serio.

Est-ce un train direct?” (¿Es un tren directo?)

Klaus se ruborizó y los miró con odio. Sin embargo, el que más lo ofendió fue el que estaba torpemente caminando sobre el piano haciendo gran ruido con sus garras presionando sobre las teclas blancas y negras: ¡Tlan, tlon, tlin, tlan, tlon!

“¡Muerte a Hitler!... ¡Muerte a Hitler!... ¡A bas les Boches! (¡Abajo con los alemanes!) ¡Juá, juá, juá!”

“¿Qué?”, preguntó Klaus, con ira y con el rostro más enrojecido. “¡En mi presencia, nadie habla mal del Führer!"

A continuación, se deshizo del loro que tenía en el dedo. Abrió su cartuchera y desenfundó su pistola automática.

Mort à Hitler!,” volvió a exclamar el pájaro que caminaba sobre las teclas.

Klaus rastrilló su pistola, apuntó y apretó el gatillo varias veces; pero no pudo hacer fuego. La pistola se había atascado. Todos los papagayos volaron en desorden dentro del cuarto y se movieron de un lado al otro en un caos de aleteos y saltos. Finalmente, el arma disparó y un tremendo estruendo resonó por toda la habitación. El balazo produjo un enorme agujero en el piano y destrozó dos teclas. El loro se acurrucó y dijo:

“Casi, casi...”

Y alzó el vuelo.

El perro saltó ladrando y trató de cogerlos en el aire; pero no pudo hacerlo. Aleteos y humo. Se sintió el fuerte olor a pólvora. Varias plumas verdes quedaron flotando delante de ellos. Los papagayos salieron volando por la ventana y se dirigieron hacia las líneas del teléfono. Desde lejos uno de ellos volvió a exclamar:

“Mort à Hitler! Mort à Hitler!”

Klaus les volvió a disparar; pero no le acertó a ninguno. La bandada se dispersó detrás de los árboles. Un escuadrón de soldados en motocicletas, con gruesos anteojos, pasó por la calle en ese momento. Debido al estruendoso ruido de las máquinas, nadie escuchó nada. La habitación quedó en silencio. El teniente cerró la ventana de golpe y continuó el interrogatorio con más violencia.

Manuel Lasso
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