
Tras los hilos de Ariadna
Winston Morales Chavarro
Novela
Editorial Universidad Surcolombiana
Neiva, Huila (Colombia), 2024
ISBN: 978-958-8896-81-6
140 páginas
—¿Crisis? ¿Me hablas de crisis?
La crisis es mi estado natural. Muchos dicen que la crisis es un estado mental, pero, igual que enfermedades como la depresión o la melancolía, creo que son padecimientos que no se curan con pastillas o barbitúricos. Existen esos personajes nefastos llamados optimistas, que promueven ciertas lecturas o consejos de la mal aventurada nueva era, quienes con cierta desfachatez se atreven a asegurar que la depresión es distracción y que si uno se encuentra alejado de su centro, se deprime y se entristece. Tamaña estupidez, las crisis no tienen nada que ver con eso, tampoco la depresión, la tristeza o la melancolía —las cuales no tienen ninguna relación entre sí. La crisis es una elección del inconsciente. Podría asegurarte que todo es una decisión del inconsciente. Los actos más sublimes, los más humanos, los más altos, los más mundanos: todo es una elección del inconsciente. Aquello de lo que maldecimos hoy y de lo que maldeciremos mañana, no es nada más que la consecuencia de nuestras propias elecciones, de esos actos que en algún momento nos parecieron adecuados y normales. Todo es un asunto de puntos de vista, de lo variables y cambiantes que son los puntos de vista. Y allí está la crisis, no sólo en el después de esas elecciones, sino incluso antes de tomar una elección cualquiera. Te podría decir que la crisis no es exclusiva de un hombre o de una mujer en particular. La crisis tiene que ver con los cambios, con los giros de la naturaleza interna y externa de los individuos: cambios internos (cuerpo y mente); cambios externos (cotidianidad, medio ambiente, naturaleza). Es decir que la crisis está presente en todos los actos humanos, incluso en los que no lo son. Aunque sobre esto último debo decirte que todo aquello que escapa a consideraciones humanas —y que sin embargo sólo puede ser interpretado por el hombre— no debe, ni debería recibir la categoría de crisis, pues para la naturaleza, por ejemplo, la “crisis” es simplemente lo natural, lo que acontece: el florecer de un árbol, el movimiento de rotación y traslación de la tierra, las estaciones, la noche y el día. Seguramente somos nosotros, como lectores de la realidad, quienes vemos crisis donde no las hay, ¿me explico?
2
Desde pequeño siempre tuve una extraña obsesión con los signos. Con las señales que llaman. Quise, desde siempre, ser un lector de señales. No sé si con esto tenga que ver mi bisabuela o alguno de mis tíos maternos. Seguramente alguno de ellos se convirtió en un reproductor de esas señales, pues no recuerdo a mi bisabuela; era muy pequeño cuando ella murió. Pero fueron esas señales, las que leía a diario, y que los teóricos de la comunicación han llamado signos, las que de alguna manera determinaron mi manera de relacionarme con el mundo. Uno de esos signos son los índices o indicios, y es de estos últimos de lo que quiero hablarte.
Los indicios son el lenguaje de lo natural, están allí, expuestos en las cartografías del mundo para ser leídos por los seres humanos. De hecho, el hombre los traduce a través de la experiencia. Digamos que hemos llegado a ellos a fuerza de vivirlos y experimentarlos, para bien o para mal, en nuestra vida cotidiana. Se deben vivir una vez, si acaso dos, para que comencemos a familiarizarnos con ellos. No creo que lleguemos a la traducción de ese lenguaje, al menos que no hayamos experimentado esa carga semántica inherente al indicio. Me explico. Tuvieron que pasar muchos retrasos en el reloj biológico de la mujer para que entendiéramos que ese retraso en su periodo menstrual tenía una alta significación —la mayoría de las veces angustiante para ella— y que esa irregularidad debía leerse como una de las primeras alarmas del universo femenino. Lo mismo puedo decir de los hombres primitivos que se enfrentaban con los primeros depredadores de la historia. Uno no podía entender la agresividad de un animal hasta cuando se pudo interactuar con el salvajismo propio de ciertas especies. Y así, en ese orden de ideas, los signos, tipo indicio, como los nubarrones en el cielo, el fuego en las llanuras, los borbotones de sangre ante una herida, las parvadas de ciertos pájaros ante una estampida.
Sin embargo, hay muchos indicios que requieren de una lupa, esos indicios que aparecen y desaparecen como luces intermitentes a lo largo de la carretera. Signos que se esconden en la simulación magistral de quien los emite y los esconde, a lo mejor porque aún no tiene una convicción completa sobre lo que expresa o lo que calla. Por ejemplo, ¿cuáles son los indicios de una infidelidad? Si te encuentras con un verdadero maestro de la simulación, ¿cuáles son esos signos visibles o invisibles que comienzas a leer para extraer de ellos una interpretación legítima y acertada? Pero también hay señales que no tienen que ver con hechos sucedidos, sino con hechos próximos a suceder. Incluso, con hechos que están muy lejos de llegar a configurarse en las mentalidades de quienes los producen o los padecen. Por ejemplo, uno puede hablar de hechos que marcan un indicio de algo que está sucediendo: un cansancio momentáneo, una pérdida de deseo (muy visibles, por cierto), la apatía hacia alguna situación en general o en particular. Pero, ¿cómo entender esos signos que nos previenen de algo? ¿Cómo leer con desapasionamiento eso que sabemos que no es conveniente para nuestras vidas, pero que por asunto de hormonas, de emociones o de dopamina, pasamos por alto? Alguien decía por allí que la mayoría de las veces los matrimonios fracasan porque los amantes no se conocen a plenitud; los amantes sólo conocen una simulación del otro, una máscara, la más conveniente, para ese ejercicio complejo de la convivencia. Y cuando por fin logran acoplarse, es porque uno de los dos ha desaparecido, se ha difuminado, ha complacido al otro, quien secretamente lo señalaba —con su dedo inquisidor— para que se hiciera polvo, partícula. O también ocurre, menos frecuente, eso sí, que los dos desaparecen para complacerse mutuamente; los dos se fragmentan, los dos se autoanulan. Esto es una crisis, la crisis de la convivencia y de las relaciones de pareja, que, finalmente, sólo reúne unos pequeños fragmentos de esa totalidad que se niega a configurarse. Y esto también se ve en la familia, en la casa, en la escuela, en la relación de nuestros padres. Un hijo es apenas un pequeño reflejo de lo que es en su totalidad. Ni siquiera en los hogares más libertarios y liberales los hijos se atreven a mostrarse de acuerdo con sus propias ocurrencias o disciplinas. Un hijo es algo incierto, desconocido. Por más que nos esforcemos, ¿alcanzamos a visualizar la grandeza del espíritu de nuestros hijos? Honestamente, ¿qué tanto sabes tú de tu hijo? ¿Qué piensa esa criatura que se formó en tus entrañas hace más de veinte años? ¿Lo conoces o crees conocerlo? ¿Supones ahora lo que es una pareja?
3
Yo me uní a Ariadna pese a todas esas señales. Desde un comienzo supe que esas señales eran una especie de lenguaje que arrojaba la relación, y que debían ser interpretadas antes de dar el siguiente paso. Son señales que despiden las situaciones, las circunstancias, los hechos, los sucesos. Igual que antes de una enfermedad un cuerpo arroja señales —que nosotros llamamos en ocasiones síntomas—, antes de los hechos el horizonte de sucesos arroja esas voces de advertencia, esas metáforas —poco poéticas— para ser tenidas en cuenta. Pero los enamoramientos nos hacen ciegos, nos obnubilan, y pocas veces vemos las situaciones con el prisma más conveniente.
Ariadna era una mujer muy bella. Una mujer bella y con una gracia que la hacía sobresalir en medio de la gente. Pero lo que vemos de la gente es una cosa, y lo que compone a la gente es otra. De ella, de mi relación con ella, comenzó a desprenderse una cantidad de signos que yo, en mi inopia de enamorado, pasaba por alto. No sé si esto les ocurre a todos los hombres y a todas las mujeres, pero a mí, y seguramente no a Ariadna, me ocurría. Desde pequeño, quizás por una carencia de los afectos, me he aferrado ciegamente a las personas, a las situaciones, a los hechos. No sé si soy sanguíneo, no sé si sea un asunto de temperamentos, pero siempre me he caracterizado, lo cual no disfruto ni celebro, por ser más corazón que cabeza, más pálpito que razonamiento. Y no te niego que la intuición, que lo irracional, tengan sus bondades, pero en los terrenos del amor, sobre todo cuando interactúas con otro, es mejor tomar distancia y mirar los toros, como dicen por allí, desde las barreras. Tomar distancia nos libera de dolores de cabeza, pero este no era mi caso. Nunca ha sido mi caso.
Y sí, como tú dices, me hubiese gustado tener la voluntad del señor Meursault o la de Juan Pablo Castel, a quienes admiré desde que entré en contacto con ellos, pero disto mucho de parecerme a Meursault o a Castel. Y contra eso no hay nada que hacer, pues como dice el adagio popular: el zorro pierde el pelo, pero no las mañas; y una cosa es querer ser o pretender ser, y otra —muy distinta, por cierto—, ser. En asuntos de naturaleza es muy difícil decidir, y esta ha sido mi naturaleza toda la vida. Una naturaleza que no me gusta, una naturaleza débil, como la de Gregorio Samsa, aunque, pensándolo bien, es muy probable que el señor Meursault y Juan Pablo Castel deriven de él, sean sus pequeños espejos, fortalecidos y vigorizados a partir de la sustancia primigenia de un Gregorio Samsa. Puede ser que de la debilidad surjan seres como los de El extranjero y El túnel; que esa actitud de dejadez, de conformismo, de aceptación, no sean más que derivaciones de la fragilidad y de la desesperanza humana. Pero como te decía, el zorro siempre tendrá sus mañas: cazar gallinas, y nunca, por más que intente torcer su naturaleza, se verá a un zorro cuidar ovejas, como bien lo hace un perro, ni en el papel de un animal domesticado, como se lo propuso el zorro de la historia del afamado principito. Pero la naturaleza de Ariadna es otra cosa, y en eso sí que chocábamos. Y allí había señales de sobra. ¿Cómo cuáles? Te contaré.
4
Ariadna y yo nos conocimos por Facebook. Primer error. El internet, y con esto quiero referirme a las redes sociales (Facebook, Twitter, Google+, LinkedIn, Orkut, etc., etc., etc.), tiene la virtud de la hiperrealidad. Las relaciones humanas, guardando poquísimas excepciones, deben basarse sobre la experiencia, la única vía en la consecución del conocimiento del otro. Lo virtual son puros supuestos, a lo mejor alimentados por la dopamina de lo novedoso. La novedad es el rostro del internet, donde todo se embellece creando en los espectadores una sensación de realidad desbordante, que supera, incluso, los hilos de lo real. Entonces nos enamoramos de imágenes; todo el tiempo nos enamoramos de imágenes. Cuando compramos un carro, por ejemplo, compramos el confort, los paisajes, las mujeres que se montan en él; todo esto fundamentado por la publicidad. Lo que nunca nos vende la publicidad son los trancones, las bocinas de los otros vehículos, el costo salvaje de la gasolina. Y así somos felices en esa mentira, y nos sumamos a la congestión de enajenados que dicen llamarse modernos. Lo del carro es similar a una relación de pareja: las mujeres nos venden sus rostros maquillados, su cutis hermosamente simulado, sus vertiginosas caderas. Pero después viene la realidad: la confrontación de un carácter con otro; las mujeres nunca nos venden sus paranoias, sus esquizofrenias, sus delirios, sus naturalezas.
Hace tiempo llegué a la conclusión, incluso antes de conocer a Ariadna, que cada vez es más difícil enamorarse. ¿Que por qué? Pues porque de un tiempo a la fecha todas las mujeres son parecidas —bueno, la gran mayoría—; casi todas se visten de manera parecida, hablan de manera parecida, incluso escriben de manera parecida. Claro, a lo mejor también ocurre con los hombres, por eso cuando una mujer o un hombre se salen del costal, son señalados de díscolos o excéntricos. Y ese era el caso de Ariadna. Y eso fue lo que me llamó la atención de ella.
5
Ariadna era, según mi familia, una mujer díscola. Mi madre nunca entendió los desafueros de Ariadna, sus salidas de tono cuando hablaba de política; Ariadna no dejaba cabeza sobre el esqueleto de un político; para ella todos eran una camada de ineptos, unos facinerosos que iban en manada al Congreso y a demás cargos públicos igual que Alí Babá y los cuarenta ladrones. Para mamá, Ariadna sería una mujer problema, una mujer que traería muchos problemas a mi vida. El carácter en una mujer, la independencia, la voluntad a la hora de tomar decisiones no siempre son bien vistas por sociedades conservadoras como la nuestra, donde aún existen ciertos imaginarios sobre lo femenino que no corresponden a los tiempos vividos; a lo mejor todo esto es lo que se conoce como paranoia de la mujer. El carácter de ellas, su independencia, pueden aparecer ante la mayoría de los hombres como problemas de carácter.
En ese punto mi madre cuestionaba mi falta de autoridad; hacía hincapié en esa debilidad masculina que no le hacía ningún provecho a la relación. Creo que mi madre se armaba de argumentos cuando, todos los domingos, Ariadna, contrario a lo que hacían otras mujeres, se negaba a acompañarla a la iglesia. No era que ella fuera atea, por lo menos nunca me lo dijo, pero su conocimiento en la religión, y más que en la religión en la espiritualidad, se basaba en la fe interior que cada ser humano podía poseer, sin necesidad de artilugios, de simulaciones o de grandes parapetos religiosos. Eso me decía Ariadna, y yo le creía. O por lo menos eso comencé a creerle. Entonces justo allí comenzaron los problemas con mi madre. Por supuesto que debí entender estas señales, debí leer este tipo de grafías que a diario me arrojaba la vida. Pero ya te dije, no hay peor ciego que aquel que no quiere ver y yo me negaba a ver, me negaba a mirar más allá de lo que Ariadna era capaz de proporcionarme. Además, yo velaba por cierta independencia, sabía que ese carácter de Ariadna me daba la autonomía que estaba buscando durante tanto tiempo. Pero eso tenía un costo. Tenía y tuvo un costo muy alto.
6
Mi madre comenzó a enfermarse un año después de que yo abandonara la casa. En realidad, Ariadna y yo nunca nos casamos, y esa fue una de las razones más poderosas para que mi madre descalificara nuestro “amancebamiento” (así lo llamaba). Mi madre nunca toleró a Ariadna como compañera de vida. A estas alturas yo no puedo decir si estaba o no convencido de lo que era una unión de por vida. Jamás pensé en eso. Creo que Ariadna tampoco. Es más, creo que Ariadna lo tenía más claro que yo. Mi madre no sólo no toleró que yo la escogiera como pareja, sino que se llenó de más argumentos cuando supo que viviríamos juntos sin recibir la bendición del padre Toño, como ella cariñosamente llamaba al sacerdote de la familia. ¿Mi hijo sale de la casa sin pisar los escalones de la iglesia? Eso para ella fue una afrenta, un escupitajo. Y no sé si tuvo motivos para enfermarse, pero de lo que sí estaba seguro, por lo menos al comienzo de su enfermedad —y esto me lo recordaba Ariadna a cada rato—, era que sus dolencias eran una especie de chantaje para que yo regresara, o para que por lo menos persuadiera a Ariadna de visitar al sacerdote de la familia.
En unos de los pocos diciembres que viví con Ariadna, ésta se negó profundamente a una práctica que para mí era absolutamente natural y casi mecánica: adornar el apartamento con luces navideñas. El apartamento, ubicado en Turbaco, a escasos veinte minutos de Cartagena de Indias, sólo medía 62 metros cuadrados, lo cual lo hacía mucho más sencillo a la hora de decorar. Sin embargo, y pese a mi insistencia, Ariadna se negó a comprar luces, árboles de colores, bolas navideñas o cualquier otro tipo de parapeto —como ella los llamaba. La única luz que está permitida en esta casa son las luces del módem. Eso decía a manera de chiste, y se lo reafirmaba a las vecinas, quienes se asombraban al no ver ningún tipo de decoro o de adorno que hicieran alusión a las fiestas navideñas. Claro, mi madre nunca regresó a Turbaco, nunca volvió al apartamento que compré con un poco de su ayuda. Pero el apartamento dejó de ser mío, no tuve mayores decisiones sobre él mientras Ariadna vivió conmigo. Ella era quien determinaba los decorados, los muebles, los electrodomésticos. Al poseer la naturaleza que tenía, las cosas eran más sobrias de lo que yo estaba acostumbrado a contemplar. Y yo dejé de resistirme a todo eso, dejé que todo fluyera de acuerdo al torrente que salía de la mente —y también del cuerpo— de quien en ese momento vivía conmigo. Y digo vivía conmigo porque eso era lo que hacíamos: vivir juntos. No sé si lo nuestro era una relación de pareja; no conozco la infinidad de categorías que puedan definir una relación de dos (o de tres, porque también se ven casos). Pero en medio de las negociaciones que pueden existir en una relación de dos, la nuestra era una negociación que a lo mejor rompía con todas las lógicas expuestas e impuestas por la sociedad. Y esto tengo que agradecérselo a Ariadna; a partir de esas prácticas cotidianas comencé a entender el mundo de otra manera, o a desentenderlo, a desaprehenderlo. ¿Cuáles negociaciones? Infinitas; una infinidad de negociaciones que se ven en las relaciones humanas. Sé del caso de hombres y mujeres (por ejemplo, Diego Rivera y Frida Kahlo) que viven o conviven en ciertas libertades que llenan de rubor a los vecinos de la cuadra. Hombres y mujeres que siendo pareja duermen en cuartos separados; hombres y mujeres que viven en el mismo edificio, ocupando él un apartamento y ella otro, y que se buscan o atraviesan la línea imaginaria que los distancia cuando cualquiera de los dos lo estima conveniente. Ariadna me contaba la historia de un amigo que hacía intercambio de parejas con la venia de su esposa. Es más, me contaba incluso que la esposa del amigo a veces se daba el lujo de escogerlas, de poner la mirada sobre su próxima “víctima”. Y que incluso ese tipo de elecciones, de negociaciones, fortalecían la relación. También me contaba de un compañero de trabajo cuya mujer, diez años mayor que él, manejaba sus tarjetas de crédito, su sueldo, sus chequeras, y que, cada fin de mes, proveía al esposo con un estipendio mensual que se suponía debía alcanzarle para sus gastos y requerimientos cotidianos. Ni un peso más, ni un peso menos. Eso, sin duda, me parecía exagerado, pero Ariadna misma me corroboraba que esas negociaciones eran propuestas por él, dizque para cuidar su economía familiar. Cualquier cosa podía ser aceptada por mí, menos que un tercero metiera sus manos en mis gastos personales. Eso me parecía un abuso de poder, una invasión al espacio íntimo. Por supuesto que Ariadna no me propuso tal cosa, descabellada y todo; simplemente quería poner sobre el tapete evidencias de lo que era capaz de negociar una pareja. Las parejas, me decía, gozan de una naturaleza que dista mucho de parecerse a ese arquetipo que nos venden las novelas o las distintas religiones. Hoy por hoy nadie se casa para toda la vida, los seres humanos han entendido la fragilidad de las relaciones sociales. Recuerdo que me citaba una frase, no preciso si de Kant o de Hegel, que decía: “Todo lo que nace es digno de perecer”. Para Ariadna todo es digno de perecer, absolutamente todo. De hecho, todo en ella era natural: cabello, pechos, nalgas, labios. Es más, ni siquiera asistía al gimnasio, porque para ella nada podía ir en contra de los flujos naturales de la vida. Ariadna se jactaba de lo natural: afirmaba que todo era pasajero y que no valía la pena esforzarse por mantener un cuerpo que dejaría de ser suyo al primer intento de cambio o de mejora física o quirúrgica. Entonces me recordaba una frase de Hermes Trismegisto: “Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación”. Y, a partir de todo esto, Ariadna pretendía ser natural, fluir de manera natural en medio de las cosas; se resistía a toda presión que viniera desde afuera.
Una de esas cosas que sabía hacer, a propósito de lo natural y espontáneo, era pasearse completamente desnuda por el apartamento. Ariadna se levantaba de su cama, salía del cuarto e iba a la cocina totalmente desnuda. Yo tenía que esmerarme en correr rápidamente a los grandes ventanales del balcón doble y bajar las cortinas de mimbre que se suspendían desde la parte superior de la pared hasta los bordes del cemento rústico que vestían la sala. Ariadna apenas se reía, se reía burlonamente de mi pudor o de mi timorata mirada del mundo. Por supuesto que algunos vecinos se percataron de ello y se parqueaban a altas horas de la madrugada para poder gozar de una desnudez cuya máxima virtud era la espontaneidad y la franqueza. Yo terminé acostumbrándome a eso, y más pronto que tarde desistí de cerrar los balcones del apartamento.
Por eso nada de lo que sucedía en ese reducido espacio podía sorprenderme. Ariadna dormía en una habitación y yo dormía en otra. Ariadna preparaba su comida, desde el desayuno hasta la cena, sin tenerme en cuenta para nada. Desde luego que eso fue algo inesperado para mí, que estaba acostumbrado a que todo en casa me lo hicieran; ropa interior que me quitaba, ropa que iba a parar al fregadero. Y desde luego que todo eso era absolutamente normal para mí, pues eso era lo que había visto en los tratos a mi abuelo, a mi padre y a mis hermanos mayores. Ariadna se ocupaba de lo suyo, única y exclusivamente de lo suyo: tender su cama, lavar su ropa, preparar sus alimentos. ¿El aseo? Cada quien aseaba lo que ensuciaba, lo que usaba, lo que requería. Los espacios comunes eran aseados por una vecina de Bonanza, nuestro barrio, quien tenía llaves del apartamento y una vez por semana se ocupaba de poner la ropa sucia en la lavadora y de barrer y trapear la sala, el comedor y las habitaciones.
Ariadna era de las que pensaban que una mujer no podía perder sus libertades, ni permitirse la pérdida de su autonomía. Para Ariadna esos ciclos normales en el universo femenino estaban mandados a recoger hace rato. Dentro de sus prioridades, incluso desde muy pequeña, Ariadna nunca contempló el matrimonio como una búsqueda o un final en el camino. Es más, ser madre, tener un hijo, ver su vientre abultado hasta traer otro “muchachito” al mundo, nunca tuvo para ella ningún tipo de significación. Por eso te digo que cada quien les da un significado a las cosas, y la connotación que puedan tener ciertas actitudes, elementos y objetos son tan variables como la cantidad de personas que se enfrentan a ellos.
Por esa razón, nuestra vida sexual fue casi nula. Como ya te dije, Ariadna dormía en una habitación, la cual cerraba, y nadie, ni siquiera yo, podía entrar en ella sin salvoconducto. A veces Ariadna dejaba la puerta entreabierta y yo alcanzaba a ver su cuerpo desnudo sobre la cama. Era un cuerpo delgado, bien delineado, que despertaba en mí todos los deseos que puedas alcanzar a sospechar. Me quedaba minutos, horas enteras mirándola dormir, lo que creo que ella sabía, mientras me deleitaba contemplando sus pies, sus tobillos, el color de sus uñas. Una que otra vez la sorprendí masturbándose, y en otras tantas ocasiones sus jadeos llegaban sin ningún tipo de disimulo hasta mi cuarto. No podía evitar las erecciones; no puede existir nada más excitante para un hombre, bueno, por lo menos para mí, que oír los jadeos de una mujer o mirarla mientras se acaricia. Nunca me atreví a entrar: para ella no había nada más grave que irrespetar esos espacios en los cuales se tocaba con delectación. En ocasiones entraba a mi cuarto, que siempre permanecía abierto, y se acostaba sobre mi cama sin hacer mayores ruidos. Yo casi siempre estaba despierto. Entonces ella tomaba mi sexo, lo metía en su boca, lo lamía, lo succionaba y tragaba mi semen hasta que no quedara ni gota de la explosión que lograba provocarme. Siempre que intentaba levantarme, con el ánimo de penetrarla, ella me obligaba a permanecer acostado, mientras continuaba con lo que para ella era una de las cosas más sagradas de la sexualidad: el sexo oral. Ariadna era feliz haciéndolo; para ella no existía nada más placentero que dar placer, más que recibirlo. Lo que pasa es que en esa extraña percepción del placer Ariadna no se daba cuenta de que el sexo meramente oral era más sufrimiento que cualquier otra cosa. A mí me pasa, no sé si a otros hombres, pero a mí me pasa. El sexo oral no es suficiente, por lo menos no siempre. Siempre maldecía, por supuesto que en secreto, el hecho de que Ariadna no me dejara poseerla, penetrarla, estallar dentro de ella. Y pocas veces fui feliz, pocas veces logré ponerme sobre ella —casi siempre en posición de misionero— y hundir toda mi humanidad en la humanidad de ella. Es lógico que cuando esto pasaba era porque ella misma lo requería; ella misma lo reclamaba. Ariadna estaba convencida, no por feminista, de que una mujer debía sustraerse de la necesidad de un hombre. Ariadna no odiaba a los hombres, tampoco odiaba la sexualidad de los hombres; simplemente consideraba que el placer debía dárselo ella misma, y que su felicidad, como su gozo sexual, no podía depender de un tercero. A estas alturas todavía me pregunto sobre las pocas veces que me buscó; si acaso llegó a quererme, si me deseaba. Si era una convencida de que el placer debía dárselo ella misma, ¿por qué me buscaba? Son cosas que aún no me quedan claras. Yo llegué a amarla. Como te dije desde un comienzo, mi naturaleza débil me lleva a depender de las personas, de las situaciones, de los hechos cotidianos.
Hubo una noche, una única noche, en que Ariadna me hizo el amor con sus manos. Sí, con sus manos. No sé dónde diablos aprendió ese arte, porque para mí es un arte, pero me obligó a acostarme sobre la cama, me quitó lentamente la ropa, me desnudó poco a poco, y comenzó a mover sus manos sobre mi cabeza, mi frente, mi cuello, mi pecho, mi vientre, mis muslos, mis pies. Poco o nada se detenía sobre mi sexo, pero cada vez que me tocaba, cada vez que ponía sus palmas sobre una parte de mí, yo me estremecía, me arqueaba sobre la cama, me retorcía. Era una cosa excepcional, única. Ese día la maldije, le supliqué que me dejara poseerla, le rogué que me dejara entrar en ella. Se reía, se reía de una manera casi imperceptible, mientras me decía que esta era otra forma de tenerla. Ella daba placer y ese placer parecía satisfacerla como a ninguna. De hecho, te puedo jurar que Ariadna tuvo orgasmos aquella noche, no muchos, mientras me tocaba, mientras pasaba sus manos sobre mi pecho y su boca se detenía en mis tetillas ávidamente. Entonces las mordía, las chupaba. A mí esto me excitaba profundamente.
Por esa vía aprendí que Ariadna tenía unas zonas erógenas muy distintas a las de otras mujeres. A partir de allí comprendí que no hay dos cuerpos iguales y que cada mujer (como también cada hombre) goza su sexualidad de una manera irrepetible. También descubrí que el sexo es algo que se construye en pareja y que a medida que pasan los días, los meses, los años, esa sexualidad va creciendo conforme al diálogo silencioso de los cuerpos, y a las audiencias pasionales que se construyen desde la cama. Todos esos manuales que yo compraba para experimentarme en el sexo se quedaban cortos ante las múltiples posibilidades que pueden encontrarse en un cuerpo femenino. Por supuesto que yo era un inexperto en el cuerpo de Ariadna, pues había muchas zonas vedadas para mí, las cuales vine a conocer a medida que ella lo permitía. Ella, ya te lo dije antes, gozaba recorriendo antes de ser recorrida. Pero cuando lo permitía, cuando sentía la rara necesidad de ser explorada, conducía mis manos, mis labios o mi boca a las partes de su cuerpo que ella misma escogía. Esto ocurrió pocas veces. Muy pocas veces en realidad. Y entonces fue cuando constaté que esas zonas erógenas eran sus axilas y sus pies. A Ariadna le encantaba que besara sus axilas, mucho más que su sexo. Sus axilas siempre estaban bien afeitadas —porque era una obsesiva con el aseo— y disfrutaba locamente con que mi lengua y mi boca las olisquearan, las mordieran y las lamieran.
Pero esas pocas veces que nuestros cuerpos se encontraron fueron más que suficientes para conocerla, detenerme en ella, observarla minuciosamente, con detalle. Yo tenía la capacidad de reproducir el cuerpo de Ariadna, su piel, sus lunares —dos muy cerca del hombro— su cabello, sus gruesos labios, en las paredes de mi cuarto. Despegué el televisor que estaba colgado en mi habitación y en lugar del aparato dibujé el cuerpo de ella con un carboncillo que compré en la papelería de la Panamericana del Caribe Plaza. Lo dibujé con una precisión que incluso ahora me sorprende. Yo que nunca destaqué en las bellas artes ni en las clases de dibujo técnico y artístico. Pero cuando tomé el lápiz era como si mis manos la recorrieran, como si mis dedos —en el mismo infinito deseo de mi boca y de mis extremidades superiores— la conocieran, la tuvieran grabada en la memoria ínfima que pueden tener las falanges de la mano derecha.
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