

Tras los hilos de Ariadna
Winston Morales Chavarro
Novela
Editorial Universidad Surcolombiana
Neiva, Huila (Colombia), 2024
ISBN: 978-958-8896-81-6
140 páginas
1
(Entonces Ariadna, la princesa cretense, le dio a Teseo un ovillo de hilo por el que pudiera guiarse por los sombríos pasillos de aquel laberinto en el palacio de Cnosos, en Creta. El monstruo fue exterminado por el héroe, quien pudo fácilmente encontrar el camino de salida gracias al hilo de la mujer que luego fue su esposa. Pero él, en pago de su bondad, la abandonó mientras ella dormía cuando se detuvieron en la isla de Naxos para reposar del viaje. Allí quedó sola en la playa la mujer que lo había salvado del Minotauro).
Casi todo comienzo contiene un ensayo, y esta escritura es una novela ensayo o un ensayo novela. Novela para un ensayo. Ensayo para una novela. En todo caso, una confesión. Una larga confesión. Un extenso testimonio, denso, en el que un hombre y una mujer viven o desviven una relación. Una mujer traída —por su nombre— desde la mitología, desde el imaginario del tiempo, para convertirla en el diario devenir de un encuentro que dura cierta temporada en medio del desconocimiento, porque el sujeto/hombre, personaje que le relata a alguien su aventura, su historia, termina sin conocer a quien amaba, a quien tenía como amante, como compañera. Y ella, libertaria, es su propia vida, es su libertad absoluta. Es ella sin el otro o con el otro cuando ella lo decide.
Tras los hilos de Ariadna, de Winston Morales Chavarro, es un ensayo donde cabe una novela. O una novela donde cabe un ensayo. Total: creación, la unión de una reflexión con el relato de ficción de una existencia en la que un personaje que se narra o le narra a un referente secreto, descubre la vida de Ariadna, su forma de ser, su libertad desde la crisis de quien se sabe atrapado por los hilos de quien lo teje sin ella comprometerse, sin ella enredarse en la vida del otro, sólo es ella desde sus hilos, desde la trama de una vida supuestamente plena en plena libertad individual.
He aquí que esta pieza literaria comienza con una pregunta: “¿Crisis? ¿Me hablas de crisis?”. Preguntas que se hacen a una “otra”. Es decir, una segunda persona oyente recibe la pregunta. Y la respuesta: la crisis es un padecimiento. El personaje narrador se extiende en teorías, ensaya acerca de la palabra crisis, acerca de su contenido: señales, signos, síntomas, una aproximación semiológica que avisa de esta definición: “La crisis es una elección del inconsciente”. Como lector de señales, la voz que habla en esta novela/ensayo destaca los indicios o índices de lo que luego será su “personaje” existencial: Ariadna, la mujer con quien comparte un tiempo y que lo envuelve en la confusión, porque ella, habiendo sido síntoma, se ha convertido en una verdad incuestionable: la mujer es de ella y es del otro, como amante, cuando ella lo estime. Su libertad no se negocia.
La pieza que nos aborda, porque al leerla somos abordados por la fuerza del lenguaje y por la calidad de los personajes, advierte sobre la “crisis de la convivencia”. Ariadna es dueña de opiniones que contrastan con las del común denominador de la humanidad. Discute con la madre de su amante, y llega a expresar: “Un hijo es apenas un pequeño reflejo de lo que es en su totalidad”. Los desencuentros con la suegra son una advertencia, un síntoma, de que las cosas no saldrán bien en el futuro.
Así, también dice: “Un hijo es algo incierto, desconocido”.
Texto que le iría bien a un psicólogo, a un lector que entre en la conciencia del personaje, en la fémina que se destaca por ser diferente, por ser ella la hiladora o guía de su destino sin la participación del otro. En su existencia la otredad es sólo un amago, un reflejo que no la toca.
Y quien cayó en sus redes dice: “Yo me uní a Ariadna pese a todas esas señales”.
Hasta esta punta del hilo la historia se ofrece apetecible. Y continúa así hasta el final, porque el narrador protagonista, personaje sufriente, que le habla a uno encubierto, que es otra —una posible amante—, se desplaza con Ariadna, en la voz del narrador, hasta el día que ella decide abandonarlo.
Aquí se refleja el mito. Aquí queda el nombre de Ariadna como el de la venganza histórica. Ella abandona en lugar de ser abandonada como la que dejó Teseo dormida en la playa.
2
Las distintas anécdotas nos permiten armar el ovillo. El relato sin saltos temporales, aunque avisa de entrar y salir de él al incorporar recuerdos, reflexiones y definiciones, abre una brecha que le permite al lector conocer la psicología, tanto del hombre como de la mujer. Ambos son sujetos de estudio. Ambos son una suerte de conejillos de Indias que han sido abordados por una “crisis” de la que saldrán cuando uno de los personajes se aleje del otro, aun cuando quede el recuerdo de ella en él y éste se convierta en una especie de impenitente buscador de rostros de la que se marchó.
3
Ariadna se sabe la Ariadna del mito: ella abandona a quien la abandonó en el pasado remoto. Teseo es un reflejo, una simulación en el nombre que no se dice en esta novela. Ariadna es la venganza, como la infidelidad mencionada por el padre del sujeto narrador/personaje.
Y desde el instante en que se conocieron, a través de Facebook, “primer error”, el personaje víctima/sufriente/protagonista como Ariadna recurre a este apotegma: “...las mujeres nunca nos venden sus paranoias, sus esquizofrenias, sus delirios, sus naturalezas”. En este caso, Ariadna es una mujer díscola, como la califica la familia del sujeto hablante.
Una crítica a la realidad virtual, a este presente que ya es futuro, el de la tecnología, permite hablar de una hiperrealidad como “puros supuestos (...) alimentados por la dopamina de lo novedoso”, pero el mito no lo es: la Ariadna de ayer no es la de hoy: ella es una representación contraria, vengativa.
Ella, Ariadna, no es cuerpo para la penetración sexual. Ella es caricia, masturbación, radiación deseosa. Y se deja entrar en su cuerpo cuando abandona a quien en el pasado lejano la dejó dormida en una playa; así ahora deja dormido al hombre que vivió con ella un tiempo, el necesario para dar a conocer su biografía a través de una libreta donde se revela, cuenta su existencia.
El autor de la obra se vale de esta técnica para imbuir una novela dentro de otra. El relato de Ariadna en el cuaderno que oculta bajo el colchón se perfila como una novela útero: dentro de la gran matriz de la historia del hombre el cuento de su vida, su biografía, sus intentos vitales: una metáfora que se confirma como el complemento de lo que le hace falta al hombre: libertad.
Pero pese a haber sido uno de sus peores errores, Ariadna fue también una de sus “mejores virtudes”, porque llegó a amarla, lo que no logró Teseo con su antepasada.
Dos preguntas flotan desde la garganta del sujeto hablante: “¿Cuántas de las mujeres con las que me he acostado se han acostado conmigo? ¿He logrado cautivarlas? ¿He quedado en el alma de alguna de ellas?”.
El personaje que narra, el que se somete al escarnio de descubrir el pasado de Ariadna, se sabe derrotado: no amado por ella. Vuelve a su pasado escolar. Habla de su erotismo juvenil con muchas de las chicas de su escuela o vecindario. La mayoría pasaron sin pena ni gloria.
Y así: “Ya te decía que lo que me ocurre hoy es la sumatoria de una serie de sucesos que yo provoqué u orquesté desde antes de nacer”. Eso lo pudieron haber dicho ella o él, porque “el destino urde sus hilos”.
4
Ariadna: “Todo esfuerzo es inútil, mi querido, y eso lo tengo claro desde que era una niña. Todo es ficción, todo es futilidad”. Y así como esa afirmación el tiempo no tiene, para ella, ninguna importancia.
La vejez como tema, como instante, como algo que no la asusta: hay que aprender a marcharse, dice ella.
Ha ocurrido toda la historia de ambos. Y una vez abandonado el hombre, éste busca a Ariadna en todos los rostros de mujeres con las que se encuentra. No logró nunca saber por qué le fue infiel.
Esta cita bien vale la pena:
Los hombres, me decía, dependen de la figura femenina, y en eso tiene culpa su condición de párvulos, el hecho de haber crecido dependiendo durante tanto tiempo de unos pechos femeninos, de la lactancia, de eso que llaman período oral. La mujer, en cambio, pese a que también es amamantada, no tiene esta dependencia, porque se sabe poseedora de la fuente.
El hilo que conduce al personaje fuera del laberinto desaparece con la partida de Ariadna. El Minotauro regresa por un Teseo dormido mientras ella, la Ariadna de hoy, desaparece en una suerte de mar Egeo.
Y queda este eco: “La crisis es un evento que nunca desaparece”, pero ella sí. De modo que comienza otra crisis, la de la búsqueda. Y para él la formulación de “la teoría de los infortunios”, porque se trata de “un tiempo hostil, vengativo”.
Otro responso: “...me abandonó. Qué digo, la empujé al abandono”.
El hilo de Ariadna quedó en las manos de este Teseo moderno, perdido en su infortunio, dislocado, acosado por el monstruo de la soledad.
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