Estimado Dr. Ildefonso:
Espero se encuentre bien de salud. Por ahora no tengo teléfono móvil; estoy escondido con mi familia en un hotel a las afueras de la ciudad, en la carretera que va hacia V... No sé aún a ciencia cierta qué está ocurriendo; sólo puedo comentarle los hechos: estoy terriblemente golpeado, tenemos miedo, pero hemos decidido quedarnos en la ciudad. Le cuento:
A las 8:00 de la mañana de hoy, mientras esperaba abordar la pesera (camión), en la esquina de..., con mi esposa, mi hijo de un año, y nuestra perra, que decidieron acompañarme, sucedió. Abordé el camión, y apenas habían girado las llantas me percaté de inmediato de que desde la escarpa mi esposa me llamaba a gritos, pidiéndome que me bajara. Le pedí al chofer que se detuviera para descender, ella continuaba gritando que habían atropellado a nuestra Xena, y señalaba hacia la corriente vehicular. Corrí entre los automóviles que se habían detenido, y tomé a la perra entre mis brazos, sacándola de abajo de una camioneta; caminé hacia mi esposa y mi hijo, cuando noté que una joven mujer, muy amable, se acercó y ofreció llevarnos al veterinario.
Abordamos su camioneta; podía yo sentir los músculos de Xena demasiado tensos, los ojos bien abiertos y la mirada perdida. Le hablaba quedito en las orejas, besándole la frente, acariciándola para intentar que se calmara. Avanzamos unas cinco cuadras sobre la misma avenida, y justo en la esquina donde se encuentra una gasolinera, doblamos a la izquierda para llegar a la clínica. El médico atendió a la perrita, nos dijo que sólo estaba asustada, en shock, pero fuera de peligro. Luego de atenderla, aún con Xena en brazos, nos regresamos caminando a casa. Tuvimos que cruzar de nuevo la avenida..., y caminar por el amplio estacionamiento de una plaza, su supermercado, las salas de cines, la tienda de ropa y electrodomésticos, hasta llegar a la avenida División del Norte. Cruzamos la avenida cargada de vehículos. Eran las 9 de la mañana. Como la perra estaba lastimada, decidí acompañar a mi esposa e hijo, unas cuadras, encaminarlos; luego ellos seguirían sólo unas seis cuadras para llegar a casa. Yo tenía que volver porque me estaba atrasando y necesitaba llegar a la universidad, debía impartir una conferencia sobre desarrollo sustentable a las 10 de la mañana, y al mediodía participar en una reunión que había convocado el rector para hablar sobre las irregularidades en el centro de investigación, el tema central serían los dispendios de la mujer que lo dirigía.
Me despedí de mi familia, y regresé por el mismo derrotero para tomar de nuevo la pesera e ir hacia el otro lado de la ciudad. Mientras caminaba por el estacionamiento de la plaza, justo en la puerta de una tienda de muebles, me abordaron dos sujetos, cerrándome el paso. Uno cargaba un bate de béisbol, pequeño, de esos de las ligas infantiles, como los que usan los traileros para checar el aire de sus llantas; era un tipo moreno, poco más alto que yo, delgado, de cara redonda, llevaba un pasamontañas, pero lo traía levantado como si visitera un gorro de color negro, tenía el cabello corto y oscuro. Abrió su chaqueta y me enseñó el bate que llevaba en la mano derecha. El otro tipo era de piel blanca y cabello amarillento, traía barba rubia crecida, y tenía los ojos verdes, era más bajo de estatura que yo; él fue quien habló, llevaba un arma, y me pidió —sin levantar la voz y hasta sonriendo, pero con firmeza— que los acompañara sin oponer resistencia porque, y enfatizó, lastimarían a mi esposa e hijo.
Me subieron a un carro color plata. Apenas abordé, me pidieron que bajara la cabeza y la pusiera entre los muslos; en esa posición me pasearon por varias calles, me quitaron el celular, la computadora, las memorias usb que llevaba en la mochila, sacaron de mi cartera mis dos cédulas profesionales (figúrese, doctor, ¡qué ladrón se lleva tu cédula profesional!). Tres horas y media después, cuando me liberaron, me devolvieron la cartera con mis tarjetas bancarias y mi credencial de elector, menos las cédulas. Ni en la cartera ni en las tarjetas traía un solo peso. Justo antes que me atraparan estaba hablando por el teléfono móvil con una maestra jubilada, a quien le explicaba el atropellamiento de mi perra, para ver si me hacía el favor de depositarme, en adelanto por un libro que le estoy editando, 1.200 pesos, y poder pagarle al veterinario, pero los sujetos me quitaron el celular.
Los sujetos comentaban que yo me había metido con una mujer faltándole al respeto, por lo que ella pidió a su jefe que me trasladaran frente a ella, para luego obligarme a que me fuera de la ciudad: “Tenemos orden de levantarte, tomarte fotos, mandárselas, y ella y nuestro jefe decidirán qué haremos contigo”. Yo apenas llevaba dos meses en la ciudad, y mis días se iban de la casa al trabajo y a la casa, sin interactuar con más mujeres que mi esposa y las del propio centro de investigación.
Llegué a esta ciudad para trabajar en un centro de investigación que estaba naciendo. La única persona con la que he tenido algún conflicto es la mujer que me invitó a trabajar acá. Desde luego que los tipos que me levantaron se cuidaron de decir su nombre y cuando me llevaron junto a ella, no pude verle la cara, pero sí logré escuchar su taconeo cuando se acercó a cerciorarse de si era yo el que habían levantado, pues para una mujer de su talla, más bien pequeña, es un caminar siempre apresurado, como aporreando los zapatos con rapidez, casi como si empezara a correr.
Cuando esta mujer me contactó, el centro de investigación comenzaba a ser financiado por el Consejo Nacional de Ciencia..., apenas estaban en la tercera etapa del desarrollo del proyecto que lo había fundado. La mujer me engañó desde el principio. Me había invitado a trabajar en un centro de investigación de administración pública, lo cual era falso. Me pidió dejar mi lugar de residencia, donde tenía un trabajo estable, para venir a esta ciudad con la finalidad de hacerme cargo del departamento de sustentabilidad ambiental, ocupando una plaza como profesor investigador. El bocado en verdad fue apetecible, todo lo que me ofreció me motivó a dejarlo todo. Como se dice: ¡a quemar mis barcas! y lanzarme a la aventura.
Llegué a la ciudad en el mes de julio. Desde mi arribo, ella (la mujer que estoy seguro es la misma que había dado la orden a los tipos de golpearme) decidió que me integrara al núcleo de la maestría que comenzaba a desarrollarse. Y desde ese mismo mes comenzaron a ocurrir sucesos que me parecieron extraños respecto del comportamiento y liderazgo de aquella mujer. Jamás hubo una plaza para mí, puesto que se trataba de una universidad privada y no un centro de investigación gubernamental. ¿Cómo decirle a mi esposa si ya habíamos vendido los muebles de nuestra casa?
Aquella mujer normalizaba la violencia. Consciente de la fama de ciudad complicada, con zonas en poder de los cárteles, ella continuamente hablaba en las reuniones que sosteníamos con los demás compañeros de las golpizas que habían sufrido otros investigadores antes de que yo llegara a la ciudad. Usted quizá los conoció, Dr. Ildefonso. Incluso, en el informe de la tercera etapa del proyecto, que se entregó a la federación, en el apartado “Riesgos a futuro”, la mujer señaló: “Es latente y constante el riesgo de sufrir daños en la integridad física de los recursos humanos comprometidos en el proyecto. La situación de inseguridad que priva en la región ha provocado bajas en el personal”. Cuando lo leí entendí que se trataba de una forma de querer culpar a la ciudad y la región fronteriza. Pero no dejaba de ser interesante que dichas acciones violentas no les ocurrieran a otros trabajadores, ni a maestros del plantel donde está ubicado el centro de investigación, ni tampoco le ocurrían a ella. Sino que solamente sufrían golpes, asaltos, los investigadores (doctores y doctoras) que trabajan con esta mujer.
Me di cuenta de que el modus operandi era el mismo. La mujer trae doctores y doctoras con engaños a la ciudad para poder justificar contrataciones ante la financiadora del proyecto. Pero como no pretende cumplir con los objetivos sino gastarse el dinero (poco más de 126 millones de pesos), entonces reporta que los recursos humanos son golpeados, lastimados, secuestrados. Pretende que la federación le disculpe los atrasos y el constante cambio de personal, y que sea justificación para ocultar los gastos injustificables en que despilfarra el recurso.
A las mujeres investigadoras les inventa romances, las acosa laboralmente, en reuniones la escuché decir: “Sólo así pudo obtener su grado la doctorcita. Se le nota lo amplia que es para relacionarse con los hombres”. Pero a los investigadores hombres... a éstos buscaba espantarlos mediante actos violentos. Dos de los anteriores doctores enviaron una carta al Ministerio de Ciencia. La acusaban de pertenecer a un grupo delincuencial de la ciudad. Ella decidió liquidar muy bien a los doctores para que se fueran. Eso la había molestado mucho. Era mejor asustarlos y que al irse no les tuviera que pagar. Ella se reía de sus tragedias, y las contaba en las reuniones, haciendo con su actitud cómplices a todo el personal de ingenieros y bachilleres que trabajan con ella, jovencitos a los que les entregaba dinero, en becas, pero a los que no les exigía, por aquel recurso, ni siquiera que documentaran alguna evidencia o comprobación de gastos, dejando muy claro que ella controlaba el presupuesto.
Lo que hoy me ha sucedido, doctor Ildefonso, me ha hecho darme cuenta de que con mucha certeza les pudo haber pasado a ellos lo mismo. Debió haberlos espantado como lo ha hecho conmigo. Sólo que gracias a la valentía de mi esposa decidimos quedarnos en la ciudad.
Los sujetos que me levantaron me estuvieron paseando por las calles y avenidas. Yo no sabía dónde estaba, pero me di cuenta de que me sacaron a la carretera (el ruido que lograba percibir era diferente, el cruce de los vehículos se había espaciado) y pude darme cuenta de que entramos en alguna brecha, porque el carro se movía demasiado. Les pregunté si me matarían, y ellos me golpearon en la cabeza mientras me insultaban y reían. Continuaron hasta parquear en lo que pude atisbar era como una bodega, donde me bajaron a golpes y jalones, me pusieron un suéter en los ojos para que yo no viera dónde estaba, y me llevaron hacia atrás del automóvil:
—¡Si levantas la cabeza, te mueres! —me gritó alguno de ellos, supongo el más chaparro. Fue cuando escuché el conocido taconeo. ¡Era ella! Tuve miedo de decir su nombre. Pero estoy seguro, ella estaba ahí. Murmuraba y se cuidó de hablar tan quedo que no pude percibir el sonido de su voz. Me hicieron poner la frente en la cajuela trasera del auto, extender las manos sobre la lámina, y me golpearon salvajemente con aquel bate o con alguna tabla más grande. A golpes y patadas en la espalda, la nuca, los glúteos, las piernas, los muslos y las costillas. Me desmayé del dolor, cayendo al suelo, donde siguieron golpeándome. Tuvieron que sacudirme con más violencia para despertarme. De nuevo éramos sólo mis captores y yo. La mujer se había ido.
Uno de ellos decía que tenían que matarme, y me puso la pistola en la cabeza; hablaron por el teléfono móvil y volví a escuchar el tono delgado de su voz, era la voz de aquella mujer. Aquellos tipos se tomaron fotos posando junto a mí, que se viera que era yo su víctima, con aquella masa de carne sanguinolenta que yo era, como si fuera motivo de orgullo para que ellos presumieran con sus pares. Así estuve, amarrado de nuevo, tirado en una plancha de cemento a donde me habían arrojado.
Luego me pidieron la clave de mi computadora. “Y no me mientas que no tengo tiempo que perder. Si no es la clave te mueres”. Extrajeron mis archivos y los fueron enviando por el móvil, dijeron que, si la persona a quien se los habían enviado encontraba algo que fuera comprometedor, me matarían y sólo estaban esperando órdenes. Volvimos al auto y seguimos andando por la carretera, hasta que los ruidos de la ciudad se volvieron a escuchar. Me llevaron a casa de alguien, entramos en un garaje, uno de ellos se bajó con mis cosas y las entregó. Volvieron al auto y seguimos dando vueltas. Les volví a preguntar si iban a matarme. Sólo harían lo que se les ordenara hacer.
—¿Para qué quieres vivir? —me dijo el más alto— tienes más de cuarenta años, eres un viejo. Ya viviste y sigues jodido. Con alguien te metiste; o le faltaste al respeto, por eso te agarramos, tú sabes lo que has hecho.
Hubo una pausa en la que uno de ellos contestó una llamada telefónica. Bajaron del auto, para que no los escuchara. Luego regresaron, los vi decididos y supe que era mi final:
—Esa persona ya no quiere verte en la ciudad. ¿Tienes dinero?
—No.
—No te hagas el listo con nosotros. Te conviene pedir dinero, para largarte hoy mismo de la ciudad. Pero hoy mismo —luego de pensarlo y de unir cabos con ayuda de mi esposa caímos en cuenta: “Así es como lo ha hecho con todos los anteriores doctores que estuvieron en el centro antes que yo”.
—Ya la libraste —dijo el otro—. Te vamos a llevar a la puerta de tu casa. Pero recuerda que sabemos todo de ti —y me describieron el accidente de mi perrita, el color de la ropa de mi esposa, incluso describieron cómo estaba vestido de mi hijo, cómo era su carriola. Tenían fotos de nosotros de ese y otros días; dijeron incluso qué carros habían estado parqueados cerca o en la puerta de mi casa—. Si no te vas hoy, mañana volveremos por ti. Si vemos a la policía o al ejército rondando tu casa, tu familia no tendrá escapatoria. ¿Para qué te metes en problemas, viejo? La mujer te trae en la mira y está bien pesada acá, mejor ni le busques.
Los tipos me dejaron sentado en una calle con los ojos vendados.
—Vas a contar del cincuenta al cero. Cuidadito y abras los ojos antes.
Comencé a contar mientras escuchaba que el vehículo se marchaba. Tenía miedo de quitarme la venda de los ojos. Decidí llegar hasta cero. Cuando abrí los ojos me di cuenta de que estaba en la esquina de mi casa. Como pude corrí y al llegar a ella vi la puerta de la calle abierta y entonces el dolor del alma me quebró, me sentí roto en mil pedazos, habían logrado romperme por completo. Imaginé que encontraría los cadáveres de mi mujer y de mi hijo. Pero Xena apareció moviéndome la cola con alegría. Entonces llamé a gritos a mi esposa, que se asomó espantada por mi llamado y me vio herido y ensangrentado. No hay palabras para describir su rostro al verme. Fueron apenas unos segundos en los que me pidió entrar, acostarme en la cama y pedirme que le explicara.
—¡Empaca lo que puedas y vámonos al aeropuerto! —fue lo primero que le grité, pero ella no perdía la compostura.
—No nos iremos. ¡Olvídalo! —me dijo mientras abrazaba a nuestro hijo. ¡Qué más podría hacer, doctor Ildefonso! Si le escribo este correo es porque espero dejar al menos testimonio de lo que ha pasado. Mi mujer e hijo están en la habitación, con nuestra perrita. Yo bajé al centro de negocios del hotel para escribirle. No dejamos la ciudad, pero sí nos fuimos a un hotel. En el hospital tuvieron miedo de atenderme. Me dijeron que sí me hospitalizaban tendrían que dar aviso a las autoridades y si los que me golpearon se enteraban, vendrían a por mí. Me dieron medicamento y me pidieron que me fuera.
Estimada señora de...
Créame que lamento profundamente lo que le ha ocurrido a su esposo.
¡Quería decírselo en persona, pero me es imposible ir hacia donde usted se encuentra! Estoy fuera de M... Si le sirve de consuelo, tal vez además de usted yo sea la única persona que está segura de que su esposo no se suicidó. Tengo en mi poder un correo en el que me narra lo sucedido. Todo lo que supe después fue por las notas de la prensa local: lo encontraron junto a la piscina, colgado con un mantel blanco de los que se usan para los banquetes. Y en el centro de negocios había una nota dirigida a usted, en la que pedía no culpar a nadie por su suicidio. Terminaba diciendo: “¡Les he fallado a todos!”.
Querida señora, le estoy enviando dinero al hotel para pagar la cuenta y que pueda usted salir de ahí. No sé qué más puedo decir. Espero que pronto obtenga usted resignación, y si de algo puede servir, le envío al final de estas líneas el correo que su esposo tuvo a bien enviarme donde me narra lo sucedido. No tiene caso ir a las autoridades. La prensa ha decidido desde hace mucho no publicar nada al respecto. Las cosas pasan y todos guardarán siempre silencio.
Le envío mi más sentido pésame.
Con aprecio, Dr. I.
Ciudad de México, a tales de tales de cualquier año.
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