“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Textos de Rafael Fauquié

viernes 17 de diciembre de 2021

Resides…

Resides en un tiempo donde todo pareciera regresar a su origen. Reúnes deseos e ilusiones descubiertos en una apagada atmósfera de silencio.

Eres un antes, un ahora y un después conviviendo con tus palabras, describiendo con ellas las razones que te apartan de tanto simulacro colectivo.

Reconoces en la sensatez y el sosiego la solitaria confirmación de tu tiempo vivo.

Tu idealizado porvenir reposa en un lugar en el que casi todos duermen.

Deberás —te repites una y otra vez— definir respuestas con las cuales evitar el salobre sentido de las oportunidades perdidas.

Resalta el silencio que aprendiste a valorar desde ti mismo y las revelaciones compañeras de tu manera de dibujar lo absolutamente real.

 

Nos reconocemos…

Nos reconocemos en esa mirada que contempla el mundo para identificarse con él o resistirlo.

Nos reconocemos en esa voz, necesariamente singular, que, alternativamente, se acerca al afuera o se aleja de él.

Nos reconocemos en esa sintaxis propia hecha de sueños, recuerdos, proyectos, creencias, apuestas…

 

Nuestro es el tiempo de la prosa…

Nuestro es el tiempo de la prosa porque la prosa es como el tiempo nuestro: inmediato, cercano, apresurado; porque en prosa se habla, se piensa, se siente, se recuerda; porque en prosa viven los pensamientos y las emociones; porque en prosa diferenciamos los instantes de la vida y sus memorias; porque en prosa decimos esa historia que esperamos compartir con alguien, y en prosa proseguimos el itinerario que es parte de esa prosa que somos y escogemos nombrar en prosa.

 

Recuperar…

Recuperar el contorno de mi rostro y distinguir un sentido de armonía en medio de tantos siglos de silencio…

Percibir respuestas que señalan cómo la voluntad logra conquistarse a sí misma, cómo la vigilia se sumerge en el sueño y viceversa.

Conquistar la libertad en mi propio corazón alimentando horas nuevas que se niegan a ser sólo recuerdo.

 

Nos acercamos…

Nos acercamos al desorden universal desde un orden propio —o, eventualmente, desorden interior: eventualmente fecundo en sus contradicciones y expectativas.

Frente al sentimiento de lo arbitrario o caótico nos imponemos la protección de un orden que, a la vez que nos limite, nos fortalezca y afirme, y desde el cual relacionarnos con las cosas desde esa continuidad que somos.

 

El caminante

El caminante prosigue su ruta. Duda a veces de sí mismo. Busca explicaciones convincentes. Lamenta no haber aprovechado muchas horas que en su momento fue incapaz de comprender o de apreciar. Se reconoce en espacios que lo encierran o en alturas donde él mismo se coloca. Confía y espera, pero debilitan su marcha el desánimo, la incuria y el desconcierto. Pretende continuar rutas que acordó consigo mismo, inspirado principalmente en la esperanza. Y actúa y habla. Serán sus actos y sus voces su destino y su memoria…

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