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Cuatro textos de Rafael Fauquié

viernes 27 de mayo de 2022

Vengo…

Vengo del mundo donde años e instantes germinan de una misma e intemporal semilla, donde batallones infinitos de hormigas pululan alrededor de un mismo cadáver.

Vengo del centro mismo de la tierra, allí donde se detuvo hasta el tiempo, donde la vida y la muerte se dan la mano en las mañanas, donde lo grotesco se hizo costumbre rutinaria, donde la noche no deja ver al vecino ni al amigo ni al hermano.

Vengo del lugar vencido antes de tiempo. Allí murió la recompensa ahogada en un gran vaso de vinagre negro. Allí la esperanza desapareció entre escombros. Allí se quebró en mil pedazos un sueño de crespúsculo y una ilusión de aurora.

 

Las palabras chisporrotean en las manos del poeta…

Las palabras chisporrotean en las manos del poeta. Arden —imágenes de brillo desconcertante— propagándose, brasas ardientes, esparcidas por el viento de los días.

 

Agotada danza…

Agotada danza de un tiempo que muere. Las horas ahogan a las horas en brusco chapoteo. Los dioses cuelgan, inertes, en la bóveda de un cielo auroral. El tiempo se desvanece en instantes siempre iguales a sí mismos. Los interminables relojes han detenido su desasosiego en el centro de un devastado caos. Exhaustos, los protagonistas del viejo tiempo continúan danzando. Burócratas y banqueros, burgueses y políticos, comisarios y profetas, amos y esclavos: todos unen sus manos en el ritual sagrado de las mayorías. Todos continúan la danza al compás de la suma y la estadística, de la cuantificación y el balance, del promedio y el porcentaje. La mortecina luz del amanecer anuncia el fin de la fiesta. Sobre las cabezas de los agotados comensales cae el telón. Las anteriores llamas se han convertido en apenas lumbre, preludio de ralas cenizas. Todas las horas avanzan hacia el último cansancio. La mímica universal del aburrimiento oculta el vacío de un tiempo enloquecido que está olvidando las palabras.

 

Rigor de espejos

Voluntad de sobrevivir en la imaginación y en el instinto. Voluntad de acometer con fe la quimera de los días.

Frágiles puentes atraviesan distintos acantilados. Me esfuerzo en atravesarlos todos. Camino sobre esas débiles estructuras que lucen incapaces de soportar peso alguno.

Ni clausura ni ensimismamiento: recorrer todos los rumbos, transitar todos los caminos.

Me interrogan, indescifrables, las voces de indescifrables rostros. Máscaras se reflejan en el efímero espejo de mi acción.

Trato de refugiarme de la intemperie de los días. Un oráculo repite que nadie es profeta en su tierra. Rodeado de recelo siento, también, recelo.

Nos hemos quedado solos, dice el fantasmal guardián de mis laberintos. No hay soledad real, respondo.

El horror al vacío describe el temor a contemplar la nada cara a cara. La soledad quiebra el vínculo del remordimiento o la inocencia. Las voces que sin cesar ahuyento vuelven siempre.

Sueño espacios clandestinos sólo míos. Me escondo en la quietud oscura, me aparto del ruido y del resplandor. En mi espacio cerrado a casi todos, abierto a casi nadie, me muevo entre tientos; sin cesar, palpo imágenes con sabor a encierro. Ensimismada soledad, perfil huraño: silente, ciego.

Al margen de un tablero de ajedrez, coloco mis ilusiones. Recorro tiempos que me justifican, lejos de otros, lejos de todos.

Viejas quimeras dormitan en los rincones del presente. Más firme la duda que la certeza, deshago mis pasos sobre asombros superpuestos.

Carezco de respuestas. Sólo poseo el asombro ante cada instante y el respeto hacia lo que no puedo explicar. Nunca podré estar seguro de mis rumbos ni de mis pasos sucesivos ni de mis días en tanta noche desdoblados…

He seguido caminos deteniéndome sólo en mi cansancio. He bebido agua en el cuenco de mis manos. He llevado conmigo la incertidumbre de mis tientos (impotencia del dios furtivo que llevo por dentro). Incansable, transito instantes encerrados en la esfera de su propio sentido irreverente…

A veces, me rodea en la vida una sensación de fraude. Esa sensación me va convirtiendo, poco a poco, en un ser de frontera: solitario heredero de circunstancias sólo mías.

Soy huérfano de los días precedentes y fantasma de los días venideros. Soy voz perdida en la vastedad del tiempo. Soy encuentro de confusos finales y confusos principios.

Abiertos los cinco sentidos a las imágenes que el mundo trae hasta mí, me muevo en escenarios donde aguardan retos y sorpresas, decepciones e incertidumbres, rutinas y prodigios, hastíos y esperanzas.

No existe la experiencia inútil. Todo es hallazgo, marcha indetenible hacia un final confuso. No hay destinos predecibles: lo sorpresivo termina por imponerse casi siempre.

Nos movemos a tientas dentro de las rutas emprendidas. Extraña sensación de no saber hacia dónde nos dirigimos. Sólo hay una respuesta posible: jugar el juego siempre, jugar el juego hasta el final.

¿Aceptar condiciones? Todos lo hemos hecho, todos lo hacemos, todos lo haremos… La vida es pacto y es acuerdo. Vivir es caminar hacia un espacio único y en el camino ir dibujando ese signo nuestro y sólo nuestro que se llama destino, que se llama karma; sus trazos son el error y el acierto, la fe y el miedo.

Interminablemente optar, interminablemente decidir; ordenar espacios e intereses, afectos y rechazos, imágenes y razones. Vivir es escoger y saber vivir es ir aprendiendo a escoger.

Sobrevivimos en la áspera dureza de instantes clavados en nuestro cuerpo-espacio. Sobrevivimos a las caras que nos rodean. Sobrevivimos en el interminable monólogo que reproduce ante nosotros la vastísima ilusión de lo posible.

Impulsado en la inercia de mis propios movimientos, hago y rehago mis pasos. La vida es juego, pero si ignoro sus reglas estoy perdido. Ella posee muy particulares formas de lógica: en principio, pareciera que no tiene por qué ser justa pero en general parece propender a serlo.

¿Ser rostro o máscara? ¿verdugo o víctima? Los espejos recogen ahoras interminablemente sucesivos. Ahoras que permanecen como recuerdos o pesadillas o entelequias. Por mi parte, trato de conservar la lucidez y, para probarlo, escribo.

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