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Volver a Dickens: un tributo necesario

lunes 22 de octubre de 2018
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Charles Dickens

La obra de Dickens sigue venciendo al tiempo. Sus personajes ahuyentan la sombra del fracaso que supone tanta mala literatura porque su prosa ahonda en el ser humano, en la bondad que éste tiene, creando estereotipos de buenos y malos, pero con la inteligencia de los que conocen el arte de escribir.

Charles Dickens nació de una familia de clase media. Su abuelo, William Dickens, comenzó siendo lacayo, pero al final, en la madurez de sus días, fue administrador de Crewe Hall, la casa solariega de John Crowe, miembro del Parlamento por Chester.

Charles Dickens callejeaba por Camden Town, donde veía la pobreza de una sociedad abandonada a su suerte por un gobierno que sólo sabía enriquecerse cada vez más.

Dos hijos tuvo William Dickens, William y John; este último fue el padre del futuro escritor, el mayor novelista de Inglaterra, porque sus novelas no tienen nada que envidiarle, en su capacidad para crear expectación y el éxito subsiguiente, a autores de la talla de Ken Follet. John se casó con Elizabeth Barrow y de este matrimonio nace el primer vástago, Charles, en Portsea, en 1812.

Cuando su padre fue trasladado de Londres a Chestham (trabajaba en la Oficina de Pagos de la Armada), el niño asistió a la escuela, y allí empezó a interesarse por la literatura. Libros que su padre tenía fueron ya el sedimento de este niño que abrió sus ojos tempranamente a las letras; novelas como Don Quijote, Tom Jones o El vicario deWakefield.

No fue el único hijo del matrimonio, tuvieron otros cuatro. La situación económica de la familia era precaria, y como no había dinero para que Charles estudiase, éste tuvo que quedarse cuidando a sus hermanos, lo que sirvió para acrecentar ese espíritu observador del alma humana, esa forma de penetrar en los entresijos del hombre, de sus virtudes y de sus defectos. También callejeaba por Camden Town, donde veía la pobreza de una sociedad abandonada a su suerte por un gobierno que sólo sabía enriquecerse cada vez más.

Charles se convirtió en el encargado de ir a empeñar todos los objetos que los Dickens podían vender, dada su precaria situación. Vendieron los libros y el futuro escritor sufrió por ello, porque ya eran recipientes de sabiduría, espacios donde convertir su deseo de soñar en algo real. El padre fue detenido poco después, ya que había contraído demasiadas deudas, y acabó en la cárcel de Marshalsea; allí acabaron todos, en aquella prisión sucia y maloliente, donde se fue gestando en el escritor una visión de la vida amparada en la tristeza, pero con una necesidad de esperanza, en su fuero interno, como si pudiese salvarse de aquella ruina moral y física en la que se hallaban.

El padre salió de la cárcel tras un largo período, en el cual consiguió dinero, porque murió su madre y le dejó el dinero en herencia, que salvó la economía de John Dickens. Se reincorporó a su trabajo, mientras que Charles ya trabajaba en la fábrica de betún, donde el futuro escritor vivió la penalidad de un trabajo ingrato, lo que sirvió para cimentar sus personajes, para ir perfilando ese mundo que sería luego su principal fuente de éxito.

Charles empezó a estudiar en la Wellington House Academy, donde cursó estudios durante varios años. A los quince años, comenzó a entrar como recadero en un despacho de abogados; unas semanas después su padre logró que lo contratasen como administrativo en otro despacho, con un salario de diez chelines a la semana. Estudió taquigrafía y pudo ingresar (su padre ya se había jubilado de su trabajo y cobraba una pensión que le permitía vivir holgadamente) como relator en el Tribunal Consistorial de Doctors’ Commons. A los veinte años empezó a hacer las crónicas de la Cámara de los Comunes; ya demostró una gran pericia por escribir con mucha soltura, con precisión y rapidez, pudiendo tener terminada una crónica en muy poco tiempo, lo que denotaba un talento natural para la escritura.

Empezó su vida literaria, primero escribiendo relatos acerca de la vida londinense; los primeros se publicaron en The Monthly Magazine, y los siguientes en The Morning Chronicle; no recibió ningún dinero por ellos, pero le sirvieron para darse a conocer. Un editor, llamado Macrone, se interesó por las crónicas y le pagó ciento cincuenta libras por publicarlas todas juntas. Dickens las llamó “Cuentos de Boz”. Fue el inicio de su carrera literaria.

 

Sin duda, Dickens fracasa en David Copperfield porque quiere convencernos de la bondad de su personaje; sabe retratar a los hombres de la época, a la sociedad, pero yerra en la mirada que ofrece.

Dickens como observador de la realidad

Su obra empezó a cimentarse. Con Los papeles póstumos del Club Picwick, unos relatos sobre gente del deporte que Dickens escribió sin conocer ese mundo; el encargo hecho por un socio de la empresa Chapman y Hall sirvió para dar al escritor otro nuevo éxito. Al mismo tiempo, Dickens se casó con Kate Hogarth, la hija mayor de George Hogarth, compañero del escritor en The Morning Chronicle.

Llegaron sus grandes libros, Oliver Twist, Nicholas Nickleby y La tienda deantigüedades; también empezó una vida frenética, porque escribía sin parar, también montaba a caballo, caminaba treinta kilómetros diarios, escribía numerosos artículos, editaba un periódico diario, fundó y publicó revistas, etc.

Llegó a tener nueve hijos, con lo que su vida se convirtió en un continuo esfuerzo por compaginar el mundo literario y familiar; sus viajes, como el que hizo a América por primera vez, en el cual la polémica surgió al hablar el escritor de los derechos de autor que los norteamericanos daban a sus autores, pero no a los ingleses, con lo que Dickens se mostró disconforme y así lo dijo en público, creando escándalo.

Pero era un observador de la realidad, sus novelas tienen el sello de los detalles que se van consolidando con una mirada atenta, sus libros vienen cincelados por las apreciaciones de un hombre que sentía conmiseración por los pobres, ya que él vivió la pobreza en sus carnes durante una época de su vida.

Si nos fijamos en David Copperfield (1849), por ejemplo, el personaje tiene mucho de autobiográfico, tanto David como Dickens son enviados a trabajar a los diez años, pero apreciamos que la novela apenas tiene otra mirada que no sea la del autor y eso, sin duda, lastra la misma. Sólo hay una digresión, la de la narración de las relaciones del doctor Strong con su esposa, su madre y el primo de su esposa, y se convierte en tediosa porque rompe la historia y no significa un proceso para el argumento general de la novela. Tampoco la novela triunfa por la verosimilitud, ya que es extraño que todo el mundo robe a David, que no tenga estrategias de defensa. Sin duda alguna, Dickens, gran observador de la realidad, se deja llevar por la bondad que le inspira el personaje y se aleja de la verosimilitud en muchas ocasiones.

Copperfield se perfila como un inepto, lo que cuesta creer tras el aprendizaje en casa de los Micawber, tras estar en la fábrica. Podemos ver a un personaje estereotipo; el gran defecto de Dickens en sus novelas, ya que hay una debilidad ante Dora; le falta sentido común para enfrentarse a la vida; el final, siendo novelista de éxito, no encaja con su falta de imaginación y pericia vital.

Sin duda, Dickens fracasa en la novela porque quiere convencernos de la bondad de su personaje; sabe retratar a los hombres de la época, a la sociedad, pero yerra en la mirada que ofrece, llena de conmiseración, lo que nunca le hubiese ocurrido a Dostoievski o a Tolstoi, por poner dos ejemplos de novelistas donde los personajes van progresando en sus incertidumbres vitales; incluso Pérez Galdós, movido a veces por el maniqueísmo también, logra personajes más verosímiles en algunas novelas, como en Tormento o en Fortunata y Jacinta, no tanto en Misericordia o en Marianela, historias cargadas de estereotipos también.

 

Dickens merece un lugar, un recuerdo, por su capacidad para observar la Inglaterra de su época, por algunos personajes inolvidables, pero es sólo el prefacio de una literatura que abre el mejor sendero de la narrativa.

El mundo de Dickens, sus tópicos y sus aciertos

Para concluir, cabe decir que Dickens abre, junto a Pérez Galdós o Balzac, entre otros, una forma de novelar que no excluye los detalles, que inicia una prosa cuidada y brillante, pero cargada de tópicos en sus novelas más edulcoradas, como Oliver Twist o David Copperfield, y mejor trazada en historias más hondas como Grandes esperanzas, a mi juicio su mejor obra, porque se libera de los tópicos y nos entusiasma con personajes más verosímiles y con la fantasía de un hombre de talento.

No ha llegado todavía la gran prosa que tome al hombre de la mano para llevarlo al terreno de la duda, para despertar la incertidumbre de la condición humana, que sí consiguen Kafka, Thomas Mann o Joyce, entre otros genios de la literatura.

Un antecedente es, sin duda, Dostoievski, que habla con el personaje, debate su interior, crea el psicologismo necesario para que sus novelas nos dejen anonadados por la hondura de sus incertidumbres.

Por ello, Dickens merece un lugar, un recuerdo, por su capacidad para observar la Inglaterra de su época, por algunos personajes inolvidables, pero es sólo el prefacio de una literatura que abre el mejor sendero de la narrativa, donde sí podemos creer en la verdad de los personajes, porque no son de cartón piedra, sino seres como nosotros, desnudos de dudas y temores ante la incertidumbre vital. Ese logro, que ya había aventurado mucho antes Cervantes y su Quijote, lo alcanzan los narradores del siglo veinte, donde nos ofrecen lo mejor y lo peor del ser humano, sus virtudes y sus defectos en novelas estremecedoras como La metamorfosis (Kafka), Muerte en Venecia o La montaña mágica (Mann), Dublineses o Ulises (Joyce), con el necesario antecedente de Dostoievski, gran novelista ruso, donde el hombre abre su reflexión vital para dejarnos páginas de gran literatura para siempre como, entre otras muchas, Crimen y castigo o El jugador.

Dickens, como muy bien dijo William Somerset Maugham en Diez grandes novelas y sus autores, encaja en la línea de los autores victorianos, que escribían por entregas, para conseguir más páginas y que sus obras tuvieran el éxito comercial requerido; por ello, a veces, las historias se alargan y nos encontramos con los best-sellers de la época, sin darnos cuenta de que en el camino se ha perdido algo fundamental, la verosimilitud, la necesidad de que el personaje nos llegue, lo creamos, sea nuestro para siempre; si nos olvidamos de ello, podemos dar el visto bueno y hacer un genio de Dickens; si no, siempre le consideraremos, como a muchos de nuestros autores actuales, un escritor que se lee bien, que entretiene, pero que nos deja a algunos kilómetros del cielo, que es la gran literatura antes citada.

Pedro García Cueto
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