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Breves apuntes sobre el amor en The Matrix Resurrections
y otras obras de ciencia ficción distópica

lunes 7 de marzo de 2022
Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss en “The Matrix Resurrections”
En The Matrix Resurrections, Neo y Trinity, interpretados por Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss, respectivamente, son los amantes que triunfan.

Nada puede nutrir más nuestra denominada cultura de la polémica (término con el que la lingüista Deborah Tannen bautiza a la corriente enmarcación de las relaciones intersubjetivas como batallas campales) que la constante partición de aguas que las redes sociales operan sobre las diversas esferas de la praxis humana. Esto se trasluce en el ámbito de la opinión y la crítica cinematográfica en la fórmula 50/50, esto es, la paridad en la discrepancia irreconciliable de la valoración de una obra, especialmente cuando se trata de una popular. A no dudarlo, el filme The Matrix Resurrections, de Lana Wachowski, estaba predestinado a convertirse en la diana contra la que apuntarían tanto el fervoroso fanático como el más ponzoñoso hater. Con todo, lo que pretendo con este ensayo es moverme a contracorriente de un punto que concilia a una gruesa parte de ambos lados de estas aguas antagónicas. Lo suelto de una vez: iré contra el ataque punzocortante que tacha a este filme de cursilería lacrimógena o, cuando menos, como portador de un final vergonzosamente rosa. Mis argumentos se mantendrán en la órbita del amor como una fuerza disruptiva y transformadora inherente a las obras de ciencia ficción de distopías sociales.

Playlist para este ensayo

 

La grandeza

“I know you’ll be a star
In somebody else’s sky”
(Pearl Jam, Black)

En contraposición al odio, que adolece de una visión local, o acaso miope, la mirada escrutadora y el oído atento registran resonancias cósmicas en las metáforas del amor, metaforizaciones que no sólo se vierten en canciones y en obras literarias, tal como ocurre en Amo las estrellas, de la banda venezolana Zapato 3 (“Aunque conquiste el espacio y supere mis límites”), o en Romeo y Julieta (“Julieta es el sol”), de William Shakespeare, por apenas nombrar un par de ejemplos disponibles, sino que, en primera instancia, se expresan en boca de los hablantes de la lengua como una herramienta mental cotidiana. Dicho de otro modo, no se trata de invocar palabras y articularlas en una sintaxis para referirse a la persona amada, sino, por encima del plano de la expresión, de concebirla y, a resultas de esto, relacionarse con ella. La metáfora conceptual nos permite ver que los seres humanos entienden el amor como una fuerza que desborda las demarcaciones de sus coordenadas espaciales.

El amor no se constriñe a una relación en pareja, sino que, al mismo tiempo, repercute sobre la grandeza a la que aspira un Estado.

No es forzoso tender un puente entre lo señalado en el párrafo anterior y algunos de los atributos del amor sobre los que discurre El banquete, de Platón. Fijémonos allí en que, en el sentir de Sócrates, Fedro, Pausanias, Eurixímaco, Aristófanes y Agatón, los invitados al ágape, y a quienes retomaremos con frecuencia, el amor resulta ventajoso para la polis por cuanto una persona está resuelta a realizar acciones bellas y grandes a los ojos de la persona que ama. Para estos dialogantes, el amor no se constriñe a una relación en pareja, sino que, al mismo tiempo, repercute sobre la grandeza a la que aspira un Estado. Esto, por supuesto, representa una amenaza para cualquier tirano o élite que subyugue a una sociedad en las ficciones distópicas, como lo transparenta la saga The Matrix, en la que inteligencias artificiales engañan a los seres humanos mediante un programa de simulación que les hace creer que se encuentran en un radiante año 1999, cuando realmente la Tierra yace en ruinas cerca de dos siglos después. Otra obra ilustrativa de la reducción que los gobernantes obran contra sus ciudadanos la identificamos en la trilogía Los juegos del hambre, de la escritora Suzanne Collins, cuyo dictador Snow castiga a los distritos sublevados con vidas precarias de hambre, pobreza y enfermedad, lo que contrasta con la abundancia y el esplendor del Capitolio, la ciudad hogar de Snow.

 

El aislamiento

“Los cuartos vacíos me dan mucho frío
Recuerdan los ecos del alma”
(Sentimiento Muerto, Una extraña sensación de soledad)

Un pequeño alienígena amoroso deja su planeta, el asteroide B612, y en el camino que recorre antes de arribar al planeta Tierra se topa con hombres que habitan sus respectivos planetas en absoluta soledad. Estos seres, por demás depresivos, son ajenos al amor, pero, en cambio, se dedican a asuntos serios, como uno de ellos lo vocifera y no cesa de remarcar. Ahora, cuando hablamos de asuntos serios en este caso, hablamos, por lo general, de trabajo arduo e incesante día tras día. Si bien es cierto que El principito no es una obra de ciencia ficción en el sentido estricto que le damos al término, presenta el motif del extraterrestre cuya mirada externa y conceptos otros lo facultan para apreciar el absurdo de la existencia humana en su máxima expresión. El punto que El principito retrata con nitidez para nosotros es el aislamiento, pues lo que la ciencia ficción hace de manera similar es mostrar que el apartamiento y la incomunicación de los personajes son condiciones que posibilitan su sometimiento. Al igual que en El principito, los personajes de sociedades distópicas habitan mundos individuales y periféricos que anulan su posibilidad de estrechar conexiones afectivas y comunidades con otros seres humanos.

“…Y es porque los tiranos no gustan ver que entre sus súbitos se formen grandes corazones o amistades y relaciones vigorosas, que es lo que el amor sabe crear muy bien”, asevera Pausanias ante los otros comensales del banquete. Cabe contar que en una entrevista concedida al periodista César Miguel Rondón hace pocos días, el periodista Luis Carlos Díaz confesó que sintió todo el peso del Estado venezolano cuando fue desaparecido forzosamente y trasladado a un centro clandestino de tortura. Recordemos que fue su esposa, la también periodista Naky Soto, quien encontrándose en mitad de su tratamiento contra el cáncer activó la búsqueda para que el Estado venezolano diera cuenta de dónde y en qué condiciones se encontraba Díaz.

Visto todo lo anterior, fijémonos en que Neo (Keanu Reeves) es un ser vacío, que en la soledad de la noche se dedica a hackear y a leer un poco del nihilismo sobre el que Jean Baudrillard reflexiona en su obra Simulacro y simulación. Uno de los segmentos que mejor delinean su soledad tiene lugar en el metraje que inició la saga en 1999, cuando Switch (Belinda McClory) le ordena que baje del automóvil si no dejará que lo revisen a ver si le han insertado un transmisor en el cuerpo. Neo, entonces, ve la calle sombría y desierta bajo la lluvia triste, mientras Trinity (Carrie-Anne Moss) intenta convencerlo de que confíe en ella. Otro ejemplo superlativo del aislamiento de un personaje en una sociedad oprimida es la infravalorada THX-1138, del cineasta George Lucas, cuyos escenarios son amplios y rebosantes de un blanco que trasmite la idea de que los subyugados se encuentran suspendidos en la nada.

 

El amor que conduce al surgimiento del sujeto virtuoso, lleno de amor por el saber y por lo bello, entendiendo por bello lo justo, lo tenían en mente los asistentes al banquete filosófico de Platón.

La fuerza abarcadora

“It’s written on the wind
It’s everywhere I go”
(Wet Wet Wet, Love is all around)

El filme El día de la marmota, de Harold Ramis, es otra obra que, sin inscribirse rigorosamente en el género ciencia ficción, vierte luces para desentrañar la función del amor en las sociedades distópicas. El argumento se centra en el periodista Phil Connors (Bill Murray), quien toda vez que concluye la grabación del reportaje del Día de la Marmota en una pequeña población de Pennsylvania, decide regresar a casa, pero el mal clima que se avecina lo obliga a quedarse en el pueblo hasta que amaine el temporal. Algunos días transcurren con las mismas situaciones repitiéndose al calco, por lo que Phil finalmente cae en cuenta de que se encuentra atascado en un bucle temporal. Así que, presa de hastío, decide alterar un poco las cosas, pero lo hace sin seguir ningún código ético de conducta: roba, asesina y hasta se suicida. Un día se propone llevar a la cama a su compañera de trabajo Rita (Andie MacDowell), con quien no se la ha llevado bien, pero fracasa estrepitosamente, debido a su tosquedad y a sus intenciones abiertamente sexuales, por lo que se dedica a aprender más de los gustos de ella y a desarrollar talentos para impresionarla. El resultado es que poco a poco se siente satisfecho por el aprendizaje mismo y el mejoramiento de la calidad de vida que les trasmite a las personas de su entorno. Al final, Phil no sólo logra que Rita se enamore de él, sino que se trasforma en un sujeto íntegro.

El amor que conduce al surgimiento del sujeto virtuoso, lleno de amor por el saber y por lo bello, entendiendo por bello lo justo, lo tenían en mente los asistentes al banquete filosófico de Platón. En esta dirección van las siguientes palabras de Fedro:

…nada puede como el Amor inspirar al hombre lo que necesita para vivir honradamente; quiero decir, la vergüenza del mal y la emulación del bien. Sin estas dos cosas es imposible que un particular o un Estado haga nunca nada bello ni grande.

Así pues, el statu quo se ve amenazado por un sujeto que debía estar aislado y desmovilizado, pero a quien el amor como acontecimiento lo ha conectado con otra persona y le ha insuflado un ánimo que se ensancha hacia otras personas y otros territorios de la vida humana. A partir de entonces, el sujeto rehúye convertirse en un despojo ante los ojos de la persona amada. De allí que rechace ser parte de la servidumbre que propone el poder opresor. Decididamente, tal sujeto responde con un no rotundo ante la sociedad de cómplices. Acoge, en cambio, el respeto por el derecho del prójimo. Uno puede recordar en este punto el amor como un aprendizaje, según lo formula Erich Fromm en su influyente ensayo El arte de amar. En cuanto a Neo, el descubrimiento de que es el elegido y su aprendizaje de lo que implica serlo empiezan justo en el momento en que la vida de Trinity está en peligro. Conviene tener en cuenta un hecho incontrovertible: Neo vivió la mayor parte de su vida sumergido en un programa de simulación, lo que por tanto significa que Trinity representa todo lo real de su existencia. Ella le devuelve a Neo el sentido de la vida del que hace poco fue despojado. Si decimos, entonces, que Trinity es el Todo de Neo (y viceversa), no incurrimos en una hiperbolización, pues se trata de una persona que alcanzó la plena adultez creyendo en una vida que nunca existió.

 

El cuerpo enamorado

“And all I can taste is this momento
And all I can breathe is your life”
(Goo Goo Dolls, Iris)

Dando continuidad a su incipiente teorización sobre la biopolítica, el filósofo francés Michel Foucault consagró una clase del curso Los anormales, dictado en el Collège de France en 1975, a las cuarentenas provocadas por la peste en el siglo XVIII. Estos confinamientos, en la visión de Foucault, clausuraron el modelo de exclusión del leproso y dieron paso a una inclusión basada en el control de los individuos, uno mediante el cual el poder se desplegaba en jerarquías y de forma continua, pues nada debía escapar a su mirada. En suma, la peste habilitaba el poder político en plenitud al objeto de controlar y normar los cuerpos, como lo explicaba Foucault ante su audiencia: “El momento de la peste es el relevamiento exhaustivo de la población por un poder político, cuyas ramificaciones capilares llegan sin parar hasta el grano de los individuos mismos, su tiempo, su vivienda, su localización, su cuerpo”.

Es una verdad de Perogrullo que a los dictadores les obsesiona la idea de que la población los ama con locura.

A guisa de corolario, Foucault sentenciaba que el encierro por la peste comportó una tecnología de poder positivo, por cuanto el poder fabricaba, escudriñaba escrupulosamente, desarrollaba conocimientos, y se reproducía con base en toda la acumulación y refinamiento de la ciencia, el aparato administrativo y las instituciones políticas. Así las cosas, dado que es informada por los avances del aparato tecnocientífico rector de nuestra época y de que, al paso de éstos, se preocupa por cómo configurarán las sociedades del futuro, la ciencia ficción es el género que mejor vierte luz sobre las prácticas biopolíticas por venir. Los intereses actuales del género se enfocan en cómo los dictadores y las élites gobernantes disponen de conocimientos científicos y de dispositivos tecnológicos capaces de modificar la conducta humana o, si se quiere, la propia naturaleza humana, lo que implica un minucioso saber sobre el cuerpo. Tengamos por caso La naranja mecánica, tanto la novela, de Anthony Burgess, como la adaptación al cine que realizó Stanley Kubrick, en la que el joven delincuente Alex es tratado en la cárcel con el método Ludovico a fin de curar su conducta violenta. Lo que sigue es la transformación del joven rufián en una naranja mecánica, a saber, un sujeto autómata, a quien sus instintos humanos le han sido anulados, lo que, sin que quepa un resabio de duda, como bien lo vislumbra el escritor y víctima de Alex, debe alertar a cualquier ciudadano, puesto que el Estado se ha desentendido de su responsabilidad en materia del resguardo del bien común y la administración de la justicia para, en su lugar, modificar la naturaleza de sus gobernados, abriéndole la puerta así a la alteración violenta de los sujetos que discrepen de sus intereses.

Es una verdad de Perogrullo que a los dictadores les obsesiona la idea de que la población los ama con locura y que, para colmo, éste es un amor para la eternidad, sentimiento que, están convencidos, los legitima como gobernantes hasta el final de los tiempos. Un ejemplo a cuento lo identificamos en el sátrapa de la novela El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, que si bien no es del género ciencia ficción, ofrece un modelo oportuno para esta discusión. Notemos en estas líneas la predilección del general por detectar amor donde sólo existe miedo hacia su figura:

…es él, exclamó asustada, que viva el macho, gritó, que viva, gritaban los hombres, las mujeres, los niños que salían corriendo de las cantinas y las fondas de chinos, que viva, gritaron, gritaban los que trabaron las patas de los caballos y bloquearon el coche para estrechar la mano del poder, una maniobra tan certera e imprevista que él apenas tuvo tiempo de apartar el brazo armado del edecán reprendiéndolo con voz tensa, no sea pendejo, teniente, déjelos que me quieran, tan exaltado con aquel arrebato de amor y con otros semejantes de los días siguientes…

En tal orden de cosas, el dictamen tácito o expreso de las sociedades distópicas es amar al líder, o al partido, o a la élite gobernante, por encima de todas las cosas. El Estado administra y monopoliza el amor en la medida en que lo reclama como recíproco, puesto que nada resulta más justo que devolverle el amor a quien lo da todo por el bienestar de su pueblo. Dedicarle pensamientos y energía sexual a otra persona atenta contra la condición omnímoda de gobiernos que necesitan extraer la vitalidad de los ciudadanos, explotarlos hasta el hueso, devorar su tiempo de vida y construir castillos sobre sus cadáveres. De allí que las obras de ciencia ficción nos muestren que el amor entre los gobernados obliga al gobierno a tomar cartas en el asunto, por lo que activa su saber científico e instrumentos tecnológicos para producir cuerpos dóciles o segar el romance de raíz. Veamos el caso del cuento “La ciudad del silencio”, del escritor chino Ma Boyong, distopía que nos instala en una sociedad totalitaria del año 2046, donde los ciudadanos deben portar un dispositivo que les advierte si están usando palabras “escudadas”, palabras que han sido censuradas porque pueden causar un verdadero daño. Entre éstas, se encuentran palabras como molesto y cansado. Evadiendo la censura, el personaje nuclear del cuento se une a una tertulia cuyos miembros se permiten maldecir y pronunciar otra palabra prohibida: amor. Otra libertad que se toma este personaje, ya se puede inferir, es hacer el amor, asunto sobre el que también ha recaído la censura y ni que decir tiene de la masturbación. El cuento termina de forma pesimista con el destierro total del lenguaje y el silencio absoluto recubriendo la ciudad.

Otro ejemplo gráfico del control sobre los cuerpos y la expulsión del amor lo ofrece el filme Equals, de Drake Doremus, que se ocupa de una sociedad que ha erradicado los sentimientos y la sexualidad a fin de conservar la paz. Peor aún: éstos son vistos como patologías. Un paralelismo que puede saltar a nuestra mente en este momento es la clásica novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que las emociones son controladas a través del consumo de la droga soma. Como se puede apreciar, The Matrix Resurrections tiene todos los elementos antedichos: dispositivos mediante los cuales las máquinas absorben la energía corporal, el saber científico (psicología y ciencias cognitivas) y las drogas para suprimir las emociones.

 

El poder teme que el simbolismo del sacrificio se haga viral y se vea desbordado por sujetos que lo confrontarán fuera de la lógica y el chantaje de tener algo que perder.

El sacrificio

“In your honor
I would die tonight
For you to feel alive”
(Foo Fighters, In Your Honor)

Acudo a dos momentos ejemplares: el primero toca a la admiración que los comensales del banquete de Platón le prodigan a Aquiles, en virtud de que, aun cuando su madre, la ninfa Tetis, le auguró una muerte insoslayable en el caso de que matara a Héctor en el sitio de Troya, Aquiles prefirió vengar a Patroclo y morir en consecuencia. El segundo momento nos conduce al magnífico ensayo Love Songs: The Hidden History, en el que el crítico e historiador de la música Ted Gioia nos cuenta que en la masacre que se suscitó en el estreno del filme de Christopher Nolan El caballero de la noche asciende, en Colorado, en 2012, tres muchachas lograron sobrevivir gracias a que sus novios usaron el cuerpo como escudo para protegerlas.

Cómo no va a desquiciar al poder totalitario el que una persona arriesgue su vida por el ser amado, cuando este acontecimiento puede serle sumamente provechoso. Recordemos de pasada que una de las cimas de la maquinaria propagandística de la Alemania nazi fue precisamente un filme de amor y sacrificio: Opfergang, cuyo director Veit Harlan fue comisionado por el propio Joseph Goebbels para elaborar obras antisemitas en correspondencia con el programa ideológico de los nazis. La primera ventaja que el acto sacrificial le granjea al poder es la instauración de su épica, según la cual no hay mayor sacrificio que el suyo por la patria y sus compatriotas (los defiende del enemigo externo, declina los placeres de la vida, les pone comida en la boca, entre otros). La segunda se desprende de la anterior, en la medida en que demanda que los ciudadanos respondan en reciprocidad al corazón gigantísimo con el que los abriga el poder.

Del lado ahora del sujeto amoroso, el poder teme que el simbolismo del sacrificio se haga viral y se vea desbordado por sujetos que lo confrontarán fuera de la lógica y el chantaje de tener algo que perder. En The Matrix Resurrections, el acicate que inspira y moviliza a los rebeldes que acompañan a Neo es el amor de éste por Trinity y su esfuerzo por salvarla.

 

La inmortalidad

“I’ll be there till the stars don’t shine,
Till the heavens burst and the words don’t rhyme”
(Bon Jovi, Always)
“Love me two times
Last me all through the week”

(The Doors, Love Me Two Times)

En su ensayo Teoría del cuerpo enamorado: por una erótica solar, una de sus usuales obras disruptivas y provocadoras, el filósofo francés Michel Onfray va contra la intromisión del Estado y los dictadores en los asuntos del amor y la reproducción sexual con fines patrióticos y de expansión del suelo nacional, por lo que Onfray enumera argumentos sólidos en elogio a la figura del libertino. Con todo y la razonable defensa por parte del filósofo, no es menos cierto que, al paso en que los gobernantes se vuelcan a dirigir la intimidad de los amantes, quienes escapen de la mirada vigilante afirman su condición de libertad. Desde este ángulo, queda claro que la vigilancia microscópica que ejecuta el poder no se restringe a un interés por la multiplicación de los connacionales y la ramificación del territorio, sino que, en principio, busca obstruir la multiplicación de sujetos libres, quienes crecerán fuera del tiempo estancado, decadente, y contra natura del poder. Tales individuos son los llamados a acabar con el tiempo eterno, para recibir el tiempo del desarrollo y de cambios que benefician a la comunidad. Las obras de ciencia ficción distópica dan testimonio de que los tiranos pueden echar mano de los mecanismos más sutiles hasta los más violentos para aplastar cualquier vida que amenace su supervivencia futura. Vemos, por ejemplo, a los jóvenes de los distritos aledaños al Capitolio luchar a muerte para sobrevivir en Los juegos del hambre, y quienes resultan ganadores son asimilados de inmediato por la casta gobernante, con lo que Snow evita futuras sublevaciones de personas aptas. También presenciamos el atroz momento en que Anakin extermina a sangre fría a un grupo de niños jedis, paso iniciático para su transformación en el sombrío Darth Vader, en el episodio La venganza de los Sith, de George Lucas.

Esta gestación de una nueva vida por parte de los amantes es a lo que Sócrates alude como inmortalidad cuando se dirige al resto de acompañantes del banquete platónico. Hemos de suponer que, por el hecho de que sea Sócrates, el más sabio entre los sabios, quien lo comunique, se trata del atributo más caro en la concepción de los griegos. Y de seguro lo es, en razón de que implica la perpetuidad de otros atributos examinados arriba, tales como la armonía y la justicia, por ejemplo. Es con esta inmortalidad del retoño que sueña la joven refugiada que vende su cuerpo para que una persona moribunda lo ocupe, en el filme alemán de ciencia ficción Transfer, de Damir Lukacevic. Ella sueña, por ejemplo, con que su futura hija ayudará a otras personas de África.

 

Tampoco dejo pasar la ocasión para interrogar si el menosprecio por el final de The Matrix Resurrections es un signo de nuestros tiempos.

Apunte final (o el fin del amor)

“You and me
I can see us dying,
Are we?”
(No Doubt, Don’t Speak)

Tras todo lo expuesto, puede que perdure la duda y, digamos, alguien señale que el final de The Matrix Resurrections se pudo haber evitado y remplazado por uno más serio. Ese escenario hipotético me permite inquirir si tal queja no se deberá a una tendencia antiquísima, que resulta uno de los hallazgos de Ted Gioia cuando revisa la historia oculta de la canción de amor. Dicho todo de una vez, me pregunto si se debe a la creencia de que expresar amor demuestra la vulnerabilidad de las personas, que quien manifieste amor se autoproclama melifluamente débil, a lo que hemos de sumar connotaciones que oscilan entre la falta de seriedad y la poca o nula confiabilidad. A manera de ejemplo ilustrativo de esta apreciación, Gioia cita la lectura que C. S. Lewis hizo del clásico Arte de amar, de Ovidio, el cual, según Lewis, satiriza el asunto amoroso, más que elogiarlo, una visión que nos proporciona una ventana al desdén que le dirigían los romanos, por estar más preocupados por la política y las leyes. Retengamos este par de párrafos del Arte de amar para aprehender la interpretación de Lewis:

No economices al prometer, que al fin no arruina a nadie, y todo el mundo puede ser rico en promesas. La esperanza acreditada permite ganar tiempo; en verdad, es una diosa falaz; mas nos place ser por ella engañados.

Si juega, resolviendo los dados de marfil, juega tú con torpeza, y en seguida pásale la mano; si te recreas con las tablas, evítale el disgusto de perder y amáñate porque te toque siempre la fatal suerte del perro, y si os entretenéis a las tablas robándoos las piezas de vidrio, deja que las tuyas caigan en poder de la parte contraria.

Notemos que estas dos formas del arte de amar que traza Ovidio andan a contramano de varias de las consideraciones que hemos discutido. Por lo que toca a la canción de amor, los romanos la veían de reojo, pues sus mayores cultores y renovadores fueron mujeres y, principalmente, mujeres esclavas. Una de las revelaciones del ensayo de Gioia es que a lo largo de la historia los poderes establecidos han perseguido y censurado el cantar amoroso, y que, en un grado superlativo, esto se debe a que ha estado asociado con la mujer.

Tampoco dejo pasar la ocasión para interrogar si el menosprecio por el final de The Matrix Resurrections es un signo de nuestros tiempos. Creo, por un lado, que en la opinión adversa asoma una idea que la escritora argentina Tamara Tenenbaum desarrolla en su ensayo El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI. El amor de pareja actual, arguye Tenenbaum, ha fusionado la antigua familia y el trabajo, y, en consecuencia, el amor en la sociedad de consumo y productividad actual ha sido configurado como una labor en la que triunfan las mujeres con más méritos, esto es, quienes inviertan más tiempo y dinero. Este estado de cosas, por descontado, expulsa a las mujeres que quedan en condición de precariedad laboral. En tal sentido, hoy, en pleno año 2022, el amor nada tiene que ver con el imaginario del amor cortés, sino con el trabajo de una sociedad altamente productiva (por cierto, ya circulan insólitas interpretaciones de El principito sobre cómo mejorar en el trabajo. Una de ellas proviene de la mismísima revista Forbes). Creo, por el otro lado, que las intersubjetividades deseantes están alcanzando el estadio de ligereza que ha venido describiendo el sociólogo Gilles Lipovetsky, donde, nos dice, abundan relaciones superficiales, ya que las principales metas que los individuos persiguen son el placer y la diversión.

Las obras de ciencia ficción sobre distopías sociales ponen ante nuestros ojos el hecho de que el amor es un elemento clave ante el poder, bien sea porque (o pese a que) la relación es aplastada, como la de Winston y Julia en la novela 1984, de George Orwell, o bien porque los amantes triunfan, como Neo y Trinity en The Matrix Resurrections, y la emancipación impulsa un nuevo orden. De manera que si la concepción del amor tal como lo conocemos está en vías de extinción, puede que se acerque la hora en que el mal eche raíces sin estorbos y reine al infinito.

Maikel A. Ramírez Á.