
Espiral: camino, ruta serpenteante —¿ascendente? ¿descendente? Experiencia y espiral; espiral de tiempo porque todo cuanto el ser humano vive, piensa y recuerda, tiene que ver con el tiempo. Experiencias y recuerdos son, siempre, figuraciones temporales: acumulación de miradas, sonrisas, decepciones y sueños... La espiral es símbolo de la acción envolvente, forma del giro que en constante movimiento expande más y más algún particular espacio. Lo espiral, como imagen, se opone a lo circular. El círculo alude a lo cerrado, a lo repetido, a lo caduco. Ante el movimiento interminable de la línea espiral, el círculo simboliza el agotamiento y la esterilidad de lo que se repite a sí mismo, de lo que se consume, de lo que no avanza. Si lo espiral es tiempo por crear, lo circular es tiempo clausurado. Si lo espiral es adelanto, lo circular es rotación. Si lo espiral es dinamismo, lo circular es estancamiento. Espirales proyectadas hacia el futuro o círculos repetidos en el presente. Espirales lanzadas hacia rumbos nuevos o círculos convertidos en imágenes de lo caduco. Espirales penetrando en el mañana o círculos inagotablemente rotando en el ahora. Lo espiral sugiere avance, cambio, transformación pero, también, sorpresa, incertidumbre, regreso siempre posible, contradicción, renovación en lo inesperado, esfuerzo continuado, riesgo...
El ensayo es el género literario que dice las razones de una conciencia ordenadora de la vida. Ordenamiento de ideas y experiencias, de memorias y nostalgias, de ilusiones y sentimientos de quien escribe. El ensayo es el género de la comunicación, una comunicación más y más necesaria en un tiempo apresurado como el nuestro, que siempre pareciera carecer de tiempo. El ensayo es el género del diálogo entre autores y lectores que se identifican en sus semejanzas y en sus diferencias. Como la vida, el ensayo es fragmentario: forma y voz del pensamiento volandero y de la palabra errante posándose sobre todos los temas: analizándolos, evocándolos, describiéndolos, sintetizándolos. Más que a lo breve y a lo múltiple, el fragmento alude a la inconclusa discontinuidad de lo interminable. El fragmento, como el pensamiento mismo, jamás termina: se interrumpe sólo para proseguir sobre nuevas y diversas razones. El ensayo comunica percepciones que son tientos que son apuestas. Apuestas a los hechizos personales de cada quien, a sus incertidumbres y a sus certezas. Por el fragmento, el ensayista nombra el mundo y se nombra a sí mismo dentro el mundo. Por el fragmento, el ensayista expresa que nada hay que sea totalmente definitivo. La fragmentariedad del ensayo refleja la fragmentariedad de las ideas: interminablemente viviendo, interminablemente metamorfoseándose dentro de cada conciencia.
En América quizá haya sido el ensayo el más representativo de los géneros literarios. Desde la segunda década del siglo XVI, el poder imperial español decidió impedir en sus colonias de ultramar las posibles erosiones que lo imaginario o lo fantástico podrían imponer a la homogénea pureza de la fe cristiana. Cuatro años antes de su muerte, Carlos V había emitido un edicto que prohibía en América la lectura de “libros de romances de materias profanas y fabulosas ansí como son libros de Amadís y otros desta calidad de mentirosas ystorias”. Temía el emperador que las fábulas pudiesen ser nocivas para la fe de los fieles. La verdad, al igual que el poder, eran emanaciones divinas: ambas se confirmaban mutuamente. No podrían escribirse, pues, novelas en las Indias. La crónica —remoto antecesor del ensayo— se encargaría de ocupar el lugar dejado por la ausente novela. En crónicas va a escribirse la primera literatura americana, literatura fundacional, génesis de la palabra que nombra, que descubre y describe los espacios nuevos y las esperanzas nuevas. En testimonios, diarios, cartas, discursos y proclamas se escribirá lo más importante de la literatura del también fundacional tiempo de la Emancipación: imaginario de ilusiones que sueñan y, sobre todo, que desafían. En artículos de costumbres será escrita la prosa con que comienzan a dibujarse a sí mismas nuestras naciones difícilmente avanzando en el nuevo y turbulento tiempo de su historia.
Decía Mariano Picón Salas —el más grande de los ensayistas venezolanos— que el ensayo proliferaba en épocas de crisis, cuando el hombre se sentía más confundido y más amenazadoramente crujían los viejos valores de una tradición que comenzaba a hacerse ausente. El diálogo, la palabra de los hombres, se multiplica a medida que las certezas se desvanecen. A través de su palabra, hombres y colectividades recrean ilusiones, visiones, hallazgos: metaforizaciones escritas en el rostro de la historia. Los pueblos escriben sus anales; los individuos, en su voz, en el recuerdo de sus experiencias e itinerarios, escriben su tiempo, su memoria personal: única e irrepetible. El ensayo es la palabra en espiral que va escribiéndose junto a la espiral de la vida, entrelazándose a ésta, dibujando, las dos, los trazos del solitario rostro de un autor que ha vivido y que ha tratado de entender lo que veía y que acudió a su palabra para describir sus sentimientos y sus miradas.
“La primera condición para escribir —ha dicho Ernesto Sábato— es una forma de sentir viva y fuerte”. ¿Por qué escribimos? Escribimos porque tenemos algo que decir. Escribimos para contar. Escribimos, tal vez y sobre todo, para perdurar. El natural narcisismo de los escritores se potencia en nuestros apresurados e irreales días sin verdades definitivas ni dioses únicos. El ensayo que nació con la modernidad escribe y ha escrito siempre desde la libertad de un mundo sin respuestas definitivas y sin certezas absolutas. Él es género deudor de la soledad y de la madurez del hombre, de su independencia ante los indescifrables destinos de un tiempo en el que Dios ha callado para siempre; un tiempo regido por el azar más que por el destino, por el riesgo más que por la libertad; un tiempo que construimos con nuestros actos y experiencias. El tiempo vivido queda como memoria y la palabra escrita es el mejor argumento de esa memoria. Al vivir edificamos una experiencia, y al escribir hacemos esa experiencia perdurable. Trazo en el tiempo y trazo en la página: analogía entre las palabras que escribimos y los pasos que damos. Caminamos nuestra vida y la escribimos. Vivimos experiencias y las nombramos. Soñamos y escribimos esos sueños en páginas que nos reflejan y revelan.
Borges dijo que la literatura propendía siempre a la autobiografía. El ensayo afirma la posibilidad de un rostro convertido en metáfora de un tiempo humano. Ensayo, auténtico ensayo es, por ejemplo, la prosa autobiográfica de Picón Salas, quien en dos de sus mejores obras, Viaje al amanecer y Regreso de tres mundos, modelizó en sus experiencias y en sus opciones ciertos sentidos innegables para cualquier tiempo humano. Picón Salas hace un descubrimiento esencial a partir de sí mismo: la mesura, el equilibrio, la armonía y la tolerancia son requisitos fundamentalmente necesarios para sobrellevar la vida, y acaso también para alcanzar a ser más felices dentro de ella. Recordemos aquí a Platón, quien decía que la falta de inteligencia era la peor de las enfermedades, y a Sócrates que sostenía que inteligencia era aquello que permitía a los hombres ser más felices, o, en todo caso, estar en condiciones de aprender a serlo. Picón Salas, al final de Regreso de tres mundos (de hecho, casi al final de su propia vida), escribe la conclusión de una experiencia comunicada en los aprendizajes de sus diversos hallazgos: “Compadezco —dice— a aquellos seres que pasan por la vida sin afinar un sentido, sin aprender a ver, a oír, a palpar”. Y concluye: “Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre”.
Vivir es un incesante ir hacia. Escribir es un reflejo de ese proceso, siempre recorrido y siempre búsqueda. Vivir y escribir son acciones análogas: las dos construyen un destino, un rostro final dentro del tiempo. “Que siempre Ítaca —le dice Cavafis a su lector— esté en tus pensamientos, llegar allí es tu destino. Pero nunca apresures el viaje. Es preferible que dure años, que seas viejo cuando alcances la isla, rico con todo lo que habrás ganado en el camino sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico. Ítaca te dio un maravilloso viaje. Sin ella no habrías partido. Pero ella ya no tiene más que darte”. Ítaca es el camino por hacerse, la aventura personal y el destino de cada quien. Es el conocimiento adquirido en el transcurrir de la vida: suma de años de miradas y de palabras acumuladas. El ensayo es una de las expresiones de esa sabiduría que fue haciéndose en medio de encuentros y desencuentros, de avances y regresos, de convicciones y dudas, de afirmaciones y asombros... Expresión convertida en palabra de vida, en escritura que es urdimbre de voces y de imágenes. Si la vida es una espiral en el tiempo, una espiral hecha de tiempo, la palabra ensayística siempre nos propondrá una de las posibles formas de dibujarla, de simbolizarla, de entenderla.
- Voces dispersas
(II) - domingo 15 de marzo de 2026 - Voces dispersas
(I) - domingo 8 de febrero de 2026 - En el oscilante término del tiempo
(III) - martes 23 de diciembre de 2025


