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Jorge Gómez Jiménez |
...la nueva miel labramos ¿Es una exageración? Pensemos simplemente en nuestra vida diaria. ¿Cuántos son los que tienen un trabajo con el que disfrutan? Habrá quien conteste que la pregunta es tan inadecuada como pedir peras al olmo; que el trabajo es ese mal rato necesario que hay que pasar para ganarse la vida. Bueno (de mala gana). Sigamos. Y después del trabajo, ¿qué? Para muchos ese después ni existe. Para no pocos ese tiempo libre termina ocupándose con las mil y una gestiones de las que inevitablemente hay que encargarse para que nuestro devenir diario funcione con suavidad. Por ejemplo, llevar el coche al taller, o sentarse a escribir los cheques para las cuentas del mes, o planchar la ropa, o la visita inexcusable al dentista... La lista puede llegar a ser interminable. Es lo que Henri Lefevre denomina como "tiempo forzado", tiempo dedicado a actividades que se nos imponen, de ningún modo elegidas (Lefebvre, 49). Y lo más descorazonador es que los que, a pesar de todo, tras este largo recorrido llegan finalmente a la estación llamada Tiempo Libre, resulta ahora que casi preferirían no bajarse. O están tan cansados o el tiempo es tan poco que no merece la pena dedicarse a nada y la mayoría termina por matar el tiempo viendo la televisión. Lo que queremos decir con todo esto es que la vida está bien difícil de disfrutar. Pero ésta no es, desafortunadamente, la única causa de nuestra desazón. Quizás lo peor viene cuando ponemos nuestra vida en contexto, cuando nos asomamos a la ventana que da al mundo. Aquí el panorama es desolador. El problema de la injusticia social, a pesar de todo lo que se ha pensado y hablado sobre el tema a lo largo de nuestra centuria, no sólo sigue sin resolverse, sino que además hay que ir a rescatarlo de debajo de la capa de retórica con que el sistema económico capitalista se justifica. El lema de que "el que quiere puede", es una falacia cuyo poder hipnotizador sigue siendo asombroso. "Puede" el que tiene los medios, y aquél que no los tiene, por mucho que quiera, lo tiene más difícil que lo de hacer pasar al camello por el ojo de una aguja, aunque lo de la aguja signifique el hueco de una ventana. Y los hechos hablan por sí solos. Pongamos por ejemplo el caso de Estados Unidos, país al que muchos otros toman como modelo a seguir. Aquí las diferencias entre pobres y ricos lejos de disminuir aumentan. Y los pobres por mucho que trabajan apenas salen de pobres. Eso cuando lo intentan. Cuando no, pasan a engrosar el número de lo que podríamos llamar "pobres terminales", tomando prestado el vocabulario médico; esto es, gente que ha perdido la esperanza, descolgada totalmente del sistema; gente para la que éste no tiene nada que ofrecer sino una caridad a modo de cura de urgencia que a fin de cuentas no sirve para nada porque ignora a conciencia la raíz del problema; gente a la que paradójicamente se acusa de no ser capaz de salir de su miseria, como si a alguien le gustara vivir así. La misma injusticia, a mayor escala, es la que preside las relaciones entre los diferentes países. El imperialismo económico de nuestros días ha sustituido al saqueo descarado perpretado en épocas de colonizaciones. Lo de hoy es más sutil en el procedimiento, pero no menos efectivo en los resultados. El uso de un término tan peyorativo como "Tercer Mundo" es sintomático de la forma en que el "Primer Mundo" se relaciona con los países menos desarrollados. No será difícil imaginar cuál de los dos mundos fue el que se inventó el término. Dado este tipo de relación no es de extrañar que tarde o temprano resulte imposible guardar los modales. O los oprimidos se rebelan ante la injusticia o los opresores, impacientes, asegurados en su posición de poder, usan la fuerza para avanzar en su abuso. Es difícil encontrar una guerra en la que la razón verdaderamente operante del conflicto no sea la de los intereses económicos. En las de hoy en día la capacidad de destrucción es espeluznante. El objetivo inmediato, sin embargo, es el de siempre: eliminar físicamente al otro. Es en la guerra donde el fracaso de la humanidad se muestra más definitivo. En el caso afortunado de que no estemos metidos en ninguna de ellas directamente, sin embargo cualquiera de ellas es nuestro fracaso, como parte que somos de la humanidad del planeta. El "nada humano es ajeno a mí", es inapelable. No hay paraíso posible a donde huir para sentirse bien. En todo el conjunto de fuerzas que mueven los hilos de nuestros destinos los intereses económicos a gran escala andan a la cabeza y todo lo demás va corriendo detrás o nadando contracorriente. Pensemos en el poder político. Más difícilmente que nunca se puede hablar hoy en serio de ideologías. La carrera hacia el poder, si es pacífica y "civilizada", consiste en saber negociar con las fuerzas económicas dominantes y garantizar la continuidad del status quo. El poder político está atado de pies y manos. No es de extrañar en estas circunstancias la desilusión del intelectual en lo que respecta al impacto de su pensamiento en el devenir de los acontecimientos sociales y políticos. Sobre este tema comenta Ítalo Calvino (Calvino, 8) cómo ha cambiado la percepción que de su función tiene hoy el intelectual. La aspiración a interpretar y a guiar se ha ido disolviendo como asimismo la figura del intelectual comprometido. En los países con más alto grado de libertad de expresión es, paradójicamente, donde el intelectual menos impacto tiene. El intelectual puede decir lo que quiera; el problema, sin embargo, es que apenas nadie lo oye. Resulta bien difícil, inmersos como estamos en la algarabía reductora y martilleante de los medios de comunicación. La cuestión ha dejado de ser la de la libertad de expresión sino la de cómo ganar acceso a un micrófono. Los grandes poderes económicos tienen el control de los medios de comunicación de mayor difusión pública y cualquier manifestación en contra de sus intereses es como un zarpazo sin uñas: una caricia, en definitiva, que el sistema no puede menos que agradecer porque mantiene viva la entelequia de la libertad de expresión. ¿Qué pinta en todo esto el pintamonas del artista?, nos preguntamos por fin. El tono es jocoso porque nos da miedo la envergadura de preguntas como: ¿qué significa el arte?, ¿qué sentido tiene en nuestra sociedad?, ¿cuál es la función del artista? Más o menos así íbamos a empezar el artículo, pero sabíamos de antemano que son preguntas sin solución. Vayamos por otro camino, con más modestia. En primer lugar dejemos el plural mayestático, ese "nosotros" detrás del que me escondo para que mi opinión parezca que es compartida, con el trato de incluir al lector para que esté de mi lado, para que no se note mucho que, después de todo, lo que escribo es simplemente mi opinión. Y la pregunta ahora que sea más manejable, por ejemplo: ¿cuál es el tipo de arte en el que pongo mi apuesta? Empezaré respondiendo a la pregunta en su formulación negativa, con un ejemplo concreto. Voy a describir una obra de arte por la que sé que yo no apostaría. Ésta es el conjunto escultórico titulado Dark elegy, obra de Suse Lowenstein, que en su exposición itinerante estuvo instalado alrededor de un año en el campus de la Universidad de Syracuse, en Nueva York. Es una obra en recuerdo de las víctimas del atentado terrorista que el 21 de diciembre de 1988 acabó con la vida de toda la gente a bordo del vuelo 103 de Pan Am. Entre los pasajeros había un grupo de estudiantes de la Universidad de Syracuse. La obra consiste en un grupo de figuras humanas, unas treinta, un poco más grandes que en la vida real, agrupadas en un espacio más o menos circular y colocadas directamente sobre el césped. Son desnudos de color marrón, variando el tono de una figura a otra. Están en diferentes posiciones: unas tiradas en el suelo, otras de rodillas, otras sentadas, una con los brazos extendidos hacia el cielo. Desde lejos el grupo se ve feo: esos bultos marrones sobre la hierba tienen un desafortunado parecido con lo que, en otro tamaño, van dejando los animales domésticos por los parques durante su diario paseo higiénico. De cerca, se ve que todas las figuras son de mujeres, la mayoría mayores según las caracteriza el pelo recogido en un moño y un cuerpo nada "escultórico". Hay una placa donde la artista explica su trabajo. Reproducimos a continuación algunos fragmentos:
"Soy escultora, y me resulta natural el modelar, dar forma y traducir mis emociones por medio de grandes figuras humanas. Después de la notica, empecé a crear figuras de madres en diferentes expresiones de pena, dolor y rabia. Cuando otras mujeres que también habían perdido a sus seres queridos en el vuelo 103 de Pan Am supieron de mi trabajo, muchas de ellas expresaron su deseo de contribuir en este proyecto llamado Oscura elegía. "Una por una vienen hasta mi estudio, posan en una plataforma, cierran los ojos y regresan al 21 de diciembre de 1988, a aquel momento terrible en el que supieron que uno de sus seres queridos había muerto. Dejan que su cuerpo vuelva a la posición que tomó entonces al oír aquella noticia devastadora. Algunas gritan, otras suplican, otras lloran, algunas rezan, otras se hacen un ovillo y otras, deseperadas, levantan sus puños de rabia. "Éste es el momento que yo congelo en el tiempo. Ésta es la postura que yo reproduzco... "...Mi esperanza es que Oscura elegía se convierta en un recordatorio de lo que el odio puede hacer a la gente así como a los países".1 No voy a comentar en este momento la ejecución de la obra sino el concepto en el que se basa. Dice la autora que su objetivo fue congelar en el tiempo ese momento supremo de dolor en el que ella y otras como ella quedaron sumidas. ¿No es esto una suerte de masoquismo emocional? Me imagino a esas madres yendo al estudio después de un año de la tragedia, cuando, con suerte, han empezado tal vez a recobrarse de la pérdida, a superar esa horrible desgracia que paralizó sus vidas. ¿Para qué esa vuelta atrás "congelada" para siempre en la escultura? La artista está empeñada en no dejar que se le escape el dolor, ni a ella, ni a las otras madres, ni a nosotros que miramos su trabajo. Lo que hace la obra es hundirnos en la miseria para siempre. Yo me pregunto qué ganamos con esto. Dice la artista que su esperanza es que la obra "se convierta en un recordatorio de lo que el odio puede hacer". Dudo que lo consiga. Para mí, la obra es más exactamente una invitación al odio. Odio a esos terroristas que indiscriminadamente acabaron con la vida de unos inocentes que se cruzaron en su camino. Odio exacerbado que despierta en nosotros las ganas de matar. Las obra nos monta en una espiral de movimiento centrípeto donde el sentimiento se va enconando a cada vuelta de forma irremediable. Yo hubiera preferido una obra que no me paralizara en el dolor, sino que lo venciera y me sacara de él, o por lo menos que su energía estuviese orientada en esta dirección. Una obra que en vez de conducirme al grito de rabia e impotencia me pusiera en el camino de repensar el mundo en que vivimos y, en este caso concreto, el tema del terrorismo. ¿Por qué existe? ¿De dónde sale? ¿Son ellos los malos y nosotros los buenos? ¿Hay tal cosa como "ellos" y "nosotros" o más bien somos todos parte de una entidad mayor que es el cuerpo social? Si aceptamos lo último, ¿qué circunstancias se han conjurado para que al cuerpo social le salga este cáncer mortífero para el que la medicina política, por seguir con la metáfora, sigue dando palos de ciego? ¿No será tal vez hora de repensar todo lo que pensamos sobre el terrorismo para encontrar soluciones? Ser artista, de los que cuya obra permanece viva a lo largo del tiempo, no es nada fácil. Yo admiro a los que lo intentan, aunque su obra no me convenza, por el simple hecho de intentarlo, a lo que yo ni siquiera me atrevo. Pero yo no apuesto por la obra de Suse Lowenstein. Quizás le interese saber que en mí el efecto que su obra produce es muy diferente del que ella preveía. Una pregunta a los transeúntes del campus de la Universidad de Syracuse, donde, decíamos más arriba, la obra estuvo instalada alrededor de un año podría ser reveladora: ¿cuántos la echaron de menos cuando se la llevaron? ¿Se entristecieron de verla desaparecer? ¿Cuántos, por el contrario, sintieron un gran alivio, una liberación? Llegando como estamos al final del milenio, nuestro cambio de siglo se reviste de una significación especial. Es el momento propicio para preguntarse por el futuro. No es que el último segundo del milenio vaya a ser muy diferente del primero del nuevo, pero nuestra división del tiempo crea la ilusión de un cambio de mundo con un cambio de siglo, y así ocurre especialmente con éste. La retórica del día lo ilustra muy bien. Por ejemplo, para entrar en el siglo XXI, dijo y redijo Bill Clinton en su segunda campaña electoral, se necesita un puente, un puente hacia el futuro, y que él lo iba a construir si era elegido para gobernar los próximos cuatro años. La metáfora no es mala —lo malo va a ser que después nos cobrarán peaje. Imaginémonos el puente, a estas alturas ya acabado. Subámonos al él y oteemos el lado por donde asoma el milenio que viene. ¿Cuál va a ser el arte del futuro? Con esta pregunta no quiero especular sobre qué arte se va a producir en el segundo milenio sino qué arte de nuestro presente y del pasado va a seguir vigente en el tiempo venidero. En otras palabras, ¿qué arte vamos a meter en nuestras maletas para ese viaje sin retorno al otro lado del puente? Que cada uno haga su lista... "...la nueva miel labramos / con los dolores viejos", decía Antonio Machado del quehacer poético, definición que podría extenderse al trabajo del artista en general. La cita es de un poema del libro Soledades. La estrofa en la que se encuentran estos versos es la siguiente:
atenta al hondo cielo en la cruel batalla o en el tranquilo huerto, la nueva miel labramos con los dolores viejos, la veste blanca y pura pacientemente hacemos y bajo el sol bruñimos el fuerte arnés de hierro. El laborar de las abejas, para referirse al trabajo del poeta, es una de las metáforas predilectas —recurrentes— en Machado. En otro poema del mismo libro, el que empieza "Anoche cuando dormía...", escribe:
soñé, ¡bendita ilusión!, que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas blanca cera y dulce miel. Machado ambiciona un corazón en el que el dolor pueda salir transformado en algo positivo. Tiene Machado otro poema, bellísimo, en este mismo libro, escrito en un momento de desánimo. En él se lamenta el poeta de la incapacidad de su corazón para la transformación del dolor que fue posible otras veces. La comparación entre un pasado poético fructífero y un presente destructivo se formula en un torrente de metáforas, una detrás de otra, casi atropellándose, desafiando, de hecho, la negación misma que el poema plantea. El poema es el siguiente:
como gusanos de seda que iban labrando capullos; hoy son mariposas negras.
¡De cuántas flores amargas
Hoy son como avenas locas
¡Oh tiempo en que mis dolores
Dolores que ayer hicieron "Ayer", los pesares del poeta trabajando como abejas, transformando las flores amargas en blanca cera; o los gusanos de seda, haciendo seda del dolor; o las lágrimas, agua buena para el riego de la huerta. Frente a este productivo ayer, se destaca el dolor de este "hoy", destructivo, convertido en mariposas negras, avenas locas, cizaña, tizón, carcoma, agua de torrente: una espiral vertiginosa de movimiento centrípeto de la que el poeta no puede escapar. El arte, para Machado, ha de ser capaz de resolver lo negativo en algo positivo. Lejos de las estériles actitudes escapistas, este arte se nutre en el dolor, lo mira cara a cara, lo mima, lo acaricia y nos lo devuelve transformado. Una poesía como la de Machado nos ayuda a vivir mejor; con suerte, incluso, hasta nos hace mejores. El lector, que conoce, de una forma o de otra, el dolor del que arrancan los versos de Machado, asiste, de la mano del poeta, a la superación del mismo. "poetas (...) / la nueva miel labramos / con los dolores viejos..." Éste es el concepto del arte por el que yo apuesto. Un arte así nos hace compañía. Definitivamente Machado va en mi maleta. Queda ya sólo una última pregunta: ¿cómo se cuece este arte? Éso sería lo último que yo me atrevería a responder. Pat Mora, poeta contemporánea del desierto californiano, nos ofrece su receta (Mora, 78):
Sencillo: ¡el truco del sombrero!
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