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Jorge Gómez Jiménez |
Amantes Amantes El hombre y la mujer, enloquecidos, se devoraron en la oscuridad. Poco antes del mediodía, distraída y sin prisa, la camarera corrió las cortinas, recogió las prendas desparramadas por el cuarto y las depositó en el bote de los desperdicios. Luego cambió las sábanas.
Al afeitarse esa mañana descubrió que tenía cara de gato: se erizó. La espantosa imagen lo persiguió durante el día, en cada pausa del trabajo: los ojos claros de dilatadas pupilas, los bigotes enhiestos, las orejas puntiagudas, y su grito, su propio grito, que le descubrió un par de pequeños y finos colmillos. En la noche, sobre el cuerpo jadeante de la mujer, maulló: tuvo sueños horribles con ratas y perros y otras bestias. Al despertar se deslizó entre las sábanas, lamió los tobillos blancos y dulces y luego, perezoso, mientras los dedos de sangrientas uñas le recorrían el lomo, bebió la leche que la mujer le trajo en el platito.
El hombre terminó de escribir la tarjeta y sonrió ante la belleza y la precisión de las frases. Imaginó que la mujer sería muy feliz leyéndola. Saldría del baño con la toalla en la cabeza, descalza, sonaría el timbre y sin prisa se colgaría la bata para abrir la puerta: nunca tiene prisa, es bella. Sin duda reconocería a primera vista los garabatos y la tinta verde, pero postergaría la lectura con el propósito del goce perfecto. O no, se quitaría la bata y así, desnuda como es ella, bebiéndose el café, leería la tarjeta una y otra vez, se reiría, sería muy feliz. Entonces, sin perder la sonrisa, el hombre destrozó la tarjeta y arrimó un fósforo a uno de los pedacitos, que se encendió como el rostro de una muchacha avergonzada para terminar encendiendo el pedacito contiguo, y todos se hicieron ceniza. Vio la mujer metiéndose en la bata, triste, llorando la tarjeta sin leer, el timbre sin sonar, el café sin tomar.
La mujer del comeclavos no se lamenta del oficio de su marido, al fin y al cabo de algo tienen que vivir, sino de su insistencia en penetrar cada noche sus heridas. Durante el amor, los clavos tragados asoman por toda la piel del hombre y se acomodan en los orificios antiguos y recientes del cuerpo de la mujer, que debe recibirlos entre gemidos, y entregárselos temprano, con un beso, cuando el hombre sale al trabajo.
Una pareja de ciegos hace el amor de pie en el callejón. El hombre se afana detrás de la mujer, como si tratara de coronar una montaña, sus dedos resbalan en la tierra del deseo. Paso en silencio. Tropiezo con un bulto, tal vez su equipaje de vagabundos. Los ciegos se detienen un instante, giran la cabeza como pájaros y en mi delirio creo que sus ojos alumbran como tizones. Luego reanudan su asunto. Acosado por los gemidos, me alejo.
Como todos los domingos, como todas las mañanas a las nueve, el niño patea la pelota de colores en la calle con sus zapatos blancos. La pelota de colores se desliza sobre el cemento mientras mamá hace el amor, sube al andén como una babosa mientras mamá toma la bata y corre a lavarse, se ríe entre las hojas secas mientras el agua envuelve a mamá desnuda y dichosa. El niño la llama, la grita, la mima, y la pelota de colores se niega desde la sombra de los árboles mientras mamá cierra la llave y se embadurna de jabón, entre las hojas secas mientras el agua se lleva el jabón del cuerpo desnudo de mamá. Cuando el niño atraviesa la calle corriendo y mamá sale del baño despacio, el auto ciego lo golpea, mamá deja la bata sobre la cama mientras papá enciende otro cigarrillo, lo avienta descalzo hasta los árboles, mamá escoge su vestido más hermoso para este domingo plácido mientras papá fabrica volutas de humo con dedicación de artesano, hasta un montón de hojas secas que se quiebran a la sombra, mamá peina perezosamente sus sedosos cabellos mientras papá recuerda los senos de otra recién vista en el cine, hasta una pelota de colores que disfruta la sombra de los árboles sobre un montón de hojas secas que se quiebran con el cuerpo muerto sin zapatos blancos, mamá tararea esa linda canción hasta que papá arroja la colilla y la atrapa por la cintura, mamá olvida la canción.
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