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Jorge Gómez Jiménez
Editor

Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 89
5 de junio de 2000
Cagua, Venezuela

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Letras de la Tierra de Letras

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El sargento Menéndez

Evelyn Aixalà Pozas

Gabriel sonreía perplejo. Miraba a su padre desde el interior del vehículo con la nariz aplastada contra el cristal de la ventanilla. Julián hablaba serio y sereno con el policía. Viró la cabeza con disimulo y le guiñó un ojo al niño, en un gesto de complicidad que a éste fascinó. Se sentía orgulloso de su padre. Todos los días esperaba con ansia que llegasen las siete de la tarde para que volviese del trabajo. Gabriel salía a jugar fútbol con sus amigos y oteaba impaciente el final de la calleja para ver si asomaba el morro blanco del viejo escarabajo. Cuando por fin lo veía, sus ojos se agrandaban y empezaba a correr como una liebre para que viese lo bien que jugaba. Su padre aparcaba el auto y le salía al encuentro con paso enérgico. Golpeaba la espalda del chico: ¿qué tal, muchachote? Nada de besos ni caricias que eso es cosa de críos y él ya está hecho un mozo. Los chicos detenían el juego y le pedían una nueva demostración del dominio del balón. Él se hacía de rogar: hoy vengo muy cansado, chicos, mañana, mañana les hago una, y esperaba a que insistiesen como no podía ser de otra manera: vamos, sólo son cinco minutos, decían ellos sabiendo que no se iría sin complacerles. Entonces tomaba el balón con sus peludas manos, lo dejaba caer y empezaba el espectáculo sin perder detalle de esa nube de ojos que brillaban como lucecitas, como un cielo terrenal de estrellas de colores. Gabriel pensaba que aquel hombre enjuto —la camisa caía sobre su torso como una túnica—, medio calvo, de ojos de ébano bajo cejas espesas y despeinadas, le salvaría de los peores desastres. Buscaba ávido la confianza de su progenitor. Deseaba confesarle en la mayor intimidad secretos, angustias, dolores, y calmar los del viejo cuando él no tuviese fuerzas. No duró demasiado esta convicción en la cabeza del niño que pronto descubrió la debilidad de los hombres y la irremediable soledad de los mismos.

Escribió siendo muy joven en su diario: Vamos siguiendo la nube de humo que deja el que nos precede, pero pronto desaparece el rastro y de nuevo estamos solos, como siempre estuvimos.

Aquella tarde de hace veinte años, tal vez incluso más, volvían del picnic de los domingos. Era todo un ritual ir a comer ese día al bosque de abedules, junto al río. A las ocho sonaba el despertador y Julián saltaba del catre e iba golpeando puertas a diestro y siniestro. Por último, saltaba sobre su mujer que chillaba despavorida: ¡estás loco! cuando aún la locura no era más que un juego inofensivo. Se levantaban sin demora y caminaban por la casa como almas camino del purgatorio. Bostezaban, se frotaban con vigor los ojos legañosos, se desperezaban caminando torpemente, abrían y cerraban cajones y puertas para dar con el atavío indicado para la excursión: el pantalón corto de bajo deshilachado, la camiseta vieja agujereada, los deportivos y la visera. Nadie, ni siquiera las hermanas rezongonas, refunfuñaba por el fastidio de tener que madrugar con el fin de evitar las interminables caravanas de obreros de clase media que se formaban los domingos. Julián vivía la semana para ese acontecimiento porque sentía que toda su familia giraba en torno a él, a sus ocurrencias, sus discursos y sus juegos. Julián para aquí, Julián para allá, y Julián trataba de satisfacer a todos y mantener una sonrisa imborrable en sus rostros, sobre todo en el de Gabriel. Pese a su insaciable sentido del humor, nunca había llegado al extremo de desafiar a las autoridades hasta ese domingo de julio cuando volvían de la excursión con las cestas vacías, los mofletes encendidos, las ropas sucias de grasa y tierra y escuchando los planes de Julián para el próximo fin de semana que eran exactamente los mismos que fueron el domingo anterior. Julián regresaba tan entusiasta que no estuvo a tiempo de reaccionar y se pasó un stop.

Oyeron insistente la sirena del coche de policía persiguiéndoles por la carretera ondulante que discurría bajo un sombrío túnel de abedules que parecían rozar el cielo. Julián redujo la velocidad y se detuvo en el arcén. Bajó del auto con calma y saludó al agente con cortesía.

—¿Qué pasa, señor agente? —preguntó frunciendo el ceño como si no entendiese el motivo de la detención.

—Se ha saltado un stop y eso está penado en el código de circulación.

—Lo siento, señor agente, tiene usted razón, no volverá a repetirse.

—Eso espero. ¿Me permite su permiso de circulación?

El agente sacó su cuaderno de multas y se disponía a escribir en él cuando el padre lo increpó con voz impávida.

—Sin duda usted no sabe a quién se está dirigiendo, señor agente —el guardia, un joven lampiño y corpulento, alzó la vista del cuaderno y miró asustado—. Está hablando con el sargento Menéndez, de la brigada número seis, ¿comprende usted? —Julián encendió un cigarrillo sin apartar sus ojos incesantes del pobre agente que parecía que iba a romper a llorar de un momento a otro temeroso por el futuro de su placa. Con las mejillas sonrosadas del rubor, se cuadró y saludó a Julián deshaciéndose en disculpas.

—No se preocupe, joven, no se preocupe —repetía Julián como si le estuviese salvando la vida—, pero espero que este tipo de confusiones no vuelvan a repetirse —a lo que el agente aseguró que nunca más.

Cuando el padre arrancó el vehículo, las risas contenidas estallaron, hasta tal punto que Gabriel recuerda haberse meado en los calzoncillos. Mantiene ese día grabado en su mente con ternura y orgullo. Pero luego, otros recuerdos empañan esa imagen del padre sagaz y protector, capaz de todo con tal de hacerles reír.

"Entró en casa llorando como un niño, con los ojos rojos como el fuego, lo recuerdo... lo recuerdo acuclillado en medio del pasillo, ocultando el rostro con las manos para que no le viésemos llorar, no soportaba mostrarnos su debilidad. Había perdido el trabajo. Mi padre soñaba con ser algún día el encargado del pequeño negocio de telas en donde llevaba trabajando desde los veinte años. El jefe, al que siempre nombró su mejor amigo, se lo venía prometiendo desde siempre. Mi padre era tan confiado que nunca se dio cuenta de que Pedro era un crápula que no sentía el menor aprecio por él. Soñaba con el día de su ascenso y nos prometía una cocina nueva donde funcionasen todos los fogones, una bici y hasta una computadora. Yo le creía e imaginaba la computadora sobre el escritorio y a mis amigos admirándola muertos de envidia. Nos engañamos. Ese no era mi padre sino el padre que ambos queríamos que fuese y lo deseamos tanto que seguramente ninguno de los dos pudo enfrentar al verdadero Julián cuando éste se presentó. Fue la primera vez que le vi llorar, pero no la última. Las lágrimas acudían cada vez con más frecuencia a sus ojos que a mí me fueron pareciendo más grises, como si tanta agua los hubiese desteñido. Nunca más volvió a levantarse, se pasó el resto de su vida acuclillado ocultando la mirada de derrota. Mi madre, al principio, trataba de acercarse. ¡Dejadme!, gritaba él, ¡no me miréis! Dejad de compadecerme de una vez por todas, no soporto tanta lástima".

 
 

Gabriel estudió derecho. Financió la carrera trabajando mientras su padre, todos los meses, sin falta, dejaba sobre el escritorio un sobre con dinero que Gabriel rechazaba "a vosotros os hace más falta que a mí", y eso a Julián lo mataba. Pero aun así no se rendía y perpetuaba la tortura insistiendo cada mes a la espera de que finalmente su hijo abriese la mano, la misma que años antes le tendía para cruzar la calle, y aceptase sus arrugados billetes.

Cuando Gabriel cumplió los veinticuatro, consiguió su primer trabajo en un bufete de abogados. Luego, como sucede siempre, un cúmulo de azares, decisiones acertadas e intuición, lo condujeron hasta la puerta de su propio despacho en una calle transitada del centro. Sin ser uno de los abogados más prestigiosos de la ciudad, nunca le faltó un caso para defender, siempre había algún estafado que enojado y esperanzado llamaba a su puerta.

Una tarde lluviosa de otoño, su padre le telefoneó para que tomasen un café juntos.

Gabriel evitaba esos encuentros a solas. No podía sufrir tanta debilidad y tantas lamentaciones. Julián se había convertido en un viejo sentimental de ojos vidriosos melancólicos y hombros caídos. Paseaba arrastrando los pies y cuando se cruzaba con algún conocido le regalaba una sonrisa forzada y mascullaba cuatro palabras que sólo él entendía. Lo peor eran los períodos de crisis. Se hundía en el sofá y ojeaba una y otra vez su vieja e inconclusa colección de sellos. De la displicencia, sin previo aviso, sin motivo aparente, saltaba a un estado de agresividad insoportable y arremetía contra cualquiera y con cualquier pretexto. La madre llamaba a Gabriel entre sollozos y éste iba a visitar al viejo que le recibía con un puro bailando en su boca y la sonrisa mortal.

Aquella tarde se reunieron en el Café de las Águilas. Julián lo esperaba sentado en una esquina oscura fumando puro y bebiendo su carajillo de ron.

Gabriel lo vio más viejo y delgado.

—Veo que te trata bien la vida. Tienes buen aspecto.

Gabriel asintió con la cabeza y alzó la mano para avisar al mozo sin saber qué otra cosa hacer.

—No puedes decir lo mismo de mí, eh? Soy un saco de huesos y pellejo, ¿no es eso lo que estás pensando? Mi aspecto no es de los mejores —hizo una pausa para sorber los posos de su carajillo—. Cuánto tiempo sin tomar un café los dos solos. Antes... cuánto tiempo debe haber pasado... te encantaba acompañarme al bar los domingos por la mañana. Te crees que no veía cómo apurabas los cascos de cerveza, todos hicimos eso. Yo lo echo de menos. Tú aún no tienes tiempo para nostalgias, lo sé. Cómo te envidio. No sé si es una envidia sana. La envidia siempre es mezquina —Gabriel procuraba no hacer ruido, que su padre no percibiese el ritmo agitado de su respiración, que no sintiese el latir afligido de su corazón. Quería desviar la conversación pero no salían palabras de su garganta—. Te envidio porque has sabido llegar a donde yo nunca llegué y sobre todo por todo lo que aún te espera y yo ya he perdido, para siempre. Tu madre dice que eres el único que ha sabido huir de mí y que por eso eres exitoso, debe referirse a mi autodestrucción, quizás también por eso te envidio. Hay días en que me gustaría poder estar lejos de mí. Me destruiría si pudiera, pero me falta el valor... no... no es que piense en los demás, en lo que sufrirían si yo no estuviese, más bien creo que les ahorraría dolor... pero no me atrevo, me da miedo la muerte, más aun que la vida, y lo voy haciendo lentamente, como siempre he hecho todo.

"Entonces recordé aquel domingo, al agente, a mi padre henchido, mi mirada de encandilamiento. ¡Qué poco duran las heroicidades!, pensé. Le dije: no puedo creer lo que oigo, sargento Menéndez. Vi borrarse la sombra de su rostro, se le agrandaron los ojos y sonrió, con tristeza, con esa nostalgia que duele, pero sonrió. Cómo me hubiese gustado volver a ser el niño que hundía su nariz respingona contra el cristal y miraba a su padre con admiración. No sé qué pretendí hacerle saber. Tal vez quise que supiera que algo de todo aquello que envidiaba también era obra suya, que yo sin él sería otro. A veces pienso que fue la repulsión que sentí hacia su flaqueza la que me insufló la fuerza que ahora él veía en mí. Mi padre nunca entendió, y eso fue lo que le mató, que los sueños no están para alcanzarlos, sino para soñarlos, son como trenes que se cruzan y cuando nos lanzan de uno, hay que tomar el siguiente sin demora y construir de nuevo la idea de un destino que puede no llegar nunca. Seguramente evité con esa frase, nostálgica pero hosca, tener que caer en sentimentalismos. No hubiese podido abrazar ese cuerpo huesudo y desplomado, abarcar al héroe destronado y decirle que pese a su cobardía repulsiva, yo lo seguía queriendo. Yo también detesto sentirme débil".

Julián ya no tenía auto, lo había vendido con una enorme pena, pero no tuvo más remedio.

Aquella tarde lluviosa de noviembre, después de tomar el café con su hijo, robó un coche en la esquina de la avenida Salcedo. Tomó la carretera que lleva al bosque de abedules por donde no había vuelto a pasar desde hacía más de quince años. Era primavera y los rayos de sol se colaban por entre las ramas. Conducía rápido, canturreando una vieja canción revolucionaria. Le detuvo el agente por exceso de velocidad y Julián bajó del vehículo. Su paso adquirió firmeza, su mirada seguridad.

—¿Qué pasa, señor agente?

—Va a ciento treinta por hora y por esta carretera no se puede circular a más de ochenta.

—Lo siento, me depisté. No volverá a repetirse.

—Así lo espero. ¿Puede mostrarme su permiso de circulación?

—Sin duda, usted ignora con quien está hablando, señor agente. Sargento Menéndez, de la brigada seis. ¿Desea ver mi placa?

—No, sargento Menéndez, lo siento Sargento Menéndez, no sabía, discúlpeme...

Reanudó la marcha sintiéndose victorioso por última vez.

Conducía riéndose como un loco. Pobre diablo, repetía, pobre diablo... En ese arrebato de locura, no pudo ver cómo el semáforo cambiaba de ámbar a rojo. Trató de frenar pero ya era demasiado tarde. Murió desnucado. Cuando llegó el forense, el cadáver sonreía.

El joven agente, aún aturdido, se acercó al lugar del accidente y lo identificó:

—Es el sargento Menéndez.


       

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