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César Antonio Molina, un sabio de nuestro tiempo

martes 25 de febrero de 2025
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César Antonio Molina
César Antonio Molina ha ido creando sus ensayos con sentimiento y pasión. Todo está ahí: el tiempo, la cultura, el amor, la nostalgia, todo un homenaje al ser humano que somos.

Late el pensamiento, vuela alto sobre un espacio que parece no acabar nunca: el de la memoria, donde César Antonio Molina (La Coruña, 1952), con su dilatada trayectoria, ha ido gestando una obra cuidadosa, esmerada y atenta al mundo de la cultura. Es un hombre que vive ese universo de la palabra bien dicha, donde las piedras de la Antigüedad hablan, nos susurran o musitan su lamento.

Este poeta, ensayista y articulista gallego busca siempre el afán de saber, de contemplar el mundo con los ojos bien abiertos. Cuando habla de Rilke en su libro Lugares donde se calma el dolor, nos dice que el poeta hace posible la comprensión del mundo:

Para Rilke, el mismo hecho de la escritura era una pesada obra manual. Los poetas, entonces, hacen posible la comprensión o entendimiento del mundo. Los poetas crean el mundo para el hombre, pues como mundo se entiende para él lo existente, lo que aparece delimitado del fondo caótico e indeterminado, mediante la configuración del lenguaje, y se hace visible como mundo interpretado.

“Lugares donde se calma el dolor”, de César Antonio Molina
Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina (Destino, 2009). Disponible en Amazon

En estas palabras del libro ya entendemos que la poesía es una traducción al fondo de las cosas verdaderas, como el bagaje del escritor gallego que va mirando todo con atención, porque viaja y en cada encuentro con el pasado se hace presente: la casa de Tolstoi, el lugar donde dejó su vida Stefan Zweig... Tantas ciudades amadas, tantos laberintos del ser.

En Lugares donde se calma el dolor asistimos a una continuidad de libros de ensayo anteriores como Donde la eternidad envejece, en el que nos habla del camino. Porque caminar es volver a ver, es encontrarse de nuevo, mirarse a uno mismo en cada lugar, recrearse para volver a sentir la verdadera vida:

Caminar por un sentido religioso, pero también por el simple hecho de encontrarse consigo mismo en el camino. El hombre contemporáneo necesita salir, irse del ruido, de lo superfluo, recuperar el silencio.

Harto de sonidos que rompen la armonía de las cosas, es en el viaje donde el hombre encuentra su verdad, en ese silencio de la naturaleza, en los espacios cerrados de las casas donde vivieron los escritores admirados, en los lugares en los que, recordando el libro antes citado, se calma el dolor.

Dice el escritor en este libro: “Caminar no es buscar el misterio en lo ajeno sino en lo propio”. En el camino uno vuelve a ver la vida, contempla “el río que nos lleva”, recordando el título de la novela de José Luis Sampedro. Somos seres errantes, “vidas errantes”, título de aquella famosa película norteamericana, seres que se encaminan a la muerte, en el espejo manriqueño, porque “nuestras vidas van a dar a la mar que es el morir”.

Y, para no morir del todo, permanecemos, viajamos, caminamos, leemos libros, vemos películas, escuchamos música; en el arte y en la vida late ese encuentro maravilloso con nosotros mismos.

Por ello, es un goce leer los libros de César Antonio Molina, cuando recuerda la Alejandría de Durrell, tan misteriosa, en un tiempo ido o cuando él leyó en los años setenta el maravilloso cuarteto, que también me enamoró hace ya décadas. Como nos dice en Donde la eternidad envejece, ya no queda nada de aquello, pero la lectura ha quedado impresa en la memoria y en el corazón, palpita dentro de uno, como los grandes libros que nos han acompañado ante una vida a veces decepcionante y solitaria.

Todos, en este sentido, somos Darley. Buscamos el pasado remoto y contemporáneo sin darnos cuenta de que nosotros mismos formamos ya parte de él.

Somos, como dice el escritor gallego, “fantasmas evadidos del tiempo”, seres evanescentes, que se deshacen en la bruma, como nuestra propia vida que, al final, tras la muerte, será un recuerdo para los que nos amaron pero que nada será ya en realidad. Como una antigua lectura, un paisaje amado, nuestra vida quedará enterrada en unos pocos ecos, unas pocas voces, unos leves latidos.

“Donde la eternidad envejece”, de César Antonio Molina
Donde la eternidad envejece, de César Antonio Molina (Destino, 2012). Disponible en Amazon

También el concepto de escritura palpita en el libro. Hay una afirmación contundente sobre ese acto de crear, porque el escritor sabe que las palabras también son espejos de nosotros mismos, nos hacen, nos pulen, nos convierten en seres humanos, creando ese otro yo que es el propio escritor cuando se lee. Como el lector que escribe, en silencio, una novela interior, sólo suya, completando aquella que lee, como nos ha recordado Francisco Brines sobre ese segundo escritor que es el lector en realidad.

Dice César Antonio Molina: “Escribir no sólo es un servicio público, sino mucho más. Es una creación del ser humano que muestra sus sentimientos y pasiones”.

Así, con sentimiento y pasión, ha ido Molina creando sus ensayos, como los reflejos que aparecen en Vivir sin ser visto, otro de sus libros de memorias. Todo está ahí: el tiempo, la cultura, el amor, la nostalgia, todo un homenaje al ser humano que somos, espejos de la nada pero tan vivos en realidad que, a veces, cuando sentimos de verdad, parecemos inmortales. Con estos libros, uno se hace eterno, costando volver a la realidad mediocre de cada día después de su gratificante lectura.

En este libro que inicio, navego por el universo de un creador infatigable, que ha hecho del lenguaje su mundo y su universo, un renacentista de nuestro tiempo.

 

Regresar a donde no estuvimos

César Antonio Molina se licenció en Derecho y en Ciencias de la Información y se doctoró cum laude con un trabajo de investigación sobre La prensa literaria española. Poeta importante con obras como Las ruinas del mundo, Para no ir a parte alguna y Olas en la noche, destaca también como crítico literario en ABC Cultural, ha ocupado cargos tan importantes como el de director del Círculo de Bellas Artes y empezó en la sección de las páginas de cultura del suplemento cultural Diario 16.

César Antonio Molina va trazando un paisaje de palabras en sus libros, y quiero empezar por este excelente tomo que es Regresar a donde no estuvimos, editado por Península en el año 2003, donde el escritor se pasea por su pasado e investiga en muchos recuerdos que han ido trazando su paisaje vital.

“Regresar a donde no estuvimos”, de César Antonio Molina
Regresar a donde no estuvimos, de César Antonio Molina (Península, 2003). Disponible en Amazon

Es el pensador un hombre reflexivo donde laten muchas voces, ecos de un tiempo que el escritor ha ido condensando en su mirada. De alguna forma, el escritor gallego vive esos espacios luminosos de los personajes que ha amado y que ha admirado y va invitando al lector a acercarse a sus mundos.

Me detengo en su largo estudio del universo de Lezama Lima que está presente en el libro, son muchos los que aparecen e iré destacando los que más me han llamado la atención. César Antonio Molina penetra en la estancia de Lezama. La necesidad del escritor gallego de ver la casa donde vivió el genial cubano. Así describe el prodigioso lenguaje de Lezama:

Una nueva forma de mirar a través de un peculiar sentido del lenguaje, una profundización en la realidad, una inquietante y misteriosa trascendencia, renunciando a la complejidad de lo claro y lo fácil.

Pasea el escritor gallego por el paisaje en ruinas de lo que fue esplendoroso. Habla de aquella casa del número 126 de Trocadero; ese aire neorrenacentista, palaciego, está presente en su descripción. La imaginación traiciona al escritor gallego que se imaginaba un bello lugar, donde Lezama escribiría mientras fumaba, ahogando su asma, pero no era así: lugar umbrío, oscuro, donde el escritor cubano, envuelto en las sombras y las volutas de humo, persigue la luz del mundo.

Nos cuenta César Antonio Molina que Lezama vivió allí desde 1929 a 1976. Como buen pensador, en cada espacio de su búsqueda por los escritores del mundo se fija en la biblioteca y encuentra que apenas hay libros, todos están en la Biblioteca Nacional. Lezama ordenaba como un amanuense que va descifrando los textos antiguos, mientras apuraba el humo del puro, envuelto en la neblina del tiempo.

Todavía encuentra unos mil volúmenes que son el resto de tanta cultura que persigue este hombre henchido de sabiduría que cree en el viaje como forma de conocimiento. Y se centra en la obra del escritor, cuando sus hermanas se fueron y redactó Paradiso. Es un paisaje de luz, un tesoro que se derrama en cada página, una orfebrería del lenguaje, puro palimpsesto donde se esconden los mayores secretos del mundo. César Antonio Molina persigue la voz de los muertos y sus páginas, recorre en sus obras el eco que la palabra ha dejado.

El escritor gallego dice:

El piso de Trocadero es como el antro de la Sibila. Se avanza por el pasillo, angosto y carente de luz, hasta la cueva donde daban los oráculos. Este ámbito misterioso, muy en consecuencia con su obra, me resulta interesante comparado con otro que, a no muchos kilómetros de aquí, en San Francisco de Paula, adquirió Ernest Hemingway.

Siempre busca el escritor gallego el paisaje de luz de las palabras, abraza esas sensaciones que va dejando el tiempo. Para César Antonio Molina “Lezama es un coleccionista de antigüedades”, que van latiendo en su interior, cada objeto tiene eco y luz e ilumina el orbe entero. Cada palabra de su Paradiso es un mundo para descifrar y traducir extensamente.

Muy bello es cuando el escritor gallego dice que la biblioteca de Lezama es el bosque del conocimiento: “Sus libros olían —todavía podemos percibirlo— a resina, a frescor de jara o a lavanda...”.

Pero Molina nos dirá más, ya que sostiene que los escritores siempre quieren escribir la obra que leen. Cierto, porque los libros que amamos sustentan nuestra mirada, nos abrazan en la inmensidad de la noche y nos convierten en lectores apasionados de un libro que hemos escrito mentalmente para siempre. Todos somos Lawrence, Lowry, Durrell y tantos que hemos amado, porque los libros se nos han pegado a la piel, se han convertido en nuestro alimento, los hemos adorado con la fe y la devoción del amanuense.

La enfermedad de Lezama se convirtió en un espacio de creación, como le pasó a Proust, el asma aceleró la belleza de lo intangible de lo escrito, lo hermoso de lo que no se ha dicho, pero está en el texto y presentimos que vive y respira en nosotros.

Y la labor de construir “un sistema poético del mundo”, porque el lenguaje es catedral donde Lezama rezaba con las palabras para construir la liturgia de lo creado. La luz de César Antonio es la llama que ilumina Lezama en su metafísica del mundo.

Pedro García Cueto

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