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El apocalipsis vertical
(sobre La Torre Invertida, de Israel Centeno)

sábado 18 de julio de 2026
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Israel Centeno
El grito de Centeno, en La Torre Invertida, no es para advertirnos del peligro de un mundo-espejo ficticio como en el relato distópico habitual de Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Nosotros. Lo que Centeno nos dice es que ya habitamos esa realidad paralela absurda. 📷 Anastasia Busby • PublicSource

Break on through to the other side

Jim Morrison

El bambú es una planta de lento crecimiento. No es sino hasta su séptimo año que se dispara y presume de su orgullosa verticalidad. Durante ese intervalo de tiempo, la gramínea ha afianzado sus raíces en lo profundo para poder sostenerse. De manera similar, la Caracas que vemos, vivimos y padecemos es un bambú oscuro sostenido por una ciudad-espejo bajo tierra. Un reflejo que se nutre de las oscuridades del espíritu, de los secretos, de los arrepentimientos, del dolor, de los rencores, de la indiferencia, de las pérdidas.

En La Torre Invertida, de Israel Centeno (Caracas, 1958), sus protagonistas caen de manera imprevista, casi accidental, hasta esa otra Caracas, una ciudad doble que pareciera existir en el vértice de un perenne crepúsculo tormentoso. La novela es la culminación de la trilogía que comenzó en 2014 con Jinete a pie y continuó en 2021 con El arreo de los vientos.

Una mañana de domingo Julio resbala por la ladera de un cerro y al final de su caída llega a lo que pareciera ser las réplicas de las Torres de El Silencio. Sin entender lo que sucede, mira las antiguas oficinas habitadas por oficinistas-caminantes, seres que deambulan sin rumbo ni propósito por pasillos apenas iluminados por lámparas titilantes. Ve los pozos de los ascensores por los que caen cuerpos, archivos, sillas, cajas con documentos (los cadáveres de una burocracia inservible). Julio, desorientado, temeroso, recordará fragmentos de su vida, sus triquiñuelas financieras, sus amores pasados, sus culpas, sus rencores, repasará su soledad mientras se oculta de los caminantes, de los perros salvajes en las antiguas oficinas, sin entender lo que ve, ni cómo llegó hasta ahí ni cómo salir. Desde un ventanal ve motorizados con ballestas —los jinetes de la primera novela de la trilogía— persiguiendo peatones.

“La Torre Invertida”, de Israel Centeno
La Torre Invertida, de Israel Centeno (Lector Cómplice, 2024). Disponible en Amazon

La Torre Invertida
Israel Centeno
Novela
Editorial Lector Cómplice
Caracas (Venezuela), 2024
ISBN: 978-9804290633
200 páginas

Julio se encuentra en el cementerio vertical de un futuro fallido: “...la modernidad ha muerto y despertarás en urbanizaciones modernas asoladas por cazadores motorizados o en un mundo moderno devastado por la brujería y los signos invertidos”.

Entendemos entonces que estos jinetes siempre habitaron este mundo alternativo. Desde la primera novela, Centeno nos habló de la Caracas-Espejo que no se ve —o que preferimos no ver. De la ciudad del caos absurdo a la que no prestamos atención y que se gesta bajo nuestras narices tapadas. Distraídos por la ilusión de un futuro que nunca llegó y luego un presente que no ocultó su marcha entrópica, lenta y voraz.

Un poeta de pacotilla se cansa de jugar al poeta marginal de las redes sociales y sin darse cuenta cae también en la Caracas invertida, convirtiéndose en un pordiosero accidental. Quizás una metáfora del postureo intelectual posmoderno y su pobreza de densidad, su ropaje lingüístico, harapos de la palabra.

Alberto desde la Caracas real agota los recursos para hallar a Julio, su amigo. Y luego de agotar los medios racionales de rescate, apela al tarot y echa las cartas para atisbar alguna pista. Las cartas de La Muerte (Cambio), El Colgado (La Entrega), El Vagabundo (Extravío) y La Torre (Destrucción) se repiten en varias lecturas. Alberto percibe que su amigo “está perdido, sin memoria, sin palabras en el inframundo”. Los recuerdos de su amigo perdido se explayan en el piso del anexo de Alberto como las cartas y percibe que éstas son los avatares a través de los cuales su amigo lucha por mantenerse a flote en el pozo del desasosiego. Alberto, sin saberlo, sobrevuela el espacio de La Torre Invertida como un espectador de ojos cerrados quien escucha los ecos lejanos de las motos de jinetes en cacería de peatones o los gritos de los que caen por pozos de ascensores infinitamente profundos.

La lectura de La Torre Invertida es una experiencia comparable con una carrera de cien metros planos: breve, intensa, exigente. No es una novela escrita bajo los códigos narrativos habituales; el lector debe seguir con extrema atención cada capítulo y sus fragmentos, que son como cuentas de un collar que no se descubre hasta leído un tercio de la novela. Cuando caemos en cuenta de que cada capítulo es como un tatuaje del hombre ilustrado de Bradbury y que cada uno cuenta una historia distinta, pero con un destino en común en la zona de la Torre, entonces se ensamblan las piezas y el lector olfatea el factor común entre los condenados de la Torre y los “libres”, quienes también llevan el peso de la búsqueda de los desaparecidos.

Es un descenso a las oscuridades tangibles como en su clara metáfora de una ciudad hundida en las sombras del populismo. Y, más allá, es una exploración del universo oscuro de la psique humana, del volumen negativo que decidimos ignorar (Julio carga la callada herida de amores rotos, el falso poeta sabe que es un fraude). Tal vez los motorizados en su safari con ballestas siguen a sus presas por el rastro de esas heridas ocultas.

El universo invertido de la Torre nos habla de una realidad oculta y opuesta, nos habla de extravío, de la existencia sin rumbo, de un no-lugar siempre bajo amenaza. Y acaso ¿no es esa una condición ya normalizada del espíritu venezolano? Hemos sido limitados a sólo existir, como sobrevivientes de un apocalipsis zombi. Los personajes de Centeno no tienen sueños ni aspiraciones, los condenados del mundo invertido sólo quieren mantenerse vivos, pero los del mundo real no viven una situación muy distinta —son también personajes solitarios que le hacen carantoñas al poder para sobrevivir.

Entonces el grito de Centeno no es para advertirnos del peligro de un mundo-espejo ficticio como en el relato distópico habitual de Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Nosotros.

Lo que Centeno nos dice es que ya habitamos esa realidad paralela absurda (un país prácticamente sin moneda oficial, pero en el que fluyen los dólares; petrolero, pero sin gasolina; con una de las plantas hidroeléctricas más grandes del mundo, pero sin electricidad; rico en fuentes hídricas, pero sin agua potable); en cualquier paseo en auto por alguna ciudad podrán verse las manadas de motorizados escurriéndose entre los autos y espantando peatones.

La distopía está aquí y fingimos no verla, nos decimos que eso pertenece a otro mundo, uno oculto, subterráneo e invertido. Pero la verdad es que ya somos habitantes de la Torre, llegamos como los personajes de Centeno, sin darnos cuenta, por accidente. Los que salieron de esa oscuridad —física y espiritualmente— nos observan como si fueran habitantes de otro planeta.

Centeno deja al menos el breve destello de claridad de Julio en su tránsito por el mundo-espejo: “Julio... piensa, debo asegurarme de no ver lo que deseo ver, debo ver lo que es”.

La misma idea ha cruzado la mente de todos los iluminados que descubrieron el engaño del mundo-espejo que habitamos y llamamos realidad.

Javier Domínguez
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