
Lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.
Ricardo Piglia, El último lector
Compleja, desafiante, lúcida, la novela Materiales para una pesadilla, de Juan Mattio, se edifica entre dos tiempos y un tejido común. El pasado setentista de la dictadura argentina y un futuro que se dispone en la próxima década; entre esos dos escenarios, el lenguaje como trama de una memoria que sobrevive como fragmento y dispersión y un porvenir convertido en dispositivo de vigilancia y manipulación.
Ocurre que Keiner, el narrador de una historia que no termina de comprender, se obsesiona en la búsqueda de Hermes, un proyecto del poder militar que intentaba detectar, en la comunicación telefónica o postal, palabras que indicaran rastros o huellas del accionar subversivo. Para eso cooptaban a intelectuales o expertos en universidades o a escritores. La búsqueda lleva a Keiner a un sitio inesperado: el proyecto, que se pensaba como aparato de control semiótico sobre el campo social, tuvo continuidad en los años posteriores y deriva en el Treffen, diseñado en la era de la posinteligencia artificial, no ya como mero control sino como modelador de la comunicación social, capaz de influir y direccionar la realidad, o de aquello que se percibe como real.
Del universo de Saussure al cosmos del Tlön de Borges: del escenario de los estudios modernos del signo y el lenguaje a la alucinación borgeana de un universo paralelo que termina fagocitando los pliegues del mundo real. En el primer caso, el narrador persigue las historias y los estudios de profesores, técnicos o escritores que elaboraron tesis sobre el lenguaje en control de la dictadura. En el escenario futurista, aparecen expertos que trabajan para corporaciones que modelan la imaginación social pero también sus dramas y deseos, como la posibilidad de comprar sitios de realidad virtual en los que se encuentran con muertos queridos o desandan vidas paralelas.

Materiales para una pesadilla
Juan Mattio
Novela
Caja Negra Editora
Buenos Aires (Argentina), 2025
ISBN: 978-987-8272-30-6
360 páginas
Para Keiner, la clave de inicio es Katy, la novia ciega que conoce los secretos de la historia:
La máquina, dice, fue hecha por escritores. Una máquina intangible, al servicio de la muerte, hecha por escritores.
El final del relato recupera esa escena para entender el libro como permanencia del lenguaje inacabado:
Una máquina que es probable que siga funcionando, tratando de capturar la disidencia del lenguaje. Una máquina que es el lenguaje mismo y de la que nadie puede salir.
Con los datos que despliega Katy, a lo largo del texto, Keiner piensa y diseña el libro presente, los Materiales para una pesadilla que construirá al modo de Piglia, interrogando los hechos desde la dispersión como en Respiración artificial, imaginando una máquina macedoniana como en La ciudad ausente, repensando las formas de la recepción, como en El último lector:
Después de esa primera tarde empecé a imaginar un libro, este libro, hecho con materiales disgregados, citas, fragmentos de conversaciones, pequeñas escenas.
La novela de Mattio es una poderosa lectura en tres dimensiones: la memoria como expansión del presente hacia atrás y hacia adelante; el lenguaje como sitio único de la experiencia humana; la literatura argentina, revisitada a cada paso en el texto, desde la inventiva técnica de Bioy a la narración como vacilación de Saer, desde la palabra que espía de Walsh hasta la indagación pigliana, todos pasando por la deconstrucción narrativa de Macedonio y la imaginación de Borges, que multiplica los hombres, los tiempos y los mundos.
Paralelos
La concepción del doble gobierna la construcción del libro. Cuatro partes donde se repiten los capítulos que alternan “Materiales” (donde cohabita el relato del narrador con citas filosóficas, semióticas o literarias sobre el lenguaje y sus modulaciones, textos como transcripciones de casetes o fichas de investigaciones) con “La isla de los muertos” (que recorre las historias en futuro de personajes trabajando, conversando o visitando muertos en el espacio virtual que se plantea como zona paralela a la real, de la que salen y entran como quien cruza un paso a nivel). El hilo fino que conecta esos mundos es, siempre, el lenguaje, quizás como único sostén de las existencias de uno y otro lado.
¿Qué espacio futuro adivina la prosa de Mattio? Un tiempo posinteligencia artificial, una especie de mundo paralelo, una expansión del Tlön borgeano, saturado por una realidad virtual controlada por pocas manos expertas al servicio de intereses suprademocráticos. Hasta aquí, una conjetura que el presente ya adivina y presiente. Pero el futuro incierto de la novela arriesga algunos perfiles más.
El narrador habla del amor como un hecho artificial, “un evento producido como la luz eléctrica o el acero industrial”, que no pertenecen al orden de la naturaleza. Sin embargo, agrega, “puede llegar a sernos tan reconocible como la lluvia o las estrellas”. En el mundo virtual del futuro se extrema la distancia entre lo producido artificialmente y el orden natural o su percepción, y lo hondamente humano es un hilo imperceptible, una innecesaria presencia.
La posibilidad de comprar sitios virtuales para encontrarse con los muertos queridos no parece ayudar. El encuentro se despoja de toda sensibilidad humana para ser mercancía y cinismo:
Los primeros familiares que visitaban a sus muertos estaban desconsolados. Los tocaban con insistencia casi que no podían sacar sus manos de los cuerpos virtuales y lloraban sin parar. Los bots parecían asombrados por la tristeza de sus visitantes, como si no entendieran todavía su propia condición. Ulisses había diseñado habitaciones que recibían el nombre de mausoleos donde los avatares estaban rodeados de objetos que habían tenido una conexión especial con los muertos. El efectismo era espantoso.
Dos puntos cruciales de la descripción analítica del narrador sobre ese mundo otro, diseñado como dispositivo virtual cerrado, tienen que ver con la detección de fisuras en la anhelada perfección del modelo. Uno se refiere al descubrimiento de Haruka (la japonesa que oficia como cerebro del sistema) cuando constata que las grietas posibles, los escapes del artefacto de manipulación y vigilancia, podrían aparecer en las producciones del arte y la literatura, como fugas del lenguaje de la dominación centrada y calculada. La creación artística como amenaza para el poderoso ejército virtual que diseña y modela lo real.
El otro punto es la concepción del tiempo. Katy dialoga con un bot del mundo virtual sobre el tiempo: “Muchas veces me pregunté si este lugar tiene algo que pueda ser llamado historia”. Las copias de seres virtuales dependen de un original, no son autónomas, no son libres. Es decir, pertenecen a un tiempo sin historicidad, como sucede en el mundo nuestro. Un tiempo circular, que gira sobre sí, quieto y fijo. Un tiempo sin Estado, porque no hay nada que regular ni ordenar en un espacio inmóvil, sin dinámica humana, poblado de bots, sin hombres ni mujeres. Un mundo sin historicidad es un espacio de sólo lenguaje, que combina formas y figuras hasta agotarse. Si se quiere, es una vuelta a la naturaleza primitiva, sin conciencia humana, sin creador, sin historia:
La presencia para nosotros es múltiple. El verbo estar acá se rompe. Ya no nombra nada que nos interese.
Escrituras
La novela hospeda a un personaje que parece condensar muchos de los tejidos que la componen como trama. Un intelectual de los setenta, investigador universitario, escritor, lector. Es Jemand, inatrapable para la búsqueda de Keiner, novelista oculto o desaparecido, atrapado por la furia de la represión o cooptado por la inteligencia militar, es un misterio que atraviesa la historia.
Estudia las posibilidades del lenguaje, sus recorridos y modulaciones sociales, y escribe una novela con ese material. Escucha el decir de la calle, de los sitios que desoye la academia o la tradición, y descubre cifras de la vida y la tragedia epocal, de la alucinación o la premonición, entre las palabras del discurso social.
Jemand escribe una novela donde el lenguaje está encriptado en el lenguaje, donde la historia social está encriptada. Dice lo que nadie se atreve a decir, pero todos oyen. Entonces el ahí concluye que el secreto es imposible, que todos sabemos todo porque si estamos dentro del lenguaje toda la experiencia social ya está en nosotros.
Es el atento radar de una época, un receptor lúcido del lenguaje que desplegaba su contexto histórico y cultural. Su final, recluido en un manicomio, donde lo encuentra Keiner, es cifra final de la historia derrotada, como la del país que habitó, un hombre sin memoria y sin lenguaje:
El conjunto de palabras de eso que yo llamaba Jemand.
Leyendo la experiencia de Jemand, tal vez, el narrador arriba a conclusiones melancólicas:
La escritura, en cambio, es un recorrido solitario donde nadie puede acompañar a nadie. Uno escribe para aprender a estar solo.
La novela de Mattio convoca múltiples miradas sobre el lenguaje y su significación, desde las citas que se agolpan en los “materiales” a disposición. El desarrollo del relato, lo que el narrador dice y escribe, el recorrido de los personajes que enlazan los años de la represión con un futuro que parece una aproximación, los afanes narrativos de Jemand, conforman una noción inteligente, creíble y sólida en su argumentación sobre el lenguaje como sitio del ser. En la obsesión represiva de la dictadura, en las búsquedas de los personajes que se narran entre sí, en el mundo virtual como espejo y artificio de la palabra que vigila y modela.
El lenguaje, en la perspectiva de la novela, es un virus que anida en el hombre, sin posibilidad de derrota; el único ser vivo que se ofrece como huésped para semejante empresa de la palabra, que termina siendo su último sostén.
En ese cerrojo discursivo, la fisura, la falla, la mínima grieta, respira como puede la posibilidad siempre latente de la escritura y el arte para proponer la sobrevivencia de la intensidad humana.
- El futuro es un lenguaje incierto
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