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Jinete a pie

lunes 5 de octubre de 2015
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"Jinete a pie", de Israel Centeno

Los motociclistas perdieron todo sentimiento de misericordia,
han despojado a los peatones de las cualidades humanas, no les costará
nada disparar sus ballestas, o hacer sonar sus macanas
en los cráneos de aquellos parias.
Israel Centeno (Jinete a pie)

1

El caos, la ciudad, una selva en la que quienes caminan son presas de caza. La anarquía, el bosque tupido de seres humanos que perdieron esa condición y ahora se dedican a perseguir, a matar, a marcar, a acosar a quienes no son considerados parte del mundo dominado por bestias que cabalgan caballos de hierro y tienen patente para arrasar con los que no piensan como ellos, los que no se mueven en dos ruedas y deben someterse a la desnudez más humillante.

Jinete a pie, Editorial Lector Cómplice, colección Los Premios 2015, la novela de Israel Centeno, aparece en una segunda edición en medio de una estación política y social en la que realidad y la ficción se tocan, se funden, se hacen una sola percepción.

Se trata de una lectura que conduce al testigo de sus páginas a sufrir las consecuencias de una “invención” que en la esquina es ya un propósito fundado. En esta obra se vislumbran las llamadas “zonas de paz” o los llamados “territorios liberados” en los que gobiernan el homicidio, la prostitución, el tráfico de estupefacientes, todos los delitos inimaginables sin que el gobierno pueda controlarlos porque éste permitió que se formaran al amparo de un discurso que se convirtió en metástasis de la violencia y, que, ahora, el régimen no encuentra cómo controlar o extirpar. Territorios parcelados en los que cada jefe se encarga de dictar normas, leyes para ocultar el producto del robo, extorsionar, secuestrar, estafar o cobrar “vacuna”.

El país de esta novela es la ciudad que nos acontece en los sueños y en la realidad. Y mientras todo sucede, el reinado guarda silencio. El mapa se desintegra.

Pero en Jinete a pie la situación se amplía, es peor: es un país de hombres y mujeres que ambulan por las calles adosados a una máquina —ballesta en ristre—, a la caza de quienes no conducen motos. La mayoría de la población vive escondida. La falta de combustible ha contribuido con la aparición de este tipo de “justicieros” que han fundado un nuevo Estado, un para-Estado.

 

2

La narración es lenta al comienzo. Entra en la niebla de una naturaleza pervertida. La ciudad es un laberinto, una niebla, una sombra que tiene destino en una cafetería, La Flor de Altamira, en la que se permite la presencia, controlada, de quienes andan a pie. Pero luego de la muerte de uno de los motorizados a manos de Roberto Morel se desatan los demonios. La persecución es implacable.

Si Orwell escribió una novela donde el control oficial sometía a los habitantes a través de una gran pantalla y de un parlante a todo volumen, en Jinete a pie el control lo ejecutan estos jinetes en dos ruedas, armados. Una voz perseguida, la del Flaco, resume todo lo que acontece en esta novela: “Hemos perdido la ciudadanía y han golpeado nuestra condición humana…”. En efecto, no hay ciudadanía, no hay polis: es una selva donde sobrevive el más fuerte. Sin combustible, sin electricidad, sin alimentos, los antes ciudadanos son ahora bestias, animales perseguidos por quienes representan la ley de la calle, la ley de la nocturnidad.

Una raza nueva, una élite de desnaturalizados, el tan pregonado “hombre nuevo”, es el asesino cuya cabeza ostenta un casco y una chaqueta, como en las películas de los años sesenta y setenta. Seres anónimos, unos con nombres propios desfigurados por el odio, “quienes llevaban guayaberas rojas y franelas e iban a hacer largas colas frente a las instituciones para que les dieran un crédito y una moto, una carta de nueva ciudadanía y la orden de defender las conquistas del nuevo régimen que gobernaría mil años hasta que viniera otra raza de jinetes con sus novedades”.

Jinete a pie es un relato de terror. Sombrío, oscuro, gótico. Quienes huyen de la cacería tienen que esconderse en antiguas iglesias ocupadas por los restos de los santos de yeso, bajo sus sótanos, en túneles habitados por alimañas, desechos humanos, basura y el recuerdo de una ciudad que una vez fue próspera. Se mueven como engendros, como zombies desnudos, al amparo de una luna que refleja la miseria y la muerte. El rugido de los motores de las motocicletas anuncia el comienzo de una jornada de flechazos, de disparos de ballestas contra cuerpos enfermos, heridos, esqueléticos, abrumados por el miedo.

 

"Jinete a pie", de Israel Centeno3

El narrador juega con el lector: se sale de una historia y entra en otra en otro tiempo. Característica ya conocida de Centeno, quien cuenta con la destreza de quien maneja un aparato de dos ruedas, calificados como “los nuevos centauros, así los ha llamado el Presidente en cadena nacional, así los llaman los militares que ahora andan y se desplazan en unidades motorizadas”. Los personajes, sombras, nombres, tesis de gritos e insultos, son los dueños del destino de un país que se extravió en manos de unos alucinados. La violencia es la fuerza que mueve el microclima de una ciudad, la otrora Caracas romántica, hoy escenario de quienes golpean y azotan “con las hebillas de plata, hebillas que tenían el símbolo de la paz, la cara de un mártir guerrillero o el perfil de una paloma blanca”.

Pero entre tanto miedo, el amor —contenido o arrebatado—, en medio de “los aires de la desolación”, también forma parte de este proscenio de figuras sombrías: “El amor es una enfermedad, dicen los que han estudiado el hipotálamo; hay estudios, una persona enamorada desarrolla obsesiones, compulsiones, aparecen las manchas en el tomógrafo”, y los nombres de las mujeres convergen con los de sus acciones afectivamente sospechosas: Alejandra, Verónica, Adriana… atadas al rencor, al remordimiento, a la venganza. La misericordia no existe.

 

4

“Los cantones de la patria” asoma la tesis del “país (que) se vendrá a pedazos sobre nosotros, huiremos de las hordas de motociclistas y de autos que se disputarán las calles de la ciudad un día, huirán nuestros hijos del caos, nos separarán los terribles acontecimientos”. La voz profética del narrador zumba en los oídos del lector. El país es un trozo de papel novelado. El país se deshace en sus fronteras. El país de esta novela es la ciudad que nos acontece en los sueños y en la realidad. Y mientras todo sucede, el reinado guarda silencio. El mapa se desintegra.

Novela de significado político, nos alerta contra los efectos de la realidad: somos reales en la medida en que nos adentramos en la ficción. O la ficción nos hace reales hasta aniquilarnos. Los fantasmas que habitan estas páginas aún aman, piensan, añoran un futuro distinto, huyen de los ojos pintados en las paredes que los miran y los acosan. Saben que “esta revolución tiene los recursos y las reservas para afianzarse y proyectarse en el tiempo, escuchaste que el líder decía por la televisión, apenas escuchaste lo de siempre, hay peligro, no lo hay, y te fuiste hacia adelante…”, dice quien se oculta entre la niebla, en una oscuridad dolorosa, porque “los motociclistas habían jurado no dejar piedra sobre piedra si el boicot a los altos precios del petróleo se consumaba”.

Bajo tierra o sobre ella, los perseguidos buscan una salida para escapar de la muerte. Porque “un peatón es un error”, porque un ser que anda en dos pies debe ser exterminado por la carga de sentimientos que lo sostienen, porque fueron parte de quienes ahora los odian. Y encuentran una frontera que los alivia, que los lleva a ser otros, a estar lejos del rugido de las motos y de la herida mortal de las ballestas.

Atrás quedaron amores, huesos, recuerdos. Un país sumido en la sombras. Un país grito, un país oscuro, un país invadido por el crimen. Un país dolor, un país que ya no es país. Un país hediondo a humo, a gasolina, a sangre, a huesos podridos. Atrás quedó lo que era un país. Ahora, el destierro, el éxodo bíblico, el desarraigo, la lejanía. Ahora son parias.

P.D.: Las últimas horas o páginas del almanaque han alcanzado la ficción. Ya ocurre lo que esta novela narra. Somos tanta ficción que la realidad nos duele.

Alberto Hernández
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