“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Orlando Pichardo y Álvaro Montero: los años barquisimetanos

jueves 17 de septiembre de 2015

Orlando Pichardo.

A Magda, Rosen, Miriam, Elina, Daniela, Amanda, Ana Irene, Ilsen, las mujeres
En memoria de Rosángela y Eleida

El fallecimiento de Orlando Pichardo1 ha revuelto mis recuerdos y sentimientos. Me ha llenado de un gran pesar; he estado abatido por varios días y desde lo hondo de mi pena logro recordar a mi amigo con un sentimiento de nostalgia hacia Barquisimeto y a mis andanzas con él por esa ciudad entrañable; me veo dando vueltas con él en su carro por calles y bares, por casas de amigos, y en casa de su familia, al lado de sus hijos y su mujer Magda, o yendo hacia la casa de Álvaro Montero, con quien compartimos días gozosos entre libros, reuniones, luchas culturales y políticas, celebraciones en su casa y en la de Álvaro y en la del poeta Tito Núñez. Entre las casas de estos tres poetas nos movimos durante más de treinta años desde San Felipe, yendo también a veces con mi padre Elisio Jiménez Sierra, Gerardo Aular, Luis Serrano o Rafael Zárraga a encontrarnos con músicos como Martín Jiménez o Pastor Giménez, o en casa del pintor Trino Orozco y otros amigos. En aquella época, en los años setenta, Orlando Pichardo vivía en una casita de las Sivira Piña por la carrera 22 entre calles 35 y 36 y frente a su casa había un bar al que llamaban La Mexicana, donde nos acercábamos a beber cerveza y a oír música al calor de una extraordinaria rockola. Los lugares de reunión además de las casas y bares eran el Centro Cultural Lea, en la avenida 20 entre calles 9 y 10, un sitio extraordinario que fundó Álvaro Montero en 1976 y que dirigió por 26 años y donde se organizaban eventos teatrales, lecturas de poesía, exposiciones, ventas de libros, de todo. En el patio trasero de la casa de Lea nos reuníamos a conversar, a hablar mal del gobierno, a hacer parrilladas o sancochos y a beber ron o cerveza. Allá nos estaban esperando pintores como Edwin Villasmil, Tomás Musset y Gerardo Escalona, el dramaturgo Fran López, el fotógrafo Carlos Eduardo López, el poeta Antonio Urdaneta, las hermanas Sivira Piña, Magda y Rosensilvia, Ilsen Castillo, Miriam López, las hermanas Livia y Rosángela Rodríguez, a quienes mi papá llamaba las Hermanas Karamazov porque eran muy bellas, terribles e inteligentes. Fui muy amigo de Rosángela, historiadora y educadora, mujer preciosa con quien había compartido también en Mérida en los días de la ULA, y cuya muerte reciente me ha dolido mucho.

De San Felipe íbamos a veces a Lea con los poetas Rafael Garrido, Francis Pereira, el pintor Vladimir Puche y el artista y escritor Ennio Jiménez Emán. Recuerdo que una vez durante un evento experimental en la Librería Lea, Rafaelito Garrido se desnudó por completo, y todo el mundo aplaudió cuando lo vio en pelotas. De aquella época recuerdo mucho la presencia de Pedro Parayma, poeta llanero de Tinaquillo, abogado y profesor de la ULA que se portó muy bien con todos nosotros, un hombre generoso y genial que siempre iba a Barquisimeto porque era muy amigo de Orlando y Álvaro; me acuerdo que una vez estábamos en casa de Álvaro con él y el pintor Mario Abreu y Mario hizo un show de mago donde se metió a la boca un paquete de hojillas y comenzó a mascarlas un largo rato, y luego las escupió como si nada. Con Parayma, Pepe Barroeta, Víctor Valera Mora, Luis Camilo Guevara y Álvaro hacíamos lecturas de poesía por todo el país con el nombre de Balacera al suicidio.

Valió la pena vivir tantas cosas exaltadas con estos amigos larenses de cepa pura.

Esa casa de Álvaro Montero en la carrera 17, que hacía esquina con la calle 29 en Barquisimeto, era extraordinaria, de amplios corredores donde había hamacas, sofás, cuadros, libros, mesas repletas de flores ante las cuales nos sentábamos a beber café o cervezas, a leer libros, conversar o tocar guitarra. Siempre caían por ahí guitarristas notables como Rodrigo Riera o aparecía Jesús Soto a cantar boleros o tangos acompañado de la guitarra del “Chueco” Riera; también iba mucha gente de Maracaibo como Humberto Márquez el maracucho, o Francisco “El Chino” Hung y aquello se volvía un bonche que podía durar días.

Tito Núñez vivía en un apartamento pequeño en el centro de Barquisimeto y luego se mudó a una quinta con sus hijos y su esposa Eleida, una mujer linda y extraordinaria que murió joven y a quien yo siempre quise mucho. También Tito compró en Quíbor una casa muy agradable, y siempre íbamos allí a hacer fiestas; él siempre ha sido un hombre generoso y un poeta muy recio. Tito quiso fabricar allí en Quíbor buenos vinos y creo que al fin lo logró. Siempre andaba acompañado por unos músicos del pueblo, unos viejitos guitarristas y violinistas que bebían mucho aguardiente y tocaban valses tristes. Salíamos de ronda por Quíbor a comprar cocuy, orégano, queso de cabra y acemitas y después nos dábamos banquete, ah.

A mi padre Elisio también le gustaba andar acompañado de músicos y cuando iba desde San Felipe a su estado Lara, pasaba por Atarigua, su aldea natal, y recorría pueblos como Humocaro Bajo y Humocaro Alto, Curarigua, Aregue, Arenales, Sanare, Cubiro, Río Claro. En Río Claro vivía un tío mío llamado Alirio a quien siempre quise mucho, era un tipo genial, siempre estaba contento y echando bromas. Mi papá se iba de parranda a las fiestas del tamunangue por esos poblados, y finalmente llegaba a Atarigua donde lo estaban esperando sus amigos y familiares con el chivo asado y el cocuy. Así aprendí yo a tocar el tambor en el tamunangue y a cantar y a tocar el cuatro, y gozaba mucho viendo cómo la gente bailaba al ritmo de lo que nosotros tocábamos y cantábamos; qué cosa linda es esa danza del tamunangue, es algo maravilloso cuando salen a bailar la juruminga, la bella, la batalla, la bella o cualquiera de las modalidades de esa danza maravillosa, me exaltaban hasta las lágrimas. Allá en Atarigua estaban esperando a “Licho” —así le decían cariñosamente a Elisio— sus amigos el bandolinista Ramón Tovar y el maraquero Monche Rodríguez para tocar los bellos valses, las danzas, los golpes, qué cosa más hermosa. Después íbamos a la casa de mi abuela Juana Sierra, la tejedora de hamacas, una india blanca muy recia y jodida. En esa humilde casa con solares llenos de tunas y cardones nos esperaban las arepas asadas a la leña y los cuartos olorosos a orégano y a tiempo detenido en las paredes de bahareque, las tinajas ventrudas que filtraban el agua, los quesos aromados y la carne suculenta de las cabras.

También íbamos mucho a Carora, porque allí había vivido mi padre un tiempo, de joven, en la época de Cecilio “Chío” Zubillaga en los años 50, cuando mi padre, junto a Alí Lameda y Alirio Díaz, lo visitaban a don Chío en su famoso cuarto repleto de libros y panfletos por donde también iba mucho Alberto Crespo Meléndez, extraordinario periodista y cronista de Carora, padre del gran poeta Luis Alberto Crespo.

Todo ese periplo de cosas se ha removido en mi recuerdo de aquellos días gozosos en el estado Lara, un estado que siempre he llevado en mi corazón. Con Orlando y Álvaro recorrí muchos lugares. Ellos fueron siempre poetas discretos y sencillos, hombres de gran coraje humano a quienes no interesó nunca el reconocimiento público ni la fama. El padre de Orlando, don Carlos Pichardo, también era de Atarigua, la aldea de mi padre. El padre de Álvaro, Daniel Montero, era también un poeta barquisimetano amigo de mi padre y de mi padrino el poeta José Parra, oriundo de Chivacoa, la tierra de María Lionza, en el estado Yaracuy. Parra era un gran hombre que también derrochaba versos ingeniosos y generosidad. Yo fui varias veces a la casa de Daniel Montero, una persona extraordinaria, gran contador de anécdotas, lleno de sentido del humor y con chispa para los negocios.

Después de que Orlando se mudó al barrio 23 de enero y comenzó a trabajar en el Departamento de Patrimonio de la Universidad Lisandro Alvarado, y a dirigir la revista Principia, yo siempre lo visitaba ahí, en un barrio muy simpático; él vivía en una casita al final del barrio, quedaba relativamente cerca de la oficina del Rectorado de la Ucla donde trabajaba Orlando. Por allí siempre iban los poetas Jesús Enrique Barrios, Luis Ignacio Suárez Meza y Agustín Calleja, éste último un poeta bohemio de Colombia, muy culto y ocurrente, que se la pasaba cerca de una placita de por ahí, con vagabundos y poetas de la calle. Calleja fue uno de los fundadores con Álvaro del Centro Cultural Lea en los años 70. Se aparecía de repente en San Felipe a hablar con mi padre, al que admiraba mucho.

Me quedaba en casa de Orlando a dormir, él tenía allá en el patio de su casa una habitación con terraza, repleta de libros y cuadros, al lado de una mata de mango, y uno dormía a sus anchas en una gran hamaca, y al otro día uno estaba listo para la fiesta y para cocinar, hablar de libros y de los próximos proyectos a realizar. Me sentí siempre parte de su familia, traté a sus hijos como si fueran míos y quiero a su mujer como a una hermana. Yo vi crecer a esos muchachos, los vi convertirse en profesionales, arquitectos y técnicos, a Orlandito, Ana Irene, José Leonardo, Tupac y Álvaro son personas maravillosas.

Álvaro Montero se mudó con Miriam López y sus hijas Daniela y Amanda al sector Las Delicias de Santa Rosa y allí los continué visitando, en una hermosa casa con jardín y piscina donde reunirse constituye siempre un placer enorme. La biblioteca de Álvaro fue la biblioteca más acogedora, no sé por qué uno entraba ahí y no le provocaba salir; provocaba beber, fumar, leer, oír música o estarse simplemente ahí sin hacer nada. Cuando murió Álvaro en 2004, todos nos quedamos paralizados y sin poderlo creer; recuerdo que fuimos Orlando y Magda en mi carro, un viejo Century dorado, a acompañarlo a su última morada en el cementerio.

Con Bajo qué señal comenzó el fuego (1973) inicia Álvaro Montero un periplo mediante poemas extensos que hablan de una suerte de épica cotidiana donde se dan cita la historia y la política, bien entrelazadas con los cuentos de camino, los fantasmas (el huyón, la llorona, el silbador) y las preocupaciones sociales y políticas que movieron a una generación en los años 60 del siglo XX, influidos por los movimientos de la izquierda revolucionaria del marxismo y el socialismo en América Latina. Álvaro Montero fue uno de esos poetas verticales en su posición de vanguardia frente a los desmanes del capitalismo mundial; estos movimientos fueron capaces de otorgar a la poesía una función de herramienta revolucionaria: “Qué queda de tus armas cortas / Disparadas a medio paso / Con encono / Con ira con revancha / La ropa recién doblada en el pasto; la ropa tironeada con furia / bajo la cobija, la calentura, el incendio del fuego…” (“Armas cortas”). Este libro puede ser tomado como testimonio poético de esa lucha; en cada uno de sus textos hay un aliento desgarrador, de despellejamiento existencial. El poema “Agosto” es para mí una pieza maestra del mundo de Álvaro Montero, un compendio de sus poéticas y un ejemplo de cómo puede hacerse una gran lírica desde la crónica interior de un espíritu disconforme, de un revolucionario cabal.

"Ciudad de cólera", de Álvaro MonteroCiudad de cólera (1978) nos muestra a un Álvaro un tanto más depurado, con la presencia femenina más insistente, una suerte de fiebre (de tenerla o no tener a la mujer), lo femenino arropa con gracia un discurso diáfano para reconciliar al poeta con una palabra desnuda, donde ya ha conseguido dibujar una voz, un mundo propio. Se perciben a ratos ecos de Valera Mora, Dalton, Gelman o de los trovadores latinoamericanos, todo en el logro de unos versos donde se procura una expresión trabajada a tenor de una compleja construcción verbal que tiene en cuenta los hallazgos más notables de la vanguardia: yuxtaposición de discursos, simultaneidad de planos, uso del collage, intervención de la oralidad, del juego con el giro propio de lo venezolano: “Es ahora cuando comienza el discurso / en el caos, en medio de tus ojos una llamarada infernal es atizada / Ni en los libros ni en nada logro comprender por qué me destrozan”. En los poemas extensos Montero logra sostener un tono extraordinario, verbigracia “Carta de la Virgen de Fátima” y “Testamento y sueño de un alquimista” convocan la lectura de una poética exigente en un tono encabalgado, volcánico, en erupción permanente; en cambio, en la segunda parte del libro los poemas breves ganan espacio. Cito uno que me parece admirable, titulado “Son tres noches”: “Son tres noches / que me has tenido atado / esperando que la ventisca pase / No duermo/ porque temo perder un minuto / de vigilia / y mis ojos no responden más / Te persigo lluvia / que todo lo dilatas / Acaso escucha mis silbidos / de muerto / Confundirá mi voz / con un pájaro que emigra”. Ciudad de cólera es, a mi entender, el libro clave de Álvaro Montero, donde se nos muestra el poeta en su completa dimensión con textos acabados.

Sale el sol (1986) en cambio, es de otro tenor. Cada poema está inscrito en el asombro de lo cotidiano: los recuerdos, la mujer desnuda, el tiempo, el sexo, el ave que canta y vuela, el café, el bolero, la música de salsa caribeña (el título es una analogía de la famosa pieza cantada por el boricua Ismael Rivera, el gran sonero que tanto admiramos siempre), la tristeza. Hay una entrega del oficiante a las cosas, a los objetos, árboles o flores; aunque retorna a los textos largos donde es particularmente diestro (“El circo”, Centellea, Capitán”, “Memoria”) para mostrarnos una vez más cómo es capaz de lograr esa irradiación verbal, ese torrente que nos invita a disfrutar (y a reflexionar) asistiendo a una suerte de fiesta de las palabras, de goce de la escritura. El sol aparece esplendente una mañana, y el poeta lo presencia: “Una mañana de sol radiante, una mañanita bien temprano salgo / desmesurado. Hola carro. Hola poste. Buenos días / perro aventado. Qué linda anda hoy Mercedes./ Páseme la carpeta y llame por teléfono a tal / y vea si estoy en el archivo. Allí está el lugar / donde se apuntan las definiciones y agazapan los morosos / Hasta mañana Mercedes / Y testimonio que mi memoria es así”.

Algo que estos dos poetas tuvieron en común fue su dignidad interior y su nobleza humana.

"Hotel de verano", de Álvaro MonteroHotel de verano (2007), su última obra editada, da paso a una poética de la introspección, a la revisión del tiempo andado, tanto si se está en un pueblito como Bobare o en las ciudades de Barquisimeto, Carora, Caracas, La Habana o París; o si se está en el bar, la casa, la habitación privada o en un hotel durante verano, el poeta puede volar como un ángel, aullar como un perro o beber caña como un poseído, con tal de hacer sentir su presencia o su palabra —ya como herida amorosa o como testimonio vital—, lográndolo con creces. En la Poesía reunida (2015) que la Casa de las Letras Andrés Bello ha editado con sentido prólogo de Humberto Márquez, podemos constatar todo ello de cuerpo entero; cómo ha sido trazada una línea poética con tal coherencia en la afirmación de un mundo. En este poeta, como aquellos que han forjado su obra en los espacios de esa provincia interior donde se esparcen los grandes valles y sus grandes ríos y forestas maravilladas, hemos advertido en poetas de la dignidad de Pichardo y Montero una completa comunión entre vida y poesía, entre lo existido y lo escrito.

Algo que estos dos poetas tuvieron en común fue su dignidad interior y su nobleza humana. Nunca los oí hablar mal de una persona gratuitamente; podían hacer juicios sociales o políticos, pero nunca atacaban a nadie de modo personal. Álvaro fue abogado graduado en la ULA con un doctorado en derecho penal en Italia; se dedicó desde los años 60 a defender presos políticos de la lucha armada guerrillera de esos años, entre ellos a Francisco Prada, Douglas Bravo, Rafael Uzcátegui y Alí Rodríguez Araque y otros camaradas o compañeros que habían sido presos, los sacaba de prisión sin cobrar un centavo. Perteneció a la lucha política del PRV-FALN y MEP; asesoró jurídicamente a varios sindicatos en Lara y Yaracuy y fundó con otros en Caracas el periódico Ruptura. Álvaro fue inalterable en su conducta revolucionaria y antiimperialista; era un apasionado de la historia y del mito de María Lionza, al que dedicó un bello poema titulado “Diosa mía”. Podía hacer grandes crónicas o descripciones entusiastas del Valle de las Damas desde la época de la conquista. Era un hombre sonriente y espléndido, pero cuando hacía un énfasis en algo serio, el rostro le cambiaba y uno ponía toda la atención en lo que estaba diciendo, pues creo que nunca se equivocaba, ya que era, sencillamente, un sabio. Nunca saltó talanqueras ideológicas y se mantuvo firme a sus principios; lo mismo Orlando, que siempre fue un hombre vertical y formado intelectualmente: leía muchos ensayos y trabajos teóricos y le gustaba la ciencia ficción, pasión que compartíamos hablando horas sobre el tema. Él fue uno de los primeros en celebrar mi novela de anticipación Averno, recomendándola a la gente. Era técnico agricultor y sabía mucho de agronomía, sabía de siembras y cultivos, tenía una organización mental sorprendente. Vivió un tiempo con Magda en Valencia y allá en su casa también recibía las visitas de poetas como Pepe Barroeta, Reynaldo Pérez o Teófilo Tortolero, Adhely Rivero, Eugenio Montejo, Carlos Ochoa. En Valencia íbamos mucho a visitar Perecito, un bar en la avenida Bolívar donde concurrían poetas, pintores, artistas de todo tipo, un lugar al aire libre con un encanto especial. Eran los tiempos de la revista Poesía y del Ateneo de Valencia, del Premio Pocaterra y del Salón Michelena. Recuerdo que en uno de esos premios Pocaterra otorgado al narrador argentino Baica Dávalos, estábamos celebrando el premio con Salvador Garmendia, que era uno de los miembros del jurado, y estábamos parados en el balcón de la casa de la anfitriona, y un pintor que quería entrar a la fiesta le pidió a Salvador que le ayudara a subir desde abajo y Salvador le dio la mano, y el balcón se vino abajo con poetas y todo. Tanto, que Salvador resultó lesionado y tuvimos que llevarlo al hospital.

"Poesía reunida", de Álvaro MonteroCon Orlando Pichardo íbamos a visitar al poeta Teófilo Tortolero en Nirgua, en una vieja casa muy grata donde el poeta Tortolero nos recibía en su habitación repleta de libros, periódicos y botellas de whisky llenas o vacías. Teófilo fue un poeta enorme; su obra aún espera una valoración justa, por la profundidad y originalidad que la caracterizan.

No puedo dejar de rememorar el viaje que hicimos a Cuba Orlando, Álvaro y yo en diciembre de 1974, en uno de los primeros trayectos libres permitidos a la isla. Recuerdo que en el mismo avión iban el periodista Emilio Santana y el editor José Agustín Catalá. Allá durante diez días recorrimos parte de La Habana, Varadero, Cienfuegos, Holguín y Santiago de Cuba, entre otras ciudades; íbamos en autobús —“guagua” le dicen ellos—, disfrutando con amigos y amigas, gozando con la música, la literatura, la comida, el ron, la cerveza, los habanos, el lechón asado. Estando en La Habana fuimos los tres al famoso espectáculo de baile en el Tropicana. Estábamos bebiendo ron y disfrutando; ya era pasada la medianoche y le dije a mis amigos que debía marcharme, pues al día siguiente debía ir temprano a visitar a José Lezama Lima, con quien había hecho cita previa a través de su esposa, y ellos bromearon conmigo diciendo que por fin había logrado algo importante y que había tenido suerte, pues Lezama Lima no recibía en su casa a todo el mundo; yo apenas era un joven de 24 años con un solo libro publicado y no me conocía casi nadie, menos en Cuba. De veras me consideré afortunado de haber conseguido aquella entrevista con el gran Lezama, en lo que resultó ser uno de los diálogos más significativos que he tenido con escritor alguno, y me ha estimulado siempre. Creo que después de ese viaje con ellos nuestra amistad salió más fortalecida, pues la lucha revolucionaria del pueblo cubano y sus expresiones artísticas, su pintura, su cine, literatura y música siempre han sido extraordinarias, así como la organización y seriedad de sus instituciones culturales, entre las que destaca la labor de la Casa de las Américas, el Instituto Cubano del Libro y la Unión de Escritores de Cuba.

"La palabra que tengo", de Orlando PichardoOrlando Pichardo publicó su primer libro, La palabra que tengo, en 1979 en Barquisimeto en las ediciones de la librería Lea, y en éste ya puede calibrarse el gran peso existencial que la mueve, donde siempre hay lugar para una reflexión sobre el sentido de la palabra poética, la amistad, la muerte o el amor a través de lo que pudiera llamarse el zarpazo de la palabra encendida, como reza uno de sus versos, proferidos por un soldado de la esperanza. En este primer libro ya se encuentra dibujada la voz del poeta, en la medida en que define su manera de nombrar los elementos de su mundo con un verbo fuerte, exultante, que incluye el reclamo, el grito, la consigna o la imprecación mediante lo que yo llamaría, usando otra vez sus palabras, la guerra del corazón: el canto de los desamparados, la ignominia de la muerte, el sueño volcado en reflexión. Orlando, que se define como soñador empedernido, nos aclara: “Si hay odio en mí / es porque amo desmesuradamente”, mientras en su permanente reflexión sobre la palabra dice —justamente en un poema dedicado a Álvaro Montero—: “Que no se calle la palabra / (…) que se haga piedra infinita su canto / piedra implacable su verbo / (…) Dale plumas de nuevo / duélela en mi nombre / vívela en el tuyo”. Mientras en el magnífico poema breve titulado “Ganzúa” expresa: “Para abrir las puertas del amor / hice de mi corazón / una ganzúa”, aludiendo a su capacidad amatoria, así como en los poemas que dedica a Magda su mujer hallamos magníficas piezas eróticas o amorosas, el mejor de ellos titulado “Por ejemplo”, que concluye: “Tu cuerpo es el centro de un universo / el torno al que giran masas / La mía por ejemplo”.

Pero donde la palabra de Orlando alcanza su mayor densidad en este libro es cuando se acerca al asunto del tiempo y de la muerte. En numerosos poemas la muerte está presente al final de los textos como elemento conclusivo ( “calor de angustia y sudor de muerte”, “una muerte al cruzar del tiempo”, “donde penetre el áfono pájaro de la muerte”, “se ha convertido en monólogo con la muerte”, “dejen tranquilo mi féretro”, “un pájaro trina silencioso, ha muerto la noche”, etc.), aunque también su tono se eleva de modo notable en las elegías que dedica al padre o al amigo muertos, y el texto que considero obra maestra, “La risa de mi infancia”: “La risa de mi infancia / dejó eco en la copa de los árboles / Hoy vivo hojeando la floresta”. En fin, el libro contiene ya al poeta que continuará su ruta en libros siguientes como Delamar (1983), donde la presencia marina se anuncia desde el título para ir en busca de textos con cercanía de playas, aves marinas, gaviotas, horizontes, (“El horizonte y yo / somos grandes camaradas en silencio”), vientos, puertos, riscos, presencias que surgen al contacto del paisaje marino, donde Pichardo se nos muestra pleno, llegando a decir: “Esto somos: un mar muerto que no consigue descanso”. Bien recuerdo que, cuando salió este libro, Orlando y yo fuimos a la playa de Adícora en el estado Falcón acompañados de familiares y amigos, y ahí obsequió su libro a los pescadores. Destaca en este conjunto de poemas la presencia de la mujer (“Bella mía”, “Gran útero”, “Espejo”, “Amada”, “Conversión”) valga decir que la presencia de la muerte también arropa estos poemas; destaca uno a Víctor Valera Mora y a los poetas amigos (“Réquiem por Clara”).

Me pongo a pensar en todas las cosas buenas o alocadas que hicimos, los momentos compartidos, las batallas culturales y editoriales que libramos y la tristeza se me quita a ratos; lloro, pero mi llanto también tiene algo de contento.

Después vendrían Calendario secreto (1994) y Visiones de sol (2002), donde el lenguaje se va depurando hasta conquistar espacios de concisión, de mayor peso reflexivo, siempre amparados por la luz solar, el mar, la claridad. Ahí está, por ejemplo, “Poeta Elisio” dedicado a mi padre, y otros, que componen este libro admirable. En Ofrendas al asombro (2001) conviven muchos textos de remembranza; a los amigos, al río Turbio, a la ciudad de Valencia como morada (a la cual ya he hecho referencia) en un poema estremecedor. Asimismo, en “Tierra adentro” (dedicado a Tito Núñez y Álvaro Montero) hace el poeta un recorrido por Yaracuy —Yaritagua, Farriar, San Felipe, Chivacoa—, luego arriba a Barquisimeto, pasa por Quíbor, El Tocuyo, Sanare y Cubiro: “Tierra adentro / Caribe adentro / prolongación de luz y viento”.

Finalmente, Ella: la palabra (2005) cierra cronológicamente su itinerario poético realizando peculiares reflexiones sobre la palabra, las huellas humanas de la existencia compartida, los poetas y la poesía, los viajes a otros países (Francia, Estados Unidos, Georgia), los sueños (“Verdad onírica”), los ríos (“Orinoco”) completan este ciclo poético de Pichardo.

Me pongo a pensar en todas las cosas buenas o alocadas que hicimos, los momentos compartidos, las batallas culturales y editoriales que libramos y la tristeza se me quita a ratos; lloro, pero mi llanto también tiene algo de contento: mis lágrimas resbalan por mis mejillas y empañan mis anteojos mientras escribo, y entonces me digo a mí mismo, secándome las lágrimas, que valió la pena vivir tantas cosas exaltadas con estos amigos larenses de cepa pura, mis hermanos Álvaro y Orlando, que viven conmigo para siempre en los cálidos recodos de mi memoria.

Álvaro Montero
Álvaro Montero en el patio del Centro Cultural Lea, en Barquisimeto. Carlos Eduardo López
Gabriel Jiménez Emán
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Notas

  1. Nota del editor: el poeta venezolano Orlando Pichardo murió a los 70 años de edad el 23 de julio de 2015.