Saltar al contenido

La novia mecánica

lunes 27 de mayo de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
La novia mecánica, por Gabriel Jiménez Emán
En esos días pinté a Carla de dorado, color de una extraña atracción animal que terminó casi por enfermarnos.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

Se me acercó y me dio un beso, me besó con su aliento de hielo y luego se alejó. Me pareció irresistible y la perseguí por todos los vericuetos de la casa mientras ella se escondía, salía a toda velocidad y se volvía a esconder, daba unos saltos fenomenales, lanzaba besos al aire y movía su cabeza brillante. A mí me gustaba el resplandor de sus ojos en medio de la peripecia, en el caos que era toda la casa cuando empezábamos con aquel juego de las escondidas y luego tirando las almohadas, disparando las sábanas en la persecución de su pubis de aluminio y de sus labios opalinos, detrás de un pelo de poliéster que a ratos olía a caramelo y a esencia de vainilla.

Seguía la persecución donde irremediablemente íbamos a dar fuera de la casa saltando entre los jardines artificiales, entre las matas de plástico verde entre las cuales ella iba desnudándose, se quitaba las prendas con una maestría paradisíaca y por supuesto la búsqueda iba haciéndose más y más lenta; a ratos yo me confundía y quería ser como ella y buscaba mi cuerda, y al cerciorarme de mi naturaleza humana me daba una gran envidia no ser como ella, hecho de metal brillante e incorruptible.

A veces se detenía inesperadamente, se quedaba suspendida en su propia atmósfera y yo tenía que hacer un esfuerzo para no verla tal y como era. Cerraba los ojos y buscaba la cuerda detrás de su nuca; ahí mismo le daba vueltas y el mecanismo iniciaba su efecto; se iniciaba también el jugueteo erótico que tendría su culminación cuando yo, exhausto ya, me durmiera en sus brazos fríos.

Otra cuerda, situada exactamente en su talón izquierdo, la hacía amorosa y placentera, bañada de una frescura evanescente que me sumía en períodos de letargo. Aun así, todo parecía marchar perfectamente. Yo había abandonado todo por ella, había renunciado a mi familia y al calor de mis amigos. Ella respiraba sólo para mí. Bastaba darle la cuerda necesaria para tenerla a mi entera disposición.

Pero un día, cuando yo creía tener realizadas mis mejores confianzas, sentí celos. Unos enormes celos. Ella comenzaba a mirarme diferente, a llegar a deshoras y a entregarse a pequeñas fugas vespertinas. Yo le administraba la cuerda necesaria para no verla llegar tarde, y ella inexplicablemente sacaba fuerzas para prolongar su ausencia.

Por fin una tarde, hallándome yo en el jardín de flores sintéticas, la vi flirtear con un joven menudo y escurridizo, quien frecuentemente le obsequiaba prendas de fantasía y la sacaba a pasear y a trasnochar por los peores suburbios de la ciudad, mientras yo dormía. Me hallé persiguiendo a una novia diferente, llena de collares y sortijas exóticas. Los celos crecían y crecían.

El muchacho desaparecía por varios días con el fin, supuse, de no despertar sospechas ni escándalos. Ella se manifestó claramente más triste, y mi desesperación se hizo tan grande que no pude ceder ante la tentación de ponerle un nombre. Carla, me dije, Carla es un excelente nombre para intentar recuperar su imagen a punto de desvanecerse.

Una noche la encontré dormida al lado de una fuente, con un libro de versos apretado en las manos: poemas odiosamente románticos, de uno de esos autores a punto de convertirse en miel de abejas. Estaba completamente desnuda, o casi: con sus sortijas, collares y pulseras, e impregnada de perfumes e inciensos añejos. Yo, que había luchado tanto para convertirla en una novia indestructible y pluridimensional, despojada de todo el inmundo pasado, la veía ahora melancólica y con los mismos problemas de todas las novias del mundo: esperando a un amante más joven que viniera a sacarla de su rutina de desposada, cuando yo en verdad trataba por todos los medios de no convertirme en esposo sino de perpetuar un noviazgo eterno, infinito. Ese triste jovenzuelo jamás podrá imaginarse cuántos esfuerzos hice para diseñarla y construirla a mi gusto. Pero la perfección se veía de repente quebrantada por el infalible yerro humano. ¿Dónde podía estar la falla? En mí, con la mayor seguridad. Entonces no podía culparla.

Me limité a darle cuerda y a sacarla a pasear por los parques. Su pequeño amante no dejaba de seguirla. Ella correteaba alegremente y nosotros, los dos humanos, la mirábamos y nos mirábamos: yo a él con odio, él a mí con miedo.

A pesar de que él sabía mantener la distancia suficiente mientras nos seguía, evidentemente se había percatado de mi creciente rencor. Eso lo obligó a retirarse durante meses enteros en los cuales yo gocé de mi novia mecánica, y aunque no lo hice a plenitud, pude al menos saborear ese milímetro de venganza, vertiéndolo hacia exquisiteces corporales un tanto contaminadas de malicia, las cuales resultaron a la postre sorprendentes descubrimientos para ella y para mí. La relación sexual era óptima, no así la anímica. En esos días pinté a Carla de dorado, color de una extraña atracción animal que terminó casi por enfermarnos. Sin embargo, pudimos rehacer parte del primer relámpago de nuestro amor, abriéndonos y cerrándonos como peces en el fondo de un acuario azul y tranquilo, sonriendo como entre arrecifes coralinos que tenían el color de lo eterno.

Al cabo de unos meses volvió a aparecer el amante, pero esta vez lo hizo sin el miedo excesivo del principio. Ambos solían encontrarse en medio de tantas vicisitudes y zozobras que él prefirió dar la cara de una vez por todas, y vino a visitarme.

El día en que lo veía cruzar nerviosamente el jardín de la casa, yo estaba entreteniéndome con Carla, y a medida que él avanzaba, mi odio crecía con más perseverancia. Pronto estuvo frente a mí, y se atrevió a decirme: “Necesito hablar con usted”.

No esperé ni un solo momento. Levanté mi brazo derecho y lo dejé caer con todas mis fuerzas en medio de su cabeza, la cual se fue desmoronando lentamente, dejando caer sus tornillos y sus engranajes, y emitiendo un sonido metálico casi musical, mientras Carla lo veía todo, alterada y confusa.

Cuando el amante estuvo totalmente destruido, Carla se dirigió hacia mí y me dio el abrazo que siempre había estado esperando, un abrazo grandioso en medio del cual fui crujiendo hasta quedar convertido en un montón de chatarra.

Gabriel Jiménez Emán
Últimas entradas de Gabriel Jiménez Emán (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio