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Crónicas de un escritor en Connecticut (4)
Monte Cristo

viernes 18 de marzo de 2022
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Monte Cristo Cottage
Un día cualquiera, mi esposa Celeste descubrió en Internet la casa museo Monte Cristo Cottage que perteneció a la familia O’Neill. Decidimos visitarla.
Crónicas de un escritor en Connecticut, por Carlos CanalesLa crónica como género es una puerta a un fluir de conciencia con el que podemos tocar la memoria y moldearla para convertirla en una obra literaria. En esta serie de ocho textos, el reconocido narrador y dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales salta al pasado, a sus recuerdos, para contarnos vivencias que van desde la soledad de un largo recorrido hasta la multitud agobiante, y llevarnos de la mano a través de personajes, lugares y situaciones de Connecticut.

 

Sabía que Eugene O’Neill había vivido en New London, Connecticut, pero lo había olvidado. Fue el primer dramaturgo que leí a finales de los años 70. Me gustó y me impactó su teatro. Es una influencia constante en mi escritura teatral. Por medio de Eugene descubrí a August Strindberg. El dramaturgo sueco se apoderó de mi psiquis. Lo que más me impresionó de ellos fue su capacidad para crear personajes complicados psicológica y psíquicamente y crear clímax intensísimos en el desarrollo de la acción dramática.

Un día cualquiera, mi esposa Celeste descubrió en Internet la casa museo Monte Cristo Cottage que perteneció a la familia O’Neill. Decidimos visitarla. La casa es blanca y azul, con un enorme patio y está ubicada en la avenida Pequot 325 enfrente del mar, cerca del restaurante de verano Shanty fundado en 1972 y que se especializa en vender hamburgers, hot dogs, pollo y mariscos y tiene una fachada pequeña y siempre hay una fila larga de clientes que cuando agarran la comida se sientan en unas mesas largas de madera. Estacioné el carro en la calle enfrente de la casa y recordé al escritor René Marqués. Le gustaba la dramaturgia de O’Neill.

Mientras caminaba hacia Monte Cristo mis recuerdos de la obra de O’Neill se me despertaban. Vinieron a mi memoria Annie Christie, Deseos bajo los olmos, El gran Dios Brown, El emperador Jones, El mono velludo, Antes del desayuno, Largo viaje hacia la noche, Una luna para un bastardo, Todos los hijos de Dios tienen alas y Días sin fin. En el interior, nos recibió un hombre y nos dio un tour por toda la casa de dos pisos. Tiene tres cuartos y dos livings. La cocina fue convertida en un espacio donde se venden libros del dramaturgo. En el cuarto de O’Neill hay manuscritos de sus primeras obras y artículos que publicó en un periódico local. El cuarto de Jamie O’Neill, su hermano mayor, está pintado de azul. Nos explicó el guía: Jamie se amanecía en los bares de New London y le gustaba ese color porque cuando despertaba de la borrachera el color azul lo tranquilizaba y lo ayudaba a superar el hangover.

Volví a fijarme en el manuscrito de su obra maestra y autobiográfica y percibí el dolor del alma desgarrada del artista.

Las paredes del living están cubiertas de afiches de las producciones de las obras de teatro y de los reportajes de periódicos del Premio Nobel de Literatura de los Estados Unidos. Hacia la izquierda del living están los vestuarios majestuosos de la producción de Largo viaje hacia la noche cuando Colleen Dewhurst interpretó a Mary Cavan Tyrone, la madre de O’Neill, en la producción de 1988 bajo la dirección de José Quinteros. Pero lo que más me impresionó fue ver el manuscrito original de Long Day’s Journey into Night colocado sobre un juego de comedor grande cubierto con un mantel fino, blanco y de algodón. La letra minúscula e irregular revela el esfuerzo de concentración que hacía O’Neill cuando estaba escribiendo la obra, ya que le temblaban las manos debido a la enfermedad del mal de Parkinson. Largo viaje hacia la noche es una obra en cuatro extensos y densos actos que se desarrolla en Monte Cristo. El padre de O’Neill, James, fue un actor famoso que interpretó el personaje de Edmundo Dantès en la versión teatral de la novela romántica francesa El conde de Montecristo de Alejandro Dumas.

Al otro año, regresé a Monte Cristo. Pero esta vez fui solo. Por alguna razón desconocida regresé a la habitación de Jamie. Estuve un tiempo largo observando las fotografías de los bocetos escenográficos de los montajes de unas obras de O’Neill (El mono velludo y Annie Christie) en Suecia y Rusia. Los bocetos me transportaron en el tiempo. Cuando terminé de mirarlos, observé el cuarto azul y me pareció sentir una presencia etérea cerca de mí. Por prudencia o por instinto, bajé al primer piso, miré a la izquierda, vi mi carro estacionado en la calle, vi los barcos, me quedé mirando el mar, me agarré del pasamano de la escalera y observé el piano que tocaba la madre de O’Neill. Volví a fijarme en el manuscrito de su obra maestra y autobiográfica y percibí el dolor del alma desgarrada del artista.

Un día después de mi visita a Monte Cristo, releí Una luna para un bastardo, cuyo protagonista está basado en Jamie. O’Neill creó uno de los personajes más profundos y poéticos de su dramaturgia. Jamie es uno de los personajes de Largo viaje hacia la noche y del monólogo Hughie. Me pareció una obra excelente, a excepción de los dos primeros actos que son extensos y plantea temas que luego desarrolla con su maestría habitual pero no son fundamentales para contar la historia. Los dos últimos actos son paradigmáticos. Al terminar la lectura, recordé el atinado y certero comentario de Tennessee Williams: “Eugene O’Neill gave birth to the American theatre and died for it”.

Esa noche me acosté temprano como de costumbre y desperté a las dos de la madrugada. Es una hora crítica para mí porque me agarra el insomnio y me torturan mis angustias existenciales. Pero esa noche no vinieron las preguntas sin respuestas ni las musarañas, escuché la voz de Jamie y me pidió que escribiera una obra sobre él. “¿Para qué quiere que lo cree como personaje cuando ya su hermano lo construyó en sus obras autobiográficas?”. Pensé que seguía dormido y tenía una pesadilla. No era la primera vez que escuchaba una voz en mi cuarto. A los trece años la escuché, no la pude identificar, aunque me parecía conocida. Busqué la manera de sacarlo y apartarlo de mi mente. Entonces, entramos en una discusión y peleando con Jamie me quedé dormido.

Escribí un monólogo breve para dos personajes: Jamie y Eugene. Jamie es quien tiene la palabra y Eugene es el que escucha en silencio.

En ese verano de 2011 estaba escribiendo una obra basada en los personajes de Henry y Wanda de Charles Bukowski, uno de los últimos escritores malditos de la literatura norteamericana. Una tarde de junio, terminé de escribir el acto primero. Estaba contento y motivado. Al otro día, me senté a escribir el acto segundo, pero no hubo manera de empezarlo. “¿Por qué? ¿Qué me sucede?”. La presencia mental de Jamie me lo impedía. Pasé el resto del día tratando de escribir el acto segundo y escuchando la voz insistente de él: exigía que lo construyera como personaje. Le dije que se fuera y me dejara continuar con mi obra. Pero Jamie se plantó. Sabía lo que quería. Supo perseverar y se impuso. Me doblegó. Pospuse la obra sobre los personajes de Bukowski.

Entonces, investigué. Releí Una luna para un bastardo y Largo viaje hacia la noche. Luego, bosquejé y planifiqué la obra. Escribí un monólogo breve para dos personajes: Jamie y Eugene. Jamie es quien tiene la palabra y Eugene es el que escucha en silencio, como en el monólogo La más fuerte de Strindberg. La obra se titula Fue una larga noche que terminó en el día. La acción del monólogo se desarrolla en 1939 en la casa de O’Neill en California. En Tao House, O’Neill rememora la última visita de Jamie en 1923 en la casa, Peaked Hill, que le regaló su padre, ubicada al borde del océano, cerca de Truro, Connecticut, donde vivía con su segunda esposa, Agnes Boulton. Después que lo construí como personaje, seguí escribiendo Los hijos desamparados de Bukowski y Jamie no se interpuso en mi camino.

 

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Carlos Canales
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