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Crónicas de un escritor en Connecticut (5)
Café Sol

viernes 25 de marzo de 2022
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Café Sol, en Niantic, Connecticut
Cuando llegaron a la casa Celeste habló maravillas de Café Sol y me dijo que tenía que conocerlo. Hemos venido varias veces a desayunar y siempre sentimos como si fuera la primera vez que lo visitáramos.
Crónicas de un escritor en Connecticut, por Carlos CanalesLa crónica como género es una puerta a un fluir de conciencia con el que podemos tocar la memoria y moldearla para convertirla en una obra literaria. En esta serie de ocho textos, el reconocido narrador y dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales salta al pasado, a sus recuerdos, para contarnos vivencias que van desde la soledad de un largo recorrido hasta la multitud agobiante, y llevarnos de la mano a través de personajes, lugares y situaciones de Connecticut.

 

Café Sol está ubicado en la Main Street de Niantic, CT, un lugar de verano y de lugares pequeños pero acogedores que ayudan a la relación física y al reencuentro espiritual y filosófico con el ser. Es un espacio pequeño con un patio rodeado de flores diversas y árboles medianos y pequeños que da a la calle que es el sitio preferido de los clientes. Me gusta sentarme en el interior pegado a la ventana de cristal, no me interrumpen el transitar de los carros ni las conversaciones de la gente. Celeste y Lilliana descubrieron este café un día de verano. Cuando llegaron a la casa Celeste habló maravillas de Café Sol y me dijo que tenía que conocerlo. Hemos venido varias veces a desayunar y siempre sentimos como si fuera la primera vez que lo visitáramos.

El café es pequeño, tiene siete mesas y cuatro pizarras donde anuncian los menús. Ellas son negras y está escrito a mano con una buena caligrafía y en diferentes colores que son agradables a la vista. Tiene seis lámparas que cuelgan del techo de madera, más dos abanicos negros incrustados en la madera de color natural. El techo tiene un ángulo casi de cuarenta y cinco grados. En la pared de la izquierda hay unos cuadros pequeños. A la entrada, en la pared derecha, hay un cartelón que en español dice: “Bienvenidos”. Los símbolos del sol están desparramados por todo el lugar. Celeste y yo desayunamos The Blue y Treuben, son sándwiches deliciosos preparados con productos orgánicos. Lo acompañamos con café Latte o Capuchino. La pasamos bien, alegres y felices. Hablamos de temas que nos preocupan y que nos interesan. Se nos despierta una sensibilidad tal vez creada por la atmosfera del Café Sol y compartimos sueños que juntos podemos lograr en un futuro cercano.

El café tiene unos habitués. Lo descubro por la cantidad de gente que entra sonriente, feliz, y conversa con las empleadas, como si se conocieran de toda la vida. Ordenan la comida, hablan de temas cotidianos, triviales y pertinentes con el momento y con la ocasión. Pero hay un habitué con el que he coincidido dos veces y merece que lo comente. Es un hombre mayor que hace un esfuerzo supremo con un bastón de hierro para caminar y viene en su carro caro, deportivo y convertible que estaciona enfrente del café. Cuando entra al lugar, las empleadas lo saludan, él responde el saludo con una sonrisa franca, se sienta en una mesa para dos y le sirven el desayuno que agradece con una alegría infantil. Mientras desayuna observa el horizonte.

Estar en el lugar añade realismo a las descripciones, por suerte es un café al que puedo regresar cuando quiera y aprehender detalles que no se pueden confiar a la memoria.

Con el tiempo me he acostumbrado a escribir en otros espacios que no sea la casa ni el apartamento. He escrito en la biblioteca de la universidad donde enseño español todos los otoños. Hace unas semanas, después que dejé a Faustine en el colegio, vine al café con la intención de seguir escribiendo mi nueva obra de teatro. Me senté en mi rincón favorito y ordené mi desayuno. Mientras comía, corregía la obra que trata sobre el legendario Doc Holliday. De vez en cuando me detenía, miraba la calle, la gente caminando por la acera, comiendo en el patio, los árboles, pensaba y observaba el entra y sale de gente. La mayoría compra para llevar. Una familia con unos niños se ubicó cerca de mí. Me di cuenta de que eran rusos. Mis dudas de composición se disiparon cuando me percaté de que estaba corrigiendo y escribiendo fluido y sin tropiezos. Escribí un cuadro de la obra que se desarrolla en una cantina donde planteo el conflicto entre Doc Holliday y Johnny Ringo.

Hoy 17 de mayo de 2013 estoy en el Café Sol escribiendo esta crónica que está fluyendo como fluyó mi obra. Estar en el lugar añade realismo a las descripciones, por suerte es un café al que puedo regresar cuando quiera y aprehender detalles que no se pueden confiar a la memoria. Me siento bien aquí, no puedo describirlo, es la comunicación interior cuando estamos en los procesos de la creación, me siento conectado con el mundo, le encuentro un sentido a esta vida breve y absurda y me acuerdo del maravilloso, triste y conmovedor cuento “Un lugar limpio e iluminado”, del revelador narrador Ernest Hemingway.

En este momento el lugar está vacío, sólo estamos el hombre mayor y yo. Las empleadas conversan alegres y riéndose. La música acompaña mi silencio y ayuda a mi concentración. La música es variada, desde Frank Sinatra, que es como John Wayne que muertos están más vivos que cuando estaban en este mundo, Maná, Duke Ellington, Elvis Presley, Michael Bublé, Barbra Streisand, Benny Goodman, Adele, Norah Jones, etc., pero de todos los que escucho y no menciono, Sinatra es la estrella indiscutible del café y, por supuesto, mi cantante favorito. He escuchado las canciones Flying to the Moon, My Way, Strangers in the Night, I’ve Got You Under My Skin, New York New York, Girl from Iphanema con Tom Jobim haciéndole la segunda…

El hombre mayor que se parece también a Humphrey Bogart se levanta, se equilibra, se toma su tiempo.

Entra un cliente con una laptop como la mía, se sienta y la enciende. Las dos mujeres que estaban comiendo en el patio entran, depositan los basket en una mesa y se marchan del paraíso. El hombre mayor que se parece al actor francés Jean-Louis Trintignant llama a la waitress que le pregunta qué quiere y me percato de que él tiene impedimento del habla también. Deduzco que sus impedimentos están relacionados con un ataque cardiaco o un derrame cerebral. La dueña se me acerca y me pregunta si estoy usando wifi y le respondo que no, que sólo estoy escribiendo; de esta manera me entero de que el hombre que entró con la laptop tiene otros intereses que no son necesarios los míos. Vuelve Sinatra cantando con una big band, tal vez la de Tommy Dorsey, y disfruto de su voz y la sonoridad de la banda. El mouse parpadea, problemas con la batería, me indica que debo ponerle un punto final a mi crónica. Celeste me envía un mensaje de texto informándome del resultado de los análisis de laboratorio.

El hombre mayor que se parece también a Humphrey Bogart se levanta, se equilibra, se toma su tiempo, parece que le sobra, no tiene prisa, se despide de la dueña, echa una mirada panorámica, se coloca el sweater verde, piensa o se pierde en sus pensamientos, busca orientación, norte, rumbo, camina con una dificultad desesperante que despierta empatía, abre la puerta con el hombro, sale, camina con más dificultad, se detiene en la acera, se apoya en el bastón, respira profundo, descansa y recupera energía, baja la cabeza, la levanta, mira a todos los lados, se agarra de la verja, la suelta, sigue caminando a paso lento hacia el este y lo pierdo de vista.

 

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Carlos Canales
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