
“Estoy completamente despierto, tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho sólo bajo una delgada piel...”.
Franz Kafka, Diarios
Hace cien años se publicaba El castillo, clave de la escritura de Kafka, entre las obras cumbres de la literatura universal. En 1922 comenzó a escribirla; en 1924 murió, maniatado por la tuberculosis, y dos años después Max Brod, su amigo, desobedeció su consejo de quemarla y decidió, ya como primer lector de sus escritos, que el mundo debía conocerla.
El castillo dice el sitio del hombre en el universo desde la mirada única y profética de Kafka. A pesar de las vicisitudes personales y familiares, sufriendo el agobio de las persecuciones antisemitas; temeroso de la agresividad paterna, distanciado de las corrientes literarias y filosóficas de su tiempo; en tensión con las convicciones religiosas heredadas, Kafka escribe y fracasa. Su fracaso es, sin embargo, el más alto logro de la producción literaria de su tiempo. Nadie llegó tan lejos para entender a los hombres y las mujeres de su siglo.
Cuando afirma: “El arte es la conciencia de la tragedia, no su compensación”, define su programa narrativo y su concepción ética.

El castillo despliega la frágil esperanza que un agrimensor sostiene para conocer el sitio y a su director; es la misma de Joseph K en El proceso o la de Samsa en La metamorfosis: agobiada por el camino inacabable, debilitada frente al universo inalcanzable: “Y, sin embargo, esta esperanza última, pequeñísima, casi desvanecida, esta esperanza que en realidad casi ni existe, es, con todo esto, su única esperanza”, leemos en El castillo.
Es una esperanza sin tierra prometida a la vista. Como en El castillo, hay un director, un dios, pero es inaccesible: el sordo universo. La tragedia sobre la que escribe Kafka, el abismo sobre el que detiene sus pasos acostumbrados a eludir desfiladeros, es la intuición de esa paradoja descomunal y la subsistencia de una esperanza, mínima, que permite vivir y escribir sobre las ruinas.
Escribir como suplicio
En Kafkas, de 2014, Luis Gusmán repasa el perfil singular del escritor, desde el uso de la letra K en su obra hasta los pormenores de sus enfermedades, sus amores y la tensión con la escritura del diario. En uno de los capítulos se detiene en el insomnio del pobre Franz: “He de afrontar nuevamente la tarea de dormirme y me siento rechazado por el sueño” (Kafka, Diarios).
Anota Gusmán, escritor, crítico y psicoanalista, que el trabajo del joven Franz es el de una escritura en ruinas —es la expresión que aparece en los Diarios— que también tiene su revés: una escritura en construcción, siempre inacabada e incompleta, como la propia novela El castillo.
Kafka registra en sus Diarios ese drama nocturno: “Creo que este insomnio sólo se debe al hecho de escribir, estos estremecimientos me vuelven cada vez más sensible”.
Guzmán consigna la razón de fondo: “Quizás el problema de Kafka no sea otro que no poder cerrar los ojos ante el límite de querer comunicar lo incomunicable”.
Avanzando en la lectura de la obra y de los Diarios, el autor argentino pone en relación las nociones de condena y salvación: una tensión entre esos dos abismos: “Para Kafka, en el escribir están la condena y la salvación...”.
Conmueve la descripción del Kafka agobiado por el insomnio, pero más aún la imagen de su mano trémula impidiéndole escribir: “En una anotación muy temprana en sus Diarios, ya nos habla de la mano dominada por la imposibilidad de escribir, por la vacilación que lo invade cuando tiene que tomar la lapicera”.
Escribir como suplicio, con el pesar de que “siempre faltan páginas” para narrar lo que el lenguaje necesita decir sobre la condición humana y el sitio de la civilización en la historia por venir, el que Kafka intuyó con más claridad que nadie, en la antesala del horror inenarrable.
A cien años de una de sus obras capitales, el escritor sufriente, sin premios ni reconocimientos en vida, sin aspirar ni lograr ninguno de los sitiales que la modernidad dispone para un escritor célebre, el bueno de Kafka sigue siendo el más grande escritor de su siglo, el que mejor lo supo escribir.
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