
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Qué bello es quererse así y no saber si habrá segunda vez.
Grupo Niche.
Las bolas chocan unas contra otras, en desorden. Desperdicio una gran oportunidad de obtener puntos para mi causa al ganarme el derecho de ser el primero en golpear. Cedo mi turno a Alfredo, quien tendrá la misión de embocar la amarilla con el número uno impreso. El humo del cigarrillo forma una capa densa en el techo del local donde calculo deben estar quince mesas operativas, doce de pool y tres de billar para los más expertos que juegan a hacer carambolas a tres bandas. Dos meseros son los encargados de vigilar el consumo de las cervezas, ya que por cada partida jugada equivale a una ronda y se acostumbra que el o los perdedores sean los encargados de pagar la respectiva tanda.
Alfredo se toma su tiempo, cubre con suficiente tiza azul la punta del taco y hace gala de un guante para facilitar el deslizamiento del mismo sin tener que recurrir a la tiza blanca, porque su condición de alérgico no se lo permite. Todas las bolas están dispersas en la mesa y se permite caminar alrededor de ella sin quitar la vista del objetivo. Debe ubicar el punto exacto que le permita por lo mínimo golpearla y que su bola blanca no caiga en un agujero. El asunto del pago de las cervezas nos obliga a evitar los errores infantiles y, por qué no, perfeccionarnos para ganar respeto y prestigio.
El golpe es suave, la bola uno entra con delicadeza y el sonido de la caída es casi imperceptible. Los tres nos vemos aún con confianza porque la partida apenas comienza y en puntuación no es gran cosa. El asunto es que el Alfredo no se vaya a creer el héroe de la película, las introduzca todas y su borrachera salga de nuestros bolsillos. Es válido también contagiarse del dinamismo del lugar, donde el incesante caminar de los jugadores y el ruido por el choque de las bolas no permite a veces diferenciar la música que sale de las bocinas, ya sea una ranchera o un vallenato, aunque el encargado, el señor Núñez, nos tiene acostumbrados a la salsa. Estos sitios de esparcimiento son cada vez más escasos, reservado para los nük, o sea para los jóvenes que reviven las experiencias de sus abuelos gracias a establecimientos como este, tabernas o burdeles.
La bola dos, pegada a una banda, esquiva el hoyo de la esquina de la mesa y como si tuviese vida propia invita a Rafael para que no desperdicie su turno y pueda embocarla con un poco de suerte, ya que, de los cuatro, Rafa es el más torpe y apela a la rudeza para que entren varias esféricas de una sola tacada. Mientras la estudia y prepara su arpón, le hago un gesto para que tenga cuidado con un jugador de la mesa vecina. Un impacto con el taco en reversa puede ser tomado como una provocación y vaya uno a saber si los que tienes a tu lado son unas joyitas que nada les cuesta embochinchar el ambiente.
Rafael nos sorprende con la bola dos en su cuenta y la tres a poco de ser suya también. Se nota que a fuerza de jugar con nosotros y con sus amigos en red ha mejorado mucho. Es posible que el paño, un tanto descolorido por el uso indiscriminado, haya influido en el extraño giro que hizo la blanca para no caer también. El deterioro se aprecia también en cada centímetro cuadrado de la mesa, del piso y de las fotos de modelos en traje de baño.
Después de que el azul relampagueante de la tres feneciera en un abismo, Rafa se ve confundido al quedar bloqueado por otras bolas y el objetivo siguiente, que es la violeta con el número cuatro a cuestas, lo ve fuera de su campo de visión. Recurre al cálculo pormenorizado del trayecto impactando las bandas, como bien le diría su tío Nacho, profesor de matemáticas, que el buen uso de la trigonometría en el pool y el billar da buenos réditos. Todos, en un solo movimiento, levantamos nuestras botellas y bebemos un trago refrescante de cerveza.
Rafa no oculta su frustración al golpear la base del taco contra el piso. Su impacto, ligeramente desviado, roza la bola trece y le deja la cuatro servida a Yiyo. Trece puntos negativos para el sobrino y mal aprendiz del loco Nacho. Como buen observador, el panzón de Yiyo no escatima en lanzar un golpe rápido para sumar cuatro puntos a su cuenta personal. Por ser el último, tenía su taco listo, impregnado hasta el cansancio de tiza azul y blanca.
La bola cinco, con el naranja como color distintivo, es la siguiente por orden numérico. Yiyo busca el mejor ángulo y la posibilidad de una carambola macabra que le permita asegurar un buen botín a bajo costo. Se agacha para proyectar un recorrido imaginario. Luego giramos nuestras cabezas, de manera sincronizada, para ver entrar al local a Marlon Casanova.
Marlon formó parte de nuestra promoción de bachilleres y ahora se daba el tupé de pasearse por cualquier sitio con la chaqueta de su nueva casa de estudios, una universidad privada de Caracas. No comprendíamos qué hacía en aquella ratonera y menos que se dirigiera a nuestra mesa.
Sin atender a la presencia del nuevo intruso, Yiyo obtiene la cinco y como botín de una guerra inexpiable la lleva consigo a una repisa, donde la coloca junto a su compañera para sumar nueve puntos buenos. Mientras se da vuelta y busca con cierta vehemencia el verdor de la seis, Alfredo se aleja con Marlon hasta la barra. Rafa se sienta en su taburete y saca su teléfono y comienza a teclear con un dejo de molestia. El clima se enrarece y la partida se congela. Le pregunto a Yiyo por la situación. Éste deja el taco a un lado y se acerca para hablarme al oído:
—Marico, por si no te has enterado, anoche en los quince de la hermana de Marlon pasó tremendo show —le digo que no me he enterado de nada—. Allá ves a Alfredo alejando a Marlon de Rafa, porque de lo contrario se caen a coñazos aquí mismo. Se nos van a calentar las birras —le pido que me cuente de una vez, que vaya al grano, que se deje de güevonadas—. La Mantis, marico, La Mantis...
Rafa había perdido la razón por una AIA (Acompañante con Inteligencia Avanzada) apodada La Mantis Peligrosa. En su momento perteneció a don Julio, el hombre más acaudalado del barrio, pero al morir no dejó indicaciones de La Mantis, ahora está libre ya que las nuevas leyes la amparan. Un error en su programación provocaba que los hombres la asediaran y no buscaban otra cosa que el placer express, todos menos Rafa que se enamoró, muy a pesar suyo. Desde hace días no hacemos sino gastarle bromas, nosotros y todo aquel que lo conoce. El hombre se cala muy bien su chalequeo y con verla pasar nos abandona para seguirle los pasos. Mi nona dice que en sus tiempos la gente murmuraría que le montaron un trabajo de los más arrechos.
—Sí, pajúo, lo de La Mantis Peligrosa es de dominio público —le dije con desgano—, pero ¿qué pasó anoche realmente?
—La zorra bailó con todos menos con Rafa, bailar lo que se dice bailar, te podrás imaginar, y el muy gafo no hacía sino verla, bebía y se le perdía la vista contemplándola. Yo lo quise sacar de la fiesta pero no se dejó.
—Tremendo show, es una lástima que no haya ido. La gente no se explica cómo una acompañante pueda tener este influjo. Ahora te pregunto ¿qué hace el payaso de Marlon buscando a Rafa?
—Marlon es el último en bailar con La Mantis y llevársela para un motel. El carajo la graba y comparte el video. El Rafa en medio de su arrechera escribe en su muro que él fue quien le desvirgó la hermana, la quinceañera. Te podrás imaginar el peo que se ha armado.
—Y yo inocente de este rollo, me pierdo un día y derrocan al Mago de Oz.
—Pero el cuento no llega ahí, resulta que la hermana de Marlon tiene síndrome de Down.
—Es cierto, ahora que me acuerdo. ¿Qué le está pasando a Rafa? Todo esto se ha convertido en un desastre.
Yiyo aprovecha el retorno de Alfredo tras la salida de Marlon para llevar entre sus pertenencias provisionales la bola cinco. La seis y la siete pasan a conformar su tesoro. Mientras sucede esto, aprovecho para ponerme al día de boca del protagonista de toda esta parodia:
—Coño, Rafa, estás metido en tremendo rollo, no te desanimes que para eso estamos los amigos, ya encontraremos la manera de solucionar todo esto; es cuestión, pienso yo, que al pasar unos días la gente olvida el asunto.
—¿Eso crees, hermanito? Yo debería perderme unos días del panorama. Lo de la hermana de Marlon es paja, sólo lo dije para crear alboroto pero se me fue la mano.
—Es que esa Acompañante te tiene de cabeza, debes buscar la manera de borrarla de tu historia —le dije con un tono de preocupación.
—Lo de la AIA es otro asunto. Desde que la conocí empecé a echarle los perros pero ella me sacaba el cuerpo diciéndome que no le gustaba ni un poquito. Un día la vi en la piscina del club luciendo esa piel tan blanca y sedosa y para colmo su cabello tan oscuro que le cubría las nalgas. Te confieso que me puse como el propio sádico. Debe ser que para quitarme de encima me propuso un juego.
—¿Un juego? —le pregunté incrédulo. Confieso que la historia me estaba excitando.
—Me dijo: Vamos a jugar al fin del mundo, imaginemos que todo se acaba y que mañana no va a haber nada. Vamos a tener un día para disfrutarnos y después adiós. Si aceptas, bien; de lo contrario es tu problema.
—¿Aceptaste? —no disimulaba mi ansiedad.
—Pues claro, eso fue de inmediato. Ha sido la experiencia más tronada que haya vivido. Mi fantasía de abrir su cabello en dos cual cortina y tomar lo que estaba detrás no tiene comparación. Realmente el mundo se estaba acabando, para mí por supuesto.
—¿Quedaste con ganas de más? Ese es el dilema, se te abrió el apetito y andas como perro birriondo.
—Demasiado. Pienso en ella —Rafa hace una pausa y prosigue—, me hago la paja por ella, hasta dormido la llamo por su nombre y no me gusta decirle La Mantis Peligrosa.
—Mi pana, tienes razón. Debes desaparecer por un buen tiempo hasta sacártela de la cabeza.
—Eso es lo único que se me ocurre, ahora me ignora. Se deja calentar la oreja por el primero que se le acerque.
Yiyo, por exceso de confianza, desperdicia la oportunidad de embocar la negra, por lo que tengo que interrumpir la entrevista con Rafa para buscar la manera de entrar de nuevo en la partida. Todo este asunto me descolocó y me tomo unos segundos para evaluar la situación.
Yiyo nos lleva la delantera con veintidós puntos buenos, Alfredo un punto a favor y Rafa ocho negativos. Desde el arranque no había tomado el taco y mi puntuación se encontraba inmaculada. No podía perder el chance. La única manera posible de impactar la ocho y trasladarla hasta el hoyo más próximo era golpear una banda. Me concentro en la cantidad de fuerza a utilizar y ante la sorpresa de los demás la negra es mía. Como de película.
Me emociono y fijo la nueve como objetivo próximo. Mi pene se endurece y no dejo de pensar en La Mantis. La experiencia de Rafa me dejó atolondrado, algo hizo clic en mi cerebro y, mientras trato de concentrarme en el juego, la imagen de la Afrodita cibernética busca consumirme. Su cabello oscuro cae cual Rapunzel hasta la base de sus nalgas bien asentadas y más allá de lo que su cuerpo pueda incitar no basta más que su mirada para transformarme en un ser abominable. La bola nueve pasa a formar parte de mis cómputos. Pensar en La Mantis era más bien una locura para mí, con la mala fama que tiene en la zona no concebía fijarme en ella. Me tomo un trago de cerveza para aligerar la tensión, me quedan dos dedos en la botella. Eso. Esperaré la oportunidad de verla para invitarla a jugar Fin de mundo. Quiero experimentar el desespero de Rafa. Después, no sé, todo sería cuestión de arriesgarme. La bola diez hace un extraño giro y por una pizca de suerte aparente cae en el hoyo menos esperado. Quiero salir corriendo y buscarla. Mal momento en que llegó esa historia a mis oídos. ¿Y si en el fin del mundo nos encontramos los cuatro con La Mantis? Una idea nada descabellada. Todo lo contrario. Sublime. Ella, reduciéndonos a cenizas mientras el planeta se destruye con sismos, erupciones volcánicas y fuertes inundaciones, todo originado por un cometa que tiene una larga cabellera. Una carambola permite que la diez y la once queden registradas en mi cuenta. Nadie dice nada. Sólo soy yo dando vueltas alrededor de la mesa pero mi mente se encuentra perdida en un abismo, debo reconocer que como autómata juego mucho mejor.
Los cuatro nos ponemos de acuerdo y devoramos a La Mantis antes de que ella lo haga con nosotros. Nuestras cabezas están en juego. Nos espera en la habitación de Rafa, la cueva del primer diluvio, vestida con ropa tan seductora que todos empezamos, al unísono, a lubricar. De rodillas va tomando uno por uno. Sin temor a complicarnos, respetamos el tiempo de cada uno mientras la acariciamos con desespero. Luego se levanta y con una mezcla de sabores en su boca nos besa suave y deliciosamente. La bola doce golpea tres bandas antes de caer con suavidad en un hoyo esquinero. El mundo se estremece, se convierte en una gran Pompeya y hacemos de su larga cabellera una lira que emite las notas más dulces. Los cuatro vamos girando en el sentido de las agujas del reloj, sin gemir, sin jadear, únicamente apretando con fiereza nuestros labios mientras ella se multiplica y nos divide en miles de fragmentos. La trece es mía también, recibe un impacto soberbio de la blanca y desemboca en el agujero con un golpe seco. A cada uno le concede una mirada, tratamos de cerrar los ojos pero la tentación de ver su rostro es tan intensa que no tememos convertirnos en piedra. Afuera el verdor de la catorce delinea el camino perfecto hacia el único hoyo que no había utilizado. Adentro el planeta hacía catarsis y desaparecía de la faz del universo. Todos esperaban que me apropiara de la última y más productiva pero, sorprendentemente, fallo.
Ninguno de los cuatro esperaba esta lección. Una clase magistral que bien hubiese valido la pena filmar. Alfredo, quien había embocado la número uno y había errado la dos, recogía la bola quince y decide dar por finalizada la partida, llamar al mesero y pedir otra ronda. No se atrevían a hacer ningún comentario, no se hablaba de Marlon ni de La Mantis. Ahora, todos, a la callada, empolvábamos de tiza nuestros tacos y manos para seguir jugando, menos Alfredo por su afección alérgica.
De ahí en adelante las partidas fueron más equilibradas y en más de una ocasión fallé bolas cantadas y pagué varias rondas con Rafa que, por su juego brusco, tuvo que contribuir en el pago de todas las cervezas. En un descuido de éste, le tomo prestado su teléfono y puedo copiar el código de ubicación de La Mantis. Un apocalipsis estaba en ciernes.
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