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El Cronista

martes 3 de junio de 2025
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Noviembre nos ha traído días muy lluviosos. Las nubes ocultan cualquier rastro del cielo y yo sigo en este punto de la avenida José Agustín Arango. Veo a lo lejos el estadio Rommel Fernández, no busco dar un solo paso, por momentos hago el intento. Cierro los ojos y de esta forma busco conseguir un agujero por el cual escapar, pero al abrirlos percibo la misma escena. La lluvia no cesa y los carros se acumulan. Mis harapos no me protegen de la lluvia y la sensación que tengo de lo que sucede afuera me es ajena, las miradas de los curiosos, el roce de los motorizados, un perro que busca guarecerse. Es posible que esta fracción de tiempo se convierta en una constante. Recibo un golpe en la mandíbula y me convenzo de lo contrario.

Despierto. Tengo la sensación de haber dormido varios días seguidos. Me encuentro acostado en una silla de extensión y estoy vestido con un atuendo blanco, parecido a un enfermero. Estiro mis brazos y bostezo. No siento hambre ni sed. Miro a mi alrededor y me encuentro en el patio de una casa, inmenso, con plantas de todo tipo y un árbol de mango frondoso, sin frutos. El sol de mediodía me hace olvidar la lluvia y el frío de la noche anterior. Lo que sí conservo es la mandíbula desencajada. El hombre que me golpeó tuvo que haber sido boxeador, un peso ligero reconocido, legendario, tal vez.

Comienzo a escudriñar más a mi alrededor. Me reclino un poco y a lo largo del pasillo puedo ver a otras personas vestidas de igual forma. Todos en las mismas sillas de extensión. Unos duermen y otros miran fijamente un punto específico del espacio. La tranquilidad de este lugar es abrumadora. Si tan siquiera estuviera un perro olisqueando o un gato ronroneando en las piernas de cualquiera. Mi instinto me dice que debo preguntar.

El que estaba más próximo se hace llamar el Rastreador. Un hombre con rasgos juveniles, gestos amables y cabello blanco. No desea suministrarme detalle alguno relacionado con este sitio. Sólo me habla de su pasado y me cuenta varias anécdotas. Aunque él duda de la veracidad de lo que dice, lo asume como parte de su vida. Todo aquello suena muy convincente y su pasado duraría hasta que llegara otra persona y se reiniciaba el proceso. La combinación de todas esas vivencias que plasma en sus relatos le ofrece algún tipo de alivio. Me dijo que cada historia que sale de su boca es la pieza de un rompecabezas, pero su ilusión reside en que llegue el día en que su mente le indique cuál es la auténtica y de esta forma encontrarse a sí mismo. Me comenta que después de la charla me resultará muy fácil olvidar todo aquello. De nada servía una escucha activa para quedar luego en un limbo después de ser el confidente del Rastreador.

Cuando considera justo terminar su intervención me presenta a su amiga. Está a su lado y me dice que su deber es cuidarla. Duerme plácidamente. Su belleza le confiere un aura especial y me inunda la sensación de querer quedarme allí sólo para contemplarla. Le dicen la Soñadora. Lleva una vida paralela en el mundo onírico y tiene la facilidad de controlar sus sueños. Es allí donde atiende las necesidades de su alter ego. Cuando despierta disfruta con las pláticas del Rastreador. Haré el intento de quedarme más tiempo aquí sólo con el propósito de verla en este plano.

Avanzo unos pasos. Me equivoco con lo de los animales ya que del árbol de mango se desprende una iguana. Cae al piso, pero en lugar de huir se queda inmóvil, disfrutando de los rayos del sol. Un hombre delgado y entrado en años me extiende su mano, a manera de saludo, como el pastor que le da la bienvenida a un feligrés. Se presenta como el Comprensivo. Sus ademanes y su forma de expresarse me dejan inmerso en un letargo. De un día para otro su tiempo se detuvo y la fecha que marca su calendario es el 13 de junio de 1980. Su pasado y su futuro son un presente constante. Prefiere la observación fija de su entorno y reserva las conversaciones para momentos especiales.

Unos metros más allá veo a otro hombre escribiendo sobre muchos papeles. De baja estatura y ojos desencajados. El traje blanco le queda muy holgado. Me atiende con más simpleza, con poca amabilidad, pero respetuoso. Se hace llamar el Búho. Se dedica a plasmar los acontecimientos en el devenir de los que están aquí. Nadie se atreve a leerlos. Es posible que nadie quiera saber la fecha de su muerte, por poner un ejemplo. Archiva sus pliegos en cajas, una para cada residente, todos menos el Comprensivo. Me observa, se ríe y me deja porque va a preparar una caja nueva y se dirige a un depósito en busca de más hojas.

A su lado está un niño. Una versión miniatura de Bob Marley. Su traje no es blanco como el del resto sino más bien de un tono rojo granate. Me ve y sonríe. Me invita a sentarme en su silla. Su voz, aunque posee el timbre de un infante, cuenta con la cadencia de un anciano. Se hace llama el Profeta. Me habla del tiempo personificado en Dios. De ahí su omnipresencia y omnipotencia. Alfa y Omega. Dios es el tiempo y el tiempo es Dios. Esta revelación me deja un tanto anonadado. En pocos segundos siento el cansancio de haber corrido una maratón, pero luego vuelvo a la normalidad.

La reja de acceso al patio se abre y aparece la figura de una mujer. Viene directo a mí y me extiende su mano. Se disculpa por su tardanza. Tengo la impresión de conocerla, sus rasgos son muy familiares con recuerdos muy cercanos, perdidos en una nebulosa. Siento un bloqueo que me impide pensar. Algo me dice que la prioridad es escucharla. Se presenta como la Cuidadora. Me dice que estamos en una casa reservada para facilitar el reencuentro con seres de luz; podemos ser nosotros mismos, pero al mismo tiempo no, los caminos se extienden, pero al igual se acortan. Veo que la iguana que está en el centro del patio crece hasta tener el tamaño de un caimán y la envuelve un torbellino con los papeles del Búho. La Cuidadora me muestra un tarot y coloca las cartas sobre una mesa. Ahí veo al Rastreador, la Soñadora, el Comprensivo, el Búho, el Profeta, la Cuidadora, la Iguana y la más reciente, el Cronista.

Mi traje resplandece, igual que a los demás.

Nesfran Antonio González Suárez
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