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Tomo XVIII

viernes 21 de mayo de 2021
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Tomo XVIII, por Denise Armitano Cárdenas
Me adueñé del tomo XVIII, correspondiente al período de mi interés, y lo mudé de manera permanente a mi habitación para leerlo.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

I

Tenía yo unos siete u ocho años cuando sentí el deseo de ser arqueóloga. Me habían regalado Arqueología, uno de los volúmenes de una serie para niños y jóvenes que todas las noches me llevaba a descubrir civilizaciones perdidas a través de sus tesoros encontrados en excavaciones. Ese mágico viaje en el tiempo, y alrededor del mundo, solía prolongarse cuando me quedaba dormida, con la luz prendida y aquel libro de cubierta fucsia y abrillantada a mi lado.

Eran los años setenta, y su moderno diseño presentaba de manera atractiva ricas imágenes y textos accesibles que, de seguro, contribuyeron con mi temprano gusto por la lectura. Mostraba las pirámides de Egipto y su interior a través de dibujos detallados y fotografías. Narraba cómo Heinrich Schliemann había descubierto las ruinas de la legendaria Troya y las máscaras doradas de los reyes de Micenas. Hablaba de Machu Picchu, la ciudadela de los incas, y de la tumba del príncipe Liu Sheng en Shijiazhuang. Describía su traje fúnebre hecho con dos mil cuatrocientas noventa y ocho piezas de jade unidas entre sí por un kilogramo de hilo de oro. En el último capítulo exponía lo que recientemente había revelado la fotografía aérea y su gran utilidad para futuros hallazgos.

Mi aspiración de ser arqueóloga se diluyó temporalmente cuando a los nueve años tuve que aprender a hablar, leer y escribir en francés. El día que logré entender de principio a fin un libro en ese idioma, experimenté una gran alegría. Debo haber tenido diez años, se trataba de Alice y la mansión encantada de la serie Alice de Caroline Quine, historia de misterio en un viejo caserón, lleno de objetos antiguos y muebles que sin duda me recordaban los de mi propia casa.

 

En la pequeña biblioteca, que cabía dentro de una estantería con llave ubicada en el pasillo de las aulas, tomé prestado un libro llamado Historias de la historia de Roma.

II

A los doce años, un libro marcó mi entrada en la adolescencia y, sobre todo, la inclinación hacia lecturas que conformarían parte de mi personalidad y orientarían mis futuras tendencias y gustos. Previendo que en ese primer año de la secundaria el programa de Historia pronto abordaría la Roma antigua, decidí limar ciertos prejuicios producto —como la mayoría de los prejuicios— de la ignorancia. Poco sabía acerca de esa época y del pueblo romano, muchas veces atrapado en el cliché de su decadencia, narcotizado por el panem et circenses y un poder imperial aplastante que mantuvo su supremacía durante siglos en la cuenca del Mediterráneo al que, además, llamó Mare Nostrum.

 

III

En la pequeña biblioteca, que cabía dentro de una estantería con llave ubicada en el pasillo de las aulas, tomé prestado un libro llamado Historias de la historia de Roma. Era un viernes por la tarde del mes de mayo de 1982, y aunque me tentó la idea de pedir también una de las aventuras de Alice, en un acto consciente y obediente a mi deseo —y necesidad práctica— de ampliar el saber, me abstuve. Sólo me llevé el compendio, de pequeño formato y ciento cincuenta páginas con algunas ilustraciones, que me enseñaría a ver a los romanos con otros ojos.

Al llegar a casa debo haber merendado antes de sumergirme en la placentera perspectiva de dos días libres y de descanso para llevar a cabo esa nueva lectura, teniendo por ventaja la curiosidad y una actitud desprejuiciada.

 

IV

Tal como había sucedido con Arqueología durante mi infancia, este libro me transportó más de dos mil años atrás, a la modesta ciudad a orillas del Tíber destinada a ser capital imperial. Los primeros relatos eran leyendas, episodios tan dramáticos como el de Gaius Mucius Scaevola (Mucio “el Zurdo”) quemando su mano derecha tras haber fallado en su intento de asesinar al rey etrusco Porsena, que quería adueñarse de Roma; o el rapto de las Sabinas, inmortalizado por Nicolas Poussin (1638) y Jacques-Louis David (1799) en grandes lienzos épicos conservados en el Museo del Louvre.

Meses atrás había leído las narraciones mitológicas de la Grecia antigua con el agrado de descubrir, o redescubrir, personajes que sentía cercanos y con los que incluso me identificaba. Ahora, entre leyendas y hechos históricos como el de las guerras púnicas y los treinta y ocho elefantes de Aníbal Barca atravesando los Alpes para asediar las puertas de Roma, llegué casi sin darme cuenta al sangriento —y teatral— asesinato de Julio César en el año 44 a. C.

 

V

Tu quoque, Brute, fili mihi (“Tú también, Bruto, hijo mío”), fueron las últimas palabras del dictador al descubrir entre los conjurados que lo apuñaleaban en la curia senatorial a Marco Junio Bruto, su protegido, a quien además consideraba como un hijo. Entonces César se entrega y cae agonizante al pie de la estatua de su antiguo enemigo, Pompeyo, en una ironía del destino. A partir de los idus de marzo, comienza un nuevo período convulso, lleno de intrigas y sobresaltos, en la historia de la ciudad más poderosa de Occidente en aquel momento.

 

VI

Al capítulo del dramático asesinato, epítome del fracaso conspirativo, le sucedía otro titulado Yo, Augusto. En él se narraba en primera persona cómo el joven Cayo Octavio, sobrino nieto de Julio César y designado su sucesor en el testamento, logró hacerse del poder tras diecisiete años de batallas e inestabilidad política.

Debo confesar que quedé prendada de Octavio: perspicaz y calculador, moderado y austero; tan frágil e insignificante en apariencia pero tan recio y capaz de visión política; tan alejado del declive moral de su rival Marco Antonio y de su debilidad carnal por la legendaria Cleopatra que, años atrás, ya había seducido a Julio César.

En las reproducciones fotográficas o los grabados, los rasgos y facciones de Augusto se revelaban acordes con la aguda inteligencia del monarca referida por los libros de historia y algunas novelas.

Los protagonistas que convergían en esa turbulencia histórica, con sus conflictos y apetencias bien definidas —obtener el poder—, parecían personajes de novela, y también de tragedia. En efecto, fueron motivo de inspiración para el teatro shakesperiano o el de Corneille.

Conforme crecía mi admiración por quien se transformaría en Augusto, el princeps, primer ciudadano y artífice de la pax romana en la Ciudad Eterna y su imperio, aumentaba mi obsesión por saber todo de él: fechas y episodios importantes, detalles de su vida familiar e intimidad, aspecto, rasgos de carácter, gustos, citas. Todo lo que quería saber de él lo encontraba en textos de historia como las Vidas de los doce Césares de Suetonio (121 d. C.) o Vidas paralelas de Plutarco (96-117 d. C.) que, aunque no se referían a él, trataban la vida de Julio César y de Marco Antonio, en las que aparecía Octavio.

También recurría a libros de divulgación histórica, con ilustraciones y textos amenos, e investigaba a placer en enciclopedias, revistas de arqueología e historia. Los catálogos de las colecciones de antigüedades romanas de museos como el Louvre, el Metropolitano de Nueva York, el Arqueológico Nacional de Nápoles, o los del Vaticano, mostraban estatuas bien conservadas del joven convertido en el primer emperador de Roma: bustos o representaciones de pie vestido con toga senatorial, cubierto con el manto de máximo pontífice, con coraza ricamente decorada en calidad de jefe militar triunfador, coronado de laureles, con el clásico peinado romano que no admite ningún mechón fuera de lugar. Siempre bien rasurado porque, tal como lo había leído en alguno de esos libros, en Roma se consideraba que la barba era sinónimo de falta civilidad, siendo el duelo la única situación en la que un respetable ciudadano podía mostrarse —incluso debía hacerlo— sin afeitarse. En las reproducciones fotográficas o los grabados, los rasgos y facciones de Augusto se revelaban acordes con la aguda inteligencia del monarca referida por los libros de historia y algunas novelas.

También me llamaba la atención que bajo su mandato, asociado a una época dorada de paz, se propició la eclosión de las letras con el auspicio de Cayo Cilnio Mecenas, cuyo apellido se sustantivó en mecenazgo para significar el apoyo a las artes.

En su villa palaciega y sus jardines del Esquilino, Mecenas se reunía con un círculo de poetas a los que descubría, promovía y ayudaba —Virgilio, Horacio y Propercio, entre muchos otros— a cambio, claro está, del elogio del nuevo régimen y de sus valores orientados a la reconciliación, el patriotismo y la moralidad pública. Así nació La Eneida, fresco literario de la pluma de Virgilio que narra los antecedentes de la gesta fundacional de Roma.

 

VII

Una vez leído y releído incontables veces el capítulo Yo, Augusto, decidí adaptar ese material a un monólogo que representé para mis padres como regalo sorpresa en la Nochebuena de 1982. Es probable que un análisis psicológico revelara que esa viva inclinación por Augusto tal vez solapaba una aspiración ulterior: al encarnar al objeto de mi interés, me acercaba y me transformaba en él.

Y, ciertamente, en parte me mimetizaba con ese personaje, procurando ejercer con serenidad el liderazgo que, si bien yo no buscada, debía practicar cuando se me postulaba —y se me elegía en repetidas ocasiones— como delegada de curso, o se me comisionaba como representante en ciertas actividades interescolares.

Al año siguiente decidí ampliar el elenco y el alcance del monólogo inicial, adaptando y fusionando Julio César (1599) y Antonio y Cleopatra (1606), tragedias en cinco actos de William Shakespeare, que encargué y fui a buscar —presa de genuina euforia— a la librería de la esquina, para leerlas en dos tardes que se hicieron noches y madrugadas.

Recluté a algunas compañeras a las que logré contagiar, al menos durante unos meses, con mi fiebre romana. Luego me di cuenta de que era mejor disfrutar en solitario de aquella propensión a punto de transformarse en vicio.

 

Además de cargar con objetos decorativos y utilitarios, los ladrones también se llevaron el tomo XVIII de la Historia romana.

VIII

A instancias de mi madre, movida por la secreta intención de desanimarme —con esa ambivalente manera que a veces tienen los progenitores de alentarlo a uno a hacer todo lo contrario de lo que ellos desean— emprendí la lectura de la Historia romana del catedrático Charles Rollin, regia reedición del siglo XIX que se encontraba en el apartamento donde vivíamos alquilados en París.

Los veinte tomos, de veintisiete centímetros de alto por diecinueve de ancho y unas seiscientas páginas cada uno, eran ricos en textos detallados, ilustraciones en aguafuerte y mapas, numerosas letras floridas y viñetas. Me adueñé del tomo XVIII, correspondiente al período de mi interés, y lo mudé de manera permanente a mi habitación para leerlo, estudiarlo y disfrutarlo ante la creciente preocupación de mi madre por lo que se vislumbraba como una obsesión con visos maníacos.

Ciertamente mis lecturas habían propiciado que casi todas las áreas de mi quehacer escolar hubiesen sido, o estuviesen por ser, romanizadas: redacciones cuyos temas —como todos los caminos— siempre llevaban a Roma; acuarelas con nostálgicas vistas de cipreses y columnas corintias, y la maqueta de “una casa ideal”, asignación final de la materia Trabajos Manuales que, obviamente, fue una villa pompeyana.

Ese verano, mientras estábamos de vacaciones, ocurrieron algunos robos en el edificio y nuestra vivienda no fue la excepción. Además de cargar con objetos decorativos y utilitarios, los ladrones también se llevaron el tomo XVIII de la Historia romana que, cabe resaltar, estaba referida en el inventario de bienes del apartamento al momento en que mis padres lo arrendaron a una familia de rancia nobleza francesa. Al poco tiempo, el caso se resolvió y nos convocaron a la jefatura de policía para restituirnos lo que había sido encontrado.

 

IX

Mi padre decidió que sería interesante para mí participar en esa experiencia, y así fue. Un funcionario abrió ante nuestros ojos maravillados un armario de metal rebosante de cajas con toda clase de objetos y bibelots pidiéndonos que reconociéramos los que habíamos declarado robados. Se recuperaron muchos, pero no todos. Cuando al fin apareció el tomo XVIII, el joven comisario Rémy Spampinato aseguró, con leve acento corso, que el lujo de esa reedición centenaria y de su encuadernación “de vitela moteada, con florones y títulos dorados sobre tafilete color cereza”, hacía que esos libros fueran muy apreciados para ser vendidos como objetos decorativos, sobre todo a gente a la que no le interesaba leer.

—En el peor de los casos —explicó Spampinato acariciando con fruición los nervios del dorso del volumen y sus letras bruñidas— estos libros pueden ser cruelmente desmembrados y vendidas sus bellas ilustraciones a granel a turistas incautos en brocantes de carretera o de aldea vacacional, inclusive en algunos bouquinistes del borde del Sena o anticuarios del mercado de las pulgas de Clignancourt, harto conocidos, y que ya tenemos fichados en la Police Judiciaire. Realmente me alegro por ustedes, esta colección es valiosa y especial —concluyó educadamente el comisario entregándonos el tomo XVIII con cierta devoción bibliófila, a lo que mi padre aclaró:

—Sobre todo por mi hija, que es una estudiosa empedernida de la historia romana.

—Ah, la felicito, mademoiselle, yo también soy un apasionado de los césares, y de todos los libros a decir verdad. Créame que en este oficio, como en la vida, aplico mucho de lo que aprendo de ellos. 

 

X

Esa tarde antes de tomar un taxi de regreso a casa, celebré con mis padres, de manera breve e improvisada, el haber recuperado: ellos sus valiosos bibelots y yo el tomo faltante de la preciada Historia romana. Cargados con una pequeña alfombra persa enrollada, una caja y una maleta Samsonite color marfil repletas de nuestro tesoro rescatado, nos sentamos en la terraza cubierta de un café anodino, parecido a cualquier café parisino, pero inolvidable por el tinte de aquella ocasión especial. Mis padres brindaron con Kir y yo con menta verde; nos abrazamos y reímos, llenos de dicha y con la complicidad de quienes profesan, además del amor y el apego por los libros y ciertos objetos, la obsesión de buscarlos y disfrutarlos.

Dos años después, antes de dejar París y el apartamento haussmaniano en el que vivimos durante un lustro, tomé nuevamente el tomo XVIII de aquella Historia de Roma cuyo subtítulo acotaba: “Desde la muerte de Julio César hasta la batalla de Accio: es decir hasta el final de la República”. Quería disfrutar por última vez de su belleza y despedirme de él antes de guardarlo en el estante junto a los demás tomos. Al abrirlo, para ver la representación de Augusto con corona cívica que tanto me gustaba, cayó un papel de memorándum escrito a mano, con membrete de la Jefatura de Policía del distrito XVI, que decía:

La lectura altera la apariencia del libro.
Una vez leído ya nunca parece el mismo; la gente
deja su impronta individual en el libro que ha leído.
Uno de los placeres de la lectura es percibir esa alteración
en las páginas y el modo en que, leyéndolo, te apropias del libro.

(En “El viejo expreso de la Patagonia” de Paul Theroux. RS, septiembre de 1983).

Supongo que el comisario Rémy Spampinato había dejado esa pequeña, pero significativa nota, con toda la intención de que un futuro lector la encontrara y pudiera tomar conciencia de que, al leerlo, uno se adueña del libro.

Denise Armitano Cárdenas
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