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El Covid-19 mató a mi ex

viernes 22 de mayo de 2020
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El Covid-19 mató a mi ex, por María Isabel Briceño Armas
Con una mueca de Cristo crucificado permite la entrada del termómetro. No lo dejes caer, le digo. Se lo quito, lo reviso y lo coloco en el vaso. El mercurio se ha disparado hasta muy cerca de los cuarenta grados.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

“La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía”.
Proverbio

Regresaba del país de las avenidas interminables, donde bullen como lombrices la compra y venta de gramos de oro y los grandes centros comerciales surtidos con lo más moderno, en el último vuelo que salió antes de la cuarentena.

El avión lo ocupábamos un residuo de clase media estrenando la histeria de vivir una pandemia.

La mayoría tenía parientes paralizados en Miami o Madrid o Panamá.

A mi lado, una pareja de ancianos no descruzaba sus manos ni disimulaba su temor ante las últimas noticias. Muy pocos se atrevían a farandulear con la compañía de una conocida cronista de viajes y su equipo.

La ansiedad no lo permitía.

Yo no podía olvidar que unas semanas antes en la ida compartí asiento con un chino arrebujado en una chaqueta de invierno, a todas luces recién llegado de la tierra de las sopas de murciélago.

Éste mismo, estaba aquí, en mi porche, ante mi vista, temblando de pies a cabeza. Parecía perro botado en carretera.

Sin embargo por esos días nadie todavía pensaba en coronavirus ni en fiebres.

Al aterrizar y salir del aeropuerto nacional de Maiquetía, encontré alcabalas apostadas a lo largo de toda la autopista que me zarandearon la esperanza de llegar pronto a casa.

Pero en ellas se limitaron a verificar el uso del tapabocas y a preguntar hacia dónde me dirigía.

Nunca imaginé darles una respuesta más errada: a mi hogar, pues apenas llegué a mi barrio e intenté meter la llave en la cerradura, me abrió la puerta éste, mi ex marido.

El hombre sin ver hacía lustros, el poderoso que con una sola llamada aún inclina a su favor la balanza de negocios multimillonarios y postulaciones a altos cargos, el amigo de las más frescas langostas, de su Johnnie Walker Blue Label, de la dama más blanca y los culos más inflados para chapear a sus pares; el que comenzó coleado con maña tropical y luego invitado de honor en cuanto arrocito de altura se convocara en Caracas, que de allí para abajo, decía, todo es monte y culebra, y le sacó el máximo provecho a los contactos de más allá de las fronteras, heredados de mi ex suegro el famoso Rey del Cheque; el que hacía casi cuatro décadas decidió lugar, fecha, hora y lista de invitados más convenientes para nuestro matrimonio, mi traje de terciopelo, la docena de pisos de la torta, el lugar de la luna de miel y las rutinas de alcoba; el macho que con sus gritos y borracheras fracturaba el biorritmo familiar, y cuya sola mirada hacía huir bajo las camas a nuestra mestiza Convi —La Convive, sin ninguna relación su nombre con el Covid-19… Éste mismo, estaba aquí, en mi porche, ante mi vista, temblando de pies a cabeza. Parecía perro botado en carretera. Parado sobre unos grotescos y muy caros Nike rojinegros y vestido con la infaltable franelita Gucci quitaaños.

—Tengo el virus —castañeteó—. Y me quedé varado en Los Teques… No te acerques mucho.

—Para nada… le dije.

Varada me había quedado yo, en mi propio portal, en medio de la pesadilla que podría significar darle rodar a una parte II de La Película de mi Vida, al reencontrarme aquella especie de buitrecillo envejecido, con tres plumas en el coco, tiritando por la fiebre.

Bien lo advirtió un día el sabio de mi yerno. El hombre regresaría algún día postrero a sacarse la gusanera, con premeditación y alevosía, similar a todos los que en la vida se toman a chiste esta vaina de la familia.

A su Plan Nefasto le daban su buen espaldarazo las circunstancias: la orden de reclusión inmediata a personas con algún síntoma sospechoso emitida por los médicos que visitaban las casas de mi vecindario.

Uno de ellos, un Sancho Panza, baja estatura, talle bien nutrido, maneras muy simples, forrado en suéter naranja cuello de tortuga, pantalones lila tipo leggins entrándole en las botas, un gigantesco tapabocas y, no obstante, con un verbo por demás enterado, se me acercó a darme las recomendaciones de rigor al suponer que era yo la mujer de aquel plumífero.

—Observe la evolución —me dijo— y, si surgen dificultades respiratorias, informe de inmediato a los números telefónicos del formulario. Las pruebas ya están en proceso. Aquí están especificadas las dosis de las medicinas si hay dolor o fiebre, las normas de higiene para el enfermo y para usted, que va a ser su cuidadora.

Yo, Su Cuidadora.

Entonces quise gritar pero no pude…

¿A quién le iba a gritar?

¿A estos médicos, como tantos otros médicos, enfermeros, bomberos y limpiadores de todos los sexos que se juegan hoy la vida en el planeta sin mirar ni por sus familias?

¿A mis hijos? ¿Qué decirles, si logro controlar el chillido cavernario de mis peores momentos? ¿Que decidí echar a su padre a morir en la calle? Por más conocedores de la índole de su progenitor…

¿A mis vecinos, cada uno en sus angustias del presente, añadidas a las pretéritas y a las futuras?

¿Al sol, hoy en día inclemente incendiario de mis montañas azules?

¿A quién le iban a interesar, en medio del despelote mundial, las lamentaciones de una ex porque su marido de los tiempos primitivos aprovecha el campo de batalla para resolver su propia crisis sanitaria?

 


 

El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado.

Y no era el rostro de mi padre ni de amigo alguno.

Eran unos muy pequeños señores de pueblo. Y el nieto, sin pasar de los quince y poco más del metro, se antojó de la vecinita.

—¿Y tu refugio en Altamira? ¿Y tu mujer?

—Je —aleteó una media sonrisa así, con cierta ilusión, creyendo quizá que a mí me interesaba su vida.

En lo absoluto. Bueno, o sí: la parte de a quién le correspondía este paquete.

—El penthouse lo mantengo, pero ella… perder los bienes y las cuentas que teníamos en el norte… la afectó demasiado.

 


 

Hay golpes en la vida, tan fuertes…

 


 

Era una flaquita de diez años, emparedada entre dos hermanos mayores y dos chiquilines.

La casa donde vivíamos, fogón hecho en mortero, paredes de adobe, sembradío de piñas y cuartucho para la letrina elevado igual a un ciprés, a la vista de todos los que subían y bajaban por la calle, había sido construida en un terreno vendido en cuotas usureras a mi madre por los abuelos de éste, sicilianos inmigrantes llegados para alargar los rieles del Gran Ferrocarril de Venezuela, y que muy pronto invirtieron sus ingresos en tierras rematadas por los criollos.

Eran unos muy pequeños señores de pueblo. Y el nieto, sin pasar de los quince y poco más del metro, se antojó de la vecinita, pregonada sin más como su novia ante quien diera oídos a sus gritos, forma habitual para comunicarse en su clan.

La intención no hubiera pasado a mayores pero fue recibida con el más rastrero beneplácito por mi familia: eran los acreedores. Desde ese momento padres y tíos me ahuyentaron cualquier posible pretendiente con la frase la muy sortaria, ya tiene compromiso.

Llegué a la boda luego de un noviazgo con petición de mano y días de visitas, incluida la hermanita chaperona. Los Teques de los años sesenta, sin universidades, anticonceptivos, divorciadas, ni apenas marihuana. Donde toda decisión trascendente en una familia de bien, la tomaba un Triángulo de las Bermudas: los hombres mayores, los curas en los confesionarios, el comadreo tras las paredes.

Difícil que a mis orejas taponadas, por donde sólo discurría lo permitido, llegasen detalles de los negocios de mi futuro marido, ya un nombre en el mercadeo del aguardiente, de las putas y de los padrinazgos.

 


 

—Espera un momento, desocupo el cuartito más cercano al baño y te lo acondiciono.

Éste acataba sin chistar. Parecía un monje trapense. En otra situación hubiera despreciado incluso las indicaciones de los médicos, pero se notaba de lejos que las redes le habían inoculado una dosis doble del terror circulante por estos días.

Ninguno de los dos se quitaba la mascarilla. Era lo más conveniente y lo más natural: las traíamos desde siempre.

Toda la habitación quedó despejada de ropa, cortinas, antiguos juguetes. Sólo superficies aptas para ser limpiadas con un trapo impregnado en lejía. El colchón cubierto con un hule y sobre él las sábanas de algodón, las más adecuadas para ser lavadas y secadas a altas temperaturas.

Entró al cuarto vuelto una sola curvatura, sin decir palabra, como quien ingresa al corredor de una catacumba.

Luego de desinfectarlos con hipoclorito, fragancia que nos acompañaría los próximos días, guardé reloj, correa, portamonedas y zapatos en bolsas plásticas y se los coloqué de una vez detrás de la puerta de la calle. De cualquier manera, saldría de esta casa.

El agua para el baño ya estaba caliente y le entregué un pijama de su hijo, paño y calcetines. Sobre la mesita su Galaxy S20 Ultra.

—Desde ahora —le expliqué escueta, venteándole las ganas de echárseme a llorar colgado de mi hasta ese momento, indeseable pescuezo— sólo tendremos comunicación a través del celular y cuando venga a limpiar o a traerte la comida.

Entró al cuarto vuelto una sola curvatura, sin decir palabra, como quien ingresa al corredor de una catacumba.

Ocuparme de organizar los detalles de ese día me llevó el resto de la tarde. Por suerte mantengo trato cordial con mis vecinos y no me faltaría un muchacho que me surtiera los encargos de comida y medicamentos.

Pero una sombra taconeaba sobre mis pasos y caía en mis espaldas como uno de esos tradicionales sacos de cemento La Vega de cuarenta y dos kilos y medio.

 


 

Eché en la taza del fregadero las patas de pollo con las que le prepararía un plato de caldo, después de mucho tiempo. Eran bolsas con seis kilos de calamares y otros tantos de conchas y langostinos cuya limpieza en solitario me hacía sudar en la cocina de la casa de playa, alejada de los otros y del mar que tanto amaba. La tijera eliminaba cada uña de las patas grasientas, revolviendo en mi estómago la empanada y el café de por la mañana en el aeropuerto. El cuchillo afilado, un Victorinox, especial para estos menesteres, se deslizaba certero a lo largo del cono rosado y terso desprendiendo la minúscula tripa plateada, cuidando no se rompiera. La otra tripa, en bañador y veinticinco años menos, entraba a buscar más hielo y polarcitas para llenar la cava. ¡¿Cómo que playa, carajo!? ¡Que se me vea al espejo, que ya hasta me va pareciendo la misma vaca! Y las lágrimas pendejas salaban de una en una docenas de bolsitas de tinta, apartadas en el cuenco con mucho cuidado, no fuera a llegarles antes de tiempo la hora de los tomates, el ajo y la hoja de laurel. A la olla van las patas con una zanahoria picada en trocitos, una rama de apio y una cucharadita de sal que tomo del potecito que dice SAL.

 


 

Día tres de la cuarentena.

La sopa te hará bien. No dejes que se enfríe. Me dejas el plato en la mesita junto a la puerta, la ropa usada en la bolsa, yo recojo todo. ¿Te tomaste la temperatura al despertar? ¿Cómo no sabes? Basta seguir la barra plateada y mirar la cifra adonde llega. ¿Cosas de mujeres? De enfermeros dirás. Avisa si sigue el dolor para traerte el analgésico. ¿Un televisor? Sólo tenemos uno en casa. Sí. Ya sé, tú eres el enfermo…

 


 

La ventana entreabierta. Por ella entran y salen los fantasmas.

Otra cuarentena.

Nació el hijo y fueron dos semanas de correrías por las tascas de Las Mercedes y La Candelaria. En mi honor. La rumba se alargó y mis cuñadas a la pata de mi cama de recién parida, coincidieron todas en que éste padecía una depresión posparto, quizá con tendencias suicidas, seguramente provocada por la tremenda responsabilidad de echar al mundo un niño tan dependiente, hambriento y gritón como aquel anteproyecto colgado a mis tetas a toda hora. A los nueve meses justos una de sus asistentes le parió la segunda de sus crisis paternales.

 


 

Paso el trapo por cada rincón del piso del dormitorio. La ventana entreabierta, la ventilación justa, sin corrientes de aire propagadoras de un virus tan saltimbanqui.

 


 

La ventana entreabierta. Por ella entran y salen los fantasmas.

Por la misma ventana, recién llegados a esta casa pequeña de una modesta barriada, su revancha por atreverme a pedir el divorcio, Nidia, la vecina, le lanzaba un silbido. O éste a ella.

Al momento el vecindario lanzaba sus apuestas a que esos dos sinvergüenzas no aparecerían por todo el fin de semana.

Algunas veces regresaban en grupo, un dos para dos, deducía mi mente espiándolos por entre las cortinas, ya superado el duelo de los celos, como la más relajada de las viudas.

La Nidia provocadora, fingiendo miedo hacia mi ventana… Empujándolo a salir a dar otra vuelta solo —“Así evitas una escena”.

Una escena ya imposible.

Quizá ese juego tan imbécil de la imaginación les excitaría hasta una próxima vez.

O gozaban sospechándome entre bastidores.

 


 

El rostro martirizado sobre la almohada, los ojos entrecerrados, los labios gimientes. ¿Tienes dolor? A ver la temperatura… Con lentitud la boca se entreabre, separada por un momento del protector.

 


 

Pensar que no me cansaba de mirar esos labios y atender a los latigazos salidos de ellos, con ingenuidad de esposa adolescente de las de antes.

¡Adoraba hasta la uña de su dedo meñique! La que él me encargaba limar y acondicionar con el mayor esmero, por encima de las otras diecinueve uñas de sus manos y pies.

A ver, ¿qué otra mujer ha amado tanto como yo en mis tiempos, la uña del meñique con la que su hombre levanta el arito de las latas de cerveza y se saca los mocos ante el espejo retrovisor en las horas pico?

Esa Nidia, tetas y nalgas de silicona y bemba de bótox, una vieja a la que no sé por qué le decían “la escopeta”, murió. Físicamente, se fue al otro mundo.

¿Que no puedes respirar? ¿El pecho apretado? ¿Te duele mucho? ¡Ideas tuyas!

Con el tiempo éste ya le había comenzado a sacar el culo, porque una cosa era el arrabal y otra las grandes ligas donde hacía unos años había comenzado a alternar.

En esos sitios de postín no encajan una antigua esposa de cuerpo desandado y cara de se me están quemando las arepas, menos aún una amante en top verde limón y con el ombligo nadando en la celulitis.

Esos sitios de las alturas exigen a un hombre tener a su lado una mujer a su nivel. Al día con la moda, los gimnasios, las listas protocolares, los lugares más in del mundo para comprar y vacacionar. Experta en el manejo del personal de servicio, y sobre todo, en el arte de las cuentas bancarias.

Una mujer consciente de dónde está parada y qué hacer o no en todo momento.

 


 

Con una mueca de Cristo crucificado permite la entrada del termómetro. No lo dejes caer, le digo. Se lo quito, lo reviso y lo coloco en el vaso. El mercurio se ha disparado hasta muy cerca de los cuarenta grados. Recuerda, debes colocarte el barbijo, así permanezcas aquí encerrado. ¿Que no puedes respirar? ¿El pecho apretado? ¿Te duele mucho? ¡Ideas tuyas! Tómate el sedante para que te duermas… Ya amanecerás mejor…

—Quiij-e-ro… de-ciij-te… —escucho a mis espaldas dos jadeos secos, más allá de lo asmático, como de bronquios ya fraguados que no pueden darle entrada al aire, como dos chirridos de atasco en la cuchilla de mi licuadora…

Cierro la puerta y me retiro a mi habitación. Ya es mi hora de ver en Netflix otros capítulos de Betty La Fea.

María Isabel Briceño Armas
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