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Vielsi Arias Peraza:
Sentada en el hombro de un semeruco

• Viernes 16 de octubre de 2020
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Vielsi Arias Peraza
Vielsi Arias Peraza: “El desafío del poeta es capturar el instante”.

Tradicionalmente la historia literaria del campesino y del campo venezolano, su telúrica naturaleza y su lenguaje, han sido abordados por la mirada de quien, viviendo en la ciudad, en la urbe, se aproxima al ser que habita en el pueblo para interpretarlo, traducirlo. La cultura de la “ruralidad” es tratada, por lo tanto, trastocada, idealizada hasta banalizarla.

Arias Peraza se ha especializado en la promoción y difusión de la lectura y escritura en niños y jóvenes.

No es el caso de Vielsi Arias Peraza (El Castaño, 1982), quien nació y se formó en uno de los tantos pueblos al norte del país, al pie de la Cordillera de la Costa. La de Vielsi es una poesía que se detiene en el alma de las cosas. Todo su entorno posee existencia, plenitud y densidad en su lenguaje. Una poesía que deslumbra, tanto por su sencillez y su lenguaje cotidiano como por la densidad de los temas que trata: la memoria, el silencio, la casa, la heredad, el paisaje como una inmensa, descomunal escenografía donde las imágenes, como fotografías en blanco y negro, escriben la historia del abandono, del saber y sabor de un tiempo que se adhiere, se encarna y habita en la piel poética.

Egresada de la Universidad de Carabobo en Educación, mención Artes Plásticas, Arias Peraza se ha especializado en la promoción y difusión de la lectura y escritura en niños y jóvenes, además de educar su ojo fotográfico.

Ha publicado los libros de poesía Transeúnte (2005), Los difuntos (2010, mención de honor del Premio de Literatura Stefania Mosca) y La luna es mi pueblo: memorias del pintor Cristóbal Ruiz (2012). Igualmente, parte de su obra poética aparece reseñada en antologías y revistas especializadas. Ha sido asistente de la poeta venezolana, Premio Nacional de Literatura, Ana Enriqueta Terán, en la labor de recuperación de su obra inédita.

De su producción poética, aún sin publicar, presentamos el siguiente texto.

Elegía para Ana Enriqueta Terán

Ana, me esperaste con tu mate
a las siete de la mañana
vestida con tu túnica negra,
tus labios delineados
y ese collar de Tacarigua.

Ana, estiramos las arrugas de tu cama
para volver a desordenar el día.

Ana, te sentaste a dictarme tus tristezas
a dibujar tus palabras,
borrarlas,
dejarlas
y volverlas a ver.
Fui tu hoja en blanco,
tu boceto,
tu pulso,
tu mano nerviosa y ofendida,
tu puño furioso:
“borre y vuelva a escribir”.

Ana,
me mostraste tus rincones.
Abriste tu álbum familiar,
caminamos por tu memoria…

Venezuela se asoma en un rincón de tu casa,
entra por tus ventanas
y se queda en la cocina.

Tu biblioteca se esconde en los clósets de tu casa.
En un cuarto siguen tejiendo las mujeres de Jajó
el vestuario que usarán tus muñecas,
esas señoritas reunidas en la vitrina de la oficina.

Están allí silenciosas
esperando escuchar
el poema que corregiste y volverás a dictarme.

Ellas cuchichean en silencio
como una audiencia que nos espera.

Ana, tú me enseñaste el sabor del sur,
el sorbo que volvías a tomar
escuchando tu radiecito de mano

Ana, guardaste tu mural de tiempo
para dibujar el Motatán
que corre en ti…

 


 

Vielsi, tu poesía es una fotografía que construye ángulos, una perspectiva silenciosa, lejana como una antigua memoria. ¿Escribes para otorgar alma a las cosas?

Mi poesía es un retrato de un paisaje interior y de un encuentro permanente con la memoria. Es una incesante vuelta al pasado. En ese sentido es fotográfica, captura momentos de una memoria que vuelve a tomar vida en el poema, en las imágenes recreadas o inmortalizadas quizás en él. El alma del paisaje vuelve a tomar cuerpo y respira.

 

Hay un hilo conductor en toda tu poesía, aunque el poeta esté en una constante búsqueda.

¿Sigues “sentada en el hombro de un semeruco” contemplando la única calle de tu niñez, esa línea de tierra que sube a la montaña? Háblanos de ese pueblo de tu niñez, El Castaño.

Siempre vuelvo al lugar donde nací. Es la fuente de mi poesía. No podría escribir sin esa memoria. Todavía estoy sentada en el hombro de ese semeruco contemplando la vida. Estoy permanentemente dentro de ese paisaje.

Mi vida entera brota de allí, de El Castaño. Es un pueblo de orilla de la Cordillera de la Costa, una especie de Macondo que se ha reconstruido durante distintas generaciones; mi poesía retrata escenas de la infancia, personajes que caminaron por sus calles, está llena de supersticiones.

El Castaño es un pueblo de pocos habitantes con limitaciones para estudiar y trabajar. Con una vida apacible. La mayoría migra a la ciudad y se lleva el paisaje en un bolsillo.

 

Algunos poetas han confesado que su poesía gira siempre alrededor de un solo texto que se agranda, se crea y recrea constantemente. ¿Es esa tu experiencia?

Sí, siempre hay un tema que va tejiendo tu propia voz, se recrea de manera constante. Hay un hilo conductor en toda tu poesía, aunque el poeta esté en una constante búsqueda.

 

¿Evocas tu memoria desde la melancolía o es un refugio/dolor de esta realidad que transitas y evades?

No la evado, la confronto permanentemente. La utilizo como un recurso para escribir. Vuelvo a ella porque es lo que soy, es mi paisaje, es mi trazo, me autorretrato en él. Pero creo también que es un tema universal, todos hemos perdido un lugar, una casa, un paisaje. La memoria latinoamericana está llena de desarraigo y desde ese lugar escribo, tomando un poco esa idea de Rilke, entrar en sí mismo y mirar las profundidades de nuestra vida y transformar eso en un hecho creativo.

 

Tu “matria” es tu paisaje, tu hogar. ¿Un territorio rural, acaso bucólico donde eres la única habitante?

Siempre somos pasado. Hablamos con otros y a través de otros. No venimos solos. Tal vez sea una suerte de Juan Preciado, quien va a Comala en busca de su padre, Pedro Páramo, y se encuentra con todos sus fantasmas.

Soy el resultado de ese epitafio, de lo que fue y se resignifica en las nuevas ventanas para mirar. Tal vez ya no existan las paredes de barro desmayándose. El tema es que “no todo tiempo pasado fue mejor”, sino cómo construir un presente tomando de esa tradición.

 

Tu respuesta me devuelve al principio: tu poesía desnuda (revelada como una fotografía en blanco y negro) el alma de las cosas. ¿Te ha servido para lograr/acentuar en las imágenes el hecho fotográfico?

Me gusta la fotografía. Estudié arte y siempre vivo contemplando. Creo que esa relación le ha servido mucho a mi poesía. Vivo capturando situaciones, escenas, momentos de la vida cotidiana. Mi cámara son mis imágenes, los símbolos que utilizo para nombrar la vida.

En una época viajé por toda Venezuela y siempre llevaba conmigo un grabador. Vivía buscando voces de manera incesante.

 

Ana Enriqueta era una mujer muy celosa con la poesía, la asumió como un oficio de vida al que dedicaba su tiempo de manera estricta.

¿Cómo es la voz de ese ser? ¿Qué rasgos significativos presenta?

Visité muchos pueblos, siempre tuve un interés especial por la ruralidad venezolana. Me interesé en las voces campesinas, en su modo de vivir, en su lenguaje sencillo, la manera como nombra la vida, sus prácticas, su relación con el tiempo y con el todo. Alimenté mi poesía de esa sencillez profunda también vestida de nostalgia.

Creo que hay mucho que aprender del campesino venezolano, tienen un modo de vida completamente distinto. Hay mucho que mirar allá, volver a ese país que se construye de manera silenciosa.

 

Tu vinculación con la poesía, ¿dónde se inicia?

Comencé hace algunos años en el taller de poesía de Milagro Haack, en el Ateneo de Valencia. Allí íbamos un grupo de jóvenes, músicos, lectores. Ese taller nunca terminó. Era los viernes y de ahí nos íbamos a su casa a seguir leyendo y conversando hasta las dos de la mañana. Su casa y su biblioteca siempre estuvieron abiertos para nosotros. Una experiencia inolvidable. Luego entré al taller del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, que coordinaban los poetas Luis Alberto Angulo y Enrique Mujica. Estando en ese taller conformamos un grupo llamado Letras a la Puerta; de allí se organizó el primer y segundo Encuentro de Jóvenes Escritores, con participación de poetas de Maracay, Caracas y Valencia. Este encuentro también tuvo su edición en Coro, al occidente del país, con el apoyo del poeta Juan Calzadilla y la Casa de la Poesía de esa ciudad.

En 2008, Juan Calzadilla me lleva a la casa de la escritora Ana Enriqueta Terán, en Valencia, quien necesitaba apoyo para digitalizar toda su obra inédita. Me presenta con Ana y le propone al director del Conseja Nacional de la Cultura una contratación para apoyar este trabajo. Así permanecí durante un año en su casa como su asistente. Transcribí toda su obra inédita dictada por ella. Su novela, sonetos, tercetos, autobiografía, todo me lo dictaba.

Teníamos un horario para trabajar. Ana Enriqueta era una mujer muy celosa con la poesía, la asumió como un oficio de vida al que dedicaba su tiempo de manera estricta. Antes de iniciar rezaba el rosario, ordenaba los espacios, daba de comer a los animales y luego se dedicaba a escribir.

 

Convivir con un creador de la estatura intelectual de Ana Enriqueta Terán debió ser para ti excepcional. ¿Cómo era en su cotidianidad esa maestra?

Tú lo has dicho, ¡excepcional! La recuerdo con profundo afecto. Fue una maestra literalmente… Ella tenía miedo de que yo le fuera a dañar los poemas, así que decidió dictármelos.

En cierto momento me dijo: “Así no sepa escribir sonetos tendrá que aprender a escucharlos. El poema es una música. Un ritmo. Eduque el oído”. Y así fue… acostumbré mi oído a sus sonetos.

 

¿Ha influido en tu poesía?

Sí, totalmente… Ana Enriqueta Terán mira el paisaje venezolano en su poesía. Su novela es una memoria familiar, su autobiografía es un canto al país, sus ríos, flores, su familia. Ana amaba profundamente este país.

 

En la actualidad, ¿en qué proyectos literarios te encuentras?

Estoy trabajando en un nuevo libro, está en proceso de creación. También tengo planteado retomar mi trabajo literario con niños. Pertenecí a la Red Nacional de Promotores de Lectura de la Biblioteca Nacional, fue una bonita experiencia. Me parece fundamental promover el hábito lector desde la infancia.

 

¿Sigues en la misma temática?

Siempre he trabajado la casa como un símbolo. Ahora sigo dentro de la “casa” pero estoy yendo a los dolores de las almas que están allí: las mujeres. Ellas sostienen la casa, acomodan los rincones, preparan sabores de una generación a otra, sostienen la culpa, la tristeza. Estoy tratando de mirar el país a través de la casa. Cómo sostienen ellas esta situación que vivimos. De verdad que es heroico. Estoy en esa búsqueda.

 

El desafío del poeta es capturar el instante. Ir al encuentro de las cosas. Capturar el ser en su esencia y revelarlo a través del lenguaje.

Vielsi, Venezuela es esencialmente una sociedad matrilineal, donde la mujer-abuela es “cabeza de familia”. ¿Estarías de acuerdo en ello?

Sí, es la realidad venezolana. Venezuela es un país de mujeres solas. Siempre han estado solas al frente de la casa. Y en general pienso que en América Latina. Hay muchas úrsulas en América Latina. Alejandro Moreno Olmedo habla de la matricentralidad. La familia venezolana está centrada en la mujer, la historia ha hecho de ella una mujer sola y sin marido. Hay una “convivialidad” transitoria mientras dure el vínculo. Luego se va.

Moreno Olmedo dice que la familia venezolana es matricentrada, mas no matriarcal. Está centrada en la mujer, mas no es un gobierno femenino. El mundo sigue siendo masculino.

 

Esto que indicas, Vielsi, supone un discurso que se aborda con un lenguaje. ¿Ese lenguaje del poder es el mismo que habita en la poesía?

El desafío del poeta es capturar el instante. Ir al encuentro de las cosas. Capturar el ser en su esencia y revelarlo a través del lenguaje. Es como decir, como nombrar en este caso la desigualdad o la soledad a través de la imagen poética.

 

En ese fluir, ese tránsito entre “capturar el instante” y “revelarlo a través del lenguaje”, ¿sucede la poesía?

Así es… Antonio Machado lo dice; “una palpitación del espíritu”, es un diálogo con la intuición, la voz propia en respuesta al mundo.

 

Eso que “palpita”, ¿es el ser de la poesía? ¿Lo identificas en tu hacer desde el ángulo de lo femenino?

El ser de la poesía es lo que dice el alma con voz propia. Estoy en una búsqueda ahora desde el lugar de la mujer, como te dije antes vista desde la casa, el lugar íntimo que finalmente tiene una expresión colectiva.

 

¿Tu voz poética habla desde el ángulo femenino?

Pudiera decir que sí, porque es expresión de un universo íntimo de lo femenino: las abuelas, la casa, los juegos, los oficios. El cuidado humano finalmente.

 

¿Entra en contradicción esa realidad poética que mencionas, ese universo de intimidad, con la realidad, con el cotidiano existir?

De ninguna manera. Antonio Machado dijo que la poesía es expresión del hombre y su tiempo. La vida íntima es también expresión de la vida social y todo eso se revela en el hecho poético.

 

De esta tragedia social venezolana, notoria, evidente y ardiente, ¿vendrá acaso un lenguaje poético similar a su sufrimiento?

Es posible, no lo dudo. Los poetas siempre dan la cara por su época. Eso es inevitable. Creo que ahora en los jóvenes está saliendo una mirada más de vuelta a la memoria.

 

Ernesto Sábato indicó en su libro La resistencia que depositaba toda su esperanza en la juventud. ¿Piensas igual?

Creo que todo espíritu joven siempre tiene sueños, aspira. Tiene un espíritu de búsqueda incesante. Creo que eso es lo más importante. No perder ese ímpetu por construir lo nuevo, lo distinto. Y deberíamos ser los jóvenes los llamados a hacerlo.

Juan Guerrero
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